domingo, 14 de agosto de 2011

Amar y tener

He tenido noticias de uno de mis contactos habituales, un amable lector que desde Colombia me ha informado de la emisión de una escena de azotes en la telenovela Amar y tener, concretamente en el capítulo Pascual investiga a Mike. El resultado de la tal investigación es que Mike ha sido algo traviesete y Pascual decide castigarle con el cinturón.

El capítulo se puede ver desde este enlace. La amenaza de castigo tiene lugar en torno al minuto 17 y los azotes en sí alrededor del 20; como es habitual en las telenovelas, la escena se interrumpe y pasan a otros personajes para luego retomarla. He intentado descargar el vídeo para editarlo pero los programas que he encontrado solo funcionan con YouTube y los portales de vídeos más habituales. Me he tenido que contentar por lo tanto con las capturas de imagen que veis.






jueves, 11 de agosto de 2011

Sakigake

Si os gusta el manga y el anime en versión erótica os recomiendo el blog http://soupgoblin.blogspot.com con imágenes de personajes de animación japonesa en todo tipo de situaciones eróticas. Al autor del blog le gusta mucho el spanking además y confiesa con buen humor que se enganchó a una serie llamada Sakigake porque en el primer capítulo dos internos de un colegio intentan escapar y son castigados con cien azotes con unas palas. Es muy morboso como la escena se deleita en mostrar la azotaina y los culitos prácticamente desnudos y rojos.

miércoles, 27 de julio de 2011

Los jugadores del Barça son azotados

No os asustéis que no he vuelto a abandonar el blog, lo he ralentizado porque he estado de vacaciones (y en agosto tampoco me voy a poder prodigar demasiado).

Por fin he conseguido recuperar después de veintitantos años un gag televisivo con azotes que me había perdido en su momento. Fue por el año 1987 o 1988 en el programa Viaje con nosotros del famoso cantante y humorista Javier Gurruchaga, aunque este gag era una colaboración de los no menos famosos Els joglars. Causó un gran revuelo por parodiar al Barça, a Jordi Pujol y a la virgen de Montserrat o Moreneta, es decir, los símbolos más típicos de Cataluña. Recuerdo que en el cole los compañeros me comentaban que en el gag el entrenador les bajaba los pantalones a los jugadores del Barça y les pegaba en el culo con una pala. Como ya de crío sentía curiosidad por los azotes, me dio rabia perderme la escena, pero todo llega. En este vídeo aparece el sketch entero; lo bueno comienza a partir de 1:30 minutos. El humor es más bien de sal gorda, la verdad, pero la escena tiene su punto.

martes, 5 de julio de 2011

Franco se pasa al dibujo digital

En este blog Franco es un personaje muy respetado, y que nadie me malinterprete; el Franco del que vale la pena hablar aquí es un dibujante americano de origen italiano cuyos dibujos ya habíamos podido disfrutar en esta entrada anterior y también en esta otra. Tengo el honor de que Franco siga este blog y de vez en cuando me envíe creaciones suyas para que las publique, lo cual le agradezco mucho. Las últimas que me ha enviado muestran que se ha introducido en las técnicas digitales sin dejar de ser fiel a su estilo y a sus temáticas favoritas, que también lo son para mí y espero que para vosotros.







viernes, 1 de julio de 2011

La biblioteka

La biblioteka es un programa que no conocía que emiten en el canal de televisión juvenil Neox. Estoy poco puesto en estos temas pero parece que es un programa estilo Jackass de la MTV, donde jóvenes hacen todo tipo de cafradas entre el descerebre sin más y el concurso de humillación. Esta prueba consiste en que un tal Fito, un chavalillo bastante guapo, tiene que llevarse un azote con el cinturón de cada uno de sus cinco compañeros. Hay dos chicas entre ellos, espero que eso no os vaya a aguar la fiesta y lo disfrutéis.

jueves, 23 de junio de 2011

5ª quedada en las afueras de Madrid


Hace ya tiempo que sus organizadores me pidieron que publicara en el blog la información de su nueva kedada de spanking, bondage y juegos de rol, siendo este ya el quinto año que la organizan; disculpas por el retraso, pero ya sabéis que el blog ha estado inactivo unos meses. En esta ocasión el pueblo de los alrededores de Madrid elegido ha sido Chinchón, y las fechas, el fin de semana del 9 al 11 de septiembre. De manera que quien esté interesado puede ir solicitando su reserva y haciendo planes. Aclaro que yo me limito a hacerme eco de la noticia y no pertenezco a la organización del evento, así que si queréis más información podéis visitar el blog Clubspanking o escribir al organizador al email del club.

domingo, 19 de junio de 2011

El hombre en el baño

Antes de nada, pido disculpas por el largo paréntesis que le he dado al blog. La razón no ha sido nada malo, al contrario, he estado ocupado con otras cosas casi siempre agradables. Por otra parte llevo escribiendo blogs (no siempre gays ni sobre spanking) ya unos cuantos años y todo cansa. No obstante, sé la buena acogida que tiene este blog, que os agradezco mucho a los lectores y que la verdad me abruma, así que intentaré publicar cosas de vez en cuando, así como hacerme eco de lo que vosotros me enviéis.


Os subo un vídeo muy interesante protagonizado por el actor porno francés François Sagat. Pertenece a L'homme au bain, una película de 2010 de las pocas no porno (aunque sí con mucho sexo) que ha protagonizado Sagat. En la relación que mantiene con el chico que aparece, él, más grande, fuerte y un poco mayor, lleva el papel dominante y decide en esta escena darle a su nuevo ligue la azotaina que está claro que el chaval pide a gritos. La reacción del chico, no obstante, no es buena, pero no me sorprendería que más adelante se lo piense mejor y le pida que le vuelva a poner sobre sus rodillas. Yo desde luego lo haría.


sábado, 11 de junio de 2011

Charla de recuerdos

Un nuevo relato del amable autor de En casa del tío, Historias de Luis y El polizón del tren.


