martes, 10 de octubre de 2017

Tristán capítulo 5

TRISTÁN
CAPÍTULO 5: EL DOCTOR

Resumen de los capítulos anteriores: Debido a las dificultades económicas de su familia, el joven Tristán al finalizar sus estudios ingresa en la abadía de una orden religiosa donde forman a sirvientes para señores adinerados. El abad de la orden encarga al entrenador deportivo, Horacio, el adiestramiento del joven.

- ¡Venga, todos a formar!

Los nueve jóvenes que formaban fila delante del padre Juan se colocaron rígidos, con las manos en la nuca y mirando al suelo con la cabeza ligeramente agachada, tal y como sus instructores les habían enseñado. No obstante, dos de ellos tardaron en reaccionar y miraban a uno u otro lado tratando de imitar a sus compañeros. El padre Juan, molesto por su indisciplina, no tardó en aplicar un buen par de azotes a cada uno de ellos.

- ¿Todavía no sabéis mostrar obediencia? ¿O es que me estáis tomando el pelo?

Horacio observaba divertido la escena; puesto que ahora él también era instructor de un joven travieso, el Abad lo había enviado a la sala de subastas donde todos los sábados los clientes potenciales de la abadía podían acudir, conocer las instalaciones y a los muchachos a los que se adiestraba, y pujar para llevarse a alguno de ellos a casa. A causa de sus nuevas funciones, debía estar al tanto de como transcurrían aquellas visitas para preparar adecuadamente a Tristán cuando le tocase el turno y asegurar que su presentación ante su posible futuro amo fuera un éxito.

El entrenamiento de Tristán iba viento en popa; el joven era sumiso y cariñoso y había aprendido a obedecer sin rechistar cualquier orden o capricho de su adiestrador; lo que más complacía a Horacio era comprobar cómo el muchacho, sin dejar de respetarle ni de temerle cuando había cometido alguna falta, disfrutaba de su compañía y, a pesar de los muy frecuentes azotes y castigos, se mostraba en los momentos de relax tranquilo, seguro y feliz en sus brazos, igual que lo había estado Adrián en otra época. Mientras él participaba de la organización del día de visitas, su joven pupilo se encontraba bajo la supervisión del padre que se encargaba de otro traviesillo; los dos permanecerían atados y amordazados toda la mañana y el padre se encargaría de supervisarlos y cambiarlos de vez en cuando de postura para que los músculos no se les entumecieran.

El padre Juan y el hermano Horacio supervisaron el peinado y la ropa de los chavales, asegurando el imperdible con el que se sujetaba el número que les identificaría, colocando bien algún cuello de camisa, anudando mejor alguna corbata, subiendo algún calcetín que se resbalaba por alguna pierna, o tirando de alguna cintura del minúsculo pantalón que llevaban los pupilos para que las nalgas quedaran todavía más ceñidas. La variedad racial y de complexión física de los sumisos era notable: la Abadía contaba con jóvenes rubios y pelirrojos, mediterráneos, de tez oscura, negros, asiáticos e indígenas americanos; algunos fuertes y musculosos, otros delgados, y tampoco faltaban chicos redonditos y robustos con algún kilo de más. Fuera cual fuese el gusto del cliente siempre iba a encontrar algún muchacho a su gusto. Aunque pensar en comparaciones con los tiempos paganos no le agradaba, el padre Juan estaba convencido de que su repertorio de jóvenes sumisos mejoraba en calidad y diversidad el del mejor mercado de esclavos que pudiera haber habido en el mundo antiguo.

Los nueve pupilos que se presentarían hoy llevaban ya entre cuatro y seis semanas de entrenamiento en la abadía; algunos no era la primera vez que eran ofrecidos para la venta, pero el padre Juan dio las mismas instrucciones para dar confianza a novatos y veteranos:

- Muy bien, chicos. Algunos de vosotros estaréis un poco tensos y es normal; no hay nada que temer, estáis bien adiestrados y os sabéis comportar. Los señores que van a venir son educados y todo el mundo va a ser muy agradable con vosotros; son caballeros distinguidos y muy exigentes, pero estamos seguros de que van a estar encantados con vosotros. Algunos lo van a exteriorizar más y otros menos; puede ocurrir que se muestren muy entusiasmados con alguno de vosotros y al final acaben decidiéndose por otro chico, o por ninguno, o lo contrario, que parezca que no les habéis gustado y sin embargo os seleccionen al final. Algunos tienen muy claro qué chico les gusta; otros prefieren ver y tocar a varios antes de decidirse; otros no os llevarán hoy a su casa pero se quedarán pensando en vosotros y volverán mañana mismo o al cabo de unos días. Por lo tanto lo que tenéis que hacer es ser cordiales con todo el mundo, y por supuesto muy obedientes. Ahora descansad, por favor.

La posición de descanso no era tal, sino que los muchachos debían poner las manos a la espalda y mantenerse quietos, pero la postura era menos rígida que la de manos en la nuca y podían levantar la cabeza, aunque siempre sin mirar directamente a los ojos de ningún religioso ni ningún hombre maduro, salvo que este se dirigiera expresamente a ellos.

- Vuestros instructores os habrán explicado todo, pero lo repasamos: en primer lugar se os va a presentar en grupo a nuestros visitantes. Les daréis los buenos días, formaréis obedientes con las manos en la nuca y luego os iré presentando uno por uno, indicando el número que os corresponde. Caminaréis por este pasillito delante de los señores para que os vean bien; vais hacia el fondo y dais la vuelta y así os ven por delante y por detrás. Luego os colocaréis en el escenario, cada uno en vuestro lugar ordenados por los números que lleváis; os desnudáis y volvéis a pasar delante de los caballeros. Luego os inclináis en las banquetas y esperáis a que se acerquen a vosotros si lo desean para examinaros bien. Conocen muy bien las reglas: pueden tocaros y acariciaros, es lógico que quieran ver bien cuestra condición física antes de elegiros como criados y llevaros a sus casas; pero no tienen permiso para desnudarse ellos, para azotaros ni para penetraros mientras no se formalicen los trámites y paséis a ser de su propiedad; de hecho podréis ver que no hay instrumentos de castigo ni dilatadores en el escenario. La función de la banqueta es solamente que os puedan examinar bien y que os coloquéis en una posición de total sumisión y respeto hacia ellos. El hermano Horacio y yo estaremos pendientes de que ninguno os monopolice ni impida que otros señores os vean y os toquen. Si alguno se sobrepasara con vosotros, que sería extraordinariamente raro y estoy seguro de que no va a ocurrir, actuaríamos rápidamente. También sé que no va a ocurrir, pero tened presente que si tenemos cualquier queja de vuestro comportamiento por parte de alguno de vuestros visitantes, el travieso será severamente castigado en la mazmorra del Padre Julián. Finalmente, os llevaremos desnuditos al estrado donde seréis subastados; si todo sale bien puede que alguno se vaya ya hoy a casa de su nuevo amo, aunque otras veces el caballero necesita hacer algún trámite y os recogerá mañana o el lunes.

- ¿Todo claro? Muy bien, os dejo un momento con el hermano Horacio mientras voy a saludar a los señores; han llegado ya casi todos y están con el Abad.

Efectivamente en la sala de al lado tenía lugar un cóctel servido por un par de novicios de la abadía, y el Abad en persona había recibido a la primera tanda de visitantes. Aquella semana habían superado las cien solicitudes para la subasta del sábado. Para el Abad la calidad era fundamental y era muy reacio a incrementar el número de visitantes en cada turno o  reducir la duración de los turnos, pues quería dar oportunidad a sus huéspedes de disfrutar con calma de los muchachos; le gustaba asombrar al visitante ofreciéndole un gran número y variedad de chicos atractivos y de nalgas desnudas a su disposición, pero la experiencia le había enseñado que tanta oferta llevaba a la dispersión. El cliente quería pasar tiempo con todos y cada uno de los chicos, lo cual llevaba a que la subasta se retrasara mucho, y por lo general quien no se decidía tras haber inspeccionado con calma a dos o tres jóvenes, seguía sin decidirse después de haber estado con siete. Era más eficaz ofrecer un número no tan alto de chicos y mentalizar al cliente de que debía centrarse en sus favoritos y en aquellos cuyo precio estuviera a su alcance.

Por otra parte, era importante excluir a los mirones: quien participaba varias veces en la visita y no pujaba luego por ningún criado, veía sus sucesivas solicitudes para las subastas cordialmente denegadas en el futuro. Otras sedes de la orden habían apostado por cobrar por la visita o por la opción de llevarse a un muchacho a un reservado, pero al Abad no le gustaba la idea a pesar de las posibilidades económicas que ofrecía; se contradecía con la atmósfera familiar que le gustaba ofrecer a sus visitantes.

El Abad charlaba animadamente con sus invitados; varios de ellos eran clientes habituales: un maduro sacerdote de una parroquia de las afueras, el gerente de una empresa de tamaño medio de transportes con traje y corbata, y un simpático ganadero que llevaba una americana antigua que era evidente que se ponía en muy pocas ocasiones. Completaban la clientela de aquel turno de visitas tres amos novatos: el primero era un caballero muy joven, de 40 años escasos que no aparentaba, al que el Abad había tenido que reprimirse para no saludar con una palmada en el trasero pero que se trataba de un hombre hecho a sí mismo que había prosperado recientemente en su empresa; el segundo, un militar de aire típicamente marcial jubilado anticipadamente, y el último un venerable anciano que había enviudado hacía no mucho pero que mostraba una gran jovialidad y ganas de vivir.

La experiencia del Abad le permitía adivinar con escaso margen de error la motivación de cada uno de los caballeros que visitaba el lugar, pero el sacerdote y el ganadero le confirmaron que los jóvenes que hasta ahora les habían servido se emancipaban, uno de ellos para casarse, mientras que el gerente, al haber aumentado su negocio, había comprado una casa más grande y necesitaba ampliar el servicio con un joven con conocimientos de jardinería y también para ayudar en la limpieza; para la cocina y el mantenimiento de la casa disponía ya de un antiguo pupilo que llevaba ya cinco años a su servicio, un período muy satisfactorio para ambos. De hecho, la decisión de tomar a un segundo sirviente había sido una propuesta del primero, lo cual tranquilizó al Abad acerca de los posibles celos que solían surgir cuando en una casa la atención del amo se dividía entre más de un joven.

Durante unos quince minutos, los señores departieron amigablemente, dieron alguna palmada en el culito a los novicios que les servían bebidas y algo para picar, y miraron y tocaron con curiosidad los instrumentos de castigo que se mostraban en la sala y que les serían ofrecidos, alguno de ellos como regalo si adquirían a algún muchacho durante la subasta posterior.

Al entrar el Padre Juan, el Abad lo presentó, en medio de grandes alabanzas por su trabajo en la selección y el cuidado de los muchachos más guapos y sumisos, a cada uno de los seis caballeros. El veterano sacerdote los consideró un estupendo grupo y fue sincero al decir que cualquiera de los jóvenes que les esperaban en la sala de al lado sería afortunado de acompañarles hoy de vuelta a su casa y entrar a formar parte de su servicio. Tras la presentación, el Abad les invitó a acompañarles a la sala contigua para que conocieran a los muchachos.

Antes de sentarse cómodamente para presenciar el agradable espectáculo, varios de los caballeros hicieron comentarios de admiración y mostraron su contento con el grupo tan apetecible de jovencitos que estaban alineados frente a ellos. Horacio, que se mantenía serio en una esquina en su papel de vigilante y supervisor, no podía evitar la envidia y un cierto odio de clase a aquellos señores elegantes. Se sentía humillado por no poder llevarse como ellos un chico a su casa, porque no tenía casa a la que llevarlo en primer lugar. Era feliz con Tristán, pero en una o dos semanas se lo quitarían; y ya había perdido en su momento a Adrián. Al pensar en que su boda, de la que se había enterado recientemente, convertía esa pérdida en definitiva, no pudo evitar una punzada de dolor; afortunadamente la curiosidad por la escena que transcurría ante sus ojos distrajo su atención.

