lunes, 19 de enero de 2015

Tristán: Capítulo 3

Hago otro paréntesis de nuevo en mi retiro del mundo bloggero para proseguir con la historia de Tristán. En este capítulo podréis ver cómo transcurre su primer día en la Abadía. 

Creo que este relato es más complejo que los de Chiquitín y agradezco mucho a quienes me escriben diciendo que les gusta o por lo menos que aceptan bien este cambio de registro (que a lo mejor no lo es tanto como me parece); no sé si alguien más lo verá como una historia de amor. Yo a veces tengo la sensación de estar escribiendo novela rosa, y lo grave es que me gusta :-) Pero claro, es novela rosa a mi manera un tanto peculiar.

En fin, lo importante no es lo que me parezca a mí sino a vosotros, porque vuelvo a decir que estos relatos existen gracias a la gente que me escribe y me anima a continuar. Por enésima vez me disculpo por la poca frecuencia con la que actualizo la historia; los últimos meses han sido bastante frenéticos y ahora con el nuevo año he tenido ocasión de dedicarme un poco más de tiempo a mí mismo y proseguirla. Un beso grande a mis lectores y mis lectoras (que son más de las que me habría podido imaginar).


TRISTÁN
CAPÍTULO 3: HORACIO

(Continuación del capítulo 1, La revisión, y del capítulo 2, El Abad)

Resumen de los capítulos anteriores: Debido a las dificultades económicas de su familia, el joven Tristán al finalizar sus estudios ingresa en la abadía de una orden religiosa donde forman a sirvientes para señores adinerados. El abad de la orden encarga al entrenador deportivo, Horacio, el adiestramiento del joven.

Tras hablar con el Abad, Horacio se dirigió a la guardería, que era como los frailes llamaban al lugar donde se atendía a los pupilos recién llegados, con el corazón palpitándole de entusiasmo y miedo a la vez. Su sueño se acababa de cumplir; había conseguido el goloso puesto de adiestrador de pupilos, un codiciado privilegio reservado a los monjes ordenados de mayor edad, estando todavía en la treintena y siendo solamente un Hermano colaborador, no un Padre miembro de la Orden. Ignoraba cómo sentaría este ascenso en la comunidad de la que llevaba formando parte solamente unos pocos años; pensó en los que se alegrarían por él pero también en quienes lo envidiarían y criticarían. Pero no era esto lo que le preocupaba al Hermano Horacio, que no era ambicioso y si deseaba el puesto no era por otro motivo que dar un paso más para desarrollar su vocación y gran pasión de educar y dominar a chicos jóvenes, sino el reto y la nueva responsabilidad que se abrían ante él. 

Hasta aquel momento se había limitado a las actividades deportivas; en el campo de juego y el vestuario él estaba al mando, daba órdenes, felicitaba y castigaba, repartía besos, pellizcos y collejas, les daba palmadas cariñosas en el culo a sus jugadores cuando le obedecían y azotes cuando eran desobedientes,  pero solo durante el tiempo del entrenamiento y a todo un grupo de muchachos de los que luego cada uno tenía su adiestrador personal que hacía el papel de papá o de amo durante el tiempo que duraba su formación como sirviente. Cuando al final de la tarde acababan los entrenamientos, a pesar de los recuerdos de los buenos momentos pasados junto a sus traviesos deportistas no podía evitar sentirse solo y envidiar a los frailes que recibían a sus pupilos para darles alguna clase, tal vez bañarlos, secarlos, desnudarlos, ponerles el pijama, jugar con ellos, abrazarlos, sentarlos en sus rodillas, darles masajes, castigarlos por sus diabluras del día, mandarlos a la cama con el culito bien caliente … 

Realmente la vida en la Abadía era entretenida y dejaba poco tiempo para la melancolía; al no tener pupilos a su cargo, Horacio cenaba en el comedor con los monjes, donde la cena se animaba con el castigo público de algún novicio que hubiera desobedecido o infringido las normas del lugar. Con frecuencia eran dos o tres los muchachos que eran traídos del cuello o de la oreja desnudos y con las manos atadas a la espalda al comedor a la vista de todos los presentes para ser castigados. A Horacio le había llamado la atención la disposición en una sola y larga línea de la mesa del comedor en la que los comensales tenían solamente compañeros a los lados pero no en frente, como si estuvieran ante un escenario; la misma no tenía otro fin que el de permitir a todos los presentes disfrutar del hermoso espectáculo que tenía lugar en todas las comidas y cenas. 

El Abad empezaba reprendiendo al novicio o a los novicios y ordenando a uno de los Padres la lectura de los artículos de la regla de la Orden que este hubiera transgredido. A continuación el mismo Abad se sentaba en la silla colocada con ese propósito y ponía al muchacho desnudo y maniatado sobre sus rodillas, mientras otro monje hacía lo propio de haber un segundo traviesillo necesitado de azotes. Durante los siguientes minutos, los frailes contemplaban en silencio y con deleite la azotaina proporcionada por la mano fuerte del Abad junto con los deliciosos gemidos del novicio cuyas nalgas comenzaban a cambiar de color; todo ello mientras el monje encargado de la lectura repetía una y otra vez la norma transgredida para recordar la causa del castigo.

Los azotes duraban hasta que el Abad consideraba que el trasero colocado sobre sus rodillas estaba ya suficientemente caliente. En ese caso hacía levantar al muchacho y pedía la ayuda del monje lector para colocarlo sobre la banqueta de castigo en la posición de sumisión, con las piernas muy separadas y las nalgas ardientes colocadas en posición prominente, dejando el ano y los genitales del novicio travieso a la vista de toda la comunidad, así como su cara, la cual asomaba entre sus piernas abiertas muy colorada, en parte por la sangre que bajaba a la cabeza al estar esta más baja que el cuerpo y en parte por la vergüenza. 

Pero la humillación del joven no acababa aquí, sino que el Abad, tras minuciosa observación de su orificio más íntimo, generalmente acompañada de la introducción de uno o dos dedos para comprobar su grado de dilatación, pronunciaba un par de números dirigiéndose al monje lector y ayudante; la primera cifra era la longitud y la segunda el grosor del dilatador que el joven tendría que llevar colocado durante toda la cena. El monje lector obedecía las órdenes del Abad y extraía de entre la gran colección de dilatadores en forma de falo colocados al lado de las banquetas de castigo el adecuado para la ocasión y se lo facilitaba al Abad, el cual con gran maestría lo introducía lenta y meticulosamente hasta el final entre nuevos gemidos y a veces gritos tenues, o incluso no tan tenues, por parte del travieso novicio. Una vez el falo de cera había desaparecido entre las nalgas intensamente rojas del joven, quedando solo la base del mismo a la vista, la comunidad aplaudía el virtuosismo con el que se había ejecutado el merecido castigo y comenzaba a disfrutar de la cena, aderezada por los murmullos periódicos del joven atado que sollozaba ante el escozor de sus nalgas y de su recto. Los muchachos con experiencia en recibir este castigo esperaban con ambivalencia el final de la cena, puesto que la llegada de los postres se celebraría con la extracción del dilatador, lo cual suponía un alivio para el muchacho castigado, pero solamente parcial puesto que no significaba que su tormento hubiera acabado. Y es que no se le desataba todavía porque debía tener lugar aún la parte final del correctivo, que consistía en que el Abad aplicase con firmeza y mano experta las disciplinas eclesiásticas, un látigo formado por varias tiras de cuero, sobre el culito cuya rojez se había disipado en parte. Las marcas del instrumento sobre las nalgas nuevamente coloradas y escocidas suponían una segunda ronda de aplausos y vítores por parte de los monjes que disfrutaban del postre y del café.

Aunque el Hermano Horacio disfrutaba enormemente de las disciplinas de los novicios en comidas y cenas y siempre que el equipo de la Abadía conseguía alguna victoria el Abad le invitaba a ser su ayudante y azotar a uno de los traviesos como premio y agradecimiento, las cambiaría encantado por comer a solas con un chico guapo al que pudiera considerar suyo, al menos durante las semanas que solía llevar su instrucción hasta que estuviera listo para enviar con su amo. Todo esto pasaba por su cabeza mientras se dirigía a la guardería y esperaba impaciente a que le dieran noticias sobre el pupilo que le había correspondido.

Por fin fue invitado a entrar; la visita a la guardería siempre era un placer y un espectáculo digno de contemplar; algunos de los muchachos recién llegados, desnudos y con las manos atadas, esperaban agrupados turno ante la sala de afeitado, en cuyo interior cuatro chicos, puesto que no había espacio ni personal disponible para más, estaban colocados en posición en banquetas especiales, prácticamente idénticas a las de castigo puesto que su función era facilitar el rasurado de nalgas, ano, periné y parte trasera de los muslos. Una vez acabado el afeitado trasero serían movidos a las banquetas de afeitado delantero, puesto que el vello púbico estaba totalmente prohibido tanto para pupilos como para novicios.

Y allí estaba su mancebo; con un guiño y una sonrisa cómplice, el Padre Juan, uno de los encargados de la selección de pupilos que había traído muchachos nuevos ese día, y que evidentemente estaba informado de la decisión tomada por el Abad y no la censuraba, le señaló el culito que le pertenecía a partir de aquel instante. Un hormigueo sacudió el cuerpo de Horacio al ver los muslos firmes y las nalgas redondas y robustas; si él hubiera tenido que elegir entre los cuatro hermosos culos desnudos expuestos en la sala, hubiera elegido aquél sin dudarlo. A partir de aquel instante aquel trasero le pertenecía y podría acariciarlo, pellizcarlo, penetrarlo o azotarlo a su voluntad; su sueño más ansiado se estaba haciendo realidad.

Procurando dominar la excitación y la alegría que le embriagaban y pensando en el bien del muchacho, al que debía transmitir dominio y seguridad, se acercó a él y le acarició la espalda y el culito apreciando la suavidad de su piel.

- Precioso potrillo -opinó dando unas palmadas suaves en las nalgas todavía pálidas en contraste con dos de los otros muchachos, cuyos traseros enrojecidos estaban siendo ya embadurnados de espuma por sus cuidadores. -Y por lo que veo, se ha portado bien por ahora. ¿Cómo se llama?

- Tristán. Parece manso, sí, ha estado muy tranquilo todo el día, no como estos dos que han tenido que probar ya el cepillo – respondió el Padre Juan mientras le facilitaba la espuma de afeitar y le guiñaba nuevamente el ojo. -Pero cuidado con los que parecen mansos, que luego son los que dan más guerra.

- Pues más te conviene que no sea así, ¿vale, guapo? -Tras darle un par de azotes, untó con espuma los muslos del muchacho. Las nalgas, deliciosas, carecían de vello, limitándose este a la zona perianal, en la que el Hermano Horacio comenzó también a extender la espuma con mano decidida pero delicada. El jadeo del muchacho al sentir la espuma fría se intensificó cuando su nuevo cuidador, enormemente deleitado con aquel ronroneo ambiguo entre el placer y el disgusto, aprovechó para penetrar su agujerito virgen con el dedo índice. 

Mientras la espuma se endurecía y se adhería al vello que debía ser eliminado, el Padre Juan tomó del brazo a Horacio y le facilitó la ficha de su nuevo pupilo.

- Te ha tocado un caso especial. No solo por lo guapo que es el chico y el culete tan bonito que tiene, redondito como sé que te gustan a ti además, que ya he notado como se te va la vista detrás de los jugadores robustos de tu equipo – le guiñó el ojo a su compañero de nuevo mientras le acariciaba afectuosamente la cabeza. -No es un bribonzuelo como los que tienes en el equipo de rugby y el de fútbol, es un chaval de buena familia, aunque venida a menos. Su padre, muy educado, ha sido cliente nuestro y ahora se ve en la tesitura de tener que llamarnos para vender a su muchacho para tapar deudas y agujeros. Es universitario y su destino no es arreglar tuberías ni limpiar cacharros sino ser secretario personal de algún caballero distinguido. 

El Padre Juan se calló de una forma en la que a Horacio, que siempre se había entendido bien con él, no le costó ver que había algo más que a su compañero le costaba contarle.

- ¿Qué ocurre, Padre? Es estupendo que me asignen a este chico, es ideal para mí. Y en cambio me mira usted con cara de circunstancias … Ah, ya. Las envidias; sé que muchos frailes me van a criticar, ya me tienen manía desde hace tiempo por los éxitos del equipo de rugby, y van a decir que no estoy preparado para hacerme cargo de un pupilo … Y cuando vean el culo tan bonito de Tristán, se van a poner verdes. Cuento con ello y con demostrarles que se equivocan.