“Mi padre” – dijo el segundo joven – “Hasta los dieciocho simplemente nos mandaba al cuarto sin ver la tele o no nos dejaba salir, pero según cumplíamos dieciocho años nos felicitaba y nos decía que a partir de ese momento el castigo sería siempre una azotaina. Yo creo que desde entonces disfrutaba cuando tenía que castigarnos. Especialmente, cuando mis hermanos o yo teníamos que bajarnos los pantalones y nos ponía en sus rodillas con el culo en pompa para dejarnos las nalgas bien coloraditas con la mano o con la correa. Muchas veces, nos desatacaba él mismo el pantalón y nos lo bajaba hasta los tobillos, dejándonos el calzoncillo puesto. Entonces, nos tumbaba bocabajo en sus rodillas, y le oíamos respirar pesadamente mientras que subía el faldón de la camisa hacia arriba, para dejar bien a la vista el trasero. Nos ponía la mano en el culo, aún cubierto con el calzoncillo, y lo acariciaba a través de la tela, a la vez que nos regañaba con voz de pena, diciendo que a él le dolía mucho tener que castigarnos, pero que era por nuestro bien, y que cuando fuéramos mayores se lo agradeceríamos. Entonces sujetaba el elástico del slip y lo hacía retroceder hasta los muslos, dejándonos el trasero al aire, con mucha lentitud, recreándose en el acto, para que sintiéramos mejor la vergüenza. Volvía a poner la mano en nuestro culo, ahora desnudo, donde la sentíamos pesada y caliente, y decía: “de verdad, espero que no tenga que volver a hacerlo”. Y entonces nos sacudía unos buenos azotes, con la mano cuando éramos más pequeños, y luego, según crecimos, alternaba la mano y la correa o, incluso, la zapatilla, aunque siempre sus últimos azotes, cuando ya nuestro trasero estaba enrojecido, los daba con la mano desnuda, diez en cada nalga, y luego diez en las dos a la vez.”

“A veces eran solo cinco o seis azotes los que nos daba, otras nos castigaba a los tres a la vez, y nos hacía esperar, en fila y con el pantalón en los tobillos, viendo como eran castigados los demás, esperando nuestro turno. No pasaban más de dos semanas sin que uno u otro fuera castigado, y a veces, nos castigaba casi a diario en una misma semana. En casos graves, nos informaba por la mañana que recibiríamos una azotaina a la vuelta del colegio por la tarde, o nos iba a buscar a la salida, y nos contaba que al llegar a casa nos esperaba una buena tunda. Y siempre cumplía su palabra”.

“Recuerdo que cuando tenía diecinueve años me pilló fumando un pitillo. Me mandó a mi cuarto castigado, y al cabo de un rato subió él. Iba fumando un pitillo, muy tranquilo, y se sentó frente a mí. “Te comprendo” – dijo – “de verdad que te comprendo. Estás en una edad muy difícil y eres como un potro joven que necesita desfogarse. Pero has traspasado los límites, y mi deber es recordártelos. Y si para ello, hace falta que no te puedas sentar en una semana, puedes estar seguro de que vas a obtener lo que andabas buscando.” No intenté protestar tan siquiera. La semana anterior mi hermano mayor llegó tarde el día de su cumpleaños – cumplía veintiuno – y recibió una buena azotaina al volver a casa, para que no se hiciera falsas ideas sobre la edad.“

“Tiró el pitillo y me hizo seña de que me acercara a él. Con sus propias manos me desabrochó los vaqueros, los bajó hasta mis rodillas, y, poniéndome su mano en la espalda, me tumbó bocabajo en su regazo. Puso la mano sobre mi trasero, aún cubierto por los calzoncillos, y lo acarició con suavidad. “Sabes bien” me dijo “que mientras estés en mi casa deberás cumplir la disciplina que hay impuesta en ella. No sé que buscáis obligándome a castigaros, pero ya que parece que os gusta que os trate como a niños malos, lo seguiré haciendo con mucho gusto”. Noté como su mano dejaba de acariciar mi culo y sus dedos se introducían en el elástico del slip, dejando lentamente mis nalgas a la vista. Con cuidado, lo bajó justo hasta el comienzo de mis muslos, dejando así mi culo enmarcado por el calzoncillo y la camisa, que subió lentamente. Se detuvo y noté su mano acariciando la piel ahora desnuda. Suspiró “No deberíais ser tan malos” dijo, y empezó a darme de azotazos con la palma de la mano. De vez en cuando paraba, me acariciaba el trasero, cada vez más enrojecido, mientras seguía regañándome verbalmente. Yo gemía y me retorcía porque era realmente fuerte y sus golpes me hacían arder los carrillos del culo, y al cabo de un buen rato no pude evitar el patalear como un niño, y que las lágrimas me corrieran por las mejillas. Él continuó la lluvia de azotes imperturbable. Estuvo casi media hora dándome de azotes – no era nada extraordinario, a mi hermano le zurró durante dos horas la última vez y a veces había estado toda una tarde sacudiéndonos a los tres – y aún ahora sigo convencido de que me salvó de recibir más castigo el comienzo de un partido que le interesaba ver.”

- Y ¿a qué edad dejó de castigaros? – Preguntó el primer chico.

El joven sonrió: ” ¿Y quién te ha dicho que haya dejado de hacerlo? Hoy nos ha avisado en el desayuno que esta noche los tres vamos a probar el cuero a la vez por no limpiar la casa”.

- Pero no puede ser. Tienes ya veintidós años. Debe ser ilegal darte una azotaina.

El joven rió: “Ven esta noche a casa y se lo diremos a mi padre. Tal vez así le convenzas, pero la última vez que mi hermano pequeño lo intentó estuvo sin sentarse cómodamente tres días”.