El Padre Juan presentó al primero de los muchachos, que tenía el número uno sujeto a la camisa con un imperdible, y le animó con un azote en las nalgas a que desfilara delante de los asientos de los seis caballeros. El religioso dio su altura y peso y, antes de aclarar el precio mínimo de la puja, habló de sus habilidades con la cocina y con la maquinaria y de su carácter tierno pero rebelde. Los seis amos potenciales lo miraban atentamente y algunos de ellos escribían notas en el papel que la abadía había dejado a su disposición con ese fin al lado de su asiento.

Uno tras otro los jóvenes fueron desfilando. Los anfitriones explicaron sus distintas habilidades para el trabajo doméstico y también sus caracteres diferentes, unos más dóciles y otros más rebeldes; y los precios diferentes que se les había asignado para la subasta tras una negociación previa entre la Abadía y las familias. El Padre Juan, muy experimentado en estos encuentros, se entretenía adivinando cuántos y quiénes de los caballeros se interesarían por tal o cual muchacho. La pareja más evidente era la del ganadero con Valentín, un joven de rasgos un tanto bastos y entrado en carnes que solía estar poco solicitado pero cuyo sobrepeso, que le convertía en la opción más económica para un amo no muy solvente, no sería una desventaja sino todo lo contrariopara un hombre de campo al que le encantaba tener abundante y generosa carne para pellizcar, sobre todo por el abultado volumen de sus nalgas.

Conocía también bien los gustos del sacerdote por los muchachos bajitos y aniñados y sabía que el gerente no tenía preferencias particulares en cuanto al físico, puesto que todos los jóvenes le gustaban, pero sí era muy exigente respecto a las buenas referencias en lo profesional, por lo que recalcó la destreza manual del muchacho que consideraba más indicado para él. En cuanto a los nuevos clientes, deseó que el anciano viudo no optara por César, un joven atlético encantado de conocerse, con un precio de salida muy elevado que inflaba todavía más su ego, y que probablemente iba a jugar a su antojo con un amo poco experimentado, y se decantara por otros chicos de cuerpos más delgados o más redondos, menos esculturales en fin, pero más cariñosos y atentos. Por último, al militar y el joven ejecutivo, a pesar de su poca experiencia, los consideraba capaces de someter sin mayor problema al travieso al que se llevaran a casa.

Los comentarios de satisfacción y aprobación de los caballeros se redoblaron cuando los pupilos se dirigieron cada uno a su puesto en el escenario y se desnudaron. Tras el segundo paseo frente a sus potenciales compradores, pasaron a colocarse obedientemente en las banquetas de castigo exponiendo ante los caballeros sus tesoros más íntimos mientras una etiqueta discreta pero visible recordaba el precio mínimo de puja para cada uno de ellos. Los caballeros se dirigieron con educación pero sin pausa hacia el conjunto de nalgas expuestas ante ellos de forma tan atractiva y seleccionando al mozo de sus preferencias para examinarle con atención; el anciano viudo, que tenía el privilegio de escoger en primer lugar, confirmó los temores del Padre Juan al optar por César. A continuación el Padre no pudo evitar una sonrisa al ver al sacerdote, tal como había adivinado, dirigirse hacia el joven más bajito y aniñado, y posteriormente al ganadero buscar el puesto de Valentín sin ninguna vacilación.

La misión de Horacio consistía en estar pendiente si ocurría algo inesperado y controlar junto con el Padre Juan que los caballeros tuvieran acceso a los jóvenes sin que ninguno se entretuviera excesivamente con uno. Tal y como estaba previsto, no hizo falta su intervención en ningún momento y las exploraciones de los chicos se desarrollaron sin ningún incidente.

Veinte minutos de tocamientos y comentarios muy favorables sobre la belleza de los muchachos más tarde, los caballeros fueron amablemente invitados por el Padre Juan, ayudado por Horacio, a volver a sus asientos para comenzar la subasta. El Abad, que presidiría la sesión, explicaba las normas y las condiciones del contrato, que sus invitados podían leer puesto que disponían de una copia al lado de cada asiento. Si estaban interesados en alguno de los muchachos, debían pujar ofreciendo como mínimo la cantidad de salida establecida. En caso de que más de un caballero deseara llevarse a casa al mismo joven, deberían ir ofreciendo cantidades mayores. Una vez aclarada la cuestión económica, el señor firmaría un contrato con la abadía y su nuevo criado pasaría a ser de su propiedad.

El primer mes sería de prueba para ambos, amo y sirviente. El amo se comprometía a abrir la puerta en cualquier momento a una posible inspección sorpresa por parte de un representante de la abadía que comprobaría que el joven se encontraba debidamente alimentado, cuidado, con buena salud y sometido a castigos severos pero no crueles ni que pudieran poner en peligro su integridad. Para ello habría una entrevista personal a solas entre el criado y el representante de la Abadía que incluiría una exhaustiva revisión de todo el cuerpo del chico que permitiría valorar si las marcas de azotes y castigos podían ser consideradas dentro de un régimen de disciplina razonable. Naturalmente, el joven a su vez debía obedecer a su amo, acatar los castigos, incluyendo los corporales, y cumplir con las tareas asignadas; cualquier función no pactada inicialmente solo podría serle exigida previa formación a cargo de su señor. La sumisión sexual, no obstante, al amo y a cualquier otro hombre al que el amo lo cediera, formaba parte siempre de las funciones mínimas estipuladas en el contrato. Una devolución justificada por desobediencia durante el primer mes supondría el reintegro de la generosa cantidad que el amo había pagado por su sirviente, pero el Abad mencionó orgulloso que las devoluciones consideradas justificadas eran extraordinariamente raras, no llegando ni siquiera a un caso de cada cien.

No hubo ninguna pregunta por parte de los caballeros, así que el primer muchacho, que el Abad decidió que fuera el rollizo Valentín, fue traído por Horacio y el padre Juan y presentado de nuevo, desnudo, para ser subastado. Se le colocó nuevamente en la postura de sumisión propia del lugar, arrodillado en su banqueta de castigo con el culo en pompa y las piernas muy abiertas, ofreciendo el ano y los genitales a la vista de sus amos potenciales.

El Abad había comenzado con Valentín porque estaba seguro del éxito y la rapidez de su subasta; el ganadero pujó inmediatamente por la cantidad establecida por la familia y, ante la ausencia de otros competidores, adquirió al muchacho sin más miramientos y con un gran brillo de satisfacción en los ojos.

La subasta fue de las más exitosas, puesto que cuatro de los jóvenes consiguieron un comprador. Los satisfechos amos fueron obsequiados con un instrumento de castigo de su elección; siguiendo los consejos del Abad y del padre Juan, todos ellos, salvo el sacerdote, que declaró tener ya una gran colección en casa, adquirieron además una buena gama de varas, correas, sacudidores de alfombras, reglas y palas con las que castigar adecuada y frecuentemente, como pensaban hacer, las nalgas de sus sirvientes. El Abad les recordó la conveniencia de azotarlos severamente la primera noche que pasaran a su cargo para que fueran conscientes de su lugar y posición en su nueva casa.

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La visita había durado más de lo que esperaba y Horacio, aunque la experiencia fuera muy instructiva, no veía la hora de quedarse libre para ver qué había ocurrido con Tristán. Los temores de que pudiera estar mal atendido, o que su comportamiento no estuviera siendo el más adecuado, resultaron de lo más infundado. Al entrar en la celda del fraile a cuyo cargo lo había dejado por la mañana, se encontró a su pupilo junto con otro joven, el sumiso ocupante habitual de aquella estancia, bajo un perfecto control; ambos se encontraban desnudos, amarrados a una banqueta de castigo, con las manos atadas a la espalda, bien sujetos y amordazados, y con un dilatador firmemente introducido en sus cavidades anales. Sus nalgas evidenciaban haber sido azotadas con cierta severidad; una pesada correa de cuero que descansaba sobre la cama tenía seguramente mucho que ver con el tono todavía más rojo que rosado de ambos traseros, que Horacio comenzó a acariciar con cara de aprobación.

- Muy buen trabajo, hermano.
- Gracias. Los muchachos han sido un tanto quejicas al introducirles el dilatador, así que les he calentado el culo con la correa.
- Bien hecho. ¿Cuánto tiempo llevan castigados?
- Unos 45 minutos, podemos irlos desatando. ¿Qué tal ha ido la subasta?
- Estupendamente, todo un éxito.

Los dos religiosos comentaron la buena educación y amabilidad de los caballeros y la belleza y sumisión de los muchachos subastados mientras retiraban la mordaza de la boca de ambos traviesos, les liberaban de los dilatadores colocados entre sus nalgas y aflojaban las cuerdas que los sujetaban. Horacio fue especialmente suave con Tristán, que se había portado considerablemente bien en una prueba nueva para él, haber sido cedido a otro amo y castigado por este. La cara de circunstancias del joven ablandó a su cuidador, que no pudo evitar cogerlo tiernamente en sus brazos y acariciar su pelo y su piel suave y desnuda mientras le susurraba a la oreja.

- Buen chico ... Ya estás de nuevo con papá, nene.

La voz un tanto ronca del monje propietario de la celda interrumpió, un tanto a su pesar, la escena.

- Lamento ser aguafiestas pero ha pasado el médico mientras Tristán estaba castigado y quiere hacerle una revisión.

El requerimiento cogió a Horacio de sorpresa; no contaba con el reconocimiento médico hasta el día siguiente. Al ver su expresión, el otro cuidador vio necesario añadir a modo de aclaración:

- El doctor va a estar fuera unos días y está adelantando las revisiones. Ha cancelado además algunas citas para atender con prioridad a los nuevos que no han sido todavía examinados: Tristán entre ellos. Se le veía particularmente interesado, debe haber oído que es un chico muy guapo -añadió guiñando el ojo a Horacio.

- Ya ... esto ... ¿Y quiere verle ahora mismo?

- Eso es, se encuentra en su consulta.

Horacio intentó disimular su contrariedad y relajarse. Habría querido preparar mejor a Tristán antes de la revisión médica pero al fin y al cabo poco tenía que temer: el muchacho era de naturaleza dócil y su entrenamiento avanzaba según sus planes, incluso más deprisa de lo que habría imaginado. El joven aguantaba los azotes con humildad, era cariñoso, sus habilidades para dar placer oral eran ya notables y seguramente aún podrían mejorar, y sobre todo se notaba, probablemente por haber crecido en una casa con un sirviente sumiso, que estaba familiarizado con sus nuevas obligaciones y las comprendía. El único apartado en el que no era todavía un alumno brillante era en la dilatación de su recto; el joven no era un pasivo natural, una cualidad que le podría haber facilitado mucho las cosas, pero su progresión desde el primer día en el que le introdujo su primer dilatador era apreciable y el entrenador conocía muchos ejemplos de jóvenes que, pese a no disfrutar físicamente al ser penetrados, habían aprendido a dar placer a amos, y no necesariamente mal dotados. No había motivo para sospechar a priori que su muchacho no iba a salir airoso del examen médico.

- Gracias, hermano. Nos dirigimos hacia allí.

Tristán vio a su instructor echar mano de la mordaza, el collar y las esposas, los instrumentos habituales para su traslado cuando se dirigían a algún lugar donde la etiquera era rigurosa. Este detalle, unido al ligero sobresalto, poco habitual, que notó en él, que generalmente era de ánimo muy templado, le indicó que la visita al médico era un ritual de importancia en la Abadía y que su comportamiento debería ser impecable. No hubo la más leve protesta en la introducción de la mordaza, la colocación del collar, ni de las esposas que sujetaron sus manos por delante, ni tampoco ante el hecho de ser llevado completamente desnudo por las áreas comunes del edificio, con las nalgas rojas, que evidenciaban haber recibido un castigo reciente, una vez más perfectamente a la vista de los monjes y de los otros aprendices.