El Padre Juan sonrió y negó con la cabeza.

- Ojalá fuera eso, Horacio. Eres un chaval muy inteligente y sé muy bien que sabes estar por encima de las habladurías y las maledicencias.

- ¿Entonces qué ocurre?

- En realidad no tendría que ocurrir nada. Pero no me gusta callarme las cosas contigo y prefiero que te enteres por mí. 

- No entiendo nada.

- Se trata de Adrián.

- ¿Adrián? ¿Mi Adrián?

- Hace tiempo que no es tu Adrián, Horacio.

El silencio de Horacio al escuchar el nombre de Adrián fue elocuente. El Padre Juan le cogió del brazo cariñosamente y lo condujo a un rincón de la guardería para hablar con calma, ajenos a la azotaina que tenía lugar a su lado. Uno de los cuidadores castigaba a un muchacho que había opuesto resistencia a dejarse atar al banco de afeitado y que, una vez colocado en posición, gemía ante el escozor de los impactos de una poderosa pala rectangular de madera recia.

- Horacio, sé que Adrián fue muy importante para ti, pero debes mirar hacia delante.

- Eso lo he oído ya antes.

- No seas insolente. Te di muchas azotainas cuando eras novicio, a ver si voy a tener que recordarte el respeto que les debes a tus mayores.

- Disculpe, Padre, pero no entiendo por qué me habla de Adrián ahora.

- Este chico que te han asignado, Tristán, es el hijo del primer amo de Adrián.

Horacio era la viva imagen de la estupefacción.

- No puede ser.

- Pues lo es. 

- ¿Pero el Abad lo sabe?

-Lo ignoro, Horacio. Probablemente se trate de una casualidad. Una enorme casualidad.

- ¿Cree que no debería encargarme entonces del chico?

- Todo lo contrario. Ahora estás con nosotros y no puedes decirle al Abad que el pasado sigue pesando para ti. Tú eres su predilecto entre los Hermanos, no, no me lo discutas, es así.  Tienes que demostrarle tu profesionalidad; que vas a tratar a este chico igual que si no tuviera ninguna relación contigo. Porque en realidad no la tiene; si su padre no hubiera acogido a Adrián lo habría hecho cualquier otro. De hecho Adrián fue siempre bien tratado en esa casa, aunque no te guste reconocerlo. 

- Perdone que no me apetezca escuchar eso. Adrián fue desgraciado en aquella casa … al menos al principio.

- Claro que te echaba de menos al principio, pero se acostumbró a su nueva vida. Y tú deberías hacer lo mismo de una vez. Y no hay más discusión.

- De acuerdo, Padre.

- Sé que tienes un don con los chavales y que vas a tratar muy bien a Tristán. Este momento es complicado para ti, pero para él mucho más. Ya no tiene a su familia; necesita un padre que le dé mucho cariño y mucha firmeza. Y hay un padre en ti, lo he visto en como tratas a los jugadores de tu equipo.

- Muchas gracias, eso espero.

- Claro que sí. Ahora mismo este chico necesita un buen afeitado. Y luego su primera lección de obediencia y de sumisión. Sé que lo vas a hacer muy bien porque sé que vas a disfrutar haciéndolo. Y que vas a enseñarle a que él también disfrute haciendo gozar a su amo; aunque eso vendrá con el tiempo; hoy el pobre no va a disfrutar cuando le ates y le azotes. Manos a la obra; ya está bien de charla.

El Padre Juan dio por terminada la conversación con una palmada en el trasero de Horacio. Era de los pocos frailes de la Abadía, aparte del Abad naturalmente, a los que Horacio le permitía esa familiaridad arrastrada de su época de novicio. 

Reconfortado dentro de su confusión, el Hermano volvió al cubículo donde se encontraba su pupilo con su hermoso trasero expuesto ante él. La espuma se habría reblandecido ya y estaría listo para el afeitado. Le acarició las nalgas antes de hablarle:

- ¿Cuál era tu nombre, chaval? - Lo recordaba perfectamente pero el muchacho había perdido su individualidad, era un chaval más, un sirviente más en espera de que le asignaran un amo, y así es como debía sentirse. 

- Tristán, Padre.

- No soy un sacerdote, Tristán. Llámame Señor por ahora. Luego te explicaré más. -Le separó las nalgas para comprobar que la espuma estaba ya blanda.

- Sí, Señor.

- Estupendo, chaval, veo que aprendes rápido a comportarte y espero que siga siendo así. Ahora voy a rasurarte completamente el culito y la pilila. Son las normas de este lugar y aquí es sagrado el cumplimiento de las normas.

Le dio un suave azote mientras preparaba la maquinilla de afeitar y le cambiaba la hoja.

- Ahora debes escucharme bien, Tristán. ¿Me estás escuchando?

- Sí.

Un azote, en esta ocasión fuerte, advirtió al joven de su error.

- ¿Cómo debes responder cuando se te pregunta?

- Sí, señor.

- Esto está mejor. Estás atado para evitar que te muevas y que te haga daño. Te voy a rasurar zonas muy delicadas y cualquier movimiento por tu parte puede hacer que te corte. Y además del posible corte, si te mueves te castigaré. Te daré una buena zurra en el culo. Y si hablas sin que te haya hecho una pregunta, te azotaré también. ¿Lo has entendido, Tristán?

- Sí, señor.

- ¿Qué te va a pasar si te mueves?

- Que me cortaré.

Un nuevo azote, en esta ocasión en la otra nalga.

- Has contestado mal, hijo. ¿Por qué?

- ¿Porque no he dicho señor?

El traviesillo no pudo evitar dar un respingo ante el tercer azote. La mano de su cuidador, cuya cara no había podido ver todavía, era fuerte.

- Exacto, contesta otra vez.

- Que usted me puede cortar, señor.

- Podría cortarte, efectivamente. ¿Pero qué más te pasará?

- Que usted me castigará, señor. -La voz del muchacho era poco más que un gemido.

- ¿Y cómo te castigaré?

- Me dará unos azotes. En el culo.

- Perfecto, veo que lo has entendido. Ahora estate muy quietecito y acabaremos pronto con el culo. Luego te soltaré para cambiarte de posición y afeitarte el pito y los huevecitos; cuando terminemos podrás ir al baño si lo necesitas y te pondré en la fila junto a los otros pupilos para presentaros ante el Abad. Ahora voy a empezar. 

******************************************************************************

Tras comprobar la suavidad de la piel entre las nalgas y en el periné, ya completamente libre de vello, Horacio procedió a desatar a Tristán para cambiarle de postura y pasar al afeitado del vello púbico. Le liberó las piernas y a continuación las manos. Animó los tímidos movimientos de muñecas y tobillos para desentumecerse con una palmada en las nalgas todavía ofrecidas ante él.

- Muy bien, chaval. Levántate con cuidado.

Le ayudó un poco empujándolo del torso para compensar el ligero mareo al erguir de nuevo la cabeza tras haberla tenido agachada durante un buen rato. Al alzarse y darse la vuelta, el pupilo y su cuidador se miraron por primera vez a los ojos. Con su expresión de perplejidad y cierto temor, Tristán le resultó tan irresistiblemente guapo y dulce como le habían comentado. Sintió una punzada de ternura que le desgarraba y le asustó recordar que solamente se había sentido así una vez en su vida, en el momento en que fue consciente de que estaba enamorado de Adrián. Se quedó quieto durante un breve instante intentando vencer el fuerte impulso de estrechar a aquel chico desconocido entre sus brazos.

Por su parte Tristán estaba experimentando también una sensación muy confusa; ese cuidador era muy diferente de los viejos frailes de expresión severa con los que había tratado desde su llegada a aquel lugar. Aunque sería al menos diez años mayor que él era mucho más joven que los otros y no llevaba hábito sino ropa de deporte que marcaba su cuerpo grande y atlético. Vio o quiso ver en él una dulzura que no había en ningún otro lugar ni ninguna otra persona en aquella estancia y lo invadió un vivo deseo de no separarse de él y que solo él fuera quien debía instruirle durante los próximos días.

Ninguno de los dos sería capaz de decir cuanto tiempo transcurrió, si fueron segundos o minutos, antes de que Horacio consiguiera recomponerse y conducir a su pupilo del brazo, con firmeza pero sin brusquedad, hacia la banqueta para el afeitado delantero. Lo que parecía un asiento bajo con una rampa y un gran respaldo detrás no era para sentarse, sino que el travieso debía arrodillarse sobre el presunto asiento y sentar el culete sobre la superficie inclinada que había encima de este y cuya función era hacer sobresalir sus genitales y tensar la piel alrededor de ellos. Tras colocarlo de rodillas en el asiento, su cuidador tiró hacia atrás de los brazos del joven para atarlos a las correas de sujeción que había detrás del respaldo. La movilidad del travieso, ya muy limitada, se impedía completamente con las correas que sujetaban los muslos y las pantorrillas. Tristán apenas intentó comprobar que su inmovilidad era total, pero, tal vez por la costumbre o por la esperanza que había decidido depositar en su atractivo y viril cuidador, esto le produjo menos angustia que cuando había sido atado anteriormente a la banqueta de afeitado trasero.

- Muy bien, jovencito. No puedes moverte, pero tampoco lo intentes porque vamos a trabajar una zona todavía más delicada. Y no hables si no se te pregunta; en esta posición no puedo darte azotes en el culo, pero sí bofetadas en la cara que duelen más. Por ahora lo estás haciendo muy bien y solo tienes que seguir calladito y obediente. ¿De acuerdo?

- Sí, señor.

Tras comprobar la firmeza de las correas, Horacio untó los tiernos genitales del joven con espuma y a continuación, mientras esta se reblandecía, se colocó a un lado del joven, donde este no podía verle, y le acarició el cabello con suavidad no exenta de firmeza.

- Muy bien, así, calladito y tranquilo. Tenemos que esperar un poco.

Al joven le hubiera gustado preguntar por qué era tan importante que le afeitaran, qué tipo de lugar era aquél, cuánto tiempo iba a estar allí y muchas otras cosas, pero tuvo cuidado de no hacerlo. Desde su nueva posición podía ver la sala en el que se encontraba y las escenas que hasta entonces, con la cabeza hundida entre las piernas, solo había podido escuchar. Frente a él, y probablemente también a sus lados, varios chavales, como él completamente desnudos, eran afeitados, unos por delante y otros por detrás. Uno de ellos, que colocado en la misma posición que él intentaba forcejear con sus ataduras, recibió dos bofetones por parte de su cuidador, un monje de avanzada edad de gafas y pelo cano. Los quejidos, rayando en gritos, que empezó a proferir cuando, en parte por seguridad y en parte por castigo, el monje procedió a apretar sus ataduras, motivaron, además de dos nuevos bofetones, la colocación de una gruesa mordaza en la boca del travieso. 

Pero no faltaba algún que otro comportamiento más rebelde e incluso insolente; Tristán vio desfilar ante él a otro chaval al que un corpulento y fuerte fraile llevaba colgado a los hombros, como si se tratase de un saco, con los tobillos y los muslos atados para que no pataleara. Su trasero, desnudo y expuesto sobre el hombro del monje, mostraba un intenso color casi granate y señales de haber sido azotado con algún tipo de correa. Pero era evidente que los azotes no habían bastado para aplacar al traviesillo, el cual, a pesar de llevar las manos atadas a la espalda y de la mordaza que atenazaba sus gritos, todavía intentaba revolverse dentro de sus ataduras e importunar a su portador, el cual propinó un contundente y merecido azote con la mano que le quedaba libre a las nalgas del granuja, el cual, dolorido, se tranquilizó al menos por el momento. Tristán pensó que probablemente estaba siendo transportado a alguna celda de castigo donde lo corregirían con la severidad que necesitaba, como habían hecho con algún otro bribonzuelo que se había mostrado sarcástico e impertinente a la llegada a la Abadía.

Horacio, que no pudo evitar reparar en la escena, consideró más adecuado no decir nada y dejar que su nuevo pupilo sacara conclusiones por sí mismo respecto a las causas de que aquel travieso estuviera siendo expulsado de la sala. Ninguna descripción de los castigos al que sería sometido a continuación el infractor inquietaría tanto a Tristán como los que su imaginación pudiera inventar. Cuanta menos información se le proporcionara y en más incertidumbre se moviera, más rápido se alcanzaría el objetivo de toda aquella parafernalia, que era la sumisión total del joven y su adaptación a la nueva vida que le esperaba en casa de su amo.