- No sé si será ilegal o no – dijo el tercer chico – Pero te aseguro que cuando mi padrastro dice “ven aquí y bájate los pantalones”, más te vale darte prisa si no quieres que la zurra sea de las que hacen época. Y cuando conceptúa que nos merecemos una buena, no importa que momento sea o quien haya delante. Nos sacude y se acabó. Recuerdo en cierta ocasión en que invité a un amigo de la Universidad a pasar la noche a casa. Mi madre me había advertido que no me retrasara porque teníamos que salir de compras, pero lo cierto es que me olvidé, y estuve jugando al baloncesto un buen rato después de clase. Cuando por fin fuimos a casa a hacer los deberes, mi padrastro me estaba esperando en el porche. Cuando le vi me di cuenta de mi olvido. Ibamos jugando a tirarnos el balón por la calle, y de pronto me quedé clavado en el sitio, mirando hacia mi padre, sabiendo lo que me esperaba. Mi amigo me miró, extrañado. “¿Qué pasa?” – dijo - “Te has puesto pálido de pronto”. “No, no pasa nada”- balbucí - ”Mira, hoy no puedo estudiar contigo. Mejor vete. Ya te veré mañana en clase”. ”¿Pero seguro qué estás bien?”. “Sí, sí” dije. Y dejándole, subí corriendo hacia casa.

Mi padrastro se limitó a mirarme. “Lo siento”, dije, sin aliento, “me había olvidado del todo”. Él sonrió con tristeza y movió la cabeza. “Sabes que eso no basta”. Me puso la mano en la nuca y me llevó dentro de la casa. En dos minutos me había llevado a su silla favorita, me había puesto bocaabajo en su regazo y me estaba bajando los pantalones cortos que yo llevaba puesto. Un minuto después su mano batía la carne de mi culo con firmeza, y yo notaba enrojecer mi piel bajo la azotaina. Pataleé y pedí perdón, aunque sabía que no acabaría hasta que él decidiera que ya me había castigado bastante, pero de pronto noté una sombra en la puerta. Miré, y ¡Oh mierda!... Era mi amigo que nos miraba atónito desde el umbral. Hubiera deseado que me tragase la tierra. Allí estaba yo, con casi diecinueve años, uno de los duros del equipo, tumbado en las rodillas de mi padre y con el culo al aire, recibiendo una buena azotaina como si fuera un niño pequeño. Mis hermanos y mis primos me habían visto a menudo en semejante posición, pero yo también los había visto a ellos muchas veces. Esta era, en cambio, la primera vez que a mí me veía un amigo de mi misma edad, y, además, un chaval al que yo quería impresionar... por varias razones que no vienen a cuento.

Mi padrastro se detuvo un momento, la mano en alto. “Pasa si quieres”, le dijo. “Aún nos queda un rato”. “Papá, por favor” dije yo, avergonzado. No quería levantar la mirada del suelo para no ver la cara de mi amigo, pero notaba su mirada sorprendida recorrer todo mi cuerpo tumbado en el regazo de mi verdugo, y en especial mi trasero desnudo y colorado, que me parecía más desnudo y colorado que nunca. Y lo peor es que se quedó tan sorprendido que se limitó a entrar y sentarse ante el espectáculo, esperando que mi padre acabara, tal y como le habían indicado. Y vaya si tuvo espectáculo. Mi padrastro se esmeró en la labor de calentarme el culo y regañarme a la vez. Ahora una nalga, ahora la otra, ahora las dos a la vez, me estuvo dando azotazos otros diez minutos, que a mí me parecieron muchos más. Por fin, tras un enérgico cachete, me subió la culera del pantalón y me dijo que me levantara de mi forzada posición. Yo pensé en salir corriendo a mi cuarto, pero sabía que si lo hacía, seguramente me seguiría y me volvería a poner en sus rodillas, de modo que me aguanté las ganas, le pedí perdón de nuevo, y dije a mi amigo que si quería ir a estudiar ahora. “No, gracias” musitó “Mejor te llamo luego”. El trasero me ardía bajo los pantalones, pero no tanto como las mejillas por la vergüenza. “Vale” le dije. Y se fue.

Mis padres también salieron, y me pasé un buen rato en la cama, tumbado bocabajo, por supuesto, pensando en qué le diría a mi amigo, y seguro de que al día siguiente todos en el equipo sabrían que yo aún recibía azotainas. Como os podéis imaginar, sólo tenía puestos los calcetines y la camiseta, cuyo faldón había echado para arriba para que mi culo se refrescara con el aire. De pronto, noté una presencia a mi lado, una mano fresca que se apoyaba en mis nalgas y una voz suave que decía “Lo siento”. Me volví y era mi amigo. “No debería haberme quedado” musitó “Pero me quedé tan sorprendido que no supe reaccionar”. “Y ahora seguro que se lo contarás a todos” respondí, hundiendo la cabeza en la almohada. “No, te prometo que no lo sabrá nadie” dijo. Le noté levantarse de mi lado. “Mira”, dijo. Lo hice y se había puesto de espaldas y bajado el pantalón enseñándome el culo. Había una marca roja en cada nalga que reconocí sin problemas. Las había visto demasiado a menudo en los traseros de mis hermanos y mis primos. Demonios, incluso el mío lucía algo similar aunque más intenso en ese momento.