Horacio llevó a su pupilo por pasillos y escaleras arrastrándolo del collar con firmeza no exenta de suavidad, siempre un paso por delante de este, hasta la entrada de la consulta del doctor. Tras llamar a la puerta, amo y sumiso se introdujeron en una sala de espera donde otros muchachos, todos ellos desnudos e igualmente amordazados, aguardaban de rodillas el turno para la consulta bajo la estricta vigilancia de sus tutores.

Tras unos quince minutos de espera arrodillado, Tristán escuchó a un enfermero comunicar a Horacio que el Doctor estaba listo para recibirles. Esperó a sentir el tirón del collar para levantarse, notando como cada vez dominaba mejor el arte de ponerse en pie con las manos sujetas, y se dejó llevar al interior de la sala de revisiones.

El Doctor era un hombre maduro, de alrededor de sesenta años, delgado, de barba cerrada y una expresión severa que apenas dulcificó la contemplación del hermoso cuerpo joven y desnudo que se ofrecía a su disposición. Tras saludar a Horacio, le pidio que retirara todos los artilugios que podían estorbar en su revisión: una vez fuera la mordaza, el collar y las esposa,s el joven se tendió en la camilla con instrucciones de no hablar ni moverse.

La exploración manual de pecho, estómago y piernas fue realizada con energía pero sin la brusquedad que Tristán había temido en un principio. El Doctor alabó, para satisfacción de Horacio, el rasurado de los genitales del joven y la suavidad de su piel. El tono rojo del trasero, cuando al muchacho se le ordenó colocarse boca abajo, provocó un nuevo comentario favorable del médico.

- Precioso culito. Vamos a examinarlo más atentamente. Colócate en posición, niño.

Tristán se arrodilló hundiendo la frente en la camilla y colocando el culo en pompa para mostrar sumisión como era habitual en la Abadía. El Doctor comenzó a acariciarle las nalgas apreciendo su suavidad.

- Veo que este jovencito ha sido castigado recientemente. ¿Se le azota a menudo?
- Prácticamente todos los días, Doctor. No es malo pero sí travieso.
- Es importante que se acostumbre; los amos suelen ser severos. ¿Le pone crema después de azotarle, Hermano?
- Sí, Doctor. Siempre.
- Hace bien, hay que cuidar esta piel tan suave. Y sin rastro de vello, excelente trabajo. Vamos a examinar el ano; ahora estate muy quieto, niño.

El joven intentó no protestar al notar el dedo índice del médico introducirse con decisión en su interior. Pero no pudo mantener su estoicismo cuando notó como el dedo medio también intentaba abrirse hueco entre sus nalgas.

- ¿Qué dilatador usa con él, hermano?
- Vamos por el número 4, Doctor.
- En un día o dos podrá pasar ya al 5; en estos momentos ya podría servir a un amo que no estuviera demasiado dotado. Pero todavía necesita entrenamiento; tardarás un poco en participar en una subasta, niño.

Los dedos se retorcían en su interior y Tristán intentaba, con visible esfuerzo, no protestar.

- Muy bien; acuéstate de nuevo relajado que vamos a pincharte.

El joven no se atrevió a decir palabra aunque las inyecciones no le gustaban precisamente y se trataba de una prueba nueva para él.

Por el rabillo del ojo vio al Doctor abrir una jeringuilla de gran tamaño; viendo que había girado la cabeza sin permiso, el médico no duró en tomarlo de la oreja y retorcérsela. El inesperado tirón provocó un sonoro quejido del joven.

- La curiosidad mató al gato, niño.

Obediente y convencido de que el sentido de la vista solo iba a aumentar sus problemas, hundió la cabeza entre los brazos mientras el Doctor palpaba en preparación para el pinchazo.

La aguja se notó más de lo que a Tristán le habría gustado; pero lo realmente malo empezó después, cuando el líquido que se introducía en su nalga iba hinchando el músculo y produciendo un agudo dolor que se iba extendiendo paulatinamente por todo el glúteo izquierdo.

- Ooh ...Aah .... Aaaaah .... AAAAAAH ....

Para su sorpresa la molestia era peor que la de cualquiera de las palizas que se había llevado hasta la fecha. Complacido y excitado por los gritos, el Doctor mantuvo la aplicación de la aguja lenta para prolongar la agonía del joven hasta que todo el líquido se hubo introducido en su nalga.

- Oooooh ... por favor, Doctor ..... Aaaaaah ....

Por fin notó como la aguja salía de su carne y era reemplazada por un pedazo de algodón; no obstante, el dolor seguiría todavía un rato más.

- Vamos, jovencito. No seas quejica que todavía te falta otra.
-¿O ... otra, Doctor? No puedo.
- Ya lo creo que puedes, niño, todavía falta el lado derecho. Voy a ponerte la misma cantidad de líquido.
- ¿La misma ... ? No, Doctor, por favor.
- ¿Cómo dices, niño? ¿Me estás diciendo que no?
- Por favor, Doctor .. por favor.

La perspectiva de sentir la misma inflamación en la otra nalga hizo a Tristán entrar en pánico. Ni siquiera fue consciente de estar agitando de manera convulsa brazos y piernas hasta que oyó el estruendo del material médico que acababa de tirar. Su agitación le había hecho abrir los ojos y la expresión del Doctor, mezcla de ira y estupefacción, le llenó de miedo.

- ¿Pero qué es este comportamiento? ¿Qué tipo de educación estás recibiendo, niño? ¿Y usted por qué no me avisó de que había que atarlo para inyectarle, Hermano?
- Lo siento Doctor ... yo ... no pensé que ...
- No está usted en esta Abadía para pensar, hermano, sino para enseñar disciplina y obediencia. Voy a tener que poner un parte; ya conoce usted las consecuencias.
- Doctor, el muchacho ...
- El muchacho necesita un castigo severo, Hermano. Y tal vez no sea el único necesitado de corrección.

Horacio tuvo que tragarse la humillación y bajar la cabeza mientras el enfermero salía a buscar al Padre Julián, el responsable de la mazmorra de castigo. Tristán, aterrorizado, intentó pedir perdón pero le temblaba la voz en exceso.

- Este travieso va a ser conducido a la mazmorra mientras doy el parte. Mejor que vaya a su celda y espere allí, Hermano.

La decepción, la ira y la piedad por el castigo que le esperaba a su pupilo acompañaron a Horacio en el camino a su celda, que nunca le había parecido tan largo ni tan triste.

Pero una última sorpresa le esperaba al abrir la puerta; una carta sobre su mesa, cuyo remitente enseguida reconoció por la letra mientras notaba un fuerte pellizco en el corazón.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Epílogo

Aunque el blog lleva mucho tiempo inactivo, sigue teniendo un número de visitas apreciable y de vez en cuando todavía recibo correos de lectores. Os lo agradezco muchísimo y no es por modestia si digo que me sigue sorprendiendo la buena acogida de un blog amateur y sin ambiciones como este.

Ya que para mi sorpresa, insisto, el blog sigue teniendo visitas lo aprovecho como plataforma para difundir el nuevo blog en el que he decidido intentar embarcarme. Durante estos años he expandido mis intereses hacia otras áreas del mundo de la dominación / sumisión y del s/m, el spanking me sigue encantando y siempre será mi fetichismo favorito pero se me va quedando pequeño, y me parece más adecuado reemprender la actividad bloguera desde cero con un título nuevo. Si vuestros intereses también van más allá del spanking os puede interesar lo que os cuente desde http://amosycachorros.blogspot.com

Espero volver a tener noticias de algunos de vosotros desde Amos y cachorros. Un abrazo.

P.D: Si a alguien le sorprende mi cambio de pseudónimo, se debe a que también durante este tiempo he cambiado de rol. Estoy muy orgulloso de mi pasado como sumiso / spankee y todavía recibo de vez en cuando zurras de amos de confianza, pero me he pasado al otro lado y por ahora estoy encantado allí, esperando que mi experiencia me ayude a ser un buen amo y a dar a los sumisetes la disciplina que necesitan.



domingo, 26 de abril de 2015

Tristán: capítulo 4

Os traigo la actualización de la historia de Tristán. Ya sé que tres meses después del capítulo anterior es un poco impresentable; tengo siempre en la cabeza el continuarla, pero de verdad que supone recluirse muchas horas en casa y a uno en su tiempo libre le apetece hacer otras cosas y tal. En fin, entiendo si algunos me mandáis a paseo, pero para el que quiera leerlo y saber como continúa la historia, aquí tenéis el capítulo cuarto. Como en los anteriores, hay azotes, hay morbo, pero también momentos románticos; insisto en que se trata, con todas las peculiaridades que se quiera, de una historia de amor. Que os guste.


TRISTÁN
CAPÍTULO 4: EL ADIESTRAMIENTO

Resumen de los capítulos anteriores: Debido a las dificultades económicas de su familia, el joven Tristán al finalizar sus estudios ingresa en la abadía de una orden religiosa donde forman a sirvientes para señores adinerados. El abad de la orden encarga al entrenador deportivo, Horacio, el adiestramiento del joven.

A través de las paredes llegaba el sonido de los sollozos de otros chicos y los azotes que los motivaban. Todos los recién llegados estaban recibiendo su ritual de iniciación en la Abadía, el cual consistía en ser azotados hasta las lágrimas por los cuidadores a los que acababan de conocer. Tal vez para otros frailes con mucha experiencia este tratamiento se hubiera convertido casi en una rutina que practicaban con cada muchacho nuevo, pero para quienes recibían el castigo en sus nalgas tiernas y todavía no acostumbradas a la disciplina se trataba desde luego de una experiencia única que nunca olvidarían. 

También Horacio era la primera vez que administraba este tipo de disciplina; aunque todos los componentes del equipo de rugby sin excepción probaban con frecuencia su mano y también su pala de entrenador, la intimidad de la celda en la que se encontraban era algo nuevo para él; lo más parecido que había experimentado era la tranquilidad de un vestuario vacío cuando se habían marchado los otros jugadores y solo quedaban él y algún joven díscolo o perezoso cuyo mal juego o mal comportamiento se habían hecho merecedores de un correctivo. Pero la cálida privacidad de la celda de un pupilo era algo que desconocía; y también la sensación de dominio sobre un muchacho, un dominio no prestado durante el tiempo que duraba el entrenamiento y el juego, sino continuo durante las veinticuatro horas del día. Tristán era suyo, era el primer chico que podía llamar suyo desde que había perdido a Adrián, y estaba en sus brazos.

El desdichado seguía sollozando; Horacio sonrió al palpar de nuevo sus nalgas prácticamente incandescentes y comprobar el motivo del llanto. Se preguntó si, acostumbrado a los traseros musculosos y robustos del equipo de rugby, habría sometido a un joven de piel tierna y sin entrenamiento físico a una corrección de una intensidad más severa de lo debido. Aunque así fuera, el entrenador no era tan simple de no darse cuenta de que las lágrimas tenían una causa más emocional que física. El joven, hasta ahora acostumbrado a tenerlo todo y no preocuparse más que de sus estudios, se encontraba ante desconocidos que lo habían desnudado y sometido a varias humillaciones y castigos. No sabía cuánto tiempo iba a estar en aquel lugar ni lo que le iba a ocurrir; todo ello tenía una razón de ser y formaba parte de una estrategia encaminada a que se sometiera de forma incondicional a su cuidador, pero Tristán, pese a ser inteligente y despierto, no era consciente de ello más que de forma muy superficial. Solo sabía que se sentía solo, perdido, dolorido, que no sabía si podría volver a sentarse en su vida porque el culito entero y los muslos le quemaban como si estuvieran en llamas, que lo único que tenía era aquel hombre cuyo nombre desconocía, que le había pegado una buena paliza y que probablemente volvería a hacerlo, pero de cuyos brazos no quería separarse jamás y que deseaba por encima de cualquier otra cosa que siguiera besándole con suavidad y acariciándole el pelo. Y la confusión que ello le producía le generaba todavía más lágrimas y le devolvía al comienzo del círculo vicioso.

