miércoles, 4 de noviembre de 2009

Historias de Luis

Mientras intento encontrar tiempo para proseguir el nuevo relato de Chiquitín, otros son más diligentes que yo. Un amable lector me ha pasado este relato en tres partes: morboso, tierno y muy bien escrito.

Historias de Luis

1

- De verdad, Juan. Estoy desesperada. Ya no sé que hacer con él. No es solo que no haga nada en casa, ni que no quiera estudiar o trabajar. Es que ahora cuando está en casa está muy agresivo con su hermano y a mi me ignora...

-...

- No sé, de verdad. Ya le han echado de tres academias. No tiene ni siquiera el bachillerato superior. Se lo pasa todo el rato con su pandilla y vuelve a altas horas de la noche...

-....

- Lo hice y fue peor. Organizó un escándalo terrible a las cuatro de la mañana. Fuimos el comentario de todo el vecindario durante toda una semana...

- ...

- Sí, de verdad. Yo también creo que la situación se ha ido de mis manos. He pensado en locuras... no sé.... hasta en meterlo en un reformatorio para ver si logran hacer carrera con él....

- .....

- Sí.

- .....

-Sí

-....

- Sí, pero tu crees???

- ....

- Sí, bien...

-.....

- Sí, así lo haré...muchas gracias Juan... de verdad que muchas gracias....

A través del delgado tabique de la pared Luis, tumbado en la cama sólo vestido con unos ceñidos calzoncillos, escuchaba una vez más con una furia creciente lo que para él eran eternos quejidos y gemidos de su madre. Estaba harto y furioso. Furioso con la “vieja” – como él la llamaba – porque no le dejaba vivir su vida y no entendía que él era un tío importante entre sus colegas y tenía que mantener su estatus. Furioso con el gilipollas de su hermano que no sabía respetarle y cuya conducta servil hacia su madre hacía que él tuviera aún más problemas...

Aquella noche habían vuelto a tener una trifulca descomunal a la hora de la cena. Estaba empeñada en fastidiarle, eso era evidente, y claro, todo acabó solo cuando él se fue del comedor y se encerró en su cuarto pegando un portazo que hizo temblar los tabiques. Y ahora era aún peor porque desde ese momento su madre estaba hablando con su padrino y le estaba intentando poner en su contra. Era el único de la familia que siempre le había querido y ahora aquella bruja ejecutiva le quería poner en su contra.

Echó mano a la mesilla y cogió la cajetilla de tabaco. Con manos que le temblaban por la furia sacó un pitillo y lo encendió dando una larga calada, intentando serenarse. La rabia volvía a consumirlo una vez más y sentía su cuerpo bullir de ira concentrada. No. De ahí no pasaba. Dio una calada. Esa misma semana se iba a ir de casa. Ya encontraría algún lugar entre sus colegas donde cobijarse y ya vería como se apañaba. Él no tenía casi necesidades. Dio una calada más lenta. Él se sabía ganar la vida. Fue una pena que solo pudiera estar seis meses trabajando en la cafetería y lo tuviera que dejar al mudarse la familia. Poco después habían empezado los problemas con la vieja. Otra calada. Pensó en la oferta que le había hecho un amigo hacía poco pero la descartó. No. El no era tan tonto como para meterse en temas de droga. Se quería demasiado como para acabar en el trullo. Una calada muy profunda. Sonrió y se acarició lentamente el paquete. Seguro que había formas más fáciles de ganar dinero. Una última calada y la colilla voló por los aires para ir a caer con precisión dentro de la lata de metal que había en el suelo. Se tumbó boca abajo en la cama metiendo la mano dentro del calzoncillo notando la calidez de su paquete, y se quedó dormido tranquilo con su decisión.

A la mañana siguiente se despertó y pensó en su resolución nocturna. Bien, eso podía esperar. Era miércoles y sus colegas estaban liados. No era buen momento. Además, tendría que coger todo el dinero posible y su vieja solía sacar el dinero de la semana el viernes para tenerlo en casa. Se levantó, bostezando, y se rascó la nalga donde el elástico del calzoncillo había dejado una rozadura. Como siempre, salió de la habitación y se dirigió a la cocina para tomar un café. Se olió el sobaco. Bueno, ya se ducharía más tarde. Y aprovecharía para hacerse una paja. Siempre le había gustado hacerlo bajo el agua y desde luego no había nada mejor que un poco de sexo por la mañana. Bueno – pensó luego con una sonrisa – o realmente a cualquier hora.

Abrió la puerta de la cocina y se quedó clavado en el umbral. Su madre, como siempre, estaba fregando un cacharro con el grifo del agua caliente humeando sobre sus manos. Pero de pie a su lado, medio apoyado en la lavadora y con una jarra de café en la mano había un hombre. Los ojos de Luis se abrieron como platos y una alegría casi infantil invadió su cuerpo. “¡Padrino!” exclamó, abalanzándose sobre el hombre que casi tiró la taza al recibir el impacto del cuerpo desnudo contra el suyo. Luis le rodeó el torso con los brazos, sujetándole en un apretado abrazo, al tiempo que le daba un beso en cada mejilla que el hombre devolvió con un brillo de cariño en sus ojos. Luego el hombre le cogió por los hombros y le apartó de sí a la distancia del brazo para verle bien.

- Como has crecido – dijo, atusándole el pelo revuelto por el sueño. – Estas ya hecho un hombre.

- ¿Ves lo que te decía, Juan? – intervino la madre. – Luis, ves a ponerte unos pantalones. ¿Cómo se te ocurre presentarte así ante el tío Juan?

- Déjale, mujer. – Respondió Juan con un guiño a su ahijado – Hace calor y estamos en familia.

- Eso – refunfuñó ella – tú encima dale alas. .

El hombre la sonrió, y luego bajó la mano y palmeó en el costado a Luis. “Vamos a ver, peque”. Dijo poniendo una voz más seria de la que acostumbraba a usar con él. “Tú y yo tenemos que hablar. Coge el desayuno y vamos a sentarnos tranquilamente”.

Luis bajó la cabeza. Aquello le olía mal. Con todo lo que su madre había dicho estaba seguro que algo malo iba a pasar. No quería ver a su padrino enfadado con él por nada del mundo, pero nada bueno podía suceder cuando estaba seguro que la noche antes Juan estaba en su casa, a nada menos que casi 400 kilómetros de distancia, y ahora por la mañana estaba aquí, delante de él, cuando hacía casi dos años que no le veía...

Su padrino había cogido del brazo a su madre y se dirigieron al salón donde se sentaron alrededor de la mesa camilla que presidía la habitación. Allí esperaron a que Luis llegara y se sentara entre los dos, haciendo un triangulo que el recién llegado sintió como de desaprobación. Miró de reojo a su padrino y vio en su mirada un ceño que hacía mucho que no veía... el ceño de su padre cuando hacía alguna travesura. “Pero ya soy demasiado mayor” pensó, rebelándose al súbito miedo que le puso la piel de gallina por la idea de lo que aquel ceño significaba en otros tiempos.

- Vamos a ver, Luis – empezó su padrino con voz serena – Sabes que desde que, por desgracia, falta tu padre, siempre me he preocupado por ti y tu hermano, y aunque en la distancia, he procurado ayudar a tu madre en lo posible. Pero últimamente me ha comentado varias cosas y estoy muy preocupado porque creo que estáis entrando en una situación sin salida.

- Pero – intervino Luis. Un gesto de su padrino le cortó en seco.

- No me interrumpas, peque. Como te decía, creo que estáis entrando en una situación sin salida, y antes de que las cosas vayan a peor creo que lo mejor que puedo hacer es daros un tiempo de respiro a los dos. Tu madre pensaba enviarte a algún sitio para que recapacitaras.

- Ya lo sé – estalló Luis – la vieja quiere enviarme a un reformatorio. La oí anoche.

La mujer bajó la cabeza y al instante, la mirada de Juan hacia su ahijado se endureció de tal forma que también él bajó la cabeza, de pronto asustado de su vehemencia y al tiempo rabioso. Con que eso era. El hombre que idolatraba había venido para llevarle a alguna institución de disciplina...

- Luis – dijo Juan – de verdad que me sorprende y desagrada este carácter que estás mostrando. Incluso me haces dudar de mi decisión de llevarte a vivir conmigo a casa salvo que prometas enmendarte y volver a ser el chaval bueno que siempre he conocido.

Luis, aún con la cabeza baja, sentía que un torbellino de ideas bullía en su mente. Irse a vivir con su padrino. Perder de vista la casa que tanto detestaba. Aquello era un premio caído del cielo, no el castigo que tanto temía.