“¿También te zurran?” – Pregunté. Volvió la cabeza, con una mueca... ”Sí. Ésta me la dio mi tío anteayer, por mentir. Pero ya tengo prometida otra de mi padre cuando les dé las notas el viernes”. “¿Te sacuden a menudo?”. Volvió a torcer el gesto. “De vez en cuando, una al mes mas o menos. ¿Y a ti?”. “Lo mismo. Normalmente una cada dos semanas, aunque a veces he recibido dos o tres la misma semana”. Alargué la mano hacia su piel. ”¿Te importa?” “No”. Lo tenía aún levemente más caliente que el resto de la carne y se notaban las marcas de los dedos sobre la piel suave. Se volvió a poner a mi lado y me acarició con suavidad el culo. Silbó. “Desde luego, has recibido una buena. Pero, ¿sabes?, Me alegro de haberlo visto. Antes pensaba que yo era el único del equipo que aún recibía azotes en el culo. Ahora sé que puedo hablar de ello con alguien”

Sonreí. “Tranquilo. En casa todos estamos acostumbrados a pasar por el trance. Y a mis primos les pasa igual. ¿Te acuerdas de mi primo, el que nos llevó de excursión el mes pasado al campo?” “Claro, pero no me digas que a él también le pegan aún... ¡Si ya ha dejado la Universidad!!” “Hombre, ya no le castigan tan a menudo como cuando estaba, pero cuando vino nos enseñó las marcas de la correa de su padre. Se había ido de juerga un fin de semana y le pusieron una multa. Cuando su padre se enteró se puso tan furioso que le llevó al cobertizo, le hizo quitarse los vaqueros, le puso bocabajo en un caballete y le calentó bien el culo con el cinturón. Dice que estuvo dos días sin ir a clase porque no podía sentarse. Y claro, eso le valió otra azotaina por hacer novillos. Habían pasado quince días pero aún se podían ver las marcas de la correa sobre la carne. ¿No te diste cuenta de que no se quitó los calzoncillos cuando se bañó con nosotros?” “Sí, claro que me di cuenta”. “Pues esa era la razón. Pero dice que no es nada raro, y que hay muchos chicos en su fraternidad que aún reciben azotes en casa”

“A mí nunca me pegaron hasta que cumplí los dieciocho años” – Me contó entonces mi amigo – “Pero el día de mi cumpleaños, mi padre me llevó a su despacho y me dijo que ya me consideraba responsable de mis actos, que hasta entonces sólo había sido reñido, pero que a partir de entonces ya iba a empezar a castigarme cuando me lo mereciera. “Pero a mis hermanas no las castigas” le dije. “Es distinto”, me contestó. ”Tú eres un hombre y tienes que aprender responsabilidad. De ellas se encarga tu madre, y sólo ante ella responden. Tú a partir de ahora vas a responder ante mí. Así me educó tu abuelo, y a él su padre. Y espero que tú lo hagas así con tus hijos, cuando crezcas.” La verdad es que no hice mucho caso, ya sabes, era mi cumpleaños y todo aquello me parecía muy lejano. Pero a la semana siguiente recibí un suspenso, y al llegar a casa se lo di a mi madre. Ella suspiró y dijo: ”No, David. Ahora es a tu padre al que deberás dar las notas directamente”. No sé muy bien porqué pero las piernas me temblaron. Fui a su despacho sintiendo cada pisada como una condena. Llamé, y allí estaban mi tío y mi padre, que nunca me pareció tan grande y adulto como entonces”

“Recuerdo ahora que parecía que mi padre había estado riñendo a mi tío. Ya sabes, él sólo tenía veintiún años entonces, y estaba de pie al lado de la silla donde estaba sentado mi padre, frotándose el trasero bajo el vaquero con las dos manos. Cuando dije que llevaba a firmar una mala nota, mi tío me hizo una mueca divertida y salió del cuarto, dándome un cachete en el culo cuando pasó a mi lado. Mi padre me miró, leyó la nota y me hizo una seña de que me pusiera donde había estado mi tío. Lo hice y entonces me dijo. “Ya te lo avisé el otro día, pero parece que no me creíste. Ahora vas a ver que es verdad. Bájate los pantalones”. No intenté ni rogar. Me desabroché los pantalones y noté su mano cálida en mi espalda, forzándome a tumbarme bocabajo en sus muslos. Un instante después, sentí que me bajaba los calzoncillos, dejándome el culito al aire. Me dio unos doce o quince azotes solamente, pero a mí me pareció una azotaina formidable, ya que era la primera, y lloré y pataleé al notar la palma de su mano chocar contra mi piel desnuda. Cuando acabó, me tuvo un momento aún en sus rodillas, y me dijo: “Acuérdate que si te castigo es por tu bien. Y te aseguro que sólo porque te quiero hago esto. Y lo volveré a hacer muchas veces en el futuro, siempre que lo merezcas o lo necesites”. Me dio un último cachete y me dejó ir”

Desde entonces, no pasaba semana sin que me viera bocabajo en sus rodillas, recibiendo una buena azotaina. Mi tío más de una vez me protegía y escondía mis faltas, pero un día, jugando a las cartas, me ganó y le insulté. Se puso entonces muy serio y me dijo que me iba a enseña a respetar a sus mayores como le habían enseñado mi abuelo y mi padre a él. Yo acababa de cumplir los diecinueve y de pronto me vi en sus rodillas, con el culo al aire, y recibiendo una soberana azotaina.

Por supuesto, cuando llegó mi padre por la noche, me fui a quejar de la zurra que me había dado mi tío, deseando, en el fondo, que le diera una a él, pero mi padre me dijo que a partir de ese momento mi tío tenía tanto derecho como él a castigarme si lo creía necesario, y, para que no volviera a protestar, me llevó a mi cuarto y me dio unos azotes con el dorso del cepillo en el culo desnudo, con lo que te aseguro que aquella noche dormí bocabajo y al día siguiente procuré sentarme lo menos posible.

martes, 28 de diciembre de 2010

El polizón del tren (segunda parte)


El muchacho obedeció poniéndose de espaldas al revisor. Al levantar los brazos, la camiseta dejó al descubierto completamente su trasero encantador, cuya redondez era aún más destacada por el ceñido slip negro que llevaba puesto. El revisor estuvo disfrutando unos instantes de la visión, fijándose en las marcas rojas que se veían en el trozo de nalga que no cubría el calzoncillo. Luego se levantó, le dio un azote que hizo vibrar los carrillos del culo y salió del vagón.