El cuidador desató con cuidado las manos del joven y le animó a hacer pequeños movimientos para favorecer la circulación de la sangre por las muñecas entumecidas. Con una suavidad inesperada en un hombre grande y fuerte, lo levantó de su regazo y lo giró para poder examinar bien su culito. Toda la superficie de las nalgas y la mitad de la cara posterior de los muslos tenía una tonalidad casi escarlata; el contraste con la blancura de la espalda y de la parte inferior de los muslos, resaltado por la iluminación de la celda, era de una belleza que dejó sin palabras a Horacio, que no podía sino contemplar con gran placer aquel culo castigado, pensando que era el más bonito que había visto nunca y sintiéndose como si fuera la primera vez que azotaba y sometía a un chico guapo. El placer no se limitaba a la parte visual, sino que los sollozos de Tristán, al que le resultaba doloroso el más leve roce, y el intenso calor que emanaba de las nalgas al acariciarlas envolvían todos los sentidos del entrenador.

Horacio tuvo que vencer un ligero esfuerzo para hablar, como si temiera romper la perfección del momento, y lo hizo casi con un susurro.

- Duele, ¿verdad, nene?

El incomprensible conato de respuesta redobló los sollozos del desconsolado traviesete.

- Claro que te duele; te va a escocer unos cuantos días. Así recordarás lo que te pasa cuando no obedeces. Ahora quédate aquí un momento muy quietecito. No te muevas ni un milímetro o te zurraré otra vez.

Se levantó de la cama con ciertas dificultades debido a la gigantesca erección que presionaba sus pantalones y que su pupilo no debía ver; este último tampoco habría podido puesto que las lágrimas seguían empañando sus ojos y toda su atención se centraba en el ardor intenso de sus posaderas. En teoría el muchacho no debía estar suelto como estaba, desatado y no agarrado por su cuidador, en ningún momento durante su primera noche, pero la probabilidad de una intentona de escape tras la amenaza de más azotes era muy remota.

Horacio localizó pronto lo que buscaba. Junto a los dilatadores y los instrumentos de castigo se encontraban también los remedios para aliviar los tormentos de los pupilos; en aquella celda y en toda la Abadía el dolor y el placer estarían siempre interrelacionados. El culito que a partir de ahora era responsabilidad suya y debía cuidar necesitaría dosis generosas de pomada para evitar que amaneciera al día siguiente convertido en un enorme cardenal violeta. 

Armado con la herramienta que aliviaría las penalidades del traviesete, el entrenador tomó al joven de la nuca y lo guió con suavidad no exenta de firmeza hasta el largo sofá situado en un lateral de la celda. Allí se sentó, colocó el bálsamo a mano y guió a un confundido y aprensivo Tristán para que se volviera a colocar sobre sus rodillas.

- ¿Qué ... qué me vas a hacer?

El intento de resistencia fue mínimo, pero el severo cuidador no iba a dejarlo pasar por alto. Empujó al muchacho desnudo sobre sus rodillas y, antes de que tuviera tiempo a reaccionar, descargó dos azotes, uno sobre cada nalga dolorida, provocando aullidos y movimientos de defensa del travieso que neutralizó rápidamente, agarrando sus muñecas con una mano y sus muslos con la otra.

- Aquí no se hacen preguntas, jovencito. Se obedece.  

Recuperada la docilidad del joven, Horacio empezó a aplicarle el ungüento sobre ambas nalgas. El alivio causado por el contacto de la piel ardiente con el bálsamo frío provocó gemidos de placer en el travieso, todavía mezclados con los restos del llanto. La sensualidad involuntaria con la que Tristán movía el trasero abriendo y cerrando las nalgas para recibir la mano de su cuidador mientras ronroneaba y gemía de placer disparó una vez más la erección de este último; sin poder resistir más tiempo la tentación que suponían las apariciones del delicioso y rosado ano ante su vista, lo penetró con su dedo índice confundiendo todavía más el coctel de sensaciones de dolor y placer simultáneos y entremezclados que turbaba al joven.

Haciendo gala de enorme contención y templanza, Horacio consiguió refrenar la tensión casi dolorosa que el deseo provocaba en su entrepierna, así como el impulso casi incontenible de violar a Tristán allí mismo. El joven estaba al borde de la extenuación y, de hecho, no tardó en quedarse dormido en sus brazos con una expresión tan inocente y desvalida que desató toda la ternura que el entrenador había reprimido desde la salida de Adrián de su vida. Se quedó un largo rato acariciendo el pelo y la cara de su muchacho antes de tomarlo en brazos y llevarlo a la cama. Lo ató con sumo cuidado por si se despertaba durante la noche y tenía algún tipo de tentación de huida y, pese a la gran excitación que sentía, logró por fin dormirse también.

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El forcejeo en las cuerdas que ataban a Tristán le despertó. Rápidamente le agarró con fuerza de la oreja.

- Buenos días, jovencito. ¿Quieres ir a algún sitio?
- Aaayyy, al baño, señor. Por favor, suélteme la oreja.
- Pues pides permiso, pero no intentes desatarte o te llevarás una paliza. ¿De verdad necesitas ir?
- Sí, señor.
- No te muevas hasta que te dé permiso o cobras.

Horacio se levantó y desató las extensiones de cuerda que sujetaban al joven a la cama, atento a cualquier movimiento no autorizado por parte de este. Tras atarle las muñecas a la espalda, le permitió incorporarse y lo llevó desnudo y tomado del brazo hasta el baño. Una vez allí el joven se quedó quieto indeciso.

- Señor, necesito que me desate.

Un nuevo tirón de orejas avisó al joven de su error.

- ¿No te dijeron ayer que no hablaras si no se te preguntaba, jovencito?
- Aaayyy, perdón señor, pero necesito que me suelte las manos.
- ¿Tienes que hacer pis, jovencito?
- Sííí, señor, uuuuyy.

Sin dejar de retorcerle la oreja, Horacio arrastró al joven hasta colocarlo delante del retrete y le agarró el pene sin mayores miramientos.

- Pues venga, ya puedes hacer pis. 
- Pero señor ...

El calor y la presión en la oreja aumentaron si cabe.

- Estás muy respondón, igual es que quieres otra buena zurra como la de anoche. Si de verdad tienes ganas, lo vas a hacer. Y si no las tienes te daré un buen escarmiento por haberme molestado.

Tristán no se atrevió a protestar pero no ocurrió nada. Viendo que no se trataba de una cuestión de rebeldía, Horacio le soltó por fin la oreja y le acarició la nuca.

- Tranquilo, nene. Sé que te da vergüenza pero forma parte de tu adiestramiento. Tómate el tiempo que necesites.

Poco después el entrenador llevaba al joven de vuelta del baño ejerciendo en su cuello una presión suave, sumamente contento del éxito con el que su pupilo había superado una prueba de sumisión importante. Ahora quedaba el paso siguiente; el propio entrenador se asustó al ver el volumen de su erección, un problema que iban a resolver en ese mismo instante. Se colocó frente al joven y le miró fijamente a los ojos; Tristán mantuvo la cabeza baja, lo cual le ahorró una colleja o un nuevo tirón de orejas.

- Te has portado muy bien en el baño, nene. Y ahora necesito que seas obediente otra vez. Ponte de rodillas.

El joven permaneció indeciso.

- No me gusta repetir las cosas dos veces; si las repito va a ser con la mano y te va a doler.

Tristán se arrodilló sumiso; Horacio le ayudó a no caerse al doblar las rodillas con las manos atadas a la espalda.

- Así, muy bien. -Le acarició el pelo.
- Puedes ver que tengo un problema bastante grande ahí abajo, ¿verdad, jovencito? Una de tus obligaciones será la de aliviar a tu amo cuando lo necesite; hoy voy a empezar a adiestrar tu boca. 
- Señor ....
- Ni una palabra.

Le acercó la cara al bulto que surgía de los pantalones del pijama antes de sacarlo a través de la bragueta.

- Abre la boca, jovencito.
- Mmmm, no pue ...

Un cachete en la mejilla cortó la débil protesta.

- Ya sabes que no me gusta decir las cosas dos veces.

Tristán se encontraba paralizado; volvía a recuperar la sensación de miedo y deseo simultáneos que había vivido años atrás cuando su primo le tocó en la cama que ambos compartían.

Horacio intentó reanimarlo con un segundo cachete algo más fuerte.

El tercero fue ya una bofetada en toda regla.

- Muy bien, esperaba no tener que hacerlo pero hay que castigarte; se ve que la de ayer no fue suficiente y necesitas otra paliza.

Levantó al aterrorizado joven del suelo y lo llevó prácticamente en volandas hacia el sofá haciendo caso omiso de las súplicas. Se sentó y lo colocó sobre sus rodillas en la misma posición en la que la noche anterior le había puesto el bálsamo aliviador, pero ahora con una intención diferente y mucho más dolorosa.

Las nalgas de Tristán estaban todavía tiernas, sensibles y teñidas de rojo de los azotes de la noche anterior; Horacio, que conocía muy bien al arte de la azotaina, golpeó sin demasiada fuerza al principio, sabiendo que el impacto sobre las carnes del joven sería prácticamente el mismo que si pegaba más fuerte. Quería que el correctivo se prolongara y pensaba disfrutarlo de principio a fin; además, aunque nunca lo reconocería, tenía la mano dolorida del esfuerzo de la noche anterior. Si el muchacho necesitaba un castigo más severo recurriría al cinturón o a otro de los instrumentos que tenía a su alcance. 

Tristán, que no se veía capaz de aguantar un solo azote más cuando el mínimo roce sobre las nalgas le resultaba insoportable, luchó por contener las lágrimas pero tuvo que ceder al poco tiempo ante la vergüenza de no poder aguantar su castigo como el hombre que hasta el día anterior creía ser y volver a la condición de mocoso incapaz de acatar disciplina y de cumplir con sus obligaciones, que en ese momento eran complacer a su tutor. No obstante, la quemazón que sentía de nuevo en las nalgas le evitaba cualquier atisbo de racionalización; solo podía pensar en el dolor que sentía y en que estaba derrumbándose.

Cuando el joven pasó de los balbuceos y los borbotones de lágrimas a un llanto fluido Horacio sabía que era el momento de dar la azotaina por terminada. El castigo, no obstante, no había concluido sino que pasaba a otra fase. Todavía sin abrazarlo ni reconfortarlo, el joven fue conducido, siempre desnudo y con las manos atadas, a la pared de la habitación. Allí fue desatado con la condición de que colocara las manos en la nuca.

- Vas a estarte ahí quietecito de cara a la pared pensando en tu desobediencia y las consecuencias que te trae. Yo decidiré y te avisaré cuando tu castigo haya concluido; cualquier palabra o cualquier movimiento y pruebas el cinturón; verás que, aunque te parezca que te hayas llevado la zurra de tu vida, te puedo pegar más fuerte y te puede doler más todavía.

Las lágrimas y el dolor punzante en las nalgas impidieron a Tristán dar más respuesta que un movimiento de cabeza.

