sábado, 11 de junio de 2011

Charla de recuerdos

Un nuevo relato del amable autor de En casa del tío, Historias de Luis y El polizón del tren.


“Mi padre” – dijo el segundo joven – “Hasta los dieciocho simplemente nos mandaba al cuarto sin ver la tele o no nos dejaba salir, pero según cumplíamos dieciocho años nos felicitaba y nos decía que a partir de ese momento el castigo sería siempre una azotaina. Yo creo que desde entonces disfrutaba cuando tenía que castigarnos. Especialmente, cuando mis hermanos o yo teníamos que bajarnos los pantalones y nos ponía en sus rodillas con el culo en pompa para dejarnos las nalgas bien coloraditas con la mano o con la correa. Muchas veces, nos desatacaba él mismo el pantalón y nos lo bajaba hasta los tobillos, dejándonos el calzoncillo puesto. Entonces, nos tumbaba bocabajo en sus rodillas, y le oíamos respirar pesadamente mientras que subía el faldón de la camisa hacia arriba, para dejar bien a la vista el trasero. Nos ponía la mano en el culo, aún cubierto con el calzoncillo, y lo acariciaba a través de la tela, a la vez que nos regañaba con voz de pena, diciendo que a él le dolía mucho tener que castigarnos, pero que era por nuestro bien, y que cuando fuéramos mayores se lo agradeceríamos. Entonces sujetaba el elástico del slip y lo hacía retroceder hasta los muslos, dejándonos el trasero al aire, con mucha lentitud, recreándose en el acto, para que sintiéramos mejor la vergüenza. Volvía a poner la mano en nuestro culo, ahora desnudo, donde la sentíamos pesada y caliente, y decía: “de verdad, espero que no tenga que volver a hacerlo”. Y entonces nos sacudía unos buenos azotes, con la mano cuando éramos más pequeños, y luego, según crecimos, alternaba la mano y la correa o, incluso, la zapatilla, aunque siempre sus últimos azotes, cuando ya nuestro trasero estaba enrojecido, los daba con la mano desnuda, diez en cada nalga, y luego diez en las dos a la vez.”

“A veces eran solo cinco o seis azotes los que nos daba, otras nos castigaba a los tres a la vez, y nos hacía esperar, en fila y con el pantalón en los tobillos, viendo como eran castigados los demás, esperando nuestro turno. No pasaban más de dos semanas sin que uno u otro fuera castigado, y a veces, nos castigaba casi a diario en una misma semana. En casos graves, nos informaba por la mañana que recibiríamos una azotaina a la vuelta del colegio por la tarde, o nos iba a buscar a la salida, y nos contaba que al llegar a casa nos esperaba una buena tunda. Y siempre cumplía su palabra”.

“Recuerdo que cuando tenía diecinueve años me pilló fumando un pitillo. Me mandó a mi cuarto castigado, y al cabo de un rato subió él. Iba fumando un pitillo, muy tranquilo, y se sentó frente a mí. “Te comprendo” – dijo – “de verdad que te comprendo. Estás en una edad muy difícil y eres como un potro joven que necesita desfogarse. Pero has traspasado los límites, y mi deber es recordártelos. Y si para ello, hace falta que no te puedas sentar en una semana, puedes estar seguro de que vas a obtener lo que andabas buscando.” No intenté protestar tan siquiera. La semana anterior mi hermano mayor llegó tarde el día de su cumpleaños – cumplía veintiuno – y recibió una buena azotaina al volver a casa, para que no se hiciera falsas ideas sobre la edad.“