El silencio cayó en el vagón hasta que, unos minutos después, se abrió la puerta del mismo y el revisor pelirrojo se asomó con cautela. Al ver a Jesús abrió la boca con gesto de asombro y tras fijarse un rato en su trasero retrocedió cerrando la puerta con cuidado y marchándose sin decir nada.


El tren hizo una parada y Jesús se removió, inquieto. Bajó los brazos un momento y con las dos manos se frotó las nalgas que notaba tensas y acaloradas. Luego, al ponerse de nuevo el tren en marcha volvió a subir los brazos a la nuca y tensó la espalda, poniendo el trasero curvado en una exposición deliciosa.


Pasaron varios minutos hasta que volvió el revisor jefe, que esbozó una sonrisa satisfecha al ver a Jesús en posición. Se acercó a él y con calma le bajó el calzoncillo por detrás dejando a la vista el trasero del muchacho, aún ruborizado por la azotaina recibida. Le dio una palmada que resonó en el vagón y lo volvió a cubrir. “Bien” dijo. “Me gusta que seas obediente. Pero eso no te va a salvar el culo – y nunca mejor dicho – porque tengo por aquí un par de amigos que están deseando trabar íntima relación con él. Pero de momento veo que se ha enfriado un poco, y eso no es bueno. Vamos a volver a calentarlo”.


Cogiendo al chico, lo llevó a trompicones – tenía los pantalones del chándal en los tobillos – al baúl donde antes había estado sentado. Puso el pie en alto en el baúl e hizo que Jesús se tumbara sobre su muslo, azotándole con la mano sobre el calzoncillo por un buen rato. Luego metió los dedos en el elástico del slip y lo bajó justo a la altura de los muslos, dejando así el castigado trasero al aire. Lo acarició “Así está mucho mejor” dijo y volvió a azotarlo con la palma de la mano. Jesús gemía y se retorcía bajo la lluvia de azotes que calentaba su culo apretando a veces las nalgas cuando pensaba que iba a caer la mano, pero el revisor entonces paraba un momento, y acto seguido azotaba con más ganas los ya calientes carrillos.


Por fin, tras una andanada que dejó jadeante a su víctima, se detuvo y volvió a acariciar los cachetes enrojecidos. Hizo levantarse al muchacho y con calma se desabrochó el cinturón y lo sacó lentamente, deleitándose en el susurro que hacía al salir de las trabillas del pantalón. Jesús le miraba con los ojos llenos de lágrimas. “Por favor” dijo “Ya me ha castigado bastante”. Una palmada en las nalgas le hizo estremecerse. “Eso lo decido yo” dijo el revisor. Una nueva palmada. “y aún queda la mejor parte. Quiero estar seguro de que se te quitan las ganas de montarte en el tren sin billete.”


Dobló el cinturón en dos y dijo: “Ponte mirando al baúl, y apoya las dos manos en él. Te quiero con el culo en pompa… las piernas separadas. Así. Veamos. Vamos a bajar un poco más el calzoncillo para que no moleste… bien… así está mejor…” Chasqueó el cinto de cuero y lo empuñó mientras se ponía en un lado. Levantó el cinto y lo descargó con fuerza en el trasero. El muchacho dobló las piernas con un gemido al notar el impacto. “Perdón. – Gemido - Perdón. – Gemido - Perdón”… decía a cada impacto de la correa, moviendo el trasero a un lado y otro intentando en vano esquivar los azotes.


El revisor le sujeto entonces por la cintura, y descargó una buena lluvia de correazos. Jesús intentó doblar las piernas, pero el revisor de nuevo metió su rodilla bajo el torso del muchacho manteniéndole así en posición mientras daba juego a la correa.


Cuando por fin se detuvo, Jesús tenía el trasero en llamas, y sollozaba pidiendo a su verdugo que pusiera fin al castigo. El revisor, todavía con el chico en su rodilla, se secó el sudor de la frente. Miró su reloj. Bien. Quedaba tiempo para un descanso y la última fase que iba a dejar un recuerdo imborrable durante unos días a las nalgas del muchacho.


Le hizo levantarse de su forzada posición y de nuevo le puso mirando a la pared, esta vez con el calzoncillo bajado justo al comienzo de los muslos. El trasero ya tenía las marcas de la azotaina en forma de verdugones que le cruzaban la antes blanca piel.


Ordenándole de nuevo que no se moviera, salió del vagón para hacer la última ronda por todo el tren. Jesús aprovechó para apretarse las nalgas con las manos, sintiendo las marcas dejadas por la correa como líneas ardientes en sus carrillos. De nuevo se abrió la puerta y asomó la cabeza del revisor pelirrojo que esta vez entró un momento en el vagón. Jesús le miró, los ojos llenos de dolor y lágrimas. El otro chico se acercó como hipnotizado y acercando su mano, acarició suavemente el escarmentado culo. Sacó de su pecho un papel que dio a Jesús y salió corriendo a fin de evitar al revisor jefe. Jesús lo miró, curioso a su pesar. En el papel se leía “Diego” y un número de teléfono. Con cuidado, lo guardó en su macuto y volvió a ponerse en posición de espera, preguntándose que le esperaba en el último tercio del viaje.


Tuvo que esperar de nuevo un rato hasta la vuelta del revisor jefe. Este abrió la puerta silbando una tonadilla. Estaba evidentemente contento y en su mano llevaba una vara que de vez en cuando hacía silbar en el aire. Jesús, al verlo, retrocedió con los ojos muy abiertos. “Señor, por favor” dijo con evidente miedo. “con la vara no, Por favor”.