*******************************************************************

Tristán se sintió extraño al incorporarse otra vez y verse sin rastro de vello. Tras unos breves instantes de libertad para moverse y desentumecer brazos y piernas, no pudo evitar una mueca de disgusto al ver a su guardián tomar de nuevo cuerdas.

- ¿Me vas a atar otra vez?

Horacio lo miró con cara de disgusto; dejó las cuerdas que estaba preparando encima del atril de donde las había sacado y se aproximó a él con rapidez. Con una mano sobre el cuello le hizo inclinarse y con la otra le dio media vuelta para poner su trasero a su disposición. Un par de azotes fuertes, uno en cada nalga, castigaron la curiosidad del travieso.

- ¿Por qué te estoy castigando, jovencito?

- No lo sé, señor.

En esta ocasión fueron cuatro los azotes, dos en cada nalga. Horacio no iba a dejar que un chico listo se hiciera el tonto; Tristán debía aprender cuanto antes que no se le iban a explicar las normas más de una vez.

- ¿Seguro que no sabes por qué te estoy castigando? Igual lo entiendes mejor si te doy con la correa.

- ¿Por haber hablado sin permiso, señor?

- Eso es. Vas aprendiendo. Esto por no haber contestado a la primera.

Los dos azotes finales sobre la parte superior de los muslos, una zona especialmente sensible, provocaron un sofocado grito de dolor del joven.

Horacio retiro la presión sobre su cuello y le permitió incorporarse. Ya sin más preguntas ni resistencia, Tristán se dejó atar docilmente las manos a la espalda y vendar los ojos. No había ningún secreto ni nada que no se pudiera ver, pero la desorientación espacial ayudaría a la sumisión del joven.

- Sígueme.

La instrucción verbal fue acompañada de un leve tirón tras haber agarrado al muchacho del brazo. Fue conducido desnudo fuera de la sala, suponía que en compañía de otros pupilos, y no fue capaz de conservar el rastro del camino que estaba recorriendo. En un momento, tras haber caminado por varios pasillos, notó que la presión sobre su brazo se aminoraba, animándolo a reducir el paso al entrar en una nueva sala, en la que se detuvo tras haber rozado otros cuerpos desnudos. Mientras le pareció que su cuidador se colocaba detrás de él, oyó una voz fuerte a media distancia:

- Muy bien, muchachos. Esperad aquí quietecitos unos minutos a que llegue el resto de vuestros compañeros. El que hable o se mueva será castigado.

Silencio y calma total tras el aviso, solo interrumpidos por las disculpas de otros jóvenes que iban entrando al chocarse o al rozarse con otros. Una vez llegados todos, las siguientes voces que rompieron el silencio eran de adultos, probablemente monjes que murmuraban. Tristán giró la cabeza hacia el lugar del que venían los susurros, pero la mano firme de su cuidador volvió a colocarle mirando al frente. Finalmente la voz que había dado el primer aviso habló de nuevo, y esta vez pudo comprobar que se trataba de la del Padre Juan:

- Atención; vuestros cuidadores os van a retirar la venda de los ojos y a desatar las manos para que podáis saludar al Abad. No hace falta deciros que vuestro comportamiento ante él debe ser excepcional.

Tristán notó que su cuidador, que seguía detrás de él, le retiraba la venda y le desataba las manos. El pequeño murmullo que se levantó fue rápidamente apagado:

- ¡Silencio! ¡Y manos a la espalda!

Cuando sus ojos se acostumbraron de nuevo a la luz y la sangre volvió a circular de nuevo por sus muñecas, Tristán pudo contar a unos quince o dieciséis chavales de su edad, alrededor de los veinte años, aunque varios parecían más jóvenes, colocados en círculo, desnudos, con el vello púbico totalmente afeitado y con las manos a la espalda, y detrás de ellos a otros tantos monjes y cuidadores de edad madura, algunos con hábito y otros en ropa de calle, unos casi ancianos y otros en los últimos años de lo que se podría considerar mediana edad, pero ningún otro con ropa de deporte ni tan joven como el que le había sido asignado a él.

Vio al Padre Juan y a otros monjes vestidos con hábito saludar a un hombre con barba gris de unos 60 años que entraba en la sala y que se trataba evidentemente del abad. Tras saludar muy afablemente a los monjes, se colocó en el centro del círculo y miró a los preciosos mancebos desnudos que le rodeaban con gran satisfacción.

- Buenas tardes, muchachos. Bienvenidos a la Abadía. Este lugar va a ser vuestro hogar durante unas cuantas semanas, mientras dure vuestro entrenamiento. 

Comenzó a caminar en círculo por entre los chicos acercándose uno a uno a ellos y mirándoles sucesivamente a los ojos mientras hablaba.

- Como ya sabréis, vuestras familias os han traído aquí para que aprendáis a comportaros y a obedecer; no estáis de vacaciones. Dentro de poco estaréis sirviendo en casas de señores muy respetables; tendréis que trabajar duro en tareas de la casa y también tendréis que complacer a vuestros amos en cuestiones más personales. La función de la Abadía es enseñaros; nos interesa no solamente el prestigio de nuestra institución, también la situación económica tan complicada en la que dejaríais a vuestra familia si vuestro amo os devolviera. Por eso no vamos a dejar que eso ocurra. 

- Vuestro cometido es muy sencillo: obedecer a vuestros mayores; en particular a vuestro cuidador que se va a encargar de vosotros durante vuestro aprendizaje. Y las normas de nuestra casa son igual de fáciles: no preguntar, no hablar si no se os pregunta, bajar la mirada y hacer todo lo que se os dice. Y aceptar el castigo cuando se incumplen las normas. Seréis tratados con severidad, mucha, pero nunca con crueldad. 

- Ante cualquier desobediencia o infracción menor, seréis azotados. Tendréis que acostumbraros a la vara, el cepillo y el cinturón; vuestros amos no dudarán en usarlos así que vuestros cuidadores menos aún. Si la falta fuera más grave, seréis conducidos a la sala especial de castigo que regenta el Padre Julián -Tristán reparó en el susodicho, que se encontraba junto al padre Juan con una expresión grave y muy severa, y sospechó que a ninguno de los traviesillos presentes le apetecía estar en su compañía.

- Muy bien, vamos a empezar vuestro entrenamiento con una prueba muy sencilla: una inspección personal. Consta de dos partes, repito, dos partes. En la primera se os inspecciona por delante, en la segunda por detrás. Por delante deberéis de levantaros con una mano los testículos, separando las piernas para mostrarme la parte inferior de los genitales. A continuación, os cogeréis también con la mano el pene y le daréis para atrás al prepucio para mostrar el glande. Los que esteis circuncidados basta con que lo levantéis y me enseñéis la parte inferior. ¿Entendido?

- La segunda parte es la inspección por detrás. Tenéis que daros media vuelta e inclinaros hasta tocar con los dedos la punta de los pies. Con las piernas bien separadas para enseñarme el ano y el periné. Os separaré las nalgas para inspeccionaros bien. Empezaremos por ti. -Se dirigió al muchacho que estaba al lado de Tristán, que se consideró afortunado de no haber sido el primero y poder así aprender de los posibles errores que cometiera su compañero.

El joven se levantó los testículos tal como se les había indicado mientras el Abad se ponía en cuclillas para observarlo bien. 

- Bien. Prepucio.

El travieso tiró hacia atrás enseñando el glande. A continuación inclinó el pene hacia arriba para mostrarlo bien mientras el Abad le palpaba los testículos.

- Media vuelta. Ángulo recto.

Nuevamente el muchacho hizo lo que se le decía pero los brazos le colgaron solamente hasta apenas más abajo de las rodillas, lo cual le valió un par de azotes y una amonestación verbal del Abad antes de separar con ambas manos las nalgas y echar un buen vistazo a las zonas más íntimas del traviesete. 

A continuación vino el turno de Tristán, que se esmeró en prestarse dócilmente a la inspección, aunque no se libró tampoco de un azote por no conseguir tampoco llegar a tocarse los tobillos con las manos al colocarse en ángulo recto.

********************************************************************* 

Finalizada la inspección por parte del Abad, los muchachos fueron de nuevo atados, sus ojos vendados, y conducidos desnudos del brazo de sus instructores a la celda de cada uno. No hubo el menor conato de rebelión por parte de ninguno, y Horacio, que había asistido a veces a insubordinaciones delante del Abad, se dijo que parecía haberles tocado en esta ocasión una buena remesa de mozos, más dóciles que en otras ocasiones. 

Y por fin llegó el momento que Horacio llevaba esperando tras todo un día de tantas emociones. Se encontraba en la celda que compartiría con su chaval durante las próximas semanas. Comprobó que estaban en su sitio los instrumentos de castigo y los dilatadores que emplearía con él. Le embriagó una oleada de placer al estar por fin los dos solos. No sabría decir hasta qué punto le excitaba más o le resultaba indiferente el saber que tenía a su disposición al hijo del antiguo amo de Adrián y que iba a poder hacer con su muchacho lo mismo que él había hecho con el suyo, como si se tratase de una treta del destino o de un ciclo condenado a repetirse. En cualquier caso hervía de deseo cuando sentó al muchacho, todavía maniatado y desnudo, sobre sus rodillas y le sacó la venda de los ojos.

Tristán miró a su alrededor con una aprensión que fue aumentando al contemplar los objetos que había en aquella habitación: gran variedad de cuerdas y correas, una mesa sobre la que descansaba una gran variedad de cinturones, palas, cepillos, sacudidores de alfombras, disciplinas o pequeños látigos, y otros instrumentos cuya función no podía ser otra que la de azotar su trasero, una banqueta similar a la que habían usado para afeitarlo y, lo que más le aterró, una colección de utensilios de forma fálica de diferentes grosores cuya función conocía puesto que había espiado alguna vez como su padre los empleaba con Adrián, el sirviente que habían tenido durante años.

La habitación por lo demás era luminosa, amplia y confortable. La cama era igualmente grande pero el joven enseguida intuyó que ello se debía que estaba pensada para dos, lo cual incrementó su tensión y lo llevó al borde del pánico. Su cuidador lo percibió enseguida y el temor que vio en los ojos de su pupilo acabó de disparar su libido.

- Muy bien, chaval. Por fin estamos los dos solos; debes tener mucha hambre después de un día de tantas emociones. Pero antes tendrás que ganarte tu comida siendo cariñoso conmigo; eres un chico muy, muy guapo.

Con una mano comenzó a acariciarle los muslos mientras con la otra lo sostenía por los hombros. Enseguida acercó la cara del muchacho a la suya. El roce de la barba provocó en Tristán un brusco y casi reflejo espasmo de rechazo. Su resistencia, que evidenciaba que el chico no tenía ninguna experiencia con hombres mayores que él, incrementó si cabe la excitación de Horacio, en cuyos ojos el joven ya no encontraba la dulzura que había creído ver antes, sino una lujuria que le asustó y le trajo el recuerdo de una experiencia de tiempo atrás con un familiar suyo mayor que él. 

Llevado por una atracción que nunca quiso reconocer, Tristán había buscado la compañía de su primo durante un verano en el que los dos, uno todavía un adolescente y el otro un joven de más de veinte años ya con amplia experiencia y mucho éxito con las chicas, se habían hecho inseparables pese a la diferencia de edad. Una noche, en la que se vieron forzados a compartir cama en casa de sus tíos, el primo más mayor, que necesitaba descargar su tensión sexual con mucha frecuencia, comenzó a masturbarse sin que le importara la presencia del pequeño, algo que no era la primera vez que ocurría. Pero en esa ocasión el joven decidió buscar una posible fuente de mayor placer que su mano derecha y comenzó a acariciar a su primo más pequeño por debajo de la sábana. Tras recorrer su espalda y su vientre, la mano exploradora bajó el pantalón del pijama de Tristán y recorrió con gran deleite sus nalgas y su sexo, completamente tieso para gran vergüenza del adolescente. Animado por la visible excitación del chico más joven, el mayor le dio media vuelta y buscó su lengua con la suya. El roce de la barba incipiente, que evidentemente difería mucho de la experiencia de besar a una chica, recordó de alguna forma a Tristán que se encontraba con un hombre y, temeroso de estar cruzando una línea prohibida, se había levantado de la cama como si estuviera impulsado con un resorte. 