“Tiró el pitillo y me hizo seña de que me acercara a él. Con sus propias manos me desabrochó los vaqueros, los bajó hasta mis rodillas, y, poniéndome su mano en la espalda, me tumbó bocabajo en su regazo. Puso la mano sobre mi trasero, aún cubierto por los calzoncillos, y lo acarició con suavidad. “Sabes bien” me dijo “que mientras estés en mi casa deberás cumplir la disciplina que hay impuesta en ella. No sé que buscáis obligándome a castigaros, pero ya que parece que os gusta que os trate como a niños malos, lo seguiré haciendo con mucho gusto”. Noté como su mano dejaba de acariciar mi culo y sus dedos se introducían en el elástico del slip, dejando lentamente mis nalgas a la vista. Con cuidado, lo bajó justo hasta el comienzo de mis muslos, dejando así mi culo enmarcado por el calzoncillo y la camisa, que subió lentamente. Se detuvo y noté su mano acariciando la piel ahora desnuda. Suspiró “No deberíais ser tan malos” dijo, y empezó a darme de azotazos con la palma de la mano. De vez en cuando paraba, me acariciaba el trasero, cada vez más enrojecido, mientras seguía regañándome verbalmente. Yo gemía y me retorcía porque era realmente fuerte y sus golpes me hacían arder los carrillos del culo, y al cabo de un buen rato no pude evitar el patalear como un niño, y que las lágrimas me corrieran por las mejillas. Él continuó la lluvia de azotes imperturbable. Estuvo casi media hora dándome de azotes – no era nada extraordinario, a mi hermano le zurró durante dos horas la última vez y a veces había estado toda una tarde sacudiéndonos a los tres – y aún ahora sigo convencido de que me salvó de recibir más castigo el comienzo de un partido que le interesaba ver.”

- Y ¿a qué edad dejó de castigaros? – Preguntó el primer chico.

El joven sonrió: ” ¿Y quién te ha dicho que haya dejado de hacerlo? Hoy nos ha avisado en el desayuno que esta noche los tres vamos a probar el cuero a la vez por no limpiar la casa”.

- Pero no puede ser. Tienes ya veintidós años. Debe ser ilegal darte una azotaina.

El joven rió: “Ven esta noche a casa y se lo diremos a mi padre. Tal vez así le convenzas, pero la última vez que mi hermano pequeño lo intentó estuvo sin sentarse cómodamente tres días”.

- No sé si será ilegal o no – dijo el tercer chico – Pero te aseguro que cuando mi padrastro dice “ven aquí y bájate los pantalones”, más te vale darte prisa si no quieres que la zurra sea de las que hacen época. Y cuando conceptúa que nos merecemos una buena, no importa que momento sea o quien haya delante. Nos sacude y se acabó. Recuerdo en cierta ocasión en que invité a un amigo de la Universidad a pasar la noche a casa. Mi madre me había advertido que no me retrasara porque teníamos que salir de compras, pero lo cierto es que me olvidé, y estuve jugando al baloncesto un buen rato después de clase. Cuando por fin fuimos a casa a hacer los deberes, mi padrastro me estaba esperando en el porche. Cuando le vi me di cuenta de mi olvido. Ibamos jugando a tirarnos el balón por la calle, y de pronto me quedé clavado en el sitio, mirando hacia mi padre, sabiendo lo que me esperaba. Mi amigo me miró, extrañado. “¿Qué pasa?” – dijo - “Te has puesto pálido de pronto”. “No, no pasa nada”- balbucí - ”Mira, hoy no puedo estudiar contigo. Mejor vete. Ya te veré mañana en clase”. ”¿Pero seguro qué estás bien?”. “Sí, sí” dije. Y dejándole, subí corriendo hacia casa.

Mi padrastro se limitó a mirarme. “Lo siento”, dije, sin aliento, “me había olvidado del todo”. Él sonrió con tristeza y movió la cabeza. “Sabes que eso no basta”. Me puso la mano en la nuca y me llevó dentro de la casa. En dos minutos me había llevado a su silla favorita, me había puesto bocaabajo en su regazo y me estaba bajando los pantalones cortos que yo llevaba puesto. Un minuto después su mano batía la carne de mi culo con firmeza, y yo notaba enrojecer mi piel bajo la azotaina. Pataleé y pedí perdón, aunque sabía que no acabaría hasta que él decidiera que ya me había castigado bastante, pero de pronto noté una sombra en la puerta. Miré, y ¡Oh mierda!... Era mi amigo que nos miraba atónito desde el umbral. Hubiera deseado que me tragase la tierra. Allí estaba yo, con casi diecinueve años, uno de los duros del equipo, tumbado en las rodillas de mi padre y con el culo al aire, recibiendo una buena azotaina como si fuera un niño pequeño. Mis hermanos y mis primos me habían visto a menudo en semejante posición, pero yo también los había visto a ellos muchas veces. Esta era, en cambio, la primera vez que a mí me veía un amigo de mi misma edad, y, además, un chaval al que yo quería impresionar... por varias razones que no vienen a cuento.