- Bien – insistió Juan – dime que puedo esperar de ti.

Luis levantó la cabeza y se abalanzó sobre él, poniéndose de rodillas en el suelo al tiempo que ceñía la cintura de su padrino en un fuerte abrazo, sintiendo el áspero dril de la tela del pantalón en su torso desnudo.

- Tío Juan, claro que me quiero ir contigo. Te prometo que no te voy a dar ningún problema. Por favor. Por favor, llévame contigo.

Juan cogió a su sobrino y le levantó con facilidad del suelo. Luego, dándole un cachete en la nalga, le dijo:

- Entiéndelo bien, Luis. Esto no es un premio. Muy por el contrario. Le prometí a tu padre que me iba a encargar de ti y de tu hermano como su padre se encargó de mí. Si vienes conmigo vas a tener que seguir normas y además quiero que prepares en estos meses los exámenes de septiembre para que saques el bachillerato de una vez. No van a ser vacaciones y por lo que he visto de tus notas, vas a tener que esforzarte mucho. Haremos un horario diario que tendrás que seguir. Y te digo lo mismo que me dijo tu padre hace tiempo: si te portas como un niño, te trataré como a un niño.

Luis sintió de nuevo que un presentimiento le ponía la carne de gallina. Tío Juan no era realmente familiar consanguíneo aunque sí tenían una vinculación lejana por venir del mismo pueblo. Al quedar huérfano Juan, el abuelo de Luis lo había llevado a vivir a su casa donde su padre, Emilio, había recibido al chico como un hermano pequeño y lo había cuidado luego cuando quedaron los dos solos. Criados como hermanos, ni la marcha de Emilio a la capital había logrado cortar aquella relación tan íntima de los dos. A Luis le constaba que Emilio había sido aún más duro con Juan que lo que luego fue con sus hijos. Pero de nuevo el pensamiento consolador de su propia edad hizo que Luis desechara la idea que se le había cruzado por la cabeza.

- No te preocupes, tío – le dijo, mirándole con sus cálidos ojos castaños. – Te obedeceré siempre.

- Bien. Entonces está decidido. – Juan miró a la mujer con una sonrisa. Ella dudó un momento y al final asintió con la cabeza. – En cuanto acabes el café te vas a dar una ducha y después iremos a tu cuarto y haremos las maletas. Tengo un par de asuntos que resolver aún, pero el fin de semana estaremos en casa.

Lo último que Luis quería era que su tío viera “la leonera” – como su madre llamaba a su cuarto. Dentro de las múltiples luchas perdidas por la pobre mujer, una de ellas era que su hijo mayor tuviera recogido su cuarto y su ropa. Tras pelearse día tras día con él, había optado por cerrar la puerta del cuarto y dejarle salirse con la suya. El resultado era un cuarto donde había ropa y todo tipo de objetos tirados por el suelo en el más completo desorden, y la cama sin hacer desde la última vez que se habían cambiado las sábanas – que era lo único que regularmente hacía cada semana la muchacha que iba a atender a la casa. Ese día se recogían todas las prendas de ropa que había tiradas a simple vista y se hacía lo que llamaban “la colada semanal de Luis”. Como eso se hacía precisamente los miércoles, en aquel momento “la leonera” estaba en su máximo apogeo.

- No hace falta, tío – dijo Luis, esquivando la mirada. – No te preocupes que ya recojo yo.

Su madre fue a decir algo, pero un contacto de la mano de Juan por debajo de la mesa la indujo a quedarse callada.

- Bueno – dijo Juan. – entonces lo mejor que podemos hacer es empacar las cosas en cuanto acabe Luis de desayunar y se duche, y ponernos de viaje cuanto antes. – se volvió hacia Luis - ¿te vas a duchar ahora, verdad?

Algo en su tono de voz hizo que Luis no dudara un instante de la respuesta.

- Sí, claro – dijo – Ahora mismo voy.

Dio un último sorbo al café y se levantó de la mesa. Juan le vio marchar con una sonrisa. El chico había salido a su madre en lo menudo – muy distinto del coloso que había sido su padre – y casi desnudo como iba enseñaba un cuerpo bien modelado por años de natación y fútbol. El ceñido calzoncillo resaltaba aún más la estrecha cintura del joven, y la curva redondez de las nalgas.

Cuando se quedaron solos, María sonrió con tristeza.

- De verdad que hace mucho que no le veía tan bien. Parece como si hubiera vuelto atrás en el tiempo.

Juan la sonrió sin decir nada.

- Ya se que parezco una vieja gruñona – dijo ella – pero de verdad que no te puedes imaginar el suplicio que han sido estos últimos años. Desde que nos mudamos ha estado totalmente fuera de quicio.

Juan le apretó la mano por encima de la mesa con una sonrisa.

- Será cosa de volverle a poner entonces en su sitio – dijo Juan. – No te preocupes. Yo también tuve una mala época como la que tiene tu hijo y Emilio me enseñó la mejor forma de enfrentar estos problemas.

- No sé – movió ella la cabeza de forma dubitativa. Miró el reloj. – Me tengo que ir a trabajar. Me da el tiempo justo para darte la maleta. Si os dejáis algo luego os lo mando yo.

- Siento no haber visto a Jesús. Dale un beso de mi parte y dile que ya nos resarciremos más adelante.

María sonrió, esta vez con orgullo y alegría. “Es un bendito” – dijo, con la voz llena de orgullo por su hijo pequeño. “Su padre estaría orgulloso de él. Este año acaba la carrera”. Luego su mirada se volvió opaca al mirar hacia donde estaba el cuarto de Luis. Juan sonrió. “no te preocupes. Cuando pase el verano verás como también estará orgulloso de Luis”.

Salieron al recibidor y del armario de la entrada sacaron una maleta de viaje. Se dieron dos besos en la puerta de la calle y la mujer se fue. Juan cerró la puerta a su espalda y, cogiendo la maleta se dirigió al cuarto de Luis. Al pasar ante la puerta abierta del cuarto de Jesús echó un vistazo. Era un cuarto luminoso y recogido.

En contraste, el cuarto de Luis era, definitivamente una leonera. En la pared sobre la cama un póster mostraba un desnudo femenino que enseñaba al espectador incluso más de lo que se puede ver a simple vista. Había un caos de ropa tirada como si alguien se hubiera vuelto loco y la hubiera sacado del armario para lanzarla por todas partes sin importarle que estuviera limpia o sucia. Sobre las sábanas arrugadas de la cama se veían algunas prendas de ropa usadas, otras aún con los dobleces de la plancha. De la puerta abierta del cuarto de baño salía una nube de vapor y el sonido del agua cayendo. Juan se asomó al interior. A través de la mampara de cristal se veía borrosamente la espalda de Luis bajo la ducha, recibiendo el agua a toda presión sobre su cuerpo y canturreando.

Juan sonrió con ternura recordando al chico que tan bien conocía y quería. Al casarse, Emilio y su mujer habían dejado el pueblo por la gran ciudad, pero todos los veranos volvían un mes a la casa del pueblo, y hasta la muerte de los abuelos maternos, Luis – y luego Jesús, casi cuatro años menor – se quedaban todo el verano en levante. En aquella época su padrino llamaba al chico su “llaverín” porque en cuanto éste le veía se colgaba de su brazo y no se separaba de él por nada del mundo. Luego las circunstancias de la vida – que incluían la desaparición del propio Emilio – habían enfriado un poco las relaciones, aunque al menos una vez al año Juan, que permanecía soltero, solía ir a ver a sus sobrinos no carnales y pasaba unos días con ellos reavivando viejos vínculos
Juan volvió a mirar el cuarto. Frunció los labios. Estaba claro que María no exageraba y tenía por delante más trabajo del que pensaba al principio, pero estaba seguro de volver a encauzar a su llaverín por el buen camino… aunque ello supusiera que el joven no se sentara cómodamente durante una buena temporada. Mientras su ahijado seguía canturreando en la ducha se acercó a la cocina, cogió varias bolsas de basura, volvió al cuarto y empezó a meter en ellas la ropa que había tirada por el suelo.

Cuando cesó el ruido del agua ya tenía dos bolsas llenas y empezaba a meter ropa en una tercera. Por el sonido del secador, supo que Luis había salido de la ducha y se estaba secando el pelo húmedo. Llenó la tercera bolsa y al sacudir la cuarta para desplegarla vio a Luis en el quicio de la puerta, vestido solo con la toalla de baño que se había ceñido alrededor de la cintura.

- ¿Qué haces? – preguntó el muchacho, sorprendido.