La experiencia no tuvo ninguna importancia para su primo, que, más divertido que inquieto por el pánico que había provocado, quiso tranquilizar a su compañero de cama:

- Tranquilo, tío. ¿Qué pasa, nunca te has tocado con un amigo? No es igual que con una chica, pero cuando hay mucho calentón te lo puedes pasar bien. Y no me dirás que no te estaba gustando. Pero tranquilo, que no te vuelvo a tocar. Vuelve a la cama, ¿vas a dormir en el suelo o qué?

Su primo olvidó lo que había pasado y Tristán intentó olvidarlo hasta aquella noche en la que la barba de Horacio le picó como lo había hecho entonces la del otro joven, también mayor que él, y de nuevo sintió una mezcla de deseo y miedo ante lo prohibido que lo hizo caer casi de bruces al intentar levantarse con brusquedad de los muslos de su cuidador, olvidando que tenía las manos atadas a la espalda.

Horacio lo sostuvo y, tras atraerlo de nuevo, le propinó una bofetada. El cachete logró atenuar la rebelión durante un instante, pero enseguida el muchacho volvió a intentar apartar la boca de la de su cuidador. Este lo levantó para lanzarlo prácticamente encima de la cama y colocarse encima de él.

- No te estás portando bien, nene. Recuerda que tienes que ser obediente; solo quiero ser cariñoso contigo. No me obligues a castigarte.

Tristán respondió con un grito que Horacio cortó con otra bofetada. El cuidador había aprendido durante los entrenamientos de fútbol y de rugby a abofetear muy bien a los chicos; golpeaba con sus fuertes dedos en la mejilla evitando a la perfección  los moratones, los labios rotos y los daños en el oído. No obstante, tampoco los dos bofetones siguientes lograron que Tristán le dejara hacer lo que, por la manera en que el muchacho lo había mirado antes en la sala del afeitado, estaba sinceramente convencido de que ambos deseaban. Debía vencer su resistencia y sabía como hacerlo.

- Está bien, nene, eres tú el que me obligas a hacer esto. Te has ganado una buena paliza.

Se incorporó sentándose al borde de la cama y arrastró al muchacho de una pierna hasta acercarlo lo suficiente como para poder agarrarlo y colocarlo sobre sus rodillas.

Durante los siguientes treinta minutos Tristán recibió el primer castigo de azotes de verdad de su vida de mano, y mano fuerte, de Horacio. Habría azotainas que el muchacho recibiría con una mezcla de dolor y placer, y su cuidador pensaba enseñarle a disfrutar con el castigo y la sumisión, pero no esa noche. Era necesario doblegarle y para eso aquella zurra debía ser dolorosa. Todos y cada uno de los azotes fueron descargados sin calentamiento previo con toda la fuerza de la mano del entrenador, que se vanagloriaba de poder arrancar lágrimas de un travieso, incluso de uno muy experimentado en castigos, sin necesidad de emplear ningún otro instrumento. Contemplar cómo enrojecían las apetitosas y redondas nalgas del joven pasando sucesivamente del rosa tenue al rojo suave, al rojo intenso y al rojo oscuro, y sentir sobre ellas el calor cuando las acariciaba brevemente antes de seguir azotándolas, le provocó un placer solo comparable al que le producían los gritos y gemidos del joven, muy similares a los que se oían en las celdas contiguas donde los culitos de otros traviesos empezaban a familiarizarse también con el tratamiento que recibirían durante los días y semanas siguientes, y probablemente durante los años siguientes en casa de sus amos. Horacio, que experimentaba una gigantesca erección que su pupilo no podía dejar de percibir, aunque la atención de este estaba centrada en la intensa quemazón que sentía en todas las nalgas, se dejó llevar por el placer frenético que le movía a practicar un arte en el que no tenía rival, que era el de zurrar sin cansarse durante un tiempo inverosímil el trasero de un muchacho. Sobre todo uno redondo y precioso como el que tenía en sus rodillas, más bonito todavía por el color intenso y la hinchazón provocada por los azotes, mientras la víctima del castigo aullaba, ya no para llamar la atención o pedir un auxilio que sabía que no llegaría, sino como única medida posible de autoconsuelo estando sus manos atadas y su cuerpo completamente inmovilizado sin poder apartar el ardiente culete de la lluvia de azotes que seguían cayendo implacables sobre él.

Cuando el joven se encontraba ya al límite, Horacio, que se enorgullecía también de su habilidad de empujar a un travieso todavía más allá cuando su trasero no podía más, dejó de centrar su atención en la parte baja de las nalgas, de tono ya granate tras haber recibido más de doscientos o incluso de trescientos azotes fuertes sin pausa alguna, y desvió la atención de su implacable mano derecha hacia la parte más tierna y sensible de los muslos del joven. Tristán, que jamás había sido azotado y ahora estaba recibiendo una zurra que habría hecho temblar al novicio más travieso y curtido de la Abadía, no podía imaginarse que una azotaina pudiera tener esa intensidad. Transportado fuera de sí más allá del dolor por una nueva larga ráfaga ininterrumpida de impactos sobre sus muslos, su azotador logró su objetivo: un llanto inconsolable brotó como un manantial de sus ojos, ya húmedos desde hacía un buen rato. Esa era la catarsis que Horacio había esperado y provocado; el joven se liberaba de todas sus angustias ante su nueva situación por medio de unas lágrimas que se retroalimentaban por la autocompasión que le causaba el dolor punzante en todo el trasero, que el desdichado imaginaba prácticamente desollado o en carne viva, y la vergüenza de no haber sido capaz de aguantar como un hombre sus primeros azotes.

Horacio incorporó al chaval sollozante, lo estrechó con fuerza entre sus brazos y lo besó en la frente y las mejillas, todavía enrojecidas a causa de las bofetadas, mientras le acariciaba con la misma ternura las nalgas ardientes e increiblemente doloridas. Tristán, al principio reacio, acabó echándose en los brazos que le rodeaban y respondiendo a los besos y a las caricias. De todos los acontecimientos de aquel día, en el que su vida había dado un giro de ciento ochenta grados, ninguno le resultaría tan inexplicable como la necesidad que sentía de la presencia y el abrazo de ese hombre, que le acababa de pegar la mayor paliza de su vida. Esta vez no apartó su boca cuando Horacio la buscó con la suya. El saber que ese desconocido no dudaría en volver a pegarle, y de hecho no dudaba que lo volvería a hacer durante los próximos días, por alguna causa irracional era precisamente lo que lo atraía.

Por su parte Horacio, sumido en el placer de sentir la lengua de Tristán en la suya mientras palpaba con ambas manos su trasero, que irradiaba calor como una estufa, y por primera vez en mucho tiempo sintió el fantasma de Adrián abandonar su mente. 

jueves, 18 de septiembre de 2014

Tristán: capítulo 2

Muchas gracias a los lectores, y también curiosamente muchas lectoras, que me han escrito tras la publicación del primer capítulo de Tristán y me han animado a escribir el segundo. Aquí lo tenéis, espero que os guste y, si tenéis un momentillo para escribir una línea o dos, no dejéis de hacer comentarios:

CAPÍTULO 2: EL ABAD

“Reverendo padre Abad:

No somos una familia de muchos medios, vivo de un modesto negocio y durante años me he sacrificado mucho, al igual que tantos otros padres, para que mi hijo tuviera la mejor educación y el mejor futuro posible. Pablo, mi único hijo varón, aunque siempre ha sido un poco holgazán, nunca dio excesivos problemas en su niñez, siempre ha sido un muchacho cariñoso y obediente, hasta que hace ya un par de años empezó a frecuentar compañías indeseables y a llegar a casa tarde, desaliñado, oliendo a vino o a perfume barato de mujer … Supongo que me comprende y le ahorro a usted, así como a mí mismo, el bochorno de entrar en más detalles. Si la primera vez que Pablito no se presentó a cenar y tuvo a su pobre madre en vilo durante varias horas me hubiera sacado el cinturón y le hubiera recibido con una buena paliza, como de hecho tenía pensado hacer... pero cometí el error de expresar mis intenciones claramente a su madre, y ella intercedió en seguida en su favor. Con la azotaina nos habríamos ahorrado seguramente la segunda, la tercera y todas las demás noches de borrachera, consumo de drogas, derroche del dinero y del patrimonio familiar, ...

No obstante, aunque tarde, la situación llegó a tales extremos que reaccioné por fin recientemente, un día en el que le faltó al respeto a su madre; sin pensar siquiera en lo que hacía, de manera instintiva le arreé un par de bofetones, lo llevé cogido de la oreja hasta su habitación y cerré la puerta para castigarlo como es debido sin mediaciones de mi esposa ni de mis hijas. Por fin hice lo que quise hacer desde el primer instante en que empezó su mal comportamiento; le hice desnudarse completamente, de hecho yo mismo le quité los calzoncillos al no querer sacárselos él mismo, me senté en su cama (que él tenía sin hacer, por supuesto), lo puse como el Señor lo trajo al mundo sobre mis rodillas y le di una larga y contundente azotaina. A pesar de los gritos, sollozos, súplicas y quejidos de Pablo, y también de su madre y sus hermanas al otro lado de la puerta, no paré hasta que el dolor en la mano me impidió continuar. La tenía inmensamente roja, pero nada comparado con el tono granate del culito del sinvergüenza, que se había convertido por fin en el niño adorable que había sido antes. Lloraba desconsoladamente; lo puse un rato de cara a la pared desnudito y con las nalgas ardientes para que reflexionara, y luego cuando le levanté el castigo él mismo se echó en mis brazos pidiéndome perdón, llorando de nuevo y prometiendo cambiar. Después de tanta tensión por fin volvíamos a ser padre e hijo y a sentirnos cerca el uno del otro.

Pero se imaginará que el propósito de enmienda duró poco y este caradura está volviendo a las andadas … Se ha apartado demasiado del camino y no va a ser tan fácil encarrilarlo, pero pienso cumplir con mi deber como padre de corregir a este chico y conseguir que no eche a perder su vida. Para evitar problemas con su madre y sus hermanas, que a ratos reconocen que tengo razón pero que enseguida se ablandan y quieren ablandarme a mí, tengo la intención de tomarme unas vacaciones, dejar unos días la tienda en manos de mi mujer, y llevarme al granujilla a una cabaña que utiliza un primo mío durante la temporada de caza pero que en esas fechas estará desocupada. Sin vecinos ni nadie que nos moleste, Pablo y yo solos, por fin podré disponer de tiempo y lugar para proporcionarle todo el cariño y la atención, pero sin duda también todos los azotes y el castigo que necesita. Quiero recuperar al niño obediente al que tanto echo de menos, y estoy seguro de que, aunque no sea consciente de ello, él también necesita, creo que más que nunca, la firmeza de la mano dura de su padre.

Estas vacaciones son la última esperanza que tengo para evitar perder a mi hijo, pero para su éxito necesito su ayuda. Aunque en su interior sigue siendo un crío, el chaval tiene ya el cuerpo de un hombre, con unas nalgas recias y firmes para las que la mano de su padre ya no es suficiente a la hora de darles todo el escarmiento que necesitan. A través de un vecino que también tuvo problemas similares con su hijo hace un tiempo, he conocido el estupendo catálogo de artículos de disciplina que elaboran los religiosos de su Orden y que son lo ideal para los propósitos de un padre desesperado como yo .......”

El Abad fue interrumpido en su lectura al escuchar el sonido de nudillos golpeando la puerta de su despacho. Era el Padre Isidoro, el responsable del taller de la Abadía.

  • Buenos días, Reverendo. No quiero entretenerlo, pero ya tenemos listos los nuevos pedidos para esta semana, necesitamos su firma.
  • Por supuesto, Padre, pase.

El Padre Isidoro acercó el listado de artículos de disciplina que debían salir en el correo del día, junto con las direcciones de los clientes, y que solamente necesitaban la autorización del Abad para poder enviarse. La firma del responsable de la Abadía se estampó debajo de la larga lista de varas, correas, cuerdas, cepillos, banquetas de castigo, supositorios, y largo etcétera de herramientas de disciplina que en breve saldrían hacia todos los barrios de la capital y los pueblos de la comarca. Unos pedidos esperados con mucha ilusión por sus receptores, aunque naturalmente no tanto por los jóvenes cuyos traviesos traseros eran los destinatarios finales de todos esos eficientes instrumentos de castigo.