Durante el largo, o al menos así le pareció, rato que duró el castigo de cara a la pared y a medida que sus músculos se iban relajando el joven pudo empezar a reflexionar. Le ayudó a hacerlo que en ese momento comenzó una nueva azotaina en una de las habitaciones contiguas con el ruido consiguiente de las palmadas, gemidos, regañina y posteriores lloros y sollozos. 

Pensó en Adrián, en todas las veces que en casa de sus padres había escuchado los mismos ruidos, o presenciado muchas de sus zurras, o incluso colaborado en ellas cuando su padre le mandaba en busca de un cepillo, una pala o una correa haciendo caso omiso de las peticiones de clemencia de su joven criado. Recordó su posición ambivalente ante los castigos; el horror que sentía al principio cuando oía desde su habitación el ruido de los azotes en el despacho de su padre y no se atravía a acercarse a la sala. Luego la costumbre había cambiado su actitud de la pena hacia la curiosidad; su padre había dejado de esconderse o de buscar intimidad cuando azotaba a su sirviente y comenzó a hacerlo donde estuviera en ese momento o donde se detectara la travesura o la falta cometida: la habitación del joven, el salón de estar, la cocina o cualquier parte de la casa, aunque siempre lejos de la madre de Tristán. Adrián era azotado siempre en las nalgas desnudas y no hubiera sido decente que una mujer contemplara el castigo, ni para ella ni para la dignidad del muchacho, que, aunque pareciera paradójico, la mayor parte de amos solían respetar, al menos en algunos puntos.

Así que con el tiempo Tristán pasó a acostumbrarse a presenciar el ritual de castigo del criado de la familia: el padre sentado en el sofá del salón, o en una silla de la estancia que fuera, llamando al joven en tono enfadado, reprendiéndolo mientras este escuchaba cabizbajo, y luego atrayéndolo hacia sí para bajarle pantalones y calzoncillos y colocarlo sobre sus rodillas. Los azotes siempre comenzaban con la mano fuerte de papá; Tristán sentía una cierta excitación al ver como el culo redondo y pálido de Adrián empezaba a enrojecer y paulatinamente se iba tiñendo de un rojo más intenso mientras el muchacho emitía unos gemidos que podría haberse dudado si eran de dolor o de placer.

En caso de falta grave, papá desnudaba completamente al joven y se lo llevaba cogido de la oreja al despacho, donde se encontraba un reclinatorio idéntico a los que se usaban en la abadía. Adrián debía inclinarse sobre él con el culo rojo en pompa para recibir normalmente la vara, instrumento al que el papá de Tristán era muy aficionado. Las marcas longitudinales que iban surcando las nalgas ya previamente enrojecidas eran un espectáculo de una belleza brutal o tal vez de una brutalidad bella; ello, sumado al evidente placer que papá obtenía al infligir este castigo, causaba una sensación de lo más turbadora en su hijo.

Una vez debidamente azotado, Adrián pasaba un buen rato de cara a la pared con los pantalones y calzoncillos a la altura del tobillo, o bien completamente desnudo. Más de una vez Tristán había pedido permiso paterno, y le había sido concedido, para saciar su curiosidad y palpar el calor en las nalgas enormemente rojas del sirviente. Eso sí, tocar pero no acariciar, había matizado su padre, puesto que el castigo todavía no había finalizado y no cabía aún suavizar el escozor.

Ahora Tristán se encontraba del otro lado, en la misma posición y conociendo el ardor y el efecto que provocaban los azotes en las nalgas. Y sabiendo que los castigos no constituían algo esporádico, sino una rutina habitual que se repetiría cada pocos días o incluso diariamente o siempre y cuando no mostrara la obediencia debida. Había infringido las normas al no proporcionar a su tutor el placer al que tenía derecho, y ese punto también lo conocía puesto que sabía que Adrián había cumplido también con ese tipo de servicio para su padre. Su conflicto era que temía volver a enfrentarse, totalmente de cara, al fantasma del que había escapado años atrás en la cama compartida con su primo. No le asustaba que la experiencia pudiera ser desagradable, lo que le daba miedo es que pudiera ser placentera, como lo habían sido los besos y las caricias de su tutor, que era un hombre muy atractivo, la noche anterior; esas sensaciones constituían algo a lo que no se veía capaz de enfrentarse, pero se veía obligado a ello porque no podría soportar una nueva paliza.

El terror de lo que vendría a continuación fue cediendo el paso a una cierta resignación, y, cuando por fin Horacio le levantó el castigo y le permitió frotarse las nalgas, vio complacido la perfecta obediencia que mostraba el pupilo, que hasta ofreció las muñecas colocadas a la espalda para que le ataran de nuevo y se puso de rodillas sin necesidad de más que un gesto rápido y suave por parte de su tutor. En recompensa a su sumisión, Horacio, ya vestido de manera formal alzacuellos incluido, facilitó el ritual tomando suavemente la cabeza del joven y acercándola a su muy abultada bragueta. 

Al abrir esta última y liberar a la bestia de considerable tamaño que necesitaba urgentemente un trabajo de succión, Tristán cerró los ojos y abrió la boca como el criado obediente en el que se estaba ya convirtiendo. La mano de su tutor en su nuca hizo el resto impulsando su cabeza hacia delante y hacia atrás. Aunque pensaba que la prueba se le haría eterna y de hecho la mandíbula y el paladar empezaban a acusar cansancio, fue antes de lo que pensaba cuando Horacio empujó hacia atrás su cabeza suavemente para vaciar en medio de grandes jadeos de alivio su abultada carga sobre los hombros y el pecho de Tristán. En la Abadía no estaba permitido a los tutores eyacular dentro de ningún orificio corporal de sus pupilos, puesto que este privilegio se reservaba a sus futuros amos. El muchacho debería aprender a recibir la descarga en su cara, pero no todo podía ni debía enseñarse el primer día. Por ahora había hecho un excelente trabajo.

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Horacio felicitó a Tristán por su obediencia y le dio varias horas de respiro; tras veinticuatro horas completamente desnudo, le permitió llevar una prenda de ropa por primera vez desde que había llegado a la Abadía. Se trataba de una túnica corta, semejante a una bata de paciente de hospital, que apenas le cubría por debajo de la cintura y debajo de la cual no llevaba ropa interior; una prenda muy práctica para desnudar las nalgas del joven con facilidad siempre que fuera necesario. Sobre todo por un añadido muy bien calculado que consistía en un par de bandas de velcro por cada lado, una situada en medio del torso y otra en el extremo inferior de la prenda, cuya función su cuidador le dio a conocer enseguida; gracias a unas aberturas laterales, la parte de abajo de la bata podía ser levantada y sujetada mediante las tiras de velcro, mostrando bien las nalgas, bien los genitales del travieso, o ambos. El entrenador levantó la parte trasera con la intención de dejar al aire y a la vista de todos el espléndido y colorado trasero del mozo durante el paseo que iban a dar fuera de la celda. Para deleite de Horacio, el traviesillo no se atrevió a realizar ningún comentario ni a protestar por su desnudez.

Tras atravesar el pasillo salieron del edificio y Tristán pudo contemplar por primera vez los hermosos jardines del lugar; no iba atado durante el paseo, pero sí cogido todo el tiempo de la mano firme de su cuidador; la camisa y el pantalón negros de uno, un uniforme oscuro solo interrumpido por el alzacuellos, contrastaba con la blancura de la bata del otro, y también con la desnudez de sus piernas y nalgas. No obstante, el mozalbete se sintió privilegido al cruzarse y contemplar a otras parejas de religioso con joven sumiso a su cargo, en las cuales este último iba atado y era llevado con brusquedad, totalmente desnudo o con una bata idéntica a la suya pero subida en su parte delantera mostrando todas las intimidades del joven tanto por delante como por detrás. Pudo apreciar también el color rojo en diferentes tonos y matices que mostraban la mayoría de los culos de los chicos; más de uno con señales de varas, cinturones o instrumentos de castigo más pesados que la mano de su cuidador.

El tiempo de recreo no significaba que se bajase la guardia en la disciplina de los chicos; de hecho un religioso de edad avanzada, ante una respuesta no lo suficientemente educada por parte de su pupilo, se sentó en uno de los bancos del jardín y lo colocó en sus rodillas para darle unos azotes. Horacio se detuvo pensando en lo educativa que sería para Tristán la contemplación del castigo; sujetó bien al joven pasándole un brazo por los hombros y buscando detrás de su espalda con su mano libre la mano de su acompañante. Observaron entrelazados y en silencio como las nalgas del travieso iban enrojeciendo durante los minutos siguientes mientras el fraile le regañaba por su desobediencia.

Sin modificar la forma en que agarraba a Tristán, Horacio comenzó a caminar de nuevo mientras los azotes todavía continaban, atraído por otro castigo más severo que se preparaba no lejos de allí. El jardín disponía también de reclinatorios donde colocar a jóvenes en posición de sumisión. Dos de ellos contiguos estaban siendo ocupados por sendos traviesos a los que un fraile estaba sujetando las manos por delante y de esa manera elevando aún más sus culos ya en pompa. Una vez bien colocados ambos con los traseros perfectamente ofrecidos para el castigo, el religioso seleccionó una correa de cuero para la disciplina.

Movidos por la curiosidad, la mayoría de los presentes, Horacio y Tristán incluidos, se fueron congregando en círculo en torno al bello espectáculo de la lección de anatomía que ofrecían los dos jóvenes humillados al exponer al sol y a los deleitados espectadores cada detalle de su escroto, ano, periné, y naturalmente las nalgas y los muslos, robustos en un caso y más magros pero igualmente hermosos en el otro. Para incrementar aún más la tensión y el nerviosismo de los traviesos, el Padre que había decidido y organizado aquel castigo se paseó durante unos minutos deleitándose también con la contemplación de un trasero y del otro, palpándolos con delicadeza con las manos o rozándolos con la correa que pronto empezaría a golpearles. 

Por fin, conseguido ya el dramatismo que buscaba, levantó la correa y la dejó caer sobre una de las nalgas. Al gemido del muchacho castigado le sucedió una marca rojiza en la parte donde había impactado el cuero mientras el otro trasero travieso recibía a su vez su primer azote. La correa fue cayendo de manera alterna y llenando de señales rojas las preciosas nalgas; el canto de los pájaros era el único sonido que se sumaba al de los cintazos y los jadeos y suspiros de los azotados.

Aunque escenas similares de flagelación de nalgas juveniles masculinas fueran de lo más corriente en la Abadía y su contemplación, y por supuesto el administrar los azotes, el entretenimiento favorito de la inmensa mayoría de los frailes, Horacio comprendió que para un pupilo novato como Tristán constituían un espectáculo fuerte. El muchacho habría presenciado muchas veces en casa como azotaban a Adrián pero según le habían contado su padre, como muchos otros, había limitado el castigo corporal en el hogar al sirviente y no lo había extendido a su hijo. Pero ahora el mozalbete se encontraba en una posición muy diferente y su expresión preocupada evidenciaba que se estaba preguntando cuánto tardaría él en encontrarse en el mismo y doloroso lugar que los mozos castigados.

Mientras los golpes de la correa continuaban, el entrenador condujo con suavidad a su sumiso a una zona más apartada donde los azotes y los gemidos sonaban un poco más alejados. Buscó un asiento y sentó a Tristán entre sus rodillas. El joven, asustado al principio al no conocer las intenciones de su cuidador, se relajó cuando este lo contempló con expresión benévola y dulce, disfrutando de la belleza de su rostro, y también de sus muslos al empezar a acariciarlos. El contraste entre la fuerza con que le pegaba y la ternura que era capaz de mostrar seguía asombrando y confundiendo a Tristán.

- No te asustes, nene. Ya sé que impresiona.

Le besó en la frente y le acarició el pelo antes de continuar.

- Sé que ahora todavía no puedes entender esto, pero escúchame. Esos golfillos merecen ese castigo.

