sábado, 13 de febrero de 2010

En casa del tío (relato)

Hoy os presento un nuevo relato del autor de las historias de Luis. También muy bien escrito, se centra más en los juegos entre los chicos castigados y es más subidillo de tono, con mucho contenido erótico. Como siempre, espero que lo disfruteis:

En casa del tío

Cuando cumplí los diecinueve años, mis padres tuvieron que ir al extranjero por una larga temporada, por lo que, para no dejarme solo, me mandaron a vivir a casa de mi tío, hermano menor de mi padre. El Tío Enrique era un hombre maduro, fornido, antiguo jugador profesional de rugby, que ahora regentaba una ferretería. Había sido también aprobado como “corrector” de jóvenes que por delitos menores habían perdido la mayoría de edad, y que, según la ley 137 del 98 evitaban la cárcel al ser reeducados en su domicilio. Yo ya había conocido a tres de sus pupilos – que le llamaban normalmente padre o papá – y aunque apenas conocía al que ahora vivía con él, Raúl, sabía que era un muchacho de 21 años que había sido cabecilla de una pandilla dedicada a pequeños hurtos y fechorías y que llevaba casi un año con él. Juntos acudíamos a clases por las mañanas conmigo, y por la tarde ayudábamos a mi tío en la tienda.

El primer mes pasó sin más novedad. Pero empezando el mes de noviembre, un día, al volver de casa de un amigo, vi que mi tío y Raúl estaban en el despacho. Raúl estaba sentado, cabizbajo y encogido en una silla. A través de la puerta entornada, oí como mi tío le decía que estaba harto de que hiciera el vago y no le obedeciera. Sin poder moverme, vi como le ordenaba bajarse los pantalones y tumbarse en la mesa del despacho con el culo en pompa. Así lo hizo Raúl poniéndose inclinado, los pies rectos, dejando su culo en pompa, y mi tío se quitó la correa y le dio unos cuarenta azotes en el culo con ella. Raúl no dejaba de agitarse y gemir, y la vista del castigo y su trasero enrojecido me produjo una intensa erección.

No le volví a ver hasta que me fui a acostar. Los dos dormíamos en el mismo cuarto, en unas literas. Él ocupaba la inferior, y estaba ya entre las sábanas, tumbado bocabajo, con la cabeza entre los brazos. Me desnudé rápidamente y me puse el pijama. Entonces me acerqué a él y le puse la mano en los hombros. El se volvió a mirarme. Tenía los ojos de haber llorado.

- ¿Te duele mucho? – Pregunté.

- Ahora, ya no tanto. Hacía mucho que no me castigaba tan duro. – Se irguió y me miró - ¿Quieres verlo?

- Sí... si me dejas.

- Claro – Me hizo un gesto de permiso, volviendo a apoyar la cabeza en los brazos.

Bajé la ropa de la cama hasta sus piernas, dejando su cuerpo al aire. Llevaba el pijama puesto, y notando cómo temblaba mi mano, le subí la camisola hacia arriba y cogiendo con la mano la cinturilla, le bajé los pantalones hasta medio muslo dejando su culo al aire. Tenía unas nalgas redondeadas y suaves, cubiertas de un vello muy fino, como dos melocotones tiernos y apetitosos. Yo sabía que mi tío le hacía afeitarse el vello de casi todo el cuerpo, pero estaba claro que no necesitaba afeitarse también el trasero. En la piel suave se veían aún con nitidez las marcas del cuero entrecruzándose sobre la piel desnuda. . Él seguía en la misma postura, tranquilo ante mi exploración. Alargué la mano y le acaricié el trasero con cuidado, recorriendo las curvas de sus nalgas y sintiendo la rugosidad de las marcas de la correa con las yemas de mis dedos.

- Lo siento – musité. Se volvió de nuevo a mí.

- Tranquilo – sonrió – Me lo he ganado yo solito y bien merecido que está por desobediente.. Cuando vine a vivir aquí me tenía que azotar dos veces por semana por la sentencia, más las que yo me gané por mi cuenta, y hubo semanas que no me podía sentar sin dar un bote. Ya verás cuando te llegue el turno a ti. Ven. Túmbate a mi lado, y sigue acariciándome. Me gusta.