  • Perfecto, ahora mismo se lo firmo. ¿Alguna novedad en el taller?
  • Hemos recibido una petición de los hermanos de la sede del suroeste, Reverendo. Parece que han tenido un gran incremento de la demanda y nos preguntan si tenemos excedentes.
  • Pues lo veo complicado, fíjese en todo el correo que tenemos esta semana – el Abad señaló la pila de cartas que tenía encima de la mesa, al lado de la que había estado leyendo hasta ese momento-. Y la correspondencia ha sido ya filtrada previamente por el Padre Germán; salvo algún error por su parte, que sería extraño, todas estas solicitudes serán aceptadas. Tan pronto podamos les daremos una lista de todos los instrumentos de corrección que deberían estar listos para la próxima semana. Ya me comentará si necesitan refuerzos en el taller para la producción.
  • Pues es posible, Reverendo, cada vez tenemos más peticiones. Parece que hay mucho traviesillo portándose mal en todas partes.

El Abad sonrió.

  • Eso siempre lo ha habido y lo habrá, Padre. Más bien diría que hay más padres y amos preocupándose por enderezar su comportamiento, y que va dándose poco a poco a conocer la ayuda que pueden recibir por parte de nuestra Orden. Así que me alegro mucho de oírlo, aunque me apena no poder ayudar a nuestros compañeros. Tal vez en la sede del Noroeste sí dispongan de excedentes.
  • Me alegro, Reverendo. Y tengo el placer de comunicarle otra buena noticia: ya tenemos listos los nuevos cepillos y los nuevos termómetros. Cuando quiera pásese por el taller y se los mostraremos.

La cara del Abad se iluminó; la eficiencia de su equipo no dejaba de impresionarle.

  • Estupendo, Padre, será un placer. ¿Le viene bien dentro de una hora, cuando haya acabado de revisar el correo?
  • Perfecto; nos encantaría realizar una demostración práctica. ¿Da usted su autorización para que empleemos a chicos de la sala de castigo?
  • Naturalmente; creo recordar que hay como cinco o seis muchachos sancionados ahora mismo. ¿Le bastaría con dos de ellos? Dígale al Padre Julián que se los proporcione; a ser posible novicios de la Orden. Debemos ser siempre más severos con ellos que con los pupilos del internado.
  • Más que suficiente; muchas gracias, Reverendo. Estaremos esperándole.

De nuevo una tarde de mucho trabajo, pensó el Abad al verse solo de nuevo. Aunque un tanto contrariado porque iba a tener menos tiempo para sus actividades de investigación, presenciar la demostración de los nuevos cepillos y termómetros iba a ser desde luego una actividad muy agradable. Aunque no podría demorarse mucho porque debía darle también tiempo a recibir a los nuevos pupilos que acababan de llegar ese mismo día, especialmente al jovencito hijo de un antiguo cliente en el que el Padre Juan había puesto tantas ilusiones y cuya adquisición había llegado finalmente a buen puerto. ¿Era Tristán su nombre? Un muchacho al parecer tan especial iba a requerir de un entrenamiento igualmente especial para su amo y el Reverendo Padre tenía ya en mente una idea un tanto arriesgada pero que valía la pena intentar.

Aunque le gustaba leer el correo de sus clientes, se veía obligado a hacerlo por encima ante la falta de tiempo; a fin de cuentas el padre Germán, encargado de recibir y contestar la correspondencia, ya había realizado el primer filtro y separado las solicitudes de compra de artículos de disciplina que cabía estimar de las cartas de agradecimiento, las reclamaciones (pocas), las solicitudes de información y de visitas, y las de compras que no reunieran los requisitos considerados imprescindibles.

El Abad recordó la polémica desatada en su día, hacía ya años, respecto a la venta de estos artículos de disciplina de fabricación artesanal, hasta entonces de uso únicamente interno dentro de la Abadía para la corrección de los novicios o que tal vez se regalaban en ocasiones a clientes especiales. Su calidad y eficacia, unidas al aumento de peticiones y a las necesidades económicas de la Abadía en aquella época, hicieron que un grupo de monjes propusiera su comercialización, una práctica que ya era frecuente en otras sedes de la Orden. El éxito fue enorme, permitió financiar unas costosas obras de restauración de todo el complejo en torno a la Abadía, y le convirtió a él, el monje que había sido cabecilla del grupo propulsor de la idea, en el nuevo abad del lugar tras la jubilación del anterior.

La condición de los altos cargos de la Orden para aceptar la fabricación de instrumentos de disciplina con fines comerciales había sido, no obstante, un riguroso control que asegurara el uso correcto de los mismos. Los solicitantes debían enviar una carta firmada a la atención del Reverendo Abad en la que expusieran las razones que motivaban la petición, así como además el nombre y la foto tanto del caballero que los iba a emplear como de los jóvenes a los que pertenecían las nalgas necesitadas de corrección. Los solicitantes debían ser señores respetables, que hubieran pasado de la cuarentena y que explicaran el vínculo que les unía a los muchachos a los que deseaban azotar; normalmente se trataba de familiares que necesitaban poner en su sitio a un hijo, sobrino, yerno o nieto díscolo, o bien de amos o mayordomos con criados poco obedientes o capataces con aprendices holgazanes. Los muchachos necesitados de castigo debían ser naturalmente varones jóvenes de edad legal y los azotes debían aplicarse exclusivamente en los glúteos y la parte superior trasera de los muslos.

Dio un visto bueno a la carta que estaba leyendo tras dar un vistazo a las fotos del papá desesperado, un simpático hombre que intentaba parecer recio pero que no podía evitar un cierto aire bonachón, y del granujilla, un guapo joven moreno con una mirada pícara que concordaba con las andanzas como Casanova y juerguista narradas por su padre. El Abad sonrió al observar la lista de peticiones paternas, que consistía en una vara, una correa, una pesada zapatilla de esparto, un contundente cepillo de madera de roble, un manojo de cuerdas para atar y someter al descarriado joven, una mordaza y una banqueta de castigo para situar las nalgas traviesas en la posición óptima para los azotes. El traviesete no iba a olvidar fácilmente las lecciones que su papá iba a impartirle durante las vacaciones en la cabaña de caza.

Pero por desgracia sus muchas obligaciones impedían al Abad leer íntegramente los textos de las cartas. Se limitó a echar un vistazo y revisar algunos párrafos sueltos del resto de solicitudes antes de darles el visto bueno:

“... Debido a un reciente ascenso laboral, me he mudado a una casa más grande para cuyo mantenimiento necesito contratar personal. Me han recomendado a dos muchachos de confianza, al parecer buenos y obedientes; a pesar de las buenas referencias, conozco cómo son los jóvenes, soy muy estricto con respecto a la disciplina y considero que nada mejor que calentarles el trasero con la mayor frecuencia posible para mantenerlos a raya. Aunque tengo una mano fuerte, prefiero asegurarme su sumisión disponiendo también de una buena vara...”

“... Mi hija se acaba de casar con el hijo de unos buenos amigos de nuestra familia. Tanto mi mujer y yo como nuestros consuegros estamos muy contentos con el enlace; nuestro yerno es un joven cariñoso y muy bien parecido. Su padre lo ha educado con mano firme y hasta el día de su boda le ha propinado frecuentes azotainas. Varias veces estando yo de visita, lo ha cogido de la oreja cuando no había ninguna señora presente y, delante de mí y de otros amigos, le ha bajado pantalones y calzoncillos, lo ha puesto sobre sus rodillas y le ha zurrado en el culito durante no menos de quince o veinte minutos hasta ponérselo rojo como un tomate y mandarlo lloroso de cara a la pared. El día antes de la boda mi consuegro me enseñó el secreto que según él ha mantenido a su chico obediente y respetuoso a lo largo de su adolescencia y primera juventud: un recio cepillo de madera de roble que convierte a los traviesillos más recalcitrantes en niños dóciles y mimosos. Y me encomendó, puesto que mi hija y mi yerno vivirán con nosotros a la vuelta de su luna de miel, que continuase impartiendo al muchacho la disciplina que todo joven de su edad necesita aunque sea ya un hombre casado. Por desgracia no pude recibir como obsequio de mi consuegro el eficiente cepillo; este era todavía necesario en su casa, puesto que mi yerno tiene un hermano menor todavía soltero algo holgazán y necesitado con frecuencia de mano dura; yo mismo he presenciado, de hecho, alguna azotaina impartida de manera simultánea a ambos hermanos, cada uno inclinado sobre una de las rodillas de su padre, seguida de un buen rato cara a la pared con los dos culitos rojos y calientes al aire. Tras una ardua búsqueda, por fin he encontrado en su catálogo algunos cepillos igualmente hermosos y contundentes que podrán servir para cumplir mis obligaciones como suegro...”

“... Llevo diez años como entrenador de fútbol y nunca me había enfrentado a un equipo tan desobediente como el de esta temporada. Hay dos cabecillas que son quienes desestabilizan el grupo y no me gustaría tener que echarlos del equipo porque son buenos jugadores; pero no pienso dejar que desciendan de categoría y echen por la borda el trabajo de años. Y desde luego todos sus compañeros son responsables por hacerse cómplices de estos dos gamberros; en resumen, todo el equipo necesita jarabe de palo. El otro día, después de varias semanas sin rendir en los entrenamientos y tras ser derrotados jugando en casa frente a los colistas de la tabla, hablé muy en serio con los chavales, que estaban muy arrepentidos y se mostraron conformes en endurecer los castigos por faltar a los entrenamientos o desobedecerme durante ellos. Después de cada entrenamiento ellos mismos deciden, con mi visto bueno naturalmente, quienes han sido los tres más flojos y esos se llevan en ese mismo momento una buena azotaina con el culo al aire delante de sus compañeros, sanción que ellos mismos han considerado como la más efectiva. El masajista y uno de los chicos, el que mejor haya jugado, me ayudan en la tarea y cada uno colocamos sobre nuestras rodillas a un jovencito desobediente y le zurramos con la mano en el culito como calentamiento. A continuación les hacemos inclinarse y poner las manos en los tobillos para azotarles con las palas grandes de madera de las que disponemos para ese fin; cuando pierden un partido, todo el equipo es azotado. El método está siendo un éxito y los chicos colaboran, incluso castigando a sus compañeros con azotes más fuertes que los míos o los del masajista. El problema es que este año las estamos utilizando tanto que dos palas se han roto y necesitamos reponerlas urgentemente ...”

La carta que venía a continuación había sido marcada como dudosa por el padre Germán:

“... El comportamiento de mi nieto es intolerable y considero responsable del mismo a mi hijo, que pese a prometérmelo reiteradamente, se ablanda luego y no lo castiga como debe; pero ¿cómo va a hacerlo si él era un crío cuando nació mi nieto, nunca ha sabido ejercer de padre y es el primero que se emborracha cada dos por tres e incumple sus obligaciones más básicas? De hecho ni siquiera tiene instrumentos como es debido para azotar a su hijo; yo mismo le regalé una preciosa vara de abedul y una alpargata que han sido usadas en los traseros de varias generaciones de varones en mi familia, incluyendo al propio padre de mi nieto, que las ha perdido. El único remedio que veo es irme a vivir una temporada con ambos, mi hijo y mi nieto, y establecer un régimen de disciplina como es debido, calentándoles a los dos, al padre y al hijo, el culo como los traviesetes que son. Una buena zurra todas las noches para mandarlos con las nalgas bien rojas a la cama, además de ponerlos sobre mis rodillas cada una de las veces que no obedezcan; no van a poder sentarse desde el momento en que llegue yo a esa casa hasta que por fin su comportamiento se haya enderezado. Necesito para ello en primer lugar una vara y una alpargata de suela bien dura para reemplazar a las que mi hijo ha perdido ...”

Efectivamente la carta se apartaba de la ortodoxia, aunque no tanto como para rechazar completamente la petición del abuelo. Se le enviarían los instrumentos de castigo que necesitaba, pero con una indicación de que no azotase a padre e hijo de manera conjunta, o de lo contrario el muchacho jamás aprendería a respetar a su padre; el trasero de este último no debía ser desnudado, ni mucho menos castigado, delante del chico. A pesar de que debía contar ya con cierta edad, el papá tenía una apariencia juvenil que permitía plantear una excepción; desde luego su comportamiento merecía muchos azotes, tantos como el muchacho o probablemente más, y debía empezar a recibirlos cuanto antes.

Mientras acababa por fin de revisar el correo, llegó a los oídos del Abad el bullicio característico que le confirmó que los nuevos pupilos se encontraban ya en el edificio. Su despacho se encontraba próximo a los baños, que era el primer lugar al que llevaban los monjes a los chicos nuevos para bañarlos y afeitar sus partes íntimas antes de presentarlos ante la comunidad. Pronto distinguió el sonido de azotes golpeando los temerosos traseros de los recién llegados, resultado tal vez de cierta resistencia a ser desnudados para el baño o a dejarse frotar y restregar por las enérgicas manos y cepillos de los frailes. Insistir en que ya eran mayores y preferían bañarse ellos mismos solo serviría para que los culitos de los traviesillos rebeldes recibieran una generosa ración de azotes, que provocarían un escozor extra al caer sobre la piel mojada, antes de ser vigorosamente frotados y enjabonados por las mismas manos y cepillos que acababan de darles su merecido.