Mi padrastro se detuvo un momento, la mano en alto. “Pasa si quieres”, le dijo. “Aún nos queda un rato”. “Papá, por favor” dije yo, avergonzado. No quería levantar la mirada del suelo para no ver la cara de mi amigo, pero notaba su mirada sorprendida recorrer todo mi cuerpo tumbado en el regazo de mi verdugo, y en especial mi trasero desnudo y colorado, que me parecía más desnudo y colorado que nunca. Y lo peor es que se quedó tan sorprendido que se limitó a entrar y sentarse ante el espectáculo, esperando que mi padre acabara, tal y como le habían indicado. Y vaya si tuvo espectáculo. Mi padrastro se esmeró en la labor de calentarme el culo y regañarme a la vez. Ahora una nalga, ahora la otra, ahora las dos a la vez, me estuvo dando azotazos otros diez minutos, que a mí me parecieron muchos más. Por fin, tras un enérgico cachete, me subió la culera del pantalón y me dijo que me levantara de mi forzada posición. Yo pensé en salir corriendo a mi cuarto, pero sabía que si lo hacía, seguramente me seguiría y me volvería a poner en sus rodillas, de modo que me aguanté las ganas, le pedí perdón de nuevo, y dije a mi amigo que si quería ir a estudiar ahora. “No, gracias” musitó “Mejor te llamo luego”. El trasero me ardía bajo los pantalones, pero no tanto como las mejillas por la vergüenza. “Vale” le dije. Y se fue.

Mis padres también salieron, y me pasé un buen rato en la cama, tumbado bocabajo, por supuesto, pensando en qué le diría a mi amigo, y seguro de que al día siguiente todos en el equipo sabrían que yo aún recibía azotainas. Como os podéis imaginar, sólo tenía puestos los calcetines y la camiseta, cuyo faldón había echado para arriba para que mi culo se refrescara con el aire. De pronto, noté una presencia a mi lado, una mano fresca que se apoyaba en mis nalgas y una voz suave que decía “Lo siento”. Me volví y era mi amigo. “No debería haberme quedado” musitó “Pero me quedé tan sorprendido que no supe reaccionar”. “Y ahora seguro que se lo contarás a todos” respondí, hundiendo la cabeza en la almohada. “No, te prometo que no lo sabrá nadie” dijo. Le noté levantarse de mi lado. “Mira”, dijo. Lo hice y se había puesto de espaldas y bajado el pantalón enseñándome el culo. Había una marca roja en cada nalga que reconocí sin problemas. Las había visto demasiado a menudo en los traseros de mis hermanos y mis primos. Demonios, incluso el mío lucía algo similar aunque más intenso en ese momento.

“¿También te zurran?” – Pregunté. Volvió la cabeza, con una mueca... ”Sí. Ésta me la dio mi tío anteayer, por mentir. Pero ya tengo prometida otra de mi padre cuando les dé las notas el viernes”. “¿Te sacuden a menudo?”. Volvió a torcer el gesto. “De vez en cuando, una al mes mas o menos. ¿Y a ti?”. “Lo mismo. Normalmente una cada dos semanas, aunque a veces he recibido dos o tres la misma semana”. Alargué la mano hacia su piel. ”¿Te importa?” “No”. Lo tenía aún levemente más caliente que el resto de la carne y se notaban las marcas de los dedos sobre la piel suave. Se volvió a poner a mi lado y me acarició con suavidad el culo. Silbó. “Desde luego, has recibido una buena. Pero, ¿sabes?, Me alegro de haberlo visto. Antes pensaba que yo era el único del equipo que aún recibía azotes en el culo. Ahora sé que puedo hablar de ello con alguien”

Sonreí. “Tranquilo. En casa todos estamos acostumbrados a pasar por el trance. Y a mis primos les pasa igual. ¿Te acuerdas de mi primo, el que nos llevó de excursión el mes pasado al campo?” “Claro, pero no me digas que a él también le pegan aún... ¡Si ya ha dejado la Universidad!!” “Hombre, ya no le castigan tan a menudo como cuando estaba, pero cuando vino nos enseñó las marcas de la correa de su padre. Se había ido de juerga un fin de semana y le pusieron una multa. Cuando su padre se enteró se puso tan furioso que le llevó al cobertizo, le hizo quitarse los vaqueros, le puso bocabajo en un caballete y le calentó bien el culo con el cinturón. Dice que estuvo dos días sin ir a clase porque no podía sentarse. Y claro, eso le valió otra azotaina por hacer novillos. Habían pasado quince días pero aún se podían ver las marcas de la correa sobre la carne. ¿No te diste cuenta de que no se quitó los calzoncillos cuando se bañó con nosotros?” “Sí, claro que me di cuenta”. “Pues esa era la razón. Pero dice que no es nada raro, y que hay muchos chicos en su fraternidad que aún reciben azotes en casa”