Apagué la luz, y me acosté con él, sintiendo su cuerpo cálido contra el mío, y acariciando su trasero bajo el pantalón.

- Mi tío nunca me ha castigado – le dije. - ¿Tú crees que lo hará?.

- Estoy seguro – dijo, y noté su sonrisa al decirlo. – No creas que te vas a librar en cuanto te lo merezcas.

Yo seguía acariciando sus nalgas, y él no se movía, pero, de pronto, sentí mi cuerpo reaccionar y mi pene engrosarse al doble de su tamaño. Me dio vergüenza, de modo que musité algo, salí de su cama, subí a la mía y me acosté.

Al día siguiente procuré eludirle, y aunque notaba sus ojos castaños buscarme, yo procuraba no devolverle la mirada, ni darle ocasión de hablar del tema, pero estaba tan nervioso que en todo el día no hice más que equivocarme y romper cosas. Mi tío, al ver esto, me dijo que si es que yo quería una azotaina, que me bastaba con pedirla, que no era necesario que hiciera méritos para recibirla. Eso me calmó en cierta forma. Hacía mucho que no recibía una azotaina, y, recordando la seguridad de Raúl la noche antes, no tenía interés de volver a recibir azotes a mi edad. Logré pasar el resto del día sin hacer mayor estropicio, y cuando nos fuimos a la cama, me puse el pijama rápidamente y me metí en ella.

Raúl llegó después y yo me hice el dormido, de modo que él se desnudó y se puso el pijama, sin decir nada. Con los ojos entornados, vi cuando se estaba cambiando el pantalón que su trasero aún tenía las marcas de la azotaina, aunque ya muy tenues. Deseé acariciarle de nuevo, pero me di media vuelta. Entonces se acercó a mí, y noté su cuerpo junto a mi cama.
- ¿Porqué estás enfadado conmigo?- preguntó de pronto, en un susurro. Yo no respondí, apretando aún más los ojos. Él suspiró y se tumbó en su cama -¿Qué te he hecho yo?- preguntó. No le respondí, aunque deseaba acariciarle de nuevo como la noche antes, y sentir su cuerpo cálido y acogedor entre mis brazos.

Pasaron tres o cuatro días sin más. Habíamos vuelto a la rutina, aunque yo aún me mostraba vergonzoso y procuraba eludir lo posible la intimidad con Raúl. Pero la mañana del viernes, estábamos desayunando cuando se me cayó una taza y se rompió. Era la cuarta taza que rompía en esos días, de modo que mi tío me miró irritado. Luego se volvió al reloj de la cocina y miró la hora. Entonces, con un suspiro se volvió a mí:

- Bien - dijo - ya es bastante. Te lo avisé, Fran. Ahora no hay tiempo, pero esta tarde te voy a dar una azotaina para que aprendas a no romper más cosas. Y, Raúl, ¿No te mande anteayer limpiar la estantería grande?

- Sí, señor –musitó el aludido – pero estuve muy ocupado... lo haré hoy sin falta.

- Eso dijiste ayer también, de modo que, como no parece que con la del otro día te bastara, tú también tendrás otra ración de azotes esta tarde. – Raúl y yo nos miramos, desolados. Mi tío siguió hablando - De modo que os quiero a los dos aquí sin falta esta tarde, cuando cerremos la tienda.

Todo el día tuve en la cabeza la idea de que mi tío me iba a dar unos azotes como si yo fuera un niño. Pensé en mil posibilidades para evitarlo, y estuve durante toda la mañana muy nervioso, removiéndome en los duros asientos de madera de los pupitres como si ya sintiera el culo dolorido y caliente por el castigo. Cuando me encontraba con Raúl en una clase o por el pasillo, los dos desviábamos la mirada como para evitar que los compañeros descubrieran nuestro secreto: que éramos dos muchachos hechos y derechos que iban a recibir una azotaina en el culo como si fueran dos niños pequeños.

Al volver a casa y durante la comida y la tarde, que estuvimos ayudándole en la tienda, mi tío no dijo ni una palabra del tema. Estaba, incluso, bromista y se le veía contento porque había hecho una venta importante. Casi creí que se había olvidado del castigo, hasta el momento en que, a las seis y media, despidió al último cliente, cerró la puerta de la tienda, y se volvió hacia Raúl y a mí.