Los azotes y los quejidos seguían sonando en la distancia, pero Tristán ya no les prestaba atención. La voz grave y profunda de Horacio y la mirada penetrante de sus ojos le hipnotizaban.

- Aquí se les da cobijo y alimento, como se les va a dar luego en casa de su amo. Tienen la suerte de ser, como tú, chicos muy guapos. Y gracias a eso van a llevar a cabo tareas mucho más leves que otros sirvientes menos jóvenes o menos agraciados; y sus familias van a recibir mucho más dinero que lo que corresponde al salario que se paga por esos trabajos. Tú tambien eres muy guapo, Tristán. La belleza de un joven como tú es lo más bonito que ofrece la vida. Es un don que no puedes desperdiciar. Y la mejor manera de aprovecharlo es complacer a señores mayores que saben apreciar ese don y pagar por él para disfrutarlo. Es lo mejor, nene; para ellos, para vosotros y para vuestras familias.

Sonrió al muchacho, que intentaba asimilar aquel punto de vista.

-El cambio es muy duro para ti. Pero dada tu situación y la de tu familia eres un privilegiado al tener el don del cuerpo precioso que tienes. Aquí estás para aprender a utilizar tu don; y te castigaré y te pegaré todo lo que haga falta hasta que te quite todo rastro de terquedad y te enseñe a emplearlo bien. Ese es el objetivo de tu estancia aquí.

Hablaba despacio con pausas en las que pasaba la mano por la cara, el pelo, los muslos o las nalgas del joven antes de continuar.

- Además de merecerlos, esos chicos necesitan esos azotes. Después de la zurra, como tú ayer por la noche, van a recibir caricias que les van a suponer mucho alivio y a las que se están negando por orgullo y cabezonería. Si eres bueno y sumiso, Tristán, te voy a hacer muy feliz mientras estés aquí; está en tu mano comprobarlo esta noche. Pero antes tendrás que pasar dos pruebas más.

- ¿Qué ... qué pruebas, señor?

- Ya lo verás. No tienes que tener miedo porque las que te he impuesto hasta ahora las has pasado muy bien. Solo confía en mí; ahora vamos a pasar unas horas tranquilas tú y yo. Quiero que me hables de ti, lo quiero saber todo de ti. Si sigues siendo bueno y dulce como ahora será un rato muy agradable; si te pones borrico tendré que atarte y zurrarte de nuevo y te pasarás la tarde de cara a la pared con el culo como un tomate. ¿Está claro?

- Sí, señor.

Lo levantó de su regazo y le dio un par de azotes en las nalgas desnudas.

- ¡Au!

- Eso porque sabes que es mentira, no lo has entendido - Horacio sonreía al tomarle el pelo. -Pero no importa que no lo entiendas aún, solo tienes que obedecerme. Dame un beso.

No puso resistencia cuando su cuidador le ofreció los labios y no las mejillas para que lo besara.

- Así me gusta. Te voy a enseñar el resto del jardín, que es una preciosidad.

Un azote, más cariñoso y suave que los anteriores, y la mano de Horacio tomando la suya con firmeza indicó a Tristán que se pusiera en marcha. 

No tardaron en encontrarse en su paseo con el padre Juan.

- ¿Qué tenemos aquí? ¿Cómo se está portando este mozalbete?

- Ahora mismo muy bien, Padre, aunque ha sido un poco trasto ayer y hoy por la mañana. Nene, date la vuelta, que el Padre Juan vea lo travieso que eres.

Sin que Tristán se atreviera a protestar, su cuidador lo giró para enseñar su trasero desnudo y aún rojo al padre Juan, que no pudo evitar acariciarlo.

- Calentito todavía, jeje. Tienes suerte de estar tan bien cuidado, jovencito. Ya puedes portarte bien o no vas a poder sentarte en mucho tiempo. Y tú, tunante, tienes suerte también, este culito es de los más suaves y bonitos que he visto. Ya puedes tratarlo bien.

Otros compañeros de Horacio que se iban cruzando se acercaron también para felicitarlo y apreciaron también muy favorablemente la sumisión del joven y sus nalgas bien castigadas. Tristán sentía una mezcla de orgullo y humillación al verse expuesto involuntariamente como trofeo o como un cachorro que debía ser adiestrado por parte de un amo evidentemente bien valorado y querido en el lugar.

El cariño de los compañeros y el orgullo de pasearse con un chico guapo que le pertenecía redondeó un día que Horacio consideró como el más feliz de toda su estancia hasta entonces en la Abadía. 

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Tristán estaba acurrucado en sus brazos y hablaba. A Horacio le gustaba escuchar a su chico, aunque no era un hombre hablador. Cuando hablaba, como antes en el jardín, solía ser para dar instrucciones y entonces por supuesto exigía atención y obediencia. Por lo demás le gustaba pasear en silencio y no necesitaba de cháchara. Pero Tristán tenía que tener un volcán dentro de sí en esos momentos, con toda la situación nueva a la que se tenía que adaptar, y necesitaba expresarse.

Una vez vencida cierta resistencia y timidez inicial, el joven empezó a hablar, y de hecho era difícil callarle. Le habló de su padre, de su madre, de sus estudios, de sus experimentos caseros; sus temas de conversación sorprendieron a su cuidador, acostumbrado a los chicos más simplones del equipo de rugby, para el que aficiones como inventos, ordenadores o programación eran algo completamente exótico. Acostumbrado a la nobleza y, por qué no decirlo también, a la cierta zafiedad de los bribonzuelos del equipo de rugby, no tenía ninguna experiencia con un joven con estudios, inteligente, sofisticado, sedentario, un tanto cínico y más acostumbrado a moverse entre máquinas que entre personas. Un nuevo reto añadido a los que ya tenía encima, pero aquel jovencito empollón no le iba a intimidar con su cultura ni iba a permitir que se sintiera superior o que mirara a su amo con displicencia; por muy cerebrito que fuera, no dejaba de ser un traviesete que necesitaba que le abrazaran cuando era bueno y que le calentaran el culo cuando era malo, como cualquier otro chaval de su edad según el punto de vista de Horacio, de los monjes de la Abadía y de los señores que Tristán iba a conocer en su nueva vida. 

Decidió no preguntarle por Adrián ese día; aunque por primera vez en mucho tiempo se sentía a gusto y completo con un joven entre sus brazos y no echaba de menos nada, prefería darse un poco más de tiempo antes de atreverse a remover el pasado. De todas formas era casi la hora de cenar y cierto traviesete tenía que pasar por un par de pruebas antes de poder relajarse de nuevo.

- De acuerdo, nene, el resto me lo acabarás de contar esta noche. Ahora mírame a los ojos; así, muy bien. Tenemos que continuar tu instrucción, te quedan un par de pruebas que pasar hoy, lo recuerdas, ¿verdad? En primer lugar voy a bañarte. Y digo voy, no vas. Te voy a desnudar, a atar otra vez las manos para que estés quietecito, y te voy a enjabonar y a frotar bien hasta dejarte reluciente. No insistiré en que a partir de ahora estarás callado, hablarás solo cuando se te pregunte y obedecerás; no quiero oír quejas de que si el agua está muy caliente, muy fría o si el cepillo te rasca, salvo que yo te pregunte; si tengo que repetirte algo o si no sigues estas normas ya sabes lo que ocurrirá. ¿Verdad, nene?

- Sí, señor.

- Estupendo; levántate, quítate la bata y extiende las manos mientras busco la cuerda.



Una vez en la ducha, Horacio sujetó la cuerda que unía las muñecas de Tristán con un gancho en la parte superior de la pared, cuidando que el cuerpo del joven quedase lo suficientemente tenso con los brazos estirados hacia arriba pero sin provocarle gran incomodidad. De haberse portado mal o resistido para ser llevado a la ducha, le habría castigado tirando de la cuerda y tensando todos los músculos de su cuerpo hasta ponerlo de puntillas. Y probablemente una vez en esa postura le habría propinado una buena somanta de azotes con el cepillo de baño, cuyo lado romo de gran tamaño estaba confeccionado de madera maciza y pesada enormemente eficaz cuando se aplicaba sobre las nalgas desnudas y mojadas de algún jovencito díscolo.

Abrió el grifo y mezcló la temperatura de la manera que consideró adecuada antes de dirigir la alcachofa sobre el cuerpo desnudo de Tristán. El joven encontró el agua un tanto caliente, pero lo expresó con mucha sutileza sin llegar a quejarse; su cuidador, al que le gustaba premiar el buen compartamiento, añadió un poco de agua fría y le dio un buen remojón mientras enjabonaba el cepillo y también sus propias manos.

Horacio era todo un amante de la limpieza concienzuda, y cuando lo que había que lavar era a un joven guapo, más todavía. Le frotó con energía el pelo con las manos enjabonadas, que luego dirigió a todos los recovecos de la cara del joven, especialmente el interior, los bordes y detrás de las orejas. Alguna débil protesta fue replicada con un sonoro azote que escocía el doble sobre la nalga mojada.

Convertida su cabeza en un montón de espuma que casi le dificultaba ver y respirar, el resto del cuerpo de Tristán fue recorrido por el cepillo con un masaje de intensidad prácticamente exfoliante que iba dejando roja la piel del joven. La contundencia del enjabonado provocó nuevas protestas que el inflexible entrenador resolvió dando la vuelta al joven y propinándole una azotaina con el reverso del cepillo. La pesada madera provocó aullidos de muchos decibelios por parte del traviesete, que volvía a tener el culito en llamas y de un precioso color cereza. Diez o doce impactos del cepillo fueron suficientes para hacerle saltar alguna lágrima y despertar la piedad de su amo, que continuó con su tarea en la espalda del joven sin más quejas ni interrupciones.

Para las partes más delicadas, Horacio dejó el cepillo de lado y empleó las manos enjabonadas. Llevó a cabo una buena limpieza del pene del joven, sin olvidar tirar hacia atrás del prepucio y lavar el glande, los testículos y el periné. Dándole la vuelta frotó con cuidado las nalgas rojas y doloridas e introdujo con firmeza dos dedos enjabonados en su agujerito más íntimo, que debía limpiar de forma exhaustiva para la última prueba del día. Miró el pequeño cepillo cilíndrico de su invención que servía para la limpieza más íntima de los chicos; por un momento llegó a considerar el utilizarlo pero pensó que eran demasiadas emociones para un solo día y el cepillo anal era una prueba extra demasiado dolorosa para un principiante.

Una vez bien lavado, secado y un tanto escocido por la intensidad del cepillado, Tristán no recuperó su bata sino que fue colocado desnudo de cara a la pared con las manos atadas, ahora detrás de la espalda, y con la advertencia de que sería azotado de nuevo si torcía la cabeza para echar alguna mirada curiosa a su alrededor. Sin miradas indiscretas, por lo tanto, su cuidador preparaba con calma la última prueba del día. Examinó la caja con la colección de dilatadores y estuvo sopesando los de menor diámetro para pensar con cuál de ellos empezar el adiestramiento rectal del joven. El más pequeño tenía un grosor ridículo casi inferior al de un dedo; pero la colección consistía de doce aparatos, lo cual permitía una adaptación progresiva del esfinter del joven a las penetraciones de las que sería objeto. Por ser su primer día y para evitar forzarlo demasiado, tomó el número dos, equivalente a poco más que la introducción de dos dedos, aunque el muchacho tal vez habría aguantado el tres. Tras embadurnarlo  bien en lubricante, se sentó en el sofá con el aparato a mano.

- Muy bien, nene. Ahora vas a darte la vuelta y venir andando tú solito hasta aquí con papá. La cabeza baja. Así, muy bien. Ahora, ven aquí y túmbate con cuidado sobre mis rodillas. No te preocupes, no es para azotarte salvo que te portes mal. Eso es; buen chico.