Los impactos de las poderosas manos de los religiosos, muy ejercitadas en dominar a muchachos jóvenes, sobre nalgas en la mayor parte de los casos vírgenes en lo que a azotes se refiere enseguida provocaron gemidos y sollozos de una irresistible ternura que, aunque se repitieran todos los días de llegada de novatos al lugar, siempre conmovían al Abad. Y le complacía que las severas atenciones que los inocentes jóvenes estaban recibiendo tuvieran como objeto, al menos en parte, complacerle a él, ante quien los nuevos pupilos debían presentarse guapos y relucientes. Por supuesto el fin de aquellos primeros castigos no era solamente enseñar sumisión ante el máximo señor del lugar, sino que se trataba de sanciones ejemplarizantes que tenían por objeto que aquellos traviesetes no acostumbrados aún a la disciplina fuesen conscientes de lo que se esperaba de ellos y lo que les podía ocurrir ante la más mínima desobediencia.

La escena que no podía ver, pero sí escuchar, le recordó que tenía una pendiente una gestión relacionada con uno de los chavales recién llegados a la Abadía. Pidió que mandaran lo antes posible a su despacho al hermano Horacio mientras seguían llegándole los dulces ecos de azotainas y gemidos provenientes de los baños.

Pocos minutos más tarde, el miembro más joven de la congregación llamaba a su puerta y pedía educadamente permiso para entrar. Lo primero que hizo fue disculparse por presentarse ante el Abad con ropa de deporte, puesto que estaba entrenando a los novicios en ese momento y le comunicaron que el Reverendo Padre deseaba verle urgentemente. Este último sonrió; era imposible no mostrar indulgencia ante los anchos y muy deseables brazos y muslos del atractivo hermano. Su barba semicerrada aumentaba aún más su belleza viril y el magnetismo que desprendía.

  • Pasa, muchacho. ¿Puedo ofrecerte algo de beber?

El tono distendido de su superior relajó a Horacio, que temía que le llamaran para una reprimenda. Acepto un vaso de agua y esperó obediente y curioso a saber por qué había sido llamado al despacho del Abad a esa hora inusual. Este último, perspicaz, se apresuró a acabar de tranquilizar al joven Hermano.

  • No te apures, no te he llamado porque haya ningún problema con tus entrenamientos. Al contrario, los padres y hermanos de la Abadía hablan muy bien de ti, y los dos sabemos que algunos de ellos no son fáciles de convencer. Y también los novicios y los pupilos están muy contentos contigo; el deporte mantiene su mente despejada de travesuras gracias a la estupenda tarea que estás desempeñando.
  • Vaya, muchas gracias, Reverendo. -La modestia del joven, levemente ruborizado ante los piropos, agradó al Abad.

Se sucedió un momento de silencio mientras el superior, al que le gustaba conversar sin prisas, contemplaba complacido los hermosos muslos de su subordinado, entre los cuales se infiltraba algo de vello púbico debido a lo corto del pantalón de deporte. El Abad creyó recordar haber bajado más de una vez con sus propias manos ese mismo pantalón, aunque no podría asegurar que no se tratara de otro modelo idéntico.

En ese momento, entre el jaleo atenuado que se filtraba desde los años, se destacó con claridad el compás producido por madera impactando de manera continua y rítmica sobre piel desnuda, seguidos de los gritos de súplica del muchacho objeto de castigo. El hermano Horacio sonrió al identificar el sonido, muy habitual en la Abadía en la hora del baño de los muchachos, de una dolorosa azotaina propinada a algún jovencito con el reverso del cepillo empleado para enjabonarle. Los cepillos de baño en la Abadía eran largos, sólidos y pesados y frotar los cuerpos de los traviesetes era solo una de las dos funciones que cumplían con gran eficacia, siendo la otra calentar bonitos traseros hasta volverlos de color rojo oscuro. A pesar de que sabía bien cuánto escocía y conocía el ardor en las nalgas al sentarse horas o incluso días después de una sesión con el cepillo, o tal vez precisamente por eso, al Hermanole gustaba mucho usarlo con los jugadores a los que entrenaba, sobre todo con los de culitos redondos y algo regordetes.

  • Parece que los chicos nuevos son traviesos, Reverendo. - Se permitió bromear.
  • De ellos quería hablarte precisamente, Horacio. De uno de ellos en concreto.
  • ¿Lo conozco acaso?
  • No, pero llegarás a conocerlo bien. Quiero que te encargues de adiestrarlo.

El hermano Horacio no estaba seguro de entender el sentido de esas palabras.

  • ¿Quiere decir en el equipo de rugby, Reverendo?
  • Me refiero a su adiestramiento como pupilo, Horacio. -Ante la extrañeza del joven, que ya se había imaginado, aclaró: -Serás liberado de horas como entrenador para encargarte de uno de los nuevos. Este es un buen momento de que tengas pupilos a tu cargo como la mayoría de los hermanos y de los padres. El chico se llama Tristán y lo ha traído el Padre Juan en la remesa de hoy. Preséntate ante él e infórmale de que serás tú quien estará a su cargo.

El hermano Horacio conocía bien la mirada que le estaba dirigiendo el Abad. Se trataba de una orden que solo cabía atacar; cualquier réplica o discusión no serviría de nada, salvo tal vez para ganarse algún castigo. Su superior le dio permiso para retirarse y lidiar a solas con su confusión.

Resuelta la cuestión de la atención a ese nuevo pupilo tan especial que el Padre Juan había traído hoy a la Abadía y que en esos momentos habría sido ya bañado y tal vez afeitado, el Abad consultó el reloj y se dirigió sin más dilación al taller donde le mostrarían la exhibición de los nuevos productos de castigo. No le gustaba hacer esperar ni aprovecharse de su cargo para no cumplir con la puntualidad que era norma en la Orden.

Al llegar al taller, el Padre Isidoro lo recibió con una sonrisa y con los nuevos modelos de cepillo y termómetro preparados en una mesa para la exhibición. Junto a él se encontraban dos novicios que colaboraban en el taller y que seguramente se habían encargado de ejecutar con habilidad artesana los diseños del Padre. Y enfrente, dos banquetas de castigo que muy pronto estarían ocupadas.

  • Estupendo, Padre, veo que tiene ya todo listo. Chicos -se dirigió a los novicios- ¿podéis avisar al Padre Julián para que traiga a los traviesos?
  • Ahora mismo, Reverendo.

Uno de los jóvenes desapareció diligente para reaparecer tres minutos más tarde acompañado del Padre Julián. Cada uno de ellos acompañaba, o sería más exacto decir empujaba, a un amedrentado novicio cuya reclusión en la sala de castigo había sido interrumpida bruscamente con fines desconocidos pero probablemente poco placenteros. Los guapos jóvenes castigados comparecían, como era natural en la Abadía en esas circunstancias, completamente desnudos y con las manos atadas; mientras el novicio, compañero al fin y el cabo, había tomado a su recluso del brazo, el Padre Julián, más severo, aumentaba la humillación del suyo arrastrándolo sin compasión de la oreja. Los dos traviesetes caminaban aturdidos, no solamente por sus ataduras y por el aturdimiento que les provocaba la vergüenza de su desnudez y su castigo público, sino también por el causado por la penumbra de la sala de penitencia a la que se les había confinado por alguna desobediencia o travesura. Sus nalgas y muslos mostraban también, tanto por su vivo color casi granate como por las marcas de muchos azotes con diferentes instrumentos, las huellas de su estancia en aquella sala que tanto temor causaba a los novicios y pupilos de la Abadía.

  • Muchas gracias, Padre Julián. Coloque por favor a este par de golfos en posición para su nuevo castigo.
  • Encantado, Reverendo.

Con sonrisa propia de quien lleva a cabo una tarea que le resulta muy grata, el Padre Julián condujo a su presa hasta una de las banquetas libres en medio del taller, y solo al llegar a su destino soltó su oreja para inclinarlo sobre el mueble. Las banquetas de castigo eran reclinatorios con espacios separados para ambas rodillas y una rampa en la parte delantera en los que se hacía arrodillar a los traviesos con el tronco inclinado hacia abajo hasta dejar la cabeza a no muchos centímetros del suelo; por otra parte, el hueco considerable entre las rodillas obligaba al joven a separar mucho las piernas.

El resultado era que las nalgas, así como el periné, el ano, los testículos y las partes más íntimas del muchacho, totalmente exhibidas, se convertían en la zona más visible y prominente de su cuerpo mientras su cara quedaba oculta y sus brazos y piernas podían ser fácilmente atados e inmovilizados. Esta postura, donde todos los encantos del joven mostraban al público toda su belleza, así como su vulnerabilidad para un castigo, se conocía en la Abadía como la posición de sumisión. Era frecuente ver en las salas comunes con fin ejemplarizante a uno o varios muchachos que debían permanecer largo rato, a veces más de una hora, en posición de sumisión en una de aquellas banquetas, normalmente con los traseros enrojecidos y con marcas de vara o del instrumento con el que se les hubiera castigado anteriormente. Un espectáculo que tanto el Abad como el resto de frailes, especialmente los más maduros, encontraban siempre enormemente estimulante.

Una vez colocados en posición, el Padre Isidoro realizó una breve explicación de los nuevos productos fabricados en el taller.

  • Por fin podemos presentar hoy los nuevos modelos de termómetro y cepillo de castigo en los que llevamos trabajando las últimas semanas. El termómetro es naturalmente de uso rectal y la varilla sensora de temperatura, como se puede apreciar, es larga y gruesa. Sin interferir para nada en su función de medir la temperatura interna del novicio o pupilo, sirve también para dilatar su culito, con fines de castigo o de simple entrenamiento.

Mientras hablaba el Padre procedía a una demostración práctica con un modelo de varilla marcadamente fálica, de longitud y espesor notables, que fue introduciendo muy lentamente en uno de los novicios desnudos; las protestas del joven, más sonoras y suplicantes a medida que la cánula iba abriéndose camino en su interior, provocaron la sonrisa y también la excitación de los presentes durante los varios minutos que duró su agonía. Una vez introducida la varilla en su totalidad, el traviesete tendría que mantenerla todo el resto del tiempo que durara la demostración.

El termómetro fue aplicado solamente a uno de los novicios; para el segundo, igualmente atado y colocado en posición de sumisión, el Padre Julián había reservado un tormento no menos sofisticado que pasó a explicar una vez que el termómetro estuvo firmemente anclado en el recto de su compañero. Se trataba de un pequeño cepillo de mango cilíndrico y delgado rodeado en toda su superficie exterior por cerdas finas y romas que tenía intrigado al Abad, que esperaba ver un gran cepillo de baño robusto, pesado y de enormes dimensiones.

  • Y esta es una invención que debemos a una idea del Hermano Horacio. Este cepillito parece inofensivo pero funciona como un auténtico taladro que, introducido en el culete de un travieso durante el baño, es extremadamente eficaz para la higiene más íntima, además de como método de castigo de los más dolorosos.

El Padre embadurnó el pequeño instrumento de limpieza en jabón y comenzó a frotar vigorosamente el interior del ano del joven novicio; los chillidos y los ojos llenos de lágrimas del desdichado hicieron patente la efectividad de la diabólica invención nada más serle introducida. El mango cilíndrico permitía el movimiento de las finas cerdas tanto en dirección longitudinal, hacia dentro y hacia fuera del muchacho, como circular, retorciéndose en el interior del recto y limpiándolo con suprema y no menos dolorosa eficacia.