- Ya ves – respondió su tío. – Recogiendo la basura que tenías por el suelo. - Dejó la bolsa abierta en una silla y se sentó en la cama volviéndose a su sobrino.
- Tú y yo vamos a hablar seriamente antes de nada. Si quieres que nos llevemos bien ya puedes empezar a cambiar las malas costumbres que has adquirido.

El muchacho se envaró, las manos agarrotadas por una súbita furia. Se acercó a su padrino con la cara convertida en una expresión de rabia pura.

- Eres como ella. Quieres que sea tu pelele. Yo pensaba…

- A ver, Luis - dijo Juan con una voz tan seria y seca que cortó al instante la queja del muchacho - Si no quieres que te castigue ahora mismo empieza a controlar tu genio.

- Puedo hacer lo que quiera. No puedes castigarme. Ya soy mayor - gritó el muchacho acercándose aún más mientras agitaba los brazos con irritación.

Nunca lo hubiera hecho. Con un simple ademán, Juan se inclinó hacia delante sin levantarse de la cama, cogió al gesticulante muchacho del brazo izquierdo con una mano y con la otra dio un tirón a la toalla haciéndola desprenderse de la cintura y dejándole desnudo. Luis, dándose cuenta de su error, intentó alejarse, pero no pudo enfrentarse a la fuerza con que su padrino le arrastró hasta la cama y le obligó a tumbarse boca abajo en sus rodillas. En cuestión de segundos, Juan le sujetó con el brazo izquierdo por la cintura y aunque Luis se debatía con furia, levantó la mano derecha y la descargó con fuerza en el culo desnudo del muchacho dándole una serie de azotazos que restallaron en el aire como disparos. Luis, inmovilizado en su forzada postura, sentía la palma de la mano y los dedos de su padrino chasqueando contra su indefenso trasero y a la vez que notaba el crescendo de calor en su piel, el asombro le dejaba boquiabierto.

- Te-he-di-cho - dijo Juan, marcando cada silaba con un azotazo - que-no-te-con-sien-to-que-gri-tes.-Si-quie-res-que-te-tra-te-co-mo-un-a-dul-to,-em-pie-za-a-com-por-tar-te-co-mo-tal.

Así siguió casi diez minutos, alternando momentos en que el chasquido de los azotes era el único sonido que rompía el silencio de la casa con regañinas en que de nuevo cada sílaba era señal de un nuevo cachete. La piel del trasero, que en contraste con el moreno del resto del cuerpo, tenía el color lechoso de la piel que nunca ve el sol, se iba poniendo de un color rojo cada vez más subido.

Aunque no lo parecía, la naturaleza y el ejercicio habían dotado a Juan de una fuerza bastante considerable desde la infancia, y la lluvia de azotes que estaba dejando caer en el trasero de su ahijado hacía que este agitase frenéticamente los pies y moviese el culo intentando en vano esquivar el castigo. El joven rugió y se debatió ante los azotes, pero de un lado el dolor de su trasero, de otro el asombro y la vergüenza de sentirse castigado como cuando era pequeño - unidos al hecho de que en su fuero interno sabía que lo tenía merecido - hicieron que las lágrimas de rabia fueran sustituidas poco a poco por lágrimas de llanto.

Sólo cuando notó quebrarse la rabia del muchacho, Juan cesó con unos últimos cachetes más duros que los anteriores y le dejó sollozar un momento en sus rodillas. Estuvo a punto de acariciarle pero tras un segundo decidió que aún no era el momento por lo que le hizo ponerse en pie a su lado. Luis se echó las manos a las nalgas sintiéndolas ardorosas y con las marcas dejadas por los fuertes dedos de su padrino durante la azotaina.

Sin levantarse, Juan levantó un dedo admonitorio. - “Vamos a ver, Luis” - le dijo - “Te digo lo mismo que me decía tu padre. Mientras vivas bajo mi techo obedecerás las reglas establecidas. Y si no lo haces recibirás el castigo que mereces.”

- “No puedes. No debes. No tienes derecho” respondió Luis con lágrimas en la voz y en los ojos.

- “Tengo el derecho que me da el cariño y la responsabilidad que tengo hacia ti. No estoy dispuesto a que te hagas el daño que tú mismo te estás haciendo. Si te comportas como un niño pequeño te trataré como a tal”

Luis bajó la cabeza. Casi le dolía más el reproche que oía en la voz de Juan, al que idolatraba, que el escozor y la vergüenza de la azotaina. Tras unos instantes de estar los dos en silencio, Juan prosiguió, con su voz más calmada.

- “Vamos a hacer una cosa. Sabes que te quiero como si fueras mi hijo y ya te he dicho que quiero que te vengas a vivir conmigo, pero ten en cuenta que te voy a tratar como si fueras mi hijo, y si creo necesario corregirte no voy a dudar un solo instante en hacerlo… y no va a ser tan suave como ha sido ahora. Todo depende de ti. El ir y el no ir. Eso sí, si vas, vas con todas las consecuencias”.

Luis seguía con la cabeza gacha y ahora procedía a acariciarse las nalgas arriba y abajo más para ocultar su emoción que para aliviar la calentura.

- “Yo voy ahora a la cocina a tomar un café… Piénsalo. Si quieres venir conmigo, vístete y haz la maleta y nos iremos juntos. Si no, por supuesto que yo te voy a seguir queriendo igual pero llamaré a tu madre para decirle lo que ha pasado y que te quedas aquí”.

A pesar de la cabeza gacha, Luis se ruborizó intensamente. Juan se levantó.

- “Son las diez y media. A las once me voy. La elección es tuya”.

Pasó al lado de su ahijado y, reprimiendo el ansia de hacerle una carantoña, salió al pasillo y fue a la cocina donde se sirvió un café y se sentó a esperar la decisión del joven. Se sentía pesaroso de haber tenido que castigar al muchacho, pero estaba claro que la situación necesitaba una actuación inmediata y no se arrepentía de haber hecho lo que - estaba convencido - Emilio hubiera hecho de estar presente.

Veinte minutos después, por la puerta de la cocina entraba Luis, vestido con un niki azul oscuro y un pantalón vaquero cortado a medio muslo. Llevaba la maleta y una de las bolsas de basura llena de ropa. Dudó un instante al ver a su padrino, como temeroso de su reacción, pero este se levantó con una sonrisa cariñosa, le alborotó el pelo de la frente y le cogió la bolsa.

- ¿Vamos? - preguntó Juan.

- Sí - respondió Luis.

Juan dio un paso cuando la titubeante voz de Luis le detuvo:

- Padrino.

- Dime…

- Los demás… - se detuvo como con vergüenza. Juan sonrió, entendiéndole a la primera.

- No te preocupes, hijo - le dijo con una gran sonrisa, al tiempo que le rodeaba los hombros con el brazo - los demás no sabrán nada salvo que tú se lo digas.
Así abrazados, salieron de la casa.

2

La casona estaba en la costa, a un kilómetro del pueblo, levantada sobre un acantilado rocoso que protegía una pequeña cala de arena dorada cien metros más abajo. La construcción original, de casi tres siglos de antigüedad, había sufrido sucesivas modificaciones hasta su estructura actual. De planta cuadrada, hacia el exterior solo presentaba un gran muro blanco con alguna pequeña abertura, mientras que el interior estaba dividido en dos patios. El más interior - que correspondía a la casa propiamente dicha, era más pequeño y le daba sombra el voladizo de una galería en las horas más calurosas del día. Una fuente en el centro dejaba escuchar el sedante rumor del agua que caía sobre una gran roca de granito en cuyo lado superior habían excavado un pequeño estante.

El patio mayor, situado a la entrada, tenía alrededor los almacenes y graneros y en un lado estaba situada la cuadra donde había aún dos hermosos caballos, tres burros y varias vacas. En el lado de enfrente a la puerta, en el bloque central del edificio, estaban las habitaciones donde vivían los guardeses que cuidaban la casa y los terrenos circundantes.

Parecía increíble que en Levante - donde la especulación estaba empezando a destrozar el litoral - siguiera existiendo el paraje idílico de aquella casa rodeada de palmeras, vides y naranjos, y de hecho en muchas ocasiones Juan había recibido jugosas ofertas para ceder al menos las parcelas que rodeaban la casa - y en ocasiones la propia casa - para construir alguna urbanización, pero los medios de vida de que disponía le permitían seguir manteniendo lo que era de hecho un paraíso privado.