Siguió explicando mientras le acariciaba el pelo.

- Ya solo te queda una prueba más hoy y si la pasas te llevarás un premio que te va a gustar. Separa las piernas y estate muy tranquilo. Si no pones resistencia no te va a doler; si te resistes y te pones tenso te dolerá. Por doble motivo, porque además te zurraré. Abre un poco más; un poco más - le separó las nalgas con los dedos. Así, muy bien, ya empieza a entrar. Relaja; relaja. Vaya, se ha salido; ahora hay que volver a empezar. Vamos, separa bien las piernas. Así. Ahora lo empujamos un poco hacia dentro. Muy bien; tranquiiiilo. Un poco más hacia dentro; un poco más ... Vamos, falta poco. Yaaaa está. Ahora muy quietecito para que no se salga; vamos a estar un rato así tranquilitos sin movernos.

Por ser el primer día solo se trataba de ejercitarle en la introducción del dilatador; luego tendría que acostumbrarse a llevarlo durante ratos largos, pero Horacio era partidario de ir poco a poco. Lo había aguantado muy bien sin quejas; un grado de obediencia que nunca habría logrado sin la azotaina con el cepillo previa.

Pasado un tiempo prudencial, Horacio extrajo el dilatador y felicitó al joven por su obediencia. Como premio le puso crema en las nalgas para aliviarlas de los efectos del cepillo, y a continuación le vendó los ojos para la sorpresa final. Con la venda y con las manos atadas, Tristán fue conducido desnudo por varios pasillos hasta entrar en un cuarto donde se escuchaban jadeos de otros jóvenes. Lo primero que pensó, por su experiencia previa en la Abadía, es que se trataba de otra sala de castigo donde los muchachos estaban siendo castigados, pero no se oían azotes y los gemidos parecían más bien de placer.

Fue conducido hasta un punto en el que se le hizo arrodillarse en una plataforma en una posición que le resultó familiar. Se dio cuenta de que estaba en la sala de afeitado y que aquella silla para arrodillarse y no para sentarse era donde le habían quitado el vello púbico delantero. Igual que el día anterior, notó que le estiraban los brazos y se los sujetaban por detrás para tensar su torso y poner la zona pélvica a disposición de su cuidador. 

Una mano bien lubricada agarró su miembro; pasado un cierto susto inicial comprendió que en la Abadía, además de muchos lugares para el castigo, existían también zonas, por lo menos aquella, para el placer. La presión ejercida por la mano, que aunque no podía ver habría jurado que era la de su guardián, que conocía ya en varios registros tanto fuertes como suaves, inflamó su pene y lo predispuso a someterse de nuevo a la misma mano, en la que se notaba la experiencia también en proporcionar ese tipo de alivio a los chicos del equipo de rugby, algo que solía ocurrir tras el entrenamiento en recompensa a servicios similares, generalmente orales, recibidos de ellos.

Horacio no pudo evitar sonreír ante la gigantesca descarga y lo escandaloso que podía ser aquel muchacho tan callado. Se la guardaría y le castigaría en otro momento por su indiscreción; desató al joven, le acarició el pelo, le besó, le sacó la venda de los ojos y le facilitó una toalla para que se limpiara. Se disponía para regresar a su celda, cenar y acabar tranquilamente el día cuando entró en la sala un monje guiando a otro traviesillo desnudo, maniatado y con los ojos vendados. Se trataba del padre Fermín y no gozaba de la estima de Horacio, que lo tenía por un envidioso y un chismoso. En otras circunstancias habría intentando rehuirlo, pero estaban cara a cara y no tuvo más remedio que darle conversación.

- ¿Qué tal, Horacio? No sabes lo que me alegro de que te hayan dado este chico tan guapo. Sabes que alguna gente es muy mala y anda diciendo cosas de ti, que ahora el equipo de rugby va a ir a peor, que no vas a poder con todo, que no estás preparado, uf, no sabes todo lo que llevo oyendo todo el día. Pero no hagas ni caso, ¿sabes?, yo sé que te lo mereces. 

- Gracias, Fermín.

- ¿Y qué tal se porta? Tiene cara de buen chico. Y es guapísimo. Y a ti se te ve muy feliz; oye -añadió, bajando el tono-, me alegro de que lleves también lo de Adrián.

- ¿Perdona?

- Pues ... bueno, disculpa, si no quieres hablar de ese tema yo no tengo ningún problema. Perdona que lo haya mencionado.

- ¿De que hablas, Fermín?

- Pero, ¿de verdad no lo sabes? Parece que acabo de meter la pata; bueno, olvida lo que te he dicho.

- Fermín, ¿me explicas que ocurre, por favor?

- Bueno, pero no le digas a nadie que te lo he dicho; pensaba que lo sabías. Adrián se va a casar.

martes, 24 de febrero de 2015

Antonio

-¡¡¡Antonio!!!

Ni el tono de voz, ni el hecho de que le hubiera llamado “Antonio” presagiaban nada bueno. Normalmente su padre le llamaba “Toño” y cuando estaba cariñoso “Toñito”. El nombre completo se reservaba para esas ocasiones especiales. Una ráfaga pasó por su cabeza. Pero no, no podía ser por eso, porque había tomado todas las precauciones posibles para no ser pillado. Sabía las consecuencias.

Encima, en esa tarde calurosa de agosto, había invitado a sus colegas del insti a la piscina de su casa, sabiendo que no habría nadie en casa. Entre sus amiguetes, por supuesto, había llamado a Quique, ese chaval moreno de pelo en pecho que tanto le había ayudado a pasar Selectividad… y que, por otra parte, tantísimo le gustaba. Por él se había colocado ese Speedo rojo que le quedaba tan bien. Se le notaba la marca del bañador que llevaba habitualmente, pero no importaba; de hecho le parecía sexy el contraste del moreno con la piel más blanca del culo. Antes de que llegaran Quique y los otros, se lo había vuelto a probar frente al espejo y había quedado muy satisfecho. Era del año pasado y al haber engordado ligeramente hacía que le estuviera más apretado. Buen paquete y aún mejor culo: a ver si terminaba de fijarse Quique en él. Lo que no sabía en ese momento era cómo iba a terminar la tarde.

El grito de su padre lo dejó clavado al borde de la piscina, adonde estaba a punto de lanzarse para seguir gamberreando con sus colegas y quizás robar un roce con Quique. La mano de su padre le agarró fuerte por el cogote y le hizo darse la vuelta. Ceño fruncido, ojos enfurecidos, mandíbula encajada y el puño izquierdo cerrado. Algo llevaba ahí, pero no, no podía ser. Mil imágenes pasaron por su imaginación.

El agarre del cuello se transformó en un rápido pescozón ¡¡¡delante de sus amigos!!! Obviamente, entre el grito y el chasquido, la algarabía de los chavales paró radicalmente y todos se giraron para ver qué ocurría. Todas las miradas sobre él. Antonio cambió de su natural palidez a un tono escarlata, premonitorio de lo que iba a venir a continuación. Pero aún no soltó su padre ni una sola palabra más. Al menos parecía que iba a tener el detalle de no echarle una bronca delante de ellos, al borde de la piscina. No, no lo hizo. Agarrándole de la oreja lo arrastró a una esquina del jardín.

Los chavales, metidos en la piscina, no daban crédito. Al principio estaban petrificados, sin hablar entre ellos, con la mirada fija en la escena que se desarrollaba en aquella esquina. Por un lado, no querían mortificar a Antonio aún más, porque eran conscientes de que durante la bronca monumental que su padre le estaba echando, de vez en cuando Antonio lanzaba una mirada furtiva hacia ellos. Pero por otro lado, estaban como magnetizados. Como la situación se alargaba, en un acuerdo tácito decidieron charlar de cualquier tema, avergonzados por el pobre Antonio, pero sin quitar ojo, disimuladamente, a lo que estaba ocurriendo a pocos metros de ellos.

Se veía a Antonio, cabizbajo, aún chorreando, con el pelo mojado, con una toalla que se había colocado en torno a la cintura, y a su padre frente a él, señalándole con un índice amenazador a un centímetro de su cara mientras soltaba una retahíla en tono bajo, pero iracundo. Desde la piscina sólo se oían fragmentos sueltos: “idiota”, “lo siento”, “irresponsable”, “lo siento”, “tu hermano”, “lo siento”, “consecuencias”, “lo siento”, “sí que lo vas a sentir. Ahora mismo”.

Antonio estaba desarbolado. En la esquina del jardín a donde le había arrastrado su padre ya pudo ver lo que llevaba en su puño izquierdo: la china que había comprado para disfrutar la tarde con sus colegas, su esperanza de pasarse un canuto desde los labios de Quique… y quizás algo más ¡Todo al garete! Y la actitud de su padre hacía presagiar lo peor.
  • ¿Tú estás idiota? ¿Qué te había dicho yo respecto a ESTO?
  • Lo siento. Sólo íbamos a pasar un buen rato, sin hacer mal a nadie.
  • Tú no estás en tu sano juicio. Eres un irresponsable, metiendo a tus amiguetes en casa para fumar unos canutos ¿Qué pasa si los vecinos se enteran y llaman a la policía?
  • No pensaba hacerlo aquí en el jardín. Íbamos a ir a mi habitación. De verdad, que lo siento.
  • Muy bien, en tu habitación, para darle buen ejemplo a tu hermano. La estás arreglando, Antonio.
  • Lo siento. Pero él no se iba a enterar.
  • No se iba a enterar, igual que no me he enterado yo, imbécil. Claro que esto va a tener sus consecuencias, como te imaginas.
  • De veras, lo siento.
  • Sí que lo vas a sentir. Ahora mismo.
A Antonio le daba vueltas la cabeza ¿Consecuencias? ¿Qué tipo de consecuencias? Ya se veía castigado el resto del verano, sin paga y sin salir de casa. Pero la ira de su padre le hacía temer lo peor. Y sus sospechas se confirmaron cuando a las palabras “ahora mismo” las acompañaron un sonoro azotazo sobre su trasero.

¿Cómo? ¿Azotes? ¿Con sus compañeros aún en casa? Es cierto que no sería la primera vez que su padre le propinaba una paliza, pero ya era mayor y hacía tiempo que las zurras habían quedado atrás. La última hacía un par de años. Su padre creía en la disciplina estricta y no dudaba en aplicarla en cuanto cualquiera de sus hijos traspasaba la línea roja. Hace unas pocas semanas había sido su hermano el que había recibido lo suyo. El detonante: el boletín de notas, con todas suspensas, y un comentario del tutor sobre su actitud: “Con frecuencia se muestra impertinente en clase”. Bufff. No le faltó tiempo para llevárselo de la oreja a su habitación y calentarle de lo lindo. Como solía hacer, dejó la puerta entreabierta para que yo tomara nota.

Pero no termino de aprender, parece ¿No había escondido la china bien? ¿Cómo la había encontrado? Ahora ya daba igual. La suerte estaba echada. Al menos no me zurraría delante de los amigos. Eso sería demasiado humillante. Respiré aliviado (¿aliviado cuando sabía la que me esperaba?) al notar que, de nuevo de la oreja, me dirigía hacia el interior de la casa.

Llegados al salón, colocó una silla en medio y de un zarpazo me quitó la toalla que aún llevaba puesta agarrada a la cintura. Por un momento pensé: esto no puede estar pasándome a mí. Soy demasiado mayor para esto. Me voy a negar. No hay forma de que me pueda obligar a recibir una paliza como un niñato.

Pero pronto mi coraje se diluyó como un azucarillo en agua tibia: si me negaba, las consecuencias iban a ser aún peores, y después de todo, ya me había advertido de las consecuencias si me pillaba en un renuncio, en algo tan grave como esto. Tendría que asumir mi castigo como un hombre. Pero por muy hombre que fuera, no podía contener la sensación de hormigueo en el estómago, que tan familiar me era antes de cada azotaina. Lo que más temía ahora era la rabia contenida de mi padre, que obviamente se iba a descargar sobre mi trasero.