Acabada la demostración, el Abad rompió a aplaudir, acompañado del Padre Julián e incluso de los dos novicios que habían ayudado a inmovilizar a sus compañeros y que, pese a que no dudaban que tanto el termómetro como el cepillo les serían aplicados más pronto que tarde, habían disfrutado enormemente de ver a sus compañeros recibiéndolos y no podían sino reconocer lo ingenioso de la idea. El patriarca de la Abadía felicitó efusivamente al Padre Isidoro y, como muestra de alegría, dio orden de desatar a los dos novicios castigados y todavía sollozantes y escocidos. Tras una breve charla con unos y con otros, tuvo que despedirse cuando el Hermano Horacio entró para avisarle de que los nuevos pupilos, entre ellos el esperado Tristán, estaban listos para recibirle.

lunes, 4 de agosto de 2014

Nuevo relato: Tristán

Muy buenas. No sé si los antiguos lectores seguís entrando de vez en cuando; no he vuelto a la actividad bloguera, pero sí he escrito un nuevo relato, ambicioso en el sentido en que si tiene éxito mi idea sería hacer una especie de spankonovela. Los que hayáis leído las historias de Chiquitín vais a encontrar muchas similitudes en los nuevos personajes, sobre todo en el protagonista; y si algunos sois amantes de la literatura, el germen de la idea me vino de Tristana, de Galdós, donde hay un personaje de padre-amante-amo maduro que alimenta en mí muchas fantasías. De ahí el nombre del personaje como homenaje.

Este primer capítulo se publicará próximamente en Malespank, junto a los relatos de Chiquitín, pero quería que lo tuvierais antes aquí como primicia. Se agradecen mucho los comentarios, aquí o a mi email que tenéis al final del relato; incluso los negativos, siempre que se expongan de manera constructiva. Besos y feliz verano.


TRISTÁN
CAPÍTULO I: LA REVISIÓN

  • Si les parece me gustaría conocer al chico.

Los padres de Tristán llevaban ya un buen rato de café, pastas y conversación de ascensor. Esta era una de las ocasiones en las que el Padre Juan habría deseado tener más habilidad para el trato social; era consciente de la complicada situación que atravesaba esa familia y de la humillación que para ellos suponía solicitar que su único hijo varón se formara dentro de la Orden para ser asignado como sirviente a un caballero acaudalado. Pero no disponía de más recursos ni circunloquios para plantear con más delicadeza la cuestión que le había llevado a esa casa.

Eso no significaba que para él la selección de muchachos fuera una tarea rutinaria; no era una frase tópica que todos y cada uno de los jóvenes con los que trataba a diario eran especiales para él. Y la actitud de sus familias era también de lo más variopinta; algunas apenas disimulaban la indiferencia, otras su alivio por resolver el problema de un hijo díscolo, con problemas de disciplina o sin un futuro claro; incluso en algunos casos era patente la codicia por la recompensa económica que recibirían del nuevo amo de su vástago. No era este el caso; se trataba de un matrimonio que había disfrutado de una posición acomodada, como era evidente tanto por el mobiliario de la casa como por su forma de comportarse, y seguramente hasta muy poco tiempo atrás jamás habrían considerado verse un día en esa situación ni habían necesitado nunca plantearse cuánto ni cómo de rápido puede cambiar la vida de una persona o de toda una familia pasando de tener sirvientes a servir. Su sentido de la honra les había impedido mencionar la cuestión del dinero, y de hecho nada en su forma de actuar hacía suponer que la cuestión económica les preocupara, aunque el Padre Juan estaba muy al tanto de la situación real que atravesaban.

No obstante, no había lugar para la preocupación en ese sentido; la Orden no iba a malvender a Tristán y sólo ofrecería al chico a un amo que correspondiera con una contraprestación monetaria, no sólo apropiada a los valores del joven, sino generosa. Los Padres tenían más experiencia que nadie en actuar como intermediarios entre señores acaudalados faltos de personal de servicio masculino, o a veces simplemente necesitados de compañía, y jóvenes varones en situaciones complicadas necesitados de trabajo y de apoyo, a veces tanto económico como emocional; habían sido de hecho pioneros en esas funciones y sabían perfectamente llegar a los mejores acuerdos para ambas partes. Si era cierto lo que había llegado a sus oídos acerca de las virtudes de Tristán, y el plan que había concebido para el muchacho llegaba a cumplirse, le esperaba un próspero futuro y los problemas de la familia estarían solucionados. Pero al maduro sacerdote, sin ser en absoluto pesimista, le gustaba mantener la prudencia y no dar rienda suelta a su imaginación.

La mirada de la madre no pudo disimular por un instante una cierta altanería e indignación ante lo directo de la pregunta de su invitado. Pero enseguida recompuso su máscara de perfecta anfitriona y dejó responder a su marido:

  • Naturalmente, Padre, sé que es usted un hombre ocupado. Tristán está en su habitación, ¿le digo que venga?
  • No se preocupe, le examinaré más cómodamente en su habitación.

Un atisbo de inquietud turbó la mirada de la madre.
  • ¿Podemos estar presentes mientras habla con él, Padre?
  • Si insisten, el papá de Tristán puede venir conmigo. Lo lamento pero usted deberá esperarnos fuera, señora.

La madre solo pudo musitar un "de acuerdo, Padre" mientras apartaba turbada la vista. El padre, que también había comprendido a la perfección que la entrevista iba a exigir el desnudo integral del muchacho, se encaminó taciturno, seguido de cerca por el sacerdote, a la habitación de su hijo y llamó a la puerta con los nudillos, gesto que no tenía más función que la de trámite cortés e informativo, en ningún caso de consulta. El sacerdote juzgó favorablemente que el señor de la casa entrara en la estancia con decisión y sin esperar respuesta; los muchachos acostumbrados a vivir bajo una autoridad paterna fuerte no solían tener grandes problemas en adaptarse a su nueva vida.

  • Buenos días, Tristán.

El Padre Juan se fiaba mucho de sus primeras intenciones sobre los chicos aspirantes a formarse en la Abadía, especialmente después de casi treinta años de experiencia seleccionándolos, y la que tuvo de Tristán no pudo ser más favorable. Dos cosas agradaron en especial al sacerdote: la primera y más evidente, la belleza despreocupada del muchacho, agradable contrapunto a la coquetería y narcisismo que con frecuencia veía y corregía en la abadía de la Orden, tanto entre los novicios como entre los jóvenes sirvientes a los que seleccionaban y formaban. El muchacho no tardaría en malearse y aprender a servirse de sus encantos, pero al menos sus padres no habían hecho ya ese trabajo por él. Y todavía más refrescante le pareció su ausencia de malicia; lejos de intentar mostrar una forzada naturalidad, fingir estar leyendo un libro o mostrar desinterés, Tristán evidenciaba haber estado escuchando la conversación de los adultos detrás de la puerta, de la que solamente había tenido tiempo a despegarse uno o dos pasos, recibiendo a su visitante en medio del cuarto sin poder disimular su ansiedad ante la posibilidad de ser desnudado y examinado atentamente. Y más agitado aún se habría mostrado el inocente de haberse podido imaginar que el Padre Juan tenía además la intención de, en caso de que el examen fuera favorable y obtuviera el visto bueno para su incorporación a la Abadía, comenzar su entrenamiento en ese mismo instante castigándole por su indiscreción.

  • ¿Dónde están tus modales, jovencito?

La recriminación paterna sacó al guapo joven parcialmente de su atoramiento, o al menos le indicó el primer paso a seguir.

  • Buenos días, Padre, ¿cómo está?
  • Bien, Tristán, gracias. ¿Puedo sentarme? – El sacerdote señaló la silla de la mesa de estudio del joven; naturalmente el permiso se lo solicitaba al padre del joven, que asintió con la cabeza.

El Padre Juan apartó la silla, se quitó la chaqueta, colocó su cartera a un lado y se sentó con calma, apreciendo el nerviosismo y la actitud obediente de Tristán, que miraba en todas las direcciones con la cabeza semiagachada y las manos a la espalda. Naturalmente en la Abadía le reforzarían la costumbre de mostrar sumisión a los hombres maduros, pero aquel no era un mal comienzo.

Una vez sentado en posición cómoda para la inspección que iba a realizar, con gran placer por otra parte, el sacerdote recorrió apreciativamente con la vista el cuerpo del joven, que no era alto ni bajo, ni delgado ni entrado en carnes. Naturalmente su forma de vestir adolescente era inadmisible, con una camiseta de algún grupo musical y un pantalón de chandal, pero eso sería de lo primero que se encargarían de corregir en la Abadía.

  • Acércate, por favor. Voy a examinarte.

Tristán miró a su padre, que observaba la escena con aparente calma, de pie junto a la puerta con los brazos cruzados.

  • Haz todo lo que te diga el padre, hijo.

El muchacho obedeció y dio dos pasos acercándose al sacerdote, el cual le animó con señas a aproximarse a él hasta que lo tuvo a una distancia suficientemente corta como para tomarlo de la mano y colocarlo de pie justo a su lado agarrado por la cintura. Por fin había llegado la parte con la que el Padre Juan disfrutaba realmente, que era el contacto con el joven y las primeras lecciones de disciplina.

Lo miró fijamente a los ojos con una media sonrisa; el muchacho, tímido, no supo sostenerle la mirada.

  • Estás nervioso, hijo?
  • Un poco, Padre.
  • Igual que tu padre, en la Orden queremos lo mejor para ti, así que no tienes nada que temer. Basta con que seas bueno y obediente. Está claro?
  • Sí, Padre.
  • Muy bien. Ahora mantén la mirada baja, como la tienes ahora, y habla solo para responder cuando se te pregunte. De acuerdo?
  • Sí.
  • Se dice sí, Padre cuando te habla un sacerdote. Sí, papá, si te habla tu padre. Sí, señor, cuando te hable cualquier otro hombre maduro. Que no lo tenga que repetir. Está claro?
  • Sí, Padre.
  • Muy bien. Pon las manos en la nuca y no las muevas de ahí hasta que te lo diga.

Obediente, Tristán se colocó en una posición de sumisión que pronto sería muy familiar para él.

  • Muy bien, Tristán. Ahora voy a bajarte los pantalones y los calzoncillos y tú vas a estarte quietecito.

No hubo respuesta; el muchacho respondía a la sumisión a gran velocidad. Tampoco el padre hizo muestras de inmutarse ni de hacer nada que no fuera seguir contemplando la escena a cierta distancia.

Con mano experta y acostumbrada a desnudar jovencitos, el Padre Juan deslizó el pantalón del chandal del muchacho hasta las rodillas, dejando al aire unos deliciosos muslos firmes y no excesivamente vellosos. El slip de pequeños lunares, casi infantiles, del muchacho le agradó mucho, así como el temblequeo de sus piernas, que el joven no era capaz de dominar.

Al levantar la mirada, le enternecieron la mirada suplicante y los ojos húmedos de Tristán, que se cruzaron con los suyos un brevísimo instante antes de dirigirse hacia abajo de nuevo. Haciendo caso omiso de la súplica, el sacerdote agarró con firme suavidad el elástico del slip y lo bajó hasta que hizo compañía al pantalón de deporte dejando los genitales, las nalgas y los muslos del joven al descubierto.

El Padre Juan echó un vistazo a los genitales y comprobó con la mano derecha su consistencia; separó el pene y tiró muy levemente del prepucio, lo que provocó un gemido de súplica muy excitante por parte del muchacho. Aparte de comprobar que todo estuviera en orden, y de asegurarse que el joven varón era tal, puesto que alguna anécdota circulaba en la Orden relativa a alguna chica a la que su familia había intentado colar disfrazada de chico, el reconocimiento tenía como principal función humillar al aspirante y facilitar su sumisión. Los caballeros que solicitaban los servicios de la Abadía, con alguna excepción, no estaban excesivamente interesados en el miembro viril de su personal doméstico, sino más bien en la parte posterior de su anatomía, que era la parte clave de la inspección y lo que el sacerdote iba a revisar a continuación.


Asegurándose de que Tristán seguía con las manos en la nuca y la cabeza baja, lo hizo girar 180 grados con un movimiento de muñeca para poder contemplar su trasero. Al hacerlo no pudo evitar un murmullo apreciativo de gran satisfacción; los monjes de la Abadía ofrecían a sus clientes un servicio de calidad muy especializado y, dado el número limitado de chicos a los que podían adiestrar en sus instalaciones y la avalancha de solicitudes que recibían, solo admitían para su formación a los más guapos. Y su criterio respecto a la belleza de un muchacho incluía necesariamente unas nalgas bonitas, puesto que esta parte de la anatomía masculina era siempre la predilecta de sus selectos clientes.