La fachada que daba al acantilado - inaccesible desde el exterior - era la única abierta al exterior en los dos pisos con dos grandes miradores con terraza. En el piso bajo estaban el salón, la biblioteca y una sala de estar que se abrían cada una por dos grandes ventanales al patio y a la terraza que daba justo sobre el acantilado. Diez grandes columnas sostenían el primer piso donde estaban las habitaciones principales de la casa. En total había tres cuartos, cada uno con un vestidor y una salita al lado. El central, que era el más grande y antaño había sido de sus padres, era el que ocupaba Juan. Luis ocupó el de la derecha, que era el mayor de los otros dos.

Los guardeses tenían tres hijos propios, y, como el padre decía con un tono de voz entre zumbón y cariñoso: “dos añadidos y uno postizo”. Los dos hijos añadidos eran los hijos de su hermana, que por su trabajo estaba siempre viajando por lo que no podía ocuparse de ellos debidamente, y el hijo postizo un chaval huérfano de origen rumano que habían acogido cuando llegó con una cuadrilla para trabajar en los campos y que ocupaba un puesto intermedio entre peón de la casa e hijo de la familia.

El mayor de los chavales era un par de meses menor que Luis y los más pequeños tenían los dos dieciocho años - la casualidad quiso que nacieran el mismo día del mismo año, por lo que los llamaban los gemelos -, con los otros tres repartidos entre medias de forma escalonada. Todos ellos varones, los conocían en el pueblo como “la pandilla de la casona” y realmente eran uña y carne tanto para lo bueno como para lo malo. Allá donde se hiciera alguna trastada o hubiera habido alguna pelea o se estuviera realizando alguna fiesta, se podía apostar que estaba “la pandilla”, de igual forma que siempre que alguien necesitase ayuda o se pudiera hacer algún bien, también se metía “la pandilla” de pleno. Dentro del grupo podía haber todas las trifulcas del mundo, pero si alguien se metía con uno de ellos se encontraba de inmediato con el frente cerrado de los otros cinco por lo que en todos los pueblos de alrededor habían aprendido a mantenerles un saludable respeto, hijo de la experiencia.

Su padre, el guardés, estaba orgulloso de su prole, pero eso no impedía que, como él mismo decía, tuviera “los músculos del brazo derecho más desarrollados que los del izquierdo” porque cómo también decía, siguiendo los consejos - y los ejemplos - de su propio padre y abuelo: “al chico y al mulo, al culo” y “los barcos y los chicos se gobiernan por la popa”, y de hecho no había semana en que no tuviera que aplicar la mano o la correa a las nalgas de alguno o, en las ocasiones más memorables, de todos los componentes de la pandilla.

Con la experiencia adquirida, el hombre tenía la mano fácil y los seis estaban seguros de que el castigo habitual a cualquier fechoría o trastada - del calibre que fuera - era verse sujetos boca abajo con el culo al aire en el firme regazo de su progenitor y notar la caricia de la mano, - o en los casos graves del cinto o del dorso de un cepillo que hacía tiempo le había regalado Juan tras que la pandilla devastase un cuadrado de naranjos para una fiesta sanjuanera.

Por la experiencia propia y adquirida, no gustaba el guardés de penitencias como el dejarles sin salir de casa o sin ver la televisión de blanco y negro que el padrino les había regalado, porque sabía por experiencia que sólo conllevaban que tuviera al final que recurrir igualmente a una buena azotaina para castigar lo que el castigo original había acabado produciendo. Y no era raro que en el patio grande resonasen por la tarde o por la noche - y alguna vez varias veces a lo largo del día - los estampidos que provocaba el choque de la callosa mano del padre sobre las tiernas nalgas de los chicos - y decimos tiernas que no blancas porque todos las tenían morenas por la costumbre de tomar el sol en cueros en la playa cerrada de la casona.

La guardesa, por su parte, era una mujer campesina, a la que si de espaldas se la veía fornida y recia, de frente tenía una dulzura en el rostro y un rubor perpetuo en las mejillas que la convertía en una auténtica figura maternal. No obstante, su zapatilla era legendaria como una de las mayores amenazas que los traseros de la pandilla hubieran sufrido nunca. El propio Luis la había probado en tiempos, y el picor que dejaba en las nalgas del castigado era de los que no se olvidaban fácilmente.

La tarde del sábado en que Luis llegó a la casona se encontró con todos los habitantes de la misma que estaban esperándole para darle la bienvenida. Aunque de pequeño solía veranear en el pueblo de sus abuelos maternos - que eran del interior - siempre hacía escapadas con su padrino y había sido un miembro muy activo en los inicios de la pandilla. Luego las circunstancias de la vida habían hecho que dejara de verlos porqué hacía ya casi seis años que no había vuelto al pueblo salvo alguna muy breve escapada.

Al único de la pandilla que no conocía porque se había incorporado solo dos años antes era al “postizo” que resultó ser un chaval menudo, con un cuerpo gracioso y flexible, menudo como un gitanillo y de cintura de torerillo, con el pelo de un castaño claro, casi rubio y grandes ojos grises y una expresión de agradecimiento eterno hacia sus bienhechores - en especial hacia Juan - que hablaba el castellano con un cierto deje -.

Por fin, tras saludar a todos y quedar para verse más tarde en la cala con la pandilla, Luis se fue con Juan a tomar posesión de su habitación. Allí colocó todas sus pertenencias según el principio - que le explicó claramente Juan - de que había un sitio para cada cosa y cada cosa debía estar en su sitio. “y esa es la primera norma que te pongo” - le dijo su padrino - “no quiero que este cuarto se convierta en una leonera, o ya conoces las consecuencias”. - Luis se ruborizó levemente mientras su padrino salía del cuarto para dejarle colocar todo y acostumbrarse a la idea de la nueva vida que había empezado.

Cuando acabó de colocar la ropa, se puso un bañador y una camiseta y salió por la terraza del cuarto. De allí, una escalera conectaba con el camino del acantilado que bajaba directamente a la cala. Bajó ágilmente viendo que en la suave playa de arena estaba jugando ya la pandilla en pleno en mayor o menor grado de desnudez - llevando los más vestidos un sucinto bañador y los menos vestidos ni siquiera eso.

Los más originales eran los gemelos, que habían descubierto en el desván unos viejos arcos de juguete y habían tenido la ocurrencia de disfrazarse de indios, lo que significaba que llevaban los dos por todo atavío un gran penacho de plumas, franjas de colores en la cara y un taparrabos hecho con un cinturón y un trozo de cuero cortado de un bolso que les cubría por delante, dejando las regordetas nalgas al aire. Cada uno llevaba su arco y flechas y se dedicaban a intentar cazar peces a flechazos, con el poco éxito que se puede suponer en su intento. Los otros cuatro acababan de entrar en el agua para darse un chapuzón.

Luis se quitó rápidamente la camiseta y se metió en el agua donde estuvieron nadando, peleando a base de tirarse agua o de hundirse y chapoteando mientras los gemelos seguían pegando gritos cada vez que fallaba su intento de cazar un pez a flechazos.

Cuando por fin salieron del agua, se sentaron en la arena y mantuvieron una larga conferencia en la que se informaron mutuamente de todas las novedades y noticias interesantes que pudieran haber pasado en el largo intervalo de tiempo que habían dejado de verse. Sentados, tirados o tumbados boca abajo, los chicos formaban un círculo en la arena a la sombra del acantilado El chaval rumano - al que todos llamaban Niko - se había sentado el más alejado de Luis y permanecía en silencio escuchando a todos.

Todos estaban concentrados en la historia que Andrés, el mayor, estaba contando a Luis sobre la última hazaña de la pandilla, en la que habían hecho una excursión en barca pese a que su padre se lo había prohibido, cuando una voz detrás de ellos les hizo pegar un bote:

- Vaya, no sé si decirle a tu padre que le cuentes esa historia tan interesante - Era Juan que acababa de llegar también vestido solo con un bañador.

Andrés se ruborizó y todos se rieron, aunque Luis detectó que en la risa había un fondo de nerviosismo. Estaban seguros de que si la historia llegaba a oídos de su padre habría un castigo general, y el guardés había demostrado en muchas ocasiones que la fuerza de su brazo era la misma desde el primero al último de los castigados. Juan se rió. “vamos, no os preocupéis, no le voy a contar nada. No tengo la intención de ver la playa llena de traseros enrojecidos como ya he visto más de una vez…”

Diciendo eso, pasó sonriente al lado del grupo, revolviendo el pelo a Niko - que le miró con adoración - según pasaba y se encaminó al mar. Entró en el suave oleaje y con vigor se alejó nadando por las claras aguas.

- Tenemos suerte de que sea nuestro padrino. - dijo Andrés a Luis - Es un tío cojonudo.