Se sentó en la silla y agarrándome fuerte de la muñeca izquierda me acercó a su lado, enfrente de él, entre sus piernas.
  • Ya sabes lo que te espera. Tú te la has buscado… y la has encontrado. Por mucho que patalees y te quejes no voy a parar hasta que crea que has aprendido tu lección. Y como comprenderás, tu castigo va a ser proporcional con la falta, que no es precisamente pequeña ¡Ven aquí!
Y acercándome más a él, comenzó a desatarme el bañador. Parece que esta iba a ser memorable, y desde luego a culo descubierto, como ante los casos más graves. Las piernas empezaban a temblarme ya y no quería ni mirar qué estaba haciendo mi padre; sólo miraba al frente, al infinito. Aún no sabía si se contentaría con darme manotazos o si me aplicaría su temida regla de madera o ese cinturón ancho que te deja dolorido para unos días.
Como le costaba deshacer el nudo del todo, tiró por la calle de en medio y de un tirón me bajó el bañador hasta las rodillas.
  • Ya veo que estás hecho un hombretón desde la última vez que te tuve que bajar los humos… y los pantalones. Pero no te va a servir de nada. Ser un hombre se demuestra no con tener vello en los huevos, sino comportándose como tal. Y eso es lo que te voy a enseñar esta tarde.
En otras circunstancias, ante esta conversación sobre mis atributos no habría podido suprimir una erección, pero no era el momento ni el lugar. En cualquier caso, tengo que admitir que empecé a notar un cosquilleo en los huevos y en el perineo ¿Qué me estaba pasando?

Poco tiempo me dio para pensar, porque de un tirón de mi muñeca izquierda acompañada de un empujón sobre mi lomo con su mano derecha, me encontré de bruces contra su muslo izquierdo. Ya conocía la rutina: el objetivo era exponer al máximo mi culo a sus azotazos, mientras yo me apoyaba en el suelo con las manos y, de momento, mantenía los pies en el suelo. Muy, muy humillante.

Son momentos muy críticos. Totalmente desprotegido, a la voluntad de tu padre, en esos primeros momentos de verdad te arrepientes de lo que has hecho y haces propósito de no volver a verte en esta situación. Aún no ha caído el primer palo y todavía no calibras la dureza con la que te va a tratar. Tienes la esperanza de que se apiade de ti, pero te temes lo peor, sobre todo teniendo en cuenta lo que has hecho.

Creo que mi padre disfruta con esta incertidumbre, para hacerte reflexionar, y con ese puntito sádico que sin duda le caracteriza, alarga el momento de propinar el primer azote. Pero esta vez estaba tardando demasiado.
  • ¿Sabes una cosa? –casi susurrando, cerca de mi oreja- He oído hablar de unas personas que se llaman “culeros” ¿Tú no serás uno de esos, verdad? Sí, esos que llevan droga en el ano. Creo que voy a cerciorarme de que tú no has caído en ese tema ¡Levanta!
Y acompaña su orden de un azote, pero no el primero de una auténtica zurra, sino simplemente el de un aviso “amable” para que me dé prisa ¿Qué va a hacer? No puedo creer lo que cruza por mi imaginación.

Regresa al salón con un bote que me resulta conocido ¡Claro, el lubricante que he comprado por si salía bien la jugada con Quique! ¡Mi padre ha estado husmeando en mi habitación!
  • Creo que esto es tuyo. No sé para qué lo querías, pero yo lo voy a poner en buen uso ¡Acércate!
Y vuelvo a estar entre sus piernas, pero todavía de pie. No puedo creerlo: se está untando bien un dedo con lubricante.
  • Ahora relájate, porque, si no, puedo hacerte daño. Tú verás. Sepárate las nalgas e inclínate hacia delante.
¡Mi padre inspeccionándome por detrás! Noto cómo con su grueso dedo corazón embadurna mi ojete con una buena dosis de lubricante helado. Un escalofrío recorre mi espalda. Estoy más cerrado que nunca, pero como si fuera un experto en exploraciones consigue ensartarme en un par de movimientos. Me duele, pero no me atrevo a moverme. Mi padre se toma su tiempo mientras consigue dilatar mis esfínteres y pasa a la cavidad posterior. Allí se deleita un buen rato recorriendo mis recovecos.

No puedo evitarlo y una potente erección empieza a despertarse en mi entrepierna, cosa que no pasa desapercibida a mi progenitor.
  • ¡Vaya: te estás poniendo contento! Se ve que estás acostumbrado a este tipo de actividades. Una pena que no te vaya a durar mucho la diversión.
Efecto inmediato: aquello se desinfla ante lo que sea que tiene preparado mi padre.

Sin solución de continuidad, me vuelve a arrojar boca abajo sobre su muslo izquierdo y comienza su perorata, tirándome de la oreja como si fuera a costarme oír lo que quiere decirme :
  • Chaval, vas a recibir la paliza del siglo –Pausa tensa- Te la estabas buscando desde hace tiempo con tu actitud desafiante, tus desplantes, tu desobediencia. Esto último ha sido simplemente la gota que ha hecho colmar el vaso. Y lo has desbordado con creces.
Ya había pasado por esto más veces, pero no quitaba para que me sintiera con una mezcla de vergüenza, de miedo y totalmente indefenso.
  • Ya sabes las normas: como intentes esquivar mis golpes, vuelvo a empezar de nuevo –Tirón de oreja-; como intentes cubrirte con las manos, doblo la intensidad –Tirón de oreja; y como patalees, te bloqueo las piernas –Tirón de oreja final.
Ya no hubo más.

Ahí empezó la lluvia de azotes. Como saben todos los que han pasado alguna vez por esto, el primero es el peor. Mi padre, que tiene experiencia en el asunto, dilató el momento al máximo, pero cuando decidió ponerme la mano encima lo hizo sin avisar y con toda la fuerza que pudo. Lo atestigua el alarido que pegué. Estuve a un tris de de cubrirme con la mano –de hecho la despegué del suelo un segundo- pero me lo pensé dos veces, porque no quería arriesgarme a que cumpliera su amenaza de intensificar los azotes, cosa que parecía imposible… a no ser que se decidiera a sacarse el cinturón.
A cada rato acompañaba los azotazos con advertencias y amenazas. Lo que más me irritaba era cuando acompasaba las palmadas a las sílabas, porque sabía que iba a enfatizar cada una con un azote fuerte, para terminar la frase con una traca final, un trallazo insoportable: “ya-te-he-di-cho-mil-ve-ces-que-con-mi-go-…” y ya sabía yo que aún le quedaban cuatro sílabas con sus cuatro azotes, el último infernal: “no-se-jue-GA”.

En un momento determinado se me encendió una luz en la cabeza: ¿Qué había pasado con mis colegas? ¿Habrían tenido la discreción de marcharse? Giré un momento de la cabeza (suelo dejarla gacha y no cabecear, con la tonta ilusión de que todo pase cuanto antes si me concentro en un punto fijo en el suelo) y vi que estaban mirando la escena desde la ventana que desde el salón da al jardín. A mi padre no le importaba lo más mínimo que estuviéramos en una especie de escaparate; de hecho, posiblemente consideraba que era parte de mi castigo. Si ya estaba mortificado antes, ahora la situación era insoportable. Quería que me tragara la tierra.

Y ahí cometí el error garrafal de intentar zafarme del agarre de mi padre, que mientras me daba con la derecha, me mantenía en mi sitio con la izquierda sobre el lomo o enganchándome bien la cadera derecha. No sé cómo lo logré, pero con la fuerza que la rabia y la vergüenza me dieron, me puse de pie.
  • ¿Has decidido tú que ya he terminado contigo? Creo que estás muy, pero muy confundido, jovencito – Todo esto dicho entre dientes y con mucha rabia apenas contenida.
Casi solo me dio tiempo a llevarme las manos a las nalgas: estaban ardiendo y no sabía dónde ponérmelas para aliviar un poco el dolor. En vano, porque en ese instante vi cómo él también se ponía de pie y se llevaba una mano a la hebilla del cinturón. Esto iba de mal en peor. No quería ni mirar, pero escuché cómo se deslizaba por cada una de las trabillas hasta quedar totalmente desplegado. Sólo pude echar un vistazo para comprobar qué cinto llevaba esa tarde: si era el estrecho de vestir o ese anchote que suele ponerse con los vaqueros. Si el uno era malo o el otro era peor. El uno, por estrecho, marcaba con los bordes, y el otro con su anchura pesaba más y cubría un área mayor con cada correazo. Miré al suelo, hacia sus zapatos, y vi que llevaba unos vaqueros. Mala cosa.

No quería mirar, pero sabía que estaba doblándolo para que fuera más manejable y para que el impacto fuera aún más doloroso. Cuando oí que lo chasqueaba contra su mano izquierda, como para comprobar el peso y la fuerza, supe que la parte más complicada de mi castigo estaba a punto de comenzar.

Sin mediar palabra, me agarró del brazo y me llevó al borde de la mesa del comedor.
  • ¡Agárrate, que vienen curvas!
Con esta parte de mi disciplina no estaba yo tan acostumbrado porque no habíamos llegado a estos extremos con frecuencia, pero instintivamente agarré fuerte los bordes laterales de la mesa. Creo que así se puede descargar algo de tensión, si aprietas fuerte. O al menos esa era mi esperanza.

De lo siguiente se encargó él. Me empujó la cabeza hasta que la apoyé en la superficie de la mesa, pero la dirigí al lado contrario de la ventana, porque me mortificaba la idea de que siguieran los demás mirando. A continuación, se colocó detrás de mí y con un pie separó mis piernas hasta que consideró que estaba suficientemente expuesto e indefenso: en esa postura resulta más complicado apretar las nalgas para protegerse.

Se colocó a mi izquierda y me anunció que recibiría series de veinte correazos (sin especificar cuántos en total). Tendría que contarlos y si perdía la cuenta o me saltaba alguno, volvería a empezar la serie. Aquí yo sabía que el riesgo estaba en que a veces cambiaba el ritmo y podía perder la cuenta. Ya me había ocurrido alguna vez. Además, sabía que tenía la costumbre de enfatizar los dos últimos latigazos, de manera que al ir acercándome al veinte el corazón se me aceleraba.

Y empezó. Me había propuesto no llorar, pero aquí ya no pude más, y entre sollozo y sollozo en un par de ocasiones me debí equivocar, porque tuve que empezar de nuevo, y eso que una vez ya iba por el catorce, creo.

No sé cuántos palos me llevé. En un par de momentos, pensé que había acabado; pero no, volvió a empezar con la orden: “¡Cuenta!”

Estaba tan agotado que pasaron un par de minutos antes de darme cuenta de que había terminado por fin. Por pura precaución me quedé echado sobre la mesa, a la espera de instrucciones, no fuera que tomara por desobediencia cualquier movimiento por mi parte y volviera a empezar.

Cuando lo consideró oportuno, se acercó de nuevo a la mesa, y sin mediar palabra me agarró de la oreja y me arrastró hacia mi cuarto. Avergonzado, con los ojos llorosos, ni siquiera quise ver si los chavales seguían mirando.
  • Antonio, vas a quedarte en tu habitación, de espaldas a la pared, en aquella esquina, hasta nuevo aviso. Ah, y no se te ocurra moverte ni vestirte. Aún no sé si he terminado contigo.
Y se despidió propinándome un sonoro azotazo en la nalga derecha. Por supuesto, dejó la puerta entreabierta para que mi hermano aprendiera en culo ajeno una lección inolvidable.