El sacerdote se consideraba, con razón, un experto en nalgas de muchachos, y las de Tristán, redondas, carnosas, sin vello y muy suaves al tacto, como el sacerdote no tardó en comprobar, harían sin duda las delicias de su dueño y subirían considerablemente tanto el precio que el caballero pagaría por el chico como las posibilidades de este último de disfrutar de una posición desahogada en la casa como favorito del amo y señor del lugar, acorde con sus estudios y sus orígenes nobles. Como toda rosa tiene su espina, el don que la naturaleza le había otorgado al joven venía irremediablemente unido a una contrapartida; el afortunado amo que finalmente pagara por llevarse a casa a Tristán no podría ni querría evitar la tentación de azotar una y otra vez y hacer enrojecer aquel apetitoso trasero por los motivos más nimios. Al joven le esperaba mucho bienestar material pero también muchas y dolorosas azotainas. Mientras comprobaba con ambas manos la suavidad de los glúteos que se ofrecían ante él, el Padre Juan pensaba en las manos firmes, reglas, varas, cepillos, palas, cinturones y largo etcétera de instrumentos de castigo que los atormentarían y enrojecerían durante los días, y probablemente años, siguientes. Una amplia sonrisa inundó su rostro al pensar que su mano sería la primera en inaugurar aquella larga sucesión de azotes dentro de pocos minutos.

Se dirigió al padre de Tristán, que contemplaba la escena con cierta preocupación.

  • Le felicito por tener un hijo tan guapo, señor. Creo que no vamos a tener ningún problema para colocarlo en una buena casa. Te estás portando muy bien, Tristán. Ahora voy a desnudarte del todo para continuar; date otra vez la vuelta, por favor.
  • Padre …
  • ¿No me has oído? Haz lo que se te dice. - El Padre Juan reforzó la orden con un ligero pero sonoro manotazo en la nalga del joven.

La razón por la que Tristán tenía reparos en darse la vuelta se evidenció alegrando la vista del sacerdote; el ser manoseado le había provocado una erección. Probablemente el muchacho tenía una tendencia natural a la sumisión que iba a hacer más fácil la tarea de los frailes durante las semanas siguientes; el Padre Juan pensó que todo le estaba saliendo a pedir de boca y vio más próximo su plan de que el muchacho fuera el próximo secretario personal de cierto caballero.

Haciendo caso omiso del travieso pene del aspirante, el Padre Juan le dio permiso para retirar las manos de la nuca, algo imprescindible para poderle quitar la camiseta. Complacido por su docilidad, le bajó a continuación los pantalones del chandal y los slips hasta los tobillos para luego sacárselos.

Una vez completamente desnudo, Tristán, al que se le recordó una vez más que mantuviera siempre la mirada baja, observó con inquietud cómo el religioso abría la cartera que había traído consigo con sus instrumentos de trabajo. De ella extrajo un cuaderno y una cinta métrica, con la que midió la altura del chico, el largo del torso, las piernas y los pies, y el ancho del cuello, el pecho, la cadera, las nalgas y los muslos, apuntando todos los números meticulosamente. Durante las mediciones, la mano del religioso recorría y palpaba todas las zonas del cuerpo del joven, comprobando la suavidad de la piel y tomando nota de lunares, cicatrices o marcas identificativas. El informe sería entregado a su futuro amo y debía ser lo más detallado posible.

Cuando Tristán pensó que la inspección había finalizado, todavía quedaba la parte favorita para el Padre Juan.

  • Ven conmigo, Tristán.

Tomando al muchacho del brazo, lo acercó a la cama y le ordenó colocarse de rodillas encima de la colcha.

  • Muy bien, ponte a cuatro patas y separa bien las piernas. Más. Un poco más. Vale, baja la cabeza y apóyala en las manos manteniendo las piernas bien separadas. Perfecto.

Esta postura, en la cual el ano, los genitales, el periné y todas las partes más íntimas del muchacho quedaban perfectamente expuestas a la vista en todo detalle, era conocida en la Abadía como la posición de sumisión y los novicios debían adoptarla con frecuencia ante sus prefectos o ante cualquier autoridad. Era muy efectiva naturalmente para aplicar castigos, pero también para revisiones médicas, administración de enemas o simplemente para recordarles a los novicios su posición subordinada.

El sacerdote acarició la espalda del joven con una mano mientras con la otra iba recorriendo el escaso vello que había entre sus nalgas, la zona perineal y el escroto, que, según la norma, sería afeitado inmediatamente después de la entrada de Tristán en la Abadía. A continuación, considerando que el pupilo estaba preparado ya para la siguiente prueba, exploró su ano con el dedo índice, muy adiestrado en estas prácticas, introduciéndolo poco a poco en su totalidad, haciendo de nuevo caso omiso de los quejidos del humillado joven.

  • Tranquilo, no te muevas o te dolerá más.

En muchachos traviesos, rebeldes o cuya dilatación indicaba que ya habían realizado algún juego similar por su cuenta, el Padre introducía dos dedos en esta parte de la revisión física, pero era evidente que Tristán nunca había sido adiestrado en la dilatación de su orificio más íntimo, y el objetivo de la prueba no era el dolor sino la humillación. Extrajo pues el dedo, para alivio del joven, y le dio un par de palmadas cariñosas en las nalgas.

  • Muy bien, Tristán. Descansa y siéntate en la cama mientras hablo con tu papá.

Tras una breve visita al lavabo para lavarse las manos, puesto que el Padre Juan era un gran amante de la pulcritud, se dirigió en voz baja, aunque siendo consciente de que Tristán podría oírles si ponía empeño, al señor de la casa.

  • El muchacho presenta unas aptitudes óptimas. Si usted da su consentimiento, puedo llevármelo a la Abadía para comenzar su instrucción. Creo que podemos conseguirle un excelente hogar, y una recompensa económica muy generosa para usted.
  • ¿Usted cree? ¿En una casa respetable?
  • De las mejores de la ciudad.
  • ¿Está seguro? … Quiero decir que Tristán se ha pasado la vida estudiando. He oído que se colocan más fácilmente los chicos con habilidades manuales que conocen un oficio.
  • Efectivamente para los universitarios la demanda es mucho menor; pero existe, y los estudios abren las puertas de ocupaciones más agradables. Precisamente son los caballeros más influyentes los que necesitan de ayudantes con estudios para llevar la contabilidad, ejercer de secretarios, acompañarlos en sus viajes, entretenerlos con una buena conversación … En los mejores casos, algunos de nuestros clientes son hombres maduros solteros o viudos sin descendencia directa que buscan un heredero. No quiero echar campanas al vuelo, pero Tristán, si se muestra sumiso y cariñoso con su amo, reúne las condiciones para ser adoptado y convertido en hijo legítimo.

El Padre Juan se arrepintió, ante la expresión melancólica de su interlocutor, de no haber expuesto la cuestión con más tacto.

  • Entiendo que es un golpe para usted pensar en que su hijo pase a tener otro padre y otro apellido, pero se trata de su futuro. Si no cambian las circunstancias en su familia, es una gran oportunidad para él. Y en el feliz caso de que sí cambiaran, podrían hablar con el caballero y readquirir a Tristán antes de la adopción.

El hombre meditó unos instantes; a pesar de que era él quien había acudido ante la Orden, y aún siendo consciente de que era la mejor opción para su hijo, no podía evitar tener grandes dudas y miedos.

  • Verá, Tristán no ha sido educado para servir a un amo. Nunca le he azotado; ¿le van a dar muchos azotes?

Los ojos húmedos del progenitor enternecieron al sacerdote, que le sonrió con benevolencia.

  • Usted ya conoce la respuesta a esa pregunta. El muchacho parece bueno y dócil, pero todo joven de su edad necesita castigo. Y a ninguno le hace daño en realidad que le pongan el culete bien rojo de vez en cuando, por mucho que lloriqueen y se quejen. Traviesillos de más alta cuna que él se han adaptado perfectamente a la disciplina. Hacemos un seguimiento y comprobamos siempre que nuestros pupilos están bien tratados en casa de sus amos. Usted ha sido nuestro cliente y lo sabe.

El padre de Tristán se quedó sorprendido; desde luego estos curas lo saben todo, pensó. Efectivamente, él ya había tratado con la Orden. Habían actuado de intermediarios para conseguirle a Adrián, un picaruelo guapo y encantador que se había encargado del mantenimiento de la casa durante los años de mayor esplendor de la familia; y también se había encargado de otras tareas más íntimas que le habían dado mucho placer a su amo .... El cual por ironías de la vida ahora había tenido que recurrir de nuevo a los servicios de la Orden por motivos bien diferentes ....

El Padre Juan, pragmático, le sacó de sus meditaciones:

  • De hecho, Tristán debe superar todavía una prueba más antes de venirse con nosotros. Debo darle una azotaina y comprobar que es capaz de resistirla con entereza. No tiene por qué presenciarla si no lo desea; le pegaré con la mano y no demasiado fuerte, aunque le escocerá el culito durante un buen rato. Luego en la Abadía sí que tendrá que probar otros instrumentos de castigo más dolorosos. Debe acostumbrarse a la disciplina de su nueva vida cuanto antes.

Por un momento el padre de Tristán parecía a punto de echarse a llorar, pero se recompuso rápidamente.

  • De acuerdo, tiene usted razón, Padre. Sí prefiero quedarme y estar cerca de mi hijo en este momento; me gustaría pedirle que me permita abrazarle y consolarle al final del castigo. O incluso si ve más conveniente que sea yo mismo quien lo azote, lo haré.
  • No, yo le azotaré, debe acostumbrarse desde ahora a que seamos los religiosos quienes nos ocupemos de él y le castiguemos. Pero en cuanto a consolarle, naturalmente, de hecho iba a sugerirle que lo hiciera. Será, eso sí, también un abrazo de despedida. Luego firmaremos los papeles y me llevaré al muchacho sin más dilación.

El Padre Juan nunca supo cuánto escuchó Tristán de la conversación, pero sospechó que el joven ya sabía que iba a ser azotado antes de que se lo explicara. El sacerdote se sentó en la cama y ordenó a su nuevo pupilo que se sentara sobre sus rodillas para hablar con él.

  • Muy bien, jovencito. Te falta una última prueba antes de venirte conmigo. Antes has sido indiscreto y has estado escuchando detrás de la puerta; lo lamento pero tengo que castigarte. Siempre que no te portes bien vas a ser castigado a partir de ahora.

El joven le miraba con una tierna expresión de cordero degollado.

  • ¿Me va a pegar, Padre?
  • Te voy a dar unos azotes en el culo, que es lo que hacemos en la Abadía con los chicos traviesos. Y tú los vas a resistir como un hombre.
  • Pero, ¿me va a pegar fuerte? No me pegue fuerte, por favor.
  • No seas mimoso ni repliques, jovencito. Ponte de pie y colócate sobre mis rodillas.

Tristán se levantó y miró a su padre, lo cual le hizo ser consciente de nuevo de que estaba desnudo y le avergonzó. El padre le confirmó con la cabeza que debía obedecer, matando la última esperanza del joven de librarse de los azotes. Con lágrimas en los ojos, se colocó sobre las rodillas del Padre Juan, que se remangaba la camisa con expresión de deleite al contemplar el hermoso culo virgen que iba a azotar por primera vez.

Tras acariciar brevemente las nalgas suaves y agarrar firmemente la cintura de Tristán con la mano izquierda, el sacerdote levantó en alto la derecha y la dejó caer sobre el trasero expuesto en su regazo. El joven dio un respingo y elevó las nalgas, exponiéndolas involuntariamente al segundo azote. Los sollozos fueron inmediatos y sonaron deliciosos a los oídos del Padre Juan. Unas marcas rosáceas surgieron enseguida en ambas nalgas y no tardaron en intensificarse.

Los azotes se prolongaron, con algún breve descanso, durante cinco muy intensos minutos. El padre del muchacho contemplaba el castigo con sentimientos muy encontrados; con el corazón encogido por una parte, pero por otra recordando el placer de los momentos muy similares que había vivido colocando a Adrián también completamente desnudo en su regazo y propinándole largas azotainas enormemente dulces para él, aunque amargas para el chico.

Cuando recibió permiso para levantarse de las rodillas del sacerdote, Tristán se fundió en un abrazo con su padre. Los besos y caricias de este consiguieron frenar lo que parecía un lloro inconsolable; la mano paterna se deslizó desde la cintura hacia las nalgas ardientes y muy rojas, acariciándolas con suavidad mientras felicitaba al traviesillo por su entereza.

El Padre Juan, para el que la zurra había sido también una experiencia muy intensa, no pudo evitar emocionarse ante la escena de cariño paterno filial, pese a haber presenciado instantáneas similares tantas veces con anterioridad. Efectivamente, Tristán era diferente y muy especial, como lo eran todos los muchachos que entraban en la Abadía.


¿Te apetece leer el segundo capítulo de la historia? Envía por favor tus comentarios a spainkophile@yahoo.es