- Ahora también es padrino mío - intervino Niko por primera vez, cambiando de postura y tumbándose boca abajo en la arena todo estirado. Luis no pudo evitar fijarse en el cuerpo tostado del muchacho y en su trasero respingón. Se le pasó por la mente la imagen de Niko y Andrés tumbados boca abajo en las rodillas de su padrino, castigados igual que él. Sin lograr dejar de imaginarlo, no pudo evitar preguntar:

- Pero es verdad que vuestro padre os sigue…. - la palabra no le salía a Luis.

- ¿Que si nos sigue zurrando? - completó César, el tercero por edad, - Claro. Yo me llevé unos cachetes el lunes por no sacar la basura - era el día que me tocaba y se me fue el santo al cielo - y estos dos - señaló a los mellizos - se han salvado de una buena solo porque has llegado tú… pero estoy muy seguro de que esta noche se la van a llevar antes de acostarse y van a dormir calentitos.

- ¿Y qué habéis hecho para que os castigue?

Los dos gemelos se rieron a la vez. Le explicaron que su madre había hecho un gran bizcocho y cuando lo puso a enfriar la noche anterior ellos lo habían robado y se habían comido una buena parte. Lo malo además es que quisieron echar la culpa a las ratas pero como a raíz de encontrar migas en los pliegues de la sabana de la cama se descubrió el resto de bizcocho escondido en su cuarto no había sido difícil descubrir a los verdaderos culpables.

- Puedes apostar que si luego, cuando anochezca, pasas por el patio - dijo Bernardo, el primer “adosado” - verás como no se ríen tanto los dos. Padre tenía ganas de comer ese bizcocho, y aunque madre ya está haciendo otro se ha quedado sin probarlo en la merienda, y me da que esta noche va a haber castigo doble.

- Y además - dijo Andrés que estaba sentado entre los tumbados gemelos, al tiempo que les daba sendos manotazos en sus prominentes traseros - tiene terreno bastante donde zurrar, lo que a papá le gusta un montón. - Los dos pequeños se levantaron de un salto, dando alaridos de guerra y se lanzaron sobre su hermano mayor. Los tres rodaron por el suelo ante la divertida mirada de los demás, acostumbrados a semejantes batallas. Ante el ataque conjunto de la pareja, al final Andrés tuvo que huir corriendo, riendo a carcajadas, hacia el mar, donde se cruzó con Juan que salía del mar tras disfrutar de su chapuzón.

Juan los miró con una sonrisa. Tras salir, cogió una toalla y empezó a secarse mientras se acercaba al resto de chicos, que habían seguido la escena sin moverse. Cuando llegó junto a ellos, se sentó en la arena en el sitio que había dejado libre el trío. Luís observó que Niko, sin incorporarse, no perdía de vista a su padrino, al que miraba con auténtica adoración. Juan, distraído, le dio una palmada en el hombro y volviéndose a Luís, le dijo:

- He hablado con mi amigo José Luís. Es profesor. Estas dos semanas que van a durar aún las clases, como solo están por la mañana, vendrá una hora por la tarde para darte clase particular. Luego ya veremos porque seguramente alguno de la pandilla va a tener que estar contigo porque me ha dicho su madre que no llevan el curso demasiado bien…

Ante estas palabras, Bernardo y César, que iban al mismo curso, bajaron la cabeza deseando que se los tragara la tierra. Era cierto que sólo Niko y los gemelos llevaban bien el curso. Ellos y Andrés solían aprobar a trancas y barrancas, y en más de una ocasión habían tenido que recuperar alguna asignatura en verano. Como cumpliendo sus deseos, en ese momento les alcanzó la sombra que el acantilado proyectaba según el sol se iba ocultando. Aunque aún quedaba al menos una hora de sol, la pequeña y recóndita playa quedaba en penumbra mucho antes por los farallones que la rodeaban.

Hubo un silencio roto solo por el continuo rumor de las olas, y al instante empezaron a sonar solemnes las campanadas del reloj de la iglesia del pueblo que daban las siete de la tarde. Un instante después, el carillón de la casona entonó también la hora llamando a los bañistas hacia el interior para acabar los deberes y cenar.

Entre bromas y chuflas, olvidada la amenaza de los suspensos y solamente disgustados los gemelos porque se les habían roto los arcos en el fragor de la lucha, se dirigieron a la caseta que Juan había hecho construir al pie del acantilado, donde habían instalado un par de retretes y dos cuartos con duchas para quitarse la arena y el salitre que les impregnaba el cuerpo. La ducha de los hombres era casi cuartelaria, una simple habitación con unas cañerías donde estaban colgadas diez alcachofas independientes. La de las mujeres era más pequeña y tenía tres cubículos pero solía estar cerrada con llave y era muy poco usada.

Una vez duchados, los de la pandilla se vistieron cada uno con la camisa y el pantalón corto que habían dejado en la caseta al bajar a la playa, y todos juntos subieron el camino hacia la casona. Al llegar a la terraza inferior se separaron. Luis y Juan se fueron juntos subiendo al pasillo del primer piso donde tenían cada uno su cuarto. La pandilla se fue en dirección al patio anterior de la casona, planeando como asaltar la cocina. Como siempre, el ejercicio había hecho que la barrita de pan bombón y la chocolatina de la merienda se evaporasen de sus estómagos y las casi dos horas que faltaban para la cena se les aparecían como un desierto inmenso que tendrían que atravesar.

Pero cuando entraron en la casa, se encontraron en el salón con sus padres, cada uno con una taza de café en las manos y degustando los restos del bizcocho que “las ratas” de los gemelos - como había dicho su padre - habían dejado. Todos pusieron cara de culpabilidad, en especial los gemelos, que procuraron quedar en la sombra del resto del grupo, esperando que se olvidase la amenaza que se cernía sobre ellos. Pero el café estaba demasiado bueno - recién hecho, su aroma impregnaba el salón desde la cocina - y todos sintieron un retortijón de ganas en las tripas que no pasó inadvertido a los ojos de la guardesa, conocedora de las necesidades de sus retoños.

- Andrés - dijo su madre, levantándose y dejando la taza de café. - en la cocina hay unas galletas de las que hicimos ayer. Encárgate de repartir dos para cada uno, pero que sean dos solo, que si no luego no me cenáis. Yo voy a la tienda a por hilo, que habéis vuelto a romper dos pantalones.

Salió de la casa camino del pueblo mientras Andrés cumplía lo que le habían ordenado, dando dos galletas a cada hermano y quedándose él tres como mayor de la familia. Encendieron la televisión donde se veían dibujos animados y se sentaron alrededor del aparato devorando su tentempié.

- ¿Tenéis hechos los deberes? - dijo su padre. - Mirad que mañana no os quiero levantados a las siete para hacer alguna cosa que se os haya olvidado.

- Los íbamos a acabar ahora, papá - dijo Bernardo, apartando su atención un momento de la tele. . - Los dejamos casi todos hechos al mediodía. - Todos asintieron mientras empezaban a mordisquear las grandes galletas caseras que había traído Andrés.

El hombre saboreó el último sorbo del café cuando vio que los gemelos tenían a su lado los arcos de juguete que habían roto en la playa. Dejó la taza de café en su plato y preguntó: “¿qué es eso? No me digáis que los habéis roto. ¿Son los que os trajo el padrino cuando estuvo en Nueva York? A ver, dejarme verlos.

Los gemelos, las cabezas gachas, se acercaron a su padre. Los arcos eran de bambú, ligero y flexible, decorados con colorines imitando plumas y símbolos indios. Uno de los dos arcos se había partido en tres trozos y el otro se había roto cerca de una punta, que colgaba del extremo de la cuerda aún sujeta. El hombre cogió los arcos y los examinó con detenimiento. El primero no tenía arreglo alguno, por lo que lo dejó de lado, pero al coger el segundo lo estudió con detenimiento. Con cuidado sacó la cuerda del fragmento más largo y dejó el fragmento más corto y la cuerda junto al otro arco. Empuño el fragmento más largo de bambú y de pronto, lo agitó con fuerza, haciéndolo silbar en el aire.

- Me pregunto… - dijo el hombre murmurando para sí. Luego volvió la mirada hacia sus hijos pequeños que seguían de pie a su lado- Bueno, caballeretes - les dijo - ustedes tienen un castigo pendiente y creo que es hora de que recordéis que todos los actos tienen consecuencias… tanto para bien como para mal… y ya que a pesar de vuestra edad queréis seguir jugando con los arcos, vamos a darles un mejor uso para que los sigáis probando.