- Y ahora, queridos míos – dijo, con una gran sonrisa – lo prometido es deuda. Vamos a ir los tres al despacho y os voy a dar una buena azotaina para que recordéis ser más cuidadosos y obedientes en el futuro.

Sonreía como si fuese simplemente un juego, o como si nos dijera que nos iba a llevar al cine pero un brillo en sus ojos me dio la certeza de que íbamos a recibir una buena tunda. Nos cogió a los dos por la nuca y nos guió hacia nuestro doloroso destino. Ninguno de los dos rechistó ni suplicó para evitar el castigo. Sudando y notando su mano fresca en mi nuca, andamos en silencio hasta el despacho donde unos días antes yo había asistido oculto al castigo de Raúl, y donde ahora era yo el que me disponía a recibir una azotaina. Mi tío nos hizo entrar y cerró la puerta a nuestras espaldas. Entonces, puso en el centro de la salita una silla sin brazos, y tras sentarse en ella, me hizo seña de que me acercara. Yo me acerqué a él, quedándome de pie a su derecha. Con una nueva seña me indicó mi cinturón.

- Bájate los pantalones, Fran. Quiero que te acuerdes de esta azotaina muchos días para que te quites la costumbre que has cogido de romper todo lo que tocas. Y para que recuerdes que, si sigues haciéndolo, te sacudiré el trasero tantas veces como haga falta.

Me quedé paralizado. Malo era que me castigaran con una azotaina a los diecinueve años. Peor que lo hicieran delante de otro. Pero que encima la fuera a recibir en el culo desnudo me pareció la peor de las catástrofes. Le miré, atónito.

- Por favor, tío – le dije – No en el culo desnudo. Ya soy muy mayor.

- Si lo fueras – replicó con un tono autoritario que me recordó que era un “corrector” de los mejores – no andarías rompiendo cosas. Bájate los pantalones, o será peor.

- Por favor, tío – volví a suplicar. Entonces me cogió, me puso bocabajo en sus rodillas y me pegó varios azotes con la mano sobre los fondillos del pantalón, golpes fuertes y secos. Tras darme doce o quince azotazos, me puso de nuevo en pie. Yo notaba los ojos llenos de lágrimas, pero él, con cara impávida, empezó tranquilamente a desabrocharme los pantalones, mientras yo le gimoteaba pidiéndole que no lo hiciera. No me hizo caso, y en un momento me había desatacado la ropa y, con cuidado, me bajaba los pantalones hasta las rodillas. Me volvió a tumbar bocabajo en la misma posición que había ocupado antes y empujó el faldón de mi camisa hacia lo alto de mi espalda, dejándome así un momento. Noté su mano acariciarme un momento las nalgas, aún cubiertas por los calzoncillos blancos que yo usaba.

- No deberías ser tan desobediente, porque ahora será peor – dijo.

Yo lloraba como un niño, más por la vergüenza que por el dolor. – Por favor, tío –No dejaba de decir. No me hizo caso sino que de nuevo levantó la mano y la descargó con fuerza sobre la tela de los calzoncillos. En esta ocasión fueron unos treinta o cuarenta golpes los que cayeron sobre mis nalgas, y yo sentía mi trasero enrojecer bajo la escasa protección de mi ropa interior. Por fin se detuvo de nuevo. Entonces sentí cómo metía sus dedos bajo el elástico del calzoncillo, y con lentitud, los bajaba hasta el comienzo de mis muslos, dejándome por fin las nalgas al aire. Yo seguía llorando y pidiendo que me perdonara, pero él, luego de acariciarme de nuevo un momento el trasero desnudo, volvió a darme con fuerza de azotes. No pude contarlos, porque fue una auténtica lluvia de golpes lo que cayó sobre mi culo indefenso, pero por fin le noté detenerse un momento. El trasero me ardía ahora, y para entonces, ya me daba igual que Raúl o cualquiera me viera recibiendo una azotaina. Lo que yo quería era que parara de castigarme porque el ardor se volvía insoportable. Me dio aun varios cachetes más, y por fin noté su mano caliente apoyarse sobre mis muslos. Respiró un momento, y se quitó el sudor de la frente.