“A mí nunca me pegaron hasta que cumplí los dieciocho años” – Me contó entonces mi amigo – “Pero el día de mi cumpleaños, mi padre me llevó a su despacho y me dijo que ya me consideraba responsable de mis actos, que hasta entonces sólo había sido reñido, pero que a partir de entonces ya iba a empezar a castigarme cuando me lo mereciera. “Pero a mis hermanas no las castigas” le dije. “Es distinto”, me contestó. ”Tú eres un hombre y tienes que aprender responsabilidad. De ellas se encarga tu madre, y sólo ante ella responden. Tú a partir de ahora vas a responder ante mí. Así me educó tu abuelo, y a él su padre. Y espero que tú lo hagas así con tus hijos, cuando crezcas.” La verdad es que no hice mucho caso, ya sabes, era mi cumpleaños y todo aquello me parecía muy lejano. Pero a la semana siguiente recibí un suspenso, y al llegar a casa se lo di a mi madre. Ella suspiró y dijo: ”No, David. Ahora es a tu padre al que deberás dar las notas directamente”. No sé muy bien porqué pero las piernas me temblaron. Fui a su despacho sintiendo cada pisada como una condena. Llamé, y allí estaban mi tío y mi padre, que nunca me pareció tan grande y adulto como entonces”

“Recuerdo ahora que parecía que mi padre había estado riñendo a mi tío. Ya sabes, él sólo tenía veintiún años entonces, y estaba de pie al lado de la silla donde estaba sentado mi padre, frotándose el trasero bajo el vaquero con las dos manos. Cuando dije que llevaba a firmar una mala nota, mi tío me hizo una mueca divertida y salió del cuarto, dándome un cachete en el culo cuando pasó a mi lado. Mi padre me miró, leyó la nota y me hizo una seña de que me pusiera donde había estado mi tío. Lo hice y entonces me dijo. “Ya te lo avisé el otro día, pero parece que no me creíste. Ahora vas a ver que es verdad. Bájate los pantalones”. No intenté ni rogar. Me desabroché los pantalones y noté su mano cálida en mi espalda, forzándome a tumbarme bocabajo en sus muslos. Un instante después, sentí que me bajaba los calzoncillos, dejándome el culito al aire. Me dio unos doce o quince azotes solamente, pero a mí me pareció una azotaina formidable, ya que era la primera, y lloré y pataleé al notar la palma de su mano chocar contra mi piel desnuda. Cuando acabó, me tuvo un momento aún en sus rodillas, y me dijo: “Acuérdate que si te castigo es por tu bien. Y te aseguro que sólo porque te quiero hago esto. Y lo volveré a hacer muchas veces en el futuro, siempre que lo merezcas o lo necesites”. Me dio un último cachete y me dejó ir”

Desde entonces, no pasaba semana sin que me viera bocabajo en sus rodillas, recibiendo una buena azotaina. Mi tío más de una vez me protegía y escondía mis faltas, pero un día, jugando a las cartas, me ganó y le insulté. Se puso entonces muy serio y me dijo que me iba a enseña a respetar a sus mayores como le habían enseñado mi abuelo y mi padre a él. Yo acababa de cumplir los diecinueve y de pronto me vi en sus rodillas, con el culo al aire, y recibiendo una soberana azotaina.

Por supuesto, cuando llegó mi padre por la noche, me fui a quejar de la zurra que me había dado mi tío, deseando, en el fondo, que le diera una a él, pero mi padre me dijo que a partir de ese momento mi tío tenía tanto derecho como él a castigarme si lo creía necesario, y, para que no volviera a protestar, me llevó a mi cuarto y me dio unos azotes con el dorso del cepillo en el culo desnudo, con lo que te aseguro que aquella noche dormí bocabajo y al día siguiente procuré sentarme lo menos posible.

4 comentarios:

Dave dijo...

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Dave

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Chiquitin dijo...

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Dave dijo...

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Best regards,
Dave

La niña payasa dijo...

Qué delicia de relato, como siempre.