Se levantó de su sillón. El resto del grupo permanecía masticando en silencio atentos a la pantalla con la calma del que está acostumbrado a una escena habitual y sabe que en esa ocasión el rayo no amenaza su cabeza - ni ninguna otra parte de su cuerpo.

- Vamos a la cocina. - Los dos gemelos se pusieron a gimotear pidiendo perdón y suplicando que no les castigase. Ante la algarabía, el padre se mantuvo inexorable y se limitó a repetir, marcando las palabras: Vamos a la cocina.

Ante lo inevitable, los gemelos salieron del salón y avanzaron cabizbajos por el patio, seguidos por su progenitor que balanceaba el bambú en la mano camino de la cocina.

Luis llegaba en ese momento y vio la procesión avanzando delante de él. El guardés le saludó con un gesto al pasar. Los gemelos, al verle, se ruborizaron. Una cosa era que la pandilla supiera su castigo - al fin y al cabo lo compartían - y otra muy distinta que lo supiera el resto de la gente. Luis se quedó clavado sin poder evitarlo, mientras los veía entrar en la gran cocina de la casona. Como no cerraron la puerta, se acercó lentamente y contempló, fascinado, toda la escena desde el umbral.

El padre les condujo al lado de la mesa de la cocina y allí les dijo algo que Luis no entendió bien, pero que por el tono estaba claro que era una regañina. Los dos gemelos redoblaron su cara de inocencia y pidieron perdón a su padre con grandes aspavientos. Éste movió la cabeza entre irritado y divertido por la escena que estaban montando y por fin señaló a Enrique y le indicó con el gesto que fuera hacia la mesa. El chico obedeció, poniéndose mirando hacia la misma. Su padre volvió a hablar y el chico se apoyó en la tabla con las manos y se inclinó un poco poniendo el culo en pompa, sin dejar de gimotear, mientras Daniel se restregaba los ojos y gimoteaba sabiendo que era el siguiente.

Poniéndose a la izquierda de su hijo, con firmeza no exenta de suavidad, le puso la mano en la espalda, haciéndole inclinarse un poco más. Entonces levantó la mano derecha, armada de una vara que Luis reconoció entonces como el resto del arco de juguete, y lo dejó caer cinco veces en la nalga derecha de su hijo, que aulló y se debatió bajo los azotes. Luego, sin soltar al chico, se cambió de lado y ejecutando la misma acción, le dio otros cinco azotes sobre el lado izquierdo de los fondillos del pantalón.

Cuando acabó el quinto azote, le dejó levantarse e indicó a Daniel que ocupara la posición. En dos minutos, se habían repetido los diez varazos - aunque esta vez cambió y los primeros los dio al lado izquierdo y los segundos al lado derecho. Mientras tanto, Enrique -de espaldas a la puerta - lloraba y se frotaba las nalgas con las dos manos. En el muslo, justo donde el pantaloncito acababa, se veía formarse claramente la marca de un verdugón.

Luis se apartó entonces de la puerta y se alejó con el corazón palpitándole como un loco. Sentía pena por los dos jovenzuelos, por supuesto, pero al mismo tiempo sentía el sudor frío y una sensación de fascinación que le había dejado las piernas temblorosas. Pensó en Juan y un escalofrío le recorrió la espalda sintiendo que, a pesar de que él ya era mayor, podía haber sido él perfectamente el que hubiera estado en el lugar de Daniel y Enrique.

Los gemelos, entretanto, con lágrimas en los ojos y sintiendo el escozor de las marcas del trasero, fueron enviados a su cuarto para que esperaran allí la hora de la cena. Los dos subieron las escaleras hacia el cuarto que compartían con Cesar, y una vez allí procedieron a la inspección mutua de las marcas. En cierta forma, estaban orgullosos por haber sido los primeros en inaugurar el bambú, que posiblemente probarían luego todos sus hermanos.

3

Durante toda la noche, Luis estuvo soñando con los azotes que de modo tan repentino habían vuelto a aparecer en su vida. Volvían cuando ya creía que habían desaparecido para siempre y se habían convertido en un recuerdo nebuloso de su pasado. Una y otra vez en sus sueños volvía a experimentar la primera azotaina que había recibido de su padrino el día antes, alternando con la escena de la que había presenciado por la tarde en la cocina de la casona. Unas veces él era el que empuñaba la vara y azotaba el trasero de los miembros de la pandilla, o el que les ponía boca abajo en sus rodillas y les zurraba el culo desnudo con la mano. Otras veces, en cambio, se veía obligado a bajarse los pantalones y exponer su trasero al castigo, en cuyo caso era normalmente Juan el que empuñaba la vara o descargaba la palma de la mano sobre el indefenso posterior de su ahijado.

Se agitaba en la cama intentando esquivar una azotaina especialmente dura sobre el regazo de Juan cuando se despertó bruscamente en el momento que alguien descorrió la cortina de su cuarto, dejando entrar el sol a raudales por la ventana. Intentó taparse la cabeza con la almohada, pero Juan, ya vestido, le retiró la sabana mientras le decía alegremente:

- Arriba dormilón, que ya está el sol muy alto y hay que desayunar.

Luís miró el reloj de la mesilla... ¡Las nueve de la mañana! Aquello debía ser otra pesadilla. Él nunca se levantaba antes de las diez. Rezongó e intentó darse la vuelta en la cama volviéndose a arropar en la sabana al tiempo que soltaba un sonoro taco:

- ¡Déjame dormir, joder!

Nunca lo hubiera hecho. De pronto notó como si la sábana volara dejándole al descubierto. Como era casi verano, en vez del skijama, llevaba puestos simplemente una camiseta de tirantes y unos calzoncillos. Sobresaltado, apoyándose en el brazo, medio se incorporó en la cama y levantó la cabeza mirando hacia la sabana volante y entonces vio como Juan, con el ceño fruncido, se inclinaba hacia el suelo, cogía algo con la mano derecha y avanzando el brazo izquierdo le sujetaba firmemente boca abajo en la cama. Luís intentó resistirse, pero la presión con que Juan le sujetaba hacía inútil cualquier intento de evasión. Acto seguido, una nube de dolor le envolvió el trasero cuando una serie de fuertes zapatillazos empezó a descargarse sobre la culera del calzoncillo. Eran golpes enérgicos, propinados en una serie rápida y continua que parecía no acabar nunca.

- Perdón, perdón - suplicaba Luís intentando en vano esquivar la lluvia de azotes - lo siento. No lo haré más. - Agitaba las manos contra la almohada sin atreverse a protegerse con ellas, presintiendo que sería mucho peor. Sus redondeadas nalgas bajo el calzoncillo eran una diana perfecta para la zapatilla que descargaba una y otra vez su padrino.

Juan seguía sujetándole con una mano que parecía una garra de hierro contra la cama. No decía nada y su rostro sereno - atisbado de través por Luís en medio de su baile sobre la cama - sólo mostraba la tensión por medio de una ceja enarcada y una mandíbula apretada que mostraba la decisión del hombre de dar un serio castigo al joven. En medio de las suplicas y sollozos de Luís, Juan empezó a hablar con calma:

- Que sea la última vez. ¿Entiendes? - le dijo - que me dices un taco ¿Entiendes? Eso no lo consiento a nadie y menos a ti. ¿Entiendes? Y se acabó el señorito mimado ¿Entiendes? Aquí hay normas y las normas se cumplen ¿De acuerdo? Porque las normas que no se cumplen tienen consecuencias y esta es la más habitual ¿Entendido?

A cada interrogante, Juan acrecentaba el ritmo y la fuerza de los azotes y Luís sentía que el trasero le ardía e iba enrojeciendo cada vez más. No menos de cien zapatillazos cayeron sobre el trasero de Luís, que sentía su piel ardiente bajo el castigo. Después de la última interrogación hubo una salva final de azotazos que dejaron a Luís casi sin respiración.

Cuando por fin Juan le soltó, Luís se quedó tendido, sollozando, en la misma postura en que había sufrido la azotaina. Estaba tan avergonzado que no le importó siquiera cuando Juan le bajó el calzoncillo dejando al aire su enrojecido trasero. Dos manchas carmesíes cruzaban sus nalgas mostrando en ellas la huella entrecruzada de la suela de la zapatilla.

Con cuidado, Juan se sentó a su lado en la cama., mirando la espalda del joven estremecida por los sollozos. Le acarició el cabello húmedo por el sudor provocado por la azotaina e incluso puso su mano fresca sobre el enrojecido trasero, acariciándole suavemente. Luís, al notarlo, tensó los glúteos como temeroso de recibir más castigo. Tenía un trasero redondeado, terso y lampiño. Cuando la mano se limitó a acariciar con suavidad la piel enrojecida, Luís fue cediendo y miró con ojos llenos de lágrimas a su padrino. Este le sonrió con ternura, el fuego de sus ojos ahora apagado.