“Me temo que no está en tu mano el pedir nada”. Dijo el revisor con una mueca feroz. “Te avisé que iba ser un buen castigo, y me voy a asegurar que no te olvides de portarte bien una buena temporada. Ahora ven aquí. Primero vamos a recalentar ese culito y luego nos aseguraremos de dejarle unas buenas marcas de recuerdo”.


Jesús, medio resistiendo, medio cediendo, se dejó arrastrar hasta el baúl donde el revisor volvió a tomar asiento y colocó al muchacho de nuevo sobre su muslo, dejando caer una lluvia de azotes muy rápida y enérgica sobre las nalgas desnudas. El muchacho gemía y se retorcía bajo el castigo, sujetándose a la pierna del revisor con ambas manos para mantener el equilibrio. En un momento, el revisor puso su pierna derecha sobre las de Jesús haciendo pinza y manteniéndole de esa forma en posición con el culo en pompa sobre su muslo.


Por fin, los dos jadeando, el revisor paró la azotaina y tuvo un rato quieto al muchacho en la misma posición. Los sollozos hacían que Jesús agitara los hombros. Sentía el trasero caliente como nunca pensó tenerlo. Y aun faltaba lo peor…


El revisor le hizo levantarse de su regazo. Había llegado el momento de la vara. Le hizo poner las manos sobre el baúl, doblándose para presentar el culo al castigo. El revisor sonrió. Estaba rojo y caliente al tacto, y se veían las marcas del cinturón. Pero con el nuevo instrumento le iba a dejar las nalgas aún más marcadas con verdugones. Cimbreó la vara, haciéndola silbar en el aire y la puso en contacto con la piel. Jesús se estremeció al contacto de la fría vara y tragó saliva pensando en lo que le esperaba. El revisor dejó caer el primer azote y Jesús no pudo evitar un gemido al tiempo que una línea violácea se marcaba en sus rojas nalgas. A cada varazo, Jesús gemía y en un momento intentó cubrirse las nalgas – que le ardían – con las manos, pero un varazo en los dedos le hizo desistir. “Por eso” dijo el revisor “serán diez más. Eso hace un total de veinticuatro”… Jesús gimió pero aguantó el resto de los azotes sintiendo como su trasero se cruzaba de líneas de fuego.


Por fin el revisor paró y se acercó a Jesús. Con una sonrisa, le acarició las nalgas, ahora rugosas por los verdugones, sintiendo el fuego que salía de ellas. “Bien” dijo. “Creo que la lección está aprendida. Levántate”. Jesús, los ojos arrasados de lágrimas, se levantó, agarrándose el trasero ardiente con las dos manos a fin de aliviar algo el dolor.


“Queda aún un poco para llegar. Ponte en el rincón y vendré a buscarte para avisarte y que te prepares a bajar… no te molestes en subirte los calzoncillos hasta entonces… quiero ver como te queda el trasero cuando vuelva”.


Salió dejando solo a Jesús, que quedó por tercera vez en posición de espera. Esta vez el tiempo pasó más rápido para el castigado muchacho, más cuando se pudo estar apretando las nalgas para reducir su ardor. El revisor volvió y se paró a su lado. Los dos de pie, le rodeó el pecho con el brazo izquierdo y palmeó con la mando derecha las calientes nalgas de abajo arriba, sintiéndolas vibrar a cada cachete. Tras unos diez o doce azotes de esta forma, le dijo que se preparara para bajar del tren. El muchacho se subió con cuidado calzoncillo y pantalón, y una rápida visita al cuarto de baño le bastó para lavarse la cara y quitar de sus ojos las muestras del llanto.


Volvió al departamento y recogió sus cosas, sin levantar la mirada, ante la mirada burlona del revisor, que aún le dio un último cachete en los fondillos del pantalón como despedida. Jesús salió del compartimento y se unió a la gente que bajaba del tren. Con disimulo, el muchacho se frotó con la palma de la mano el trasero que notaba caliente y con marcas. El calzoncillo se había pegado a la piel y con las yemas de los dedos siguió el trazado de los verdugones que cruzaban sus nalgas. En el andén vio a su tío y a su hermano, que le habían venido a buscar. Su hermano tenía un algo que le sorprendió. Parecía más joven, más infantil incluso, que la última vez que le vio en casa, como si hubiera perdido algo de la dureza de pandillero que le conoció en su última época en la ciudad y hubiera regresado a un tiempo anterior de la vida de ambos. Le dio dos besos a su tío y un abrazo a su hermano, y dirigió una última mirada hacia atrás, al revisor que estaba asomado a la puerta del vagón del que había bajado.


El revisor le vio alejarse entre la gente y ser recibido por un hombre y un joven, sin duda el hermano mayor del muchacho por el gran parecido entre ambos. Por un momento fantaseó con la idea de que el hermano mayor también pasara por lo que había pasado el pequeño. Sonrió ensimismado. En su mano aún notaba la tersura y el aroma de la piel del muchacho y deseó que el viaje se repitiera. Volvió a sonreír. El día había cambiado completamente y sabía bien como iba a acabar para que el cambio fuera total. Ahora se iría a casa y prepararía una buena cena, y esa tarde, cuando Manuel llegara de vuelta a casa, le encontraría listo y preparado: estaría acodado sobre la mesa de la cocina, con el culo en pompa. Pensó si tendría el pantalón bajado a los tobillos, pero decidió que simplemente le tendría desabrochado y listo para que Manuel lo bajara a su gusto. A su lado, en la mesa, pondría el cepillo de dorso plano preferido por Manuel y la vara de madera que tanto le gustaba a él. Sí. Al final iba a ser un día completo.


El revisor se volvió para entrar en el vagón y, al pensar en la azotaina que le esperaba se frotó instintivamente el trasero en el mismo gesto que antes había hecho Jesús. Justo en ese momento fue cuando Jesús le miró y vio el gesto, repitiéndolo él con una sonrisa cómplice. Se volvió hacia su tío y, sacando del bolsillo de la sudadera el billete del tren, lo tiró a la papelera al pasar junto a ella.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Polizón en el tren

Nuevo relato del amable autor de En casa del tío e Historias de Luis.