- Vamos a ver, Luís - le dijo con una sonrisa seria pero a la vez afectuosa. - Me parece que vas a tener que recibir un curso de recuperación intensivo para que recuerdes los buenos modales y formas que tu padre te enseñó. Porque me consta de sobra que eras un chico de lo mejor educado y afectuoso - le separó el pelo pegado de la frente y le acarició la mejilla húmeda - Tu padre hizo un muy buen trabajo contigo y vamos a tener que recuperar estos años perdidos para que vuelvas a ser así… aunque eso suponga que estos cachetes - le estrujo un carrillo del trasero - vayan a estar bien enrojecidos durante una buena temporada.

- Pero ya soy mayor - balbució Luis.

- Ya eres mayooooor… - repitió Juan burlonamente, como si hablara con un niño. Luego se puso serio - Aparte de que, legalmente, no serás mayor de edad hasta fin de año, sabes que mientras vivas en mi casa y comas en mi mesa tendrás que obedecer las normas que hay en ella establecidas. Ahora estás bajo mi custodia y de hecho yo soy el tutor designado por tu padre para vuestra educación - aquí cambió las caricias lentas por un suave cachete en la nalga como afirmando sus palabras - y si por ciertas circunstancias - nuevo cachete - he tenido que dejarte este tiempo - nuevo cachete - te aseguro que vamos a recuperar el tiempo perdido para convertirte en el hombre de provecho que tu padre siempre quiso que fueras - cachete algo más vigoroso y pausa. Luego siguió con una voz evocadora: Él se preocupó de mí cuando yo era como tú y me voy a asegurar que tú no te desvíes del camino recto como él se preocupó de mí. De modo que si te desvías del buen camino o no sigues las reglas marcadas, - le dio un azote que hizo que Luís respingara en la cama - tu trasero - nuevo azote - será el que lleve la penitencia.

Se levantó.

- Vamos. A levantarse que el desayuno se enfría. Te quiero en el saloncito en cinco minutos. Lávate los churretes de la cara. No hace falta que te vistas ahora porque estamos solos. Luego tendremos tiempo de sobra de arreglarnos para ir a la iglesia al oficio de las doce. Los gemelos cantan hoy en el coro.

Ir a la iglesia. Su madre y su hermano iban todas las semanas, pero él no había ido hacía por lo menos dos años. Se ruborizó al tiempo que se levantaba apresuradamente, subiéndose el calzoncillo. Su vida había cambiado mucho más de lo que pensaba y se iba a tener que acostumbrar rápidamente. Se lavó la cara y luego, dándose la vuelta al espejo, giró la cabeza para intentar verse el trasero. Hizo una mueca: el calzoncillo se había pegado a su piel. Se acarició las nalgas. Las notaba calientes pero rápidamente el rojo de la piel iba desapareciendo, dando paso a una tersura casi de tambor en los dos carrillos.

Salió al saloncito donde Juan le esperaba ya saboreando un café. Luís entró y le dio un beso de buenos días en la mejilla como había hecho tantas veces con su padre cuando era un chiquillo. Luego se sentó a la mesa y se sirvió una gran rebanada de crujiente pan tostado y un poco de café. De pronto tenía hambre y se sentía contento, como hacía mucho que no estaba. Por primera vez en mucho tiempo sentía que alguien se preocupaba realmente de él.

Durante el desayuno hablaron poco. Juan leía tranquilamente el periódico dominical mientras tomaba reposados sorbos de café. Luís, por su parte, comía a dos carrillos observando furtivamente a su padrino. En un momento dado, Juan levantó la vista del periódico y sorprendió los ojos del joven mirándole. Luís se ruborizó y luego se enojó consigo mismo… hacia tanto que no se ruborizaba, y ahora no dejaba de hacerlo.

Juan sonrió con ternura. Dobló el periódico y se sirvió un poco más de café con leche.

- Bueno - le dijo a su ahijado. - dime que me quieres preguntar.

Luís bajó los ojos, cada vez más ruborizado. Desde luego, no podía decirle a su padrino lo que de verdad estaba pensando, por lo que optó por hacer preguntas menos comprometidas que las ideas que realmente tenía en mente.

- No, nada en especial, padrino. - se revolvió incómodo en la silla, tanto por su rubor como por notar de nuevo la tela del calzoncillo pegada a su piel - Sólo pensaba como portarme para que no te enfades conmigo. Sé que no me he portado bien con mamá últimamente… y de verdad que me voy a esforzar para cambiar mi comportamiento y ser digno de vosotros.

Juan le escuchaba atentamente, sus ojos, de un color miel, clavados fijamente en los del joven.

- No te preocupes, Luís. El primer paso ya le has dado. Por supuesto que tendremos que adaptarnos los dos. Yo me he convertido en un solterón empedernido y cómodo con mis rutinas muy establecidas, y aunque comparto muchos ratos con mucha gente y muchas veces verás que comeremos con Antonio y Elena y los de la pandilla, no es lo mismo una convivencia continuada como la que tú y yo vamos a tener a partir de ahora.

“Antes te he dicho que hay normas establecidas y es cierto, pero yo creo que todas están basadas en el respeto mutuo y la buena educación. Y si hay alguna con la que no estés de acuerdo dímelo y la discutiremos, porque una vez establecida el no cumplirla te supondrá un castigo directamente.”

“Como ya te he dicho, cuando yo tenía tu edad vivía con tu padre que era mi tutor, y te aseguro que siempre me demostró lo que me quería pero jamás me perdonó una zurra cuando quebraba alguna norma o consideraba que me la había ganado - como de hecho hacía también tu abuelo”.

- No… no les dirás a los demás que me castigas, ¿verdad?

Juan se rió con una risa divertida.

- No creo que les importe mucho - respondió - teniendo en cuenta que también ellos se llevan sus buenas azotainas, tanto en casa como en el instituto - ya conocerás a José Luís, tu profesor - y hasta alguna vez les he sacudido yo. Hace poco tuve que castigar al pequeño Nicolás porque tiene el vicio de los tacos, pero creo que voy a lograr que se lo quite.

- Le… le zurraste - preguntó Luís casi sin atreverse, sintiendo un brinco en la zona de su bragueta.

- Por supuesto. Le puse a culo pajarero en mis rodillas y mi mano le enseñó los modales que nadie le había enseñado antes. Me dio pena, por supuesto, el pobrecito. Es una delicia de chaval y no tiene la culpa de haberse criado en el circo, pero no me queda más remedio si quiero evitar que siga por el mal camino. Pero vamos. Toca vestirse de domingo que tenemos que bajar al pueblo y luego hay que ir al Club Náutico a comer, que allí nos espera tu profe y tenemos que darle una buena impresión el primer día.

Las siguientes horas pasaron rápidamente. Durante el oficio Luís no se podía concentrar en la ceremonia. Su pensamiento fluctuaba revisando todo lo que había sucedido desde la pelea con su madre. Bajo el pantalón, era muy consciente de sus nalgas. Las sentía calidas y le parecía como si hubieran estirado su piel como si fuera un tambor. La hipersensibilidad le hacía sentir incluso las rugosidades de la madera del banco, pero sobre todo las costuras de los bordes del calzoncillo. La misma sensación la había tenido el día anterior en las primeras horas del viaje.

Justo antes de bajar a desayunar, tras la azotaina, había echado una rápida ojeada a su trasero en el espejo, viendo un leve rubor. Luego, al subir a vestirse, el rubor había desaparecido y sus nalgas se mostraban incluso más blancas y tersas que de costumbre. Siempre había sido consciente de que tenía un buen culo. Ahora notaba el pantalón aún más ceñido a sus redondeadas nalgas y le parecía que había vuelto a engordar y que las costuras de los fondillos podrían estallar en cualquier momento. Se acordó entonces de su padre, que le llamaba “su tordito” porque “tenía la cara fina y el culo gordito”.

Se fijó en los gemelos. Estaban en el coro, vestidos con sus túnicas del coro rojas y blancas, repeinados y relavados, tan formalitos a la vista de todos y en especial de su madre que, bajo el velo de encaje que le cubría la cabeza, no dejaba de controlar todos sus actos. Recordando lo que había visto la noche anterior, pensó que también ellos eran “torditos” como él y se preguntó si debajo de las casullas lucirían aún los verdugones de la azotaina o serían como él y ya no tendrían marcas, aunque sí la especial sensibilidad en la zona que él sentía.

A los dieciocho años, su vida había cambiado totalmente. Su padre se había ido. Sus abuelos murieron. Todo se derrumbó. El padrino también estaba ausente. A los diecinueve tuvo un buen año, justo el tiempo que estuvo trabajando en la cafetería con Pedro, pero entonces un nuevo trabajo de su madre hizo que se tuvieran que mudar y volvieron los tiempos malos hasta el momento en que, la mañana anterior, volvió a aparecer en su vida su padrino, que le dijo que se iba a ir con él y de nuevo volvió a sentir que alguien tomaba el timón de su barco y le iba a dirigir hacia buen puerto. Tal vez entonces, pensó volviendo al presente, la seguridad tanto tiempo añorada volvería por fin a su vida.

Tras el oficio estuvieron dando un paseo por el pueblo hasta la hora de la comida. Aunque había muchas casitas de verano nuevas, la calle principal era tal y como la recordaba Luís: una amplia avenida sombreada de grandes árboles que entrecruzaban sus ramas creando una bóveda verde y fresca sobre las cabezas de la gente. El escaso tráfico que había se dirigía por las calles laterales hacia las amplias playas al norte de la ciudad, aunque algunos coches giraban hacia el puerto para ir más allá, buscando la intimidad de las rocosas calas que había hacia la zona de la Casona. Los habitantes del pueblo, todos vestidos de domingo, se paseaban calmosamente o tomaban el aperitivo sentados tranquilamente en las terrazas de los bares de la avenida principal. Una y otra vez, Juan se paraba a charlar con unos y otros y Luís era continuo objeto de reconocimiento por parte de la pequeña sociedad de Fanoller que en su mayor parte le recordaba de cuando venía con su padre al pueblo natal de este o a visitar a su padrino.

Se sentaron al fin en una de las terrazas próximas al puerto. Ahora les tocó pasar a los que antes estaban sentados, además de algunos nuevos que se habían incorporado tarde al paseo. Estaban apurando los vasos de refresco cuando Juan dijo:

- Mira, ahí viene José Luís.

Luís miró al que iba a ser su nuevo profesor y se acordó de él. Lo había visto varias veces cuando antaño visitaba el pueblo e incluso su padre y él habían merendado con él y su mujer en su casa porque había sido maestro de la clase de su padre. Recordó que tenía no menos de cuatro hijos más pequeños que él con los que estuvo jugando mientras su padre y el maestro recordaban viejos tiempos en el despacho de este.

El hombre se acercó con paso firme. A pesar de no ser muy alto, tenía un cierto aire militar y lo erguido que iba así como el sombrero que llevaba parecía acrecentar su estatura Luís sabía que debía rondar los 60 años, pero aunque tenía la coronilla calva, el aspecto y la energía que denotaba le hacían parecer más joven. Llevaba un bigotillo recortado y tenía unas cejas espesas bajo las que resaltaban unos agudos ojos que evaluaron al muchacho de arriba abajo cuando éste se levantó para saludarle y darle la mano al ser presentado por Juan. Luís tuvo la sensación de que aquellos ojos veían a través de sus fondillos y traspasaban el secreto del castigo recibido por lo que, sin poder evitarlo, se ruborizó levemente. Luego, al darse cuenta de que el maestro sonreía viendo su rubor, se ruborizó aún más.

Estuvieron aún un rato sentados, viendo como el resto del pueblo paseaba por el paseo hasta que llegó casi la hora de la comida y la zona se fue despoblando mientras sus ocupantes se dirigían a sus domicilios o a alguno de los restaurantes para comer. Por fin se levantaron y con un paso tranquilo se acercaron hacia el puerto y tiraron hacia la derecha, donde se elevaba el Club Náutico. El Restaurante del Mar era un gran edificio de madera construido sobre una plataforma que se internaba en el agua. Era un octágono todo rodeado de ventanas excepto la zona de unión hacia el puerto y la zona donde estaban las cocinas y salas del servicio.

El maître, un hombre grueso y fuerte, los recibió efusivamente. Por la gran sala se movían cinco o seis camareros sirviendo las mesas. Eran todos chicos jóvenes, vestidos con un ceñido pantalón y chaleco de tela negra brillante, camisa blanca y una faja roja o blanca en la cintura. Todos impecables, parecían realizar un extraño ballet en que, bajo el control del maître, atendían todas las necesidades de los clientes sin ser agobiantes ni dejar a nadie desatendido.

Juan, sonriendo, hizo un elogio de ellos y a la vez del maitre, y este bajó la cabeza, agradeciendo la lisonja con toda naturalidad:

- El mes que viene - comentó el maitre, atusándose el bigote - vuelve Andrés con nosotros. Repite después de su experiencia del verano pasado.

- Ya me lo dijo. Y me parece bien. El chaval así se saca unas perras para sus gastos, que ya va siendo hora de empezar a pensar en el futuro. Y si se porta mal, ya sabe que no debe dudar en decírnoslo para que su padre y yo nos encarguemos de que ande derecho.

- No hay problema - dijo el maitre, con una media sonrisa - ya me encargo yo cuando es necesario y la verdad es que con Andrés no hubo casi ninguno. Ya podrían aprender otros de él - y al decir esto no dejaba de mirar a uno de los camareros. Siguiendo su mirada, Luís vio que el muchacho, un chaval pecoso con cara de pícaro que debía ser poco mayor que los gemelos, parecía hacer su trabajo pero en realidad se movía en círculo y no se alejaba de una mesa donde había una familia con dos mocitas que no dejaban de hacerle caritas.

Tras tomarles la nota - sin dejar de controlar lo que hacía el camarero, según observó Luís - el maitre se alejó hacia la cocina para hacer el pedido. Juan y José Luís, divertidos, también observaban la escena. El camarero, ciego a todo lo demás, no dejaba de dar su atención en exclusiva a la mesa donde estaban las muchachas, incluso ignorando las francas llamadas de otras dos de las mesas que le correspondían. De pronto, como si surgiera de la nada, apareció el maitre a su lado. Indicó a otro de los camareros que atendieran los pedidos de las dos mesas y se llevó a la cocina al camarero, que se había ruborizado hasta las orejas al verse pillado en falta.

Desaparecieron no más de cinco minutos y luego el muchacho volvió al salón, poniéndose a servir como si nada hubiera pasado, con la diferencia de que ahora servía por igual a todas las mesas e ignoraba con toda claridad a las damitas, que acabaron poniendo morritos ante la indiferencia de su anterior pretendiente. En un momento en que paró, visible solo desde el ángulo de su mesa, Luís observó como, tapándose a la vista de los demás con la gran bandeja que solían llevar, el muchacho se frotaba el trasero de arriba abajo. Juan y José Luís se rieron al verle actuar de ese modo, y el camarero, dándose cuenta de que él era el motivo de la hilaridad, volvió a ruborizarse vivamente. Luego, aumentando la hilaridad de los risueños comensales, hizo una mueca burlona hacia si mismo y se encogió de hombros asumiendo lo sucedido.

- Este Andrés - dijo José Luís, sin dejar de reír - desde luego que sabe aplicar la norma de “Naves et pueri per popam reguntur”…

- Desde luego - respondió Juan - no hay como unos cachetes para enderezar al más travieso y llevarle al buen camino. - Y dirigió una mirada a Luís, al que le tocó ruborizarse. José Luís también le miró y volvió a reír con una risa sonora..

- Vamos - dijo - está claro que mi nuevo alumno también necesita su medicina… - se volvió a Luís - no te preocupes muchacho - le dijo - Si hay alguien que te sabrá dar disciplina sin maltrato ese es tu padrino. Nunca le he visto excederse en el ejercicio de sus funciones “paternales” y muchos se dejarían despellejar por ocupar el puesto que tú ocupas con él.

Luís levantó la cabeza, sonriendo mientras miraba a su tutor. “Sé lo afortunado que soy con él” - dijo. “y entiendo que los demás lo quieran ser también. También se que me castigará cuando me lo merezca y que eso sólo quiere decir que me quiere…”.

Juan alargó el brazo y le acarició el pelo, apartándole una vez más el rebelde mechón que caía por su frente. “no lo dudes, peque, dijo con una voz algo enronquecida por una mezcla de cariño y orgullo. “Tienes mi promesa de que a partir de ahora siempre me voy a preocupar de ti”.

2 comentarios:

Juan B dijo...

Muy morboso. Sobre todo por cómo se anticipa lo que va a ocurrir.

HIMS282 dijo...

Me ha encantado ...

Deja mucha fantasía y mucho morbo ...

GRACIAS