Era un día horrible. La discusión de la noche anterior había sido tan fuerte que acabó por dormir en el sofá, y en el desayuno no se habían cruzado palabra. Día lluvioso, y encima, en el segundo viaje, un problema con la máquina y media hora de retraso sobre el horario habitual. De hecho, acababan de recibir el permiso para la salida y los viajeros estaban acabando de montar al tren.


Un movimiento le llamó la atención. Entre la gente que subía en el vagón anterior, había un muchacho de unos veinte años, con chándal de sudadera gris y pantalón blanco que se ocultaba del revisor y, aprovechando un descuido, se coló en el vagón. Sonrió casi por primera vez en el día. Tenían un polizón a bordo. Un polizón con muy buen trasero. El viaje iba a ser más placentero de lo que esperaba.


Tenía – siempre había tenido – un sexto sentido para los que querían viajar de gorra en su convoy. Por eso, a pesar de su juventud – tenía solo 27 años – le habían hecho revisor jefe en las grandes líneas, cuando normalmente no llegabas a ello hasta más de diez años de servicio – y eso si llegabas. Pero él olía a los polizones a distancia. Siempre los delataba un cierto aire furtivo, un intentar volverse invisibles que para él era la mejor forma de descubrirse. Miró a su compañero – un joven de unos 22 que coincidía con él de forma esporádica y alardeaba que no se le colaba nadie en el tren. Bien, en aquella ocasión estaba claro que se le había colado alguien, pero ya ajustaría cuentas con él. Ahora su prioridad era el polizón. Sonrió. “Me acabas de alegrar el día” pensó.


Se dio la primera vuelta por los vagones de cola. El tren iba por allí medio vacío y la galería permanecía desierta. Solo tres de los compartimentos del penúltimo vagón estaban ocupados por sendas familias y en el último no había nadie. Echó también un vistazo al furgón de cola, en el que se llevaban los equipajes y algunas mercancías. Sonrió de nuevo: en aquel viaje, solo llevaban los grandes baúles de un grupo de teatro. Decididamente, el día estaba cambiando.


Pasó a los vagones anteriores, que recorrió tranquilamente. La gente estaba sentada en los compartimentos o de pie en la galería charlando o fumando. Era un viaje cómodo, de apenas tres horas. Saludó a sus dos subalternos y estuvo un rato de charla con ellos. El que había dejado colarse al polizón era un pelirrojo pecoso con los ojos verdes:


- Bueno – le preguntó con sorna – seguro que no has dejado colarse hoy a nadie, ¿verdad?


- No, señor. Le aseguro que no hay nadie sin billete en el tren.


- Eso está bien. Hay que ser cuidadoso. Nos dan una buena paga por ello y nadie quiere perder el empleo.


- Por supuesto señor. – respondió el joven, removiéndose intranquilo ante la aguda mirada del revisor jefe.


Recorrió todo el convoy sin ver al polizón. Sonrió. Seguro que se había escondido en el baño como solían hacer pensando que nadie los buscaría allí. No importaba. Aún había tiempo. Y cuanto más durara la caza, mejor sería la recompensa.


A la vuelta le vio por fin. Estaba en la galería del vagón, tratando de ocultarse entre los viajeros que había fumando, acodado en la ventana que estaba abierta para dejar salir el humo del tabaco. No se había equivocado. 20 años, estatura media, muy bien formado, deportista. Se fijó en el pelo, castaño, muy corto, y de pronto estuvo seguro de que era cadete. Se relamió, sintiendo con placer el cosquilleo de la lengua contra el bigote, revisando al chico de arriba abajo. Zapatillas grises de deporte, sudadera gris ajustada y pantalón de chándal blanco. Era una verdadera delicia. Tragó saliva. A través de la tela, se veía que el muchacho tenía un par de piernas largas, musculosas y bien torneadas y un trasero delicioso, firme, redondeado en una curvatura perfecta. Se lo imaginó en cueros, y sintió una erección indomable que le hizo lamerse los labios y, disimuladamente, llevarse la mano bajo la ropa para colocarse el pene.


Con una calma fingida se acercó al joven y se inclinó a su lado para decirle en voz baja: “Perdón, ¿me permite el billete?”. El muchacho, sorprendido, retrocedió un paso y, nervioso, empezó a buscar por los bolsillos de la sudadera. “Sí, por supuesto” dijo sin dejar de buscarse arriba y abajo. El revisor esperaba con una paciencia irónica en su mirada. El polizón empezó a rebuscar en su macuto diciendo: “estaba por aquí. Estoy seguro que lo tenía”. “Mire – dijo el revisor al ver que algunos pasajeros estaban empezando a prestar atención a la escena – haga el favor de pasar al último vagón y allí hablaremos más tranquilos.”. El muchacho asintió y tras recoger un petate le siguió sumisamente por las galerías.


Al pasar junto al revisor pelirrojo, el revisor jefe le saludó llevándose la mano a la gorra con un gesto burlón y haciendo una señal hacia el chico que le seguía. El joven revisor se ruborizó de modo que las pecas se hicieron casi invisibles en el tono rojizo de su rostro. Bajó la cabeza entendiendo por fin lo que antes le había preguntado el revisor jefe.


Éste siguió adelante, siempre seguido por el muchacho de chándal a corta distancia. Atravesaron los dos últimos vagones y llegaron por fin al furgón de equipaje. Allí, el revisor abrió la puerta e hizo pasar delante al polizón. Éste, con la cabeza gacha, entró en el vagón y se quedó quieto en el centro del vagón sin alzar la vista del suelo. A fin de mantener el equilibrio, tenía separadas las piernas, y el revisor echó una mirada apreciativa a su trasero antes de pasar a su lado y sentarse en uno de los baúles que estaba adosado a la pared.


- “Deja tus bultos” – hizo un gesto señalando un rincón - “y ven aquí”. – El muchacho obedeció dejando macuto y petate donde le decían y luego se acercó a dos pasos del revisor, siempre con la vista en el suelo. – “Más cerca” – dijo el revisor haciéndole ponerse al alcance de su brazo. – “Bien” – dijo entonces – “¿Cómo te llamas?”

- ….Jesús…


- Jesús, ¿que?


- Jesús Ruiz, señor. Me llamo Jesús Ruiz, señor.


- Bien. Jesús ¿Me equivoco o estás en el ejército?


- Sí señor. Así es.

- ¿voluntario, no? ¿Es decir que estás en el cuerpo de cadetes?


- Sí señor.


- Bien Jesús, pues hablemos claramente. Por lo que yo veo, hay tres opciones” – levantó la mano con la palma hacia el muchacho y los dedos doblados – “Uno” – desplegó el dedo índice – “puedes pagar el billete y por supuesto la multa correspondiente por haberte colado en el tren, que equivale a diez veces el precio del billete… pero seguro que no tienes dinero para ello ni quieres pedírselo a nadie para no descubrirte, ¿verdad?” – El muchacho asintió tímidamente, con la cabeza baja – “Era de suponer. Bien, sigamos: dos” – y desplegó el dedo corazón – “vía legal. Te denuncio y ello hace que te detengan, un juicio rápido y una condena a lo anterior – agravado por las costas, claro – pero creo que tampoco eso es solución porque la justicia pierde tiempo y dinero en un mindundi como tú, y vuelves a descubrirte”. – El muchacho levantó la mirada un momento con una expresión de miedo en los ojos. El revisor sonrió malévolamente. Le tenía justo donde le quería.- “Y, tres” – levantó el dedo anular – “aprovechar el viaje para solucionar el tema, sin coste alguno para la sociedad, dándote el escarmiento que mereces” - Y al decir la palabra escarmiento desplegó y juntó los dedos y agitó la mano de forma lateral, arriba y abajo con el universal gesto de aviso de unos azotes.


Jesús se ruborizó intensamente al oír la amenaza y ver el gesto. El revisor esperó unos segundos y entonces se paró al lado del muchacho. Le sacaba media cabeza y estaba claro que dominaba la situación. Con calma, alargó las manos y cogió la cremallera de la sudadera bajándola lentamente. Jesús se dejaba hacer, inmóvil, la cabeza gacha y los brazos caídos a lo largo del cuerpo. El revisor le quitó la sudadera dejándole simplemente con una ceñida camiseta a rayas. Dejó la sudadera a un lado y se volvió a sentar.


- Ven aquí – dijo, palmeándose el muslo derecho. Jesús dio dos pasos y se puso donde el revisor le decía. Este alargó la mano cogiendo al chico de la muñeca y le hizo tumbarse sobre sus muslos. Jesús no dijo una palabra y se dejó guiar mansamente. Al recostarse en el regazo del revisor éste le acarició la cabeza. “buen chico” – dijo – “pero tu obediencia no va a evitar que te lleves un buen castigo. Y este culito” – dio un azote apreciativo en la nalga derecha valorando su firmeza y volumen – “va a estar muy colorado cuando acabe contigo”. Se alegró de la sumisión del muchacho. Le habría gustado que rogara y se resistiera algo, pero también le agradaba esa cesión que hacía que el chico se quedara relajado e inmóvil en su regazo.


Levantó entonces la mano y la dejó caer con fuerza. Zas. Zas. Zas. Tres azotes cayeron rápidamente en el centro del trasero. Siguió entonces más pausado, azotando primero un lado y luego otro, sintiendo la mano calentarse al chocar con las nalgas y a Jesús agitarse cada vez que sentía un impacto. Poco a poco aceleró de nuevo el castigo, y una buena lluvia de azotes cayó sobre las indefensas nalgas provocando que el castigado empezara a gemir y se sujetara a la pierna izquierda del revisor con las dos manos. El primer castigo duró más de diez minutos, hasta que el revisor se paró y volvió a acariciar el cabello de Jesús. “Pobrecito” – dijo – “ya ves que el delito se paga”. Acarició el trasero y le hizo ponerse en pie a su derecha. Jesús estaba enrojecido y el sudor le cubría la frente, pero se quedó inmóvil delante de su verdugo.


Éste alargó las manos y desabrochó el lazo que sujetaba el pantalón del chándal. Ante la inmovilidad de Jesús metió los dedos por el elástico y de un tirón bajó los pantalones dejando a la vista el calzoncillo negro y los bien torneados muslos del muchacho. Poniéndole la mano en el trasero, el revisor le hizo volverse a tumbar en sus muslos. Con deleite, levantó el faldón de la camiseta dejando al aire un trozo de carne morena de la espalda y dejó reposar la mano sobre el calzoncillo. “Ahora” – dijo – “voy a seguir con el calentamiento… como te puedes imaginar, tu castigo no ha hecho más que empezar… esto es solo un aperitivo”. Le acarició el pelo y las mejillas. “¿algo que decir?” “No, señor. Lo merezco señor” respondió el muchacho. “Así me gusta” dijo el revisor, y levantando la mano la descargó con un sonido restallante sobre el calzoncillo negro.


El castigo siguió durante no menos de otros quince minutos, y por fin el revisor se detuvo. Notaba la mano ardiendo de los golpes y al apoyar la mano izquierda sobre el trasero lo notó tan caliente como si tuviera fuego. Hizo levantarse entonces a Jesús y le ordenó: “No te subas ni te quites el pantalón. Ponte de frente a aquella pared, con los brazos en alto y las manos en la nuca. Te quiero ahí quieto mientras yo hago mi ronda. Y no quiero que te muevas hasta que vuelva”.