- Si me hubieras obedecido – Dijo – Ya habríamos acabado. Pero por no hacerlo, aún vamos a seguir un rato. Ahora, levántate y vete a esa esquina. Luego seguiré contigo.

- No, por favor – Supliqué, pero una nueva tanda de azotes me hizo callar. Me levanté de su regazo sintiendo mi culo arder y me fui a subir los pantalones.

– No lo hagas – dijo – Así aprenderás lo que es bueno. Vete a esa esquina.

Trastabillando, obedecí, apretándome las nalgas con las dos manos para aminorar el ardor que sentía. Me puse en la esquina, de cara a la pared, y oí cómo Raúl sufría el mismo castigo que yo había sufrido. A través de un espejo que había en la pared, al lado de mi cabeza, vi todo el proceso: cómo mi tío le desabrochaba los pantalones y los bajaba junto a los calzoncillos hasta sus tobillos, cómo le ponía bocabajo en sus rodillas, y cómo le azotaba enérgicamente las nalgas con la mano. A pesar del dolor de mi pobre trasero sentí cómo se hinchaba mi pene, y a duras penas logré disimularlo cuando mi tío mandó a Raúl a ocupar mi posición en la esquina y me volvió a poner en su regazo, volviendo a azotar mis nalgas con fruición. Por fin me dejó levantarme y me tuve que poner junto a Raúl, los dos de cara a la pared y con los pantalones caídos en el suelo. Una nueva tanda para Raúl marcó el fin del castigo, y los dos nos encontramos de nuevo de frente a la pared y con el culo al aire.

- Pobrecitos – dijo mi tío acercándose y acariciándonos a los dos a la vez las nalgas enrojecidas – No habéis sido tan malos, ¿verdad?. Espero que aprendáis la lección y no tenga que volver a castigaros, aunque, francamente, lo dudo. Vamos – concluyó, dándonos una palmada en la nalga - Subios los pantalones e ir a vuestro cuarto hasta la hora de cenar.

Subimos los dos sin dirigirnos la mirada. Yo estaba tremendamente excitado y me fui derecho al cuarto de baño, donde me miré el trasero en el espejo. Estaba rojo y caliente. Me acaricié las nalgas doloridas y de pronto noté como mi pene volvía a levantarse indomable, de modo que empecé a tocarme. De pronto, se abrió la puerta del cuarto y Raúl estaba allí, mirándome. Estaba desnudo salvo por el suéter y los calcetines, y su pene mostraba una hinchazón similar al mío. Sin una palabra, entró, se acercó a mí y empezó a masturbarme con una mano, mientras con la otra me acariciaba el culo enrojecido. Yo hice lo mismo con él, sintiendo el calor de su cuerpo apretado contra el mío y el ardor de su culo bajo mis caricias, hasta que los dos eyaculamos casi a la vez. Aquella noche nos acostamos los dos juntos y nos dormimos fusionados en un fuerte abrazo, tras un largo juego de caricias y cachetes.

Pasó así una semana, y el sábado siguiente mi tío se tuvo que ausentar, dejándonos solos a los dos por todo el día. Al marcharse, medio en broma medio en serio, me dijo que me dejaba a cargo de la casa y de que todo estuviera en orden. Con tono humorístico, cuando ya salía por la puerta, me señaló a Raúl y dijo: “Si se porta mal, ya sabes lo que tienes que hacer. Y tú, Raúl, si Fran no se porta bien, me lo dices que ya sabes lo que le espera".

Aquella aparente autorización de mi tío de castigar a Raúl me hizo de pronto desear el tenerle sobre mis rodillas, con su trasero en pompa y azotar los dos globitos de carne de sus nalgas con mi mano. Llevaba toda la semana acariciándolo y conocía de memoria la tersura y elasticidad de su trasero. Ahora me apetecía calentarle cómo mi tío había hecho ya dos veces delante de mí.

Fuimos a los oficios del sábado por la mañana, como siempre, y nos sentamos los dos juntos. El clérigo estuvo explicando los Salmos y estuvo citando todos aquellos en que se aconseja el castigo corporal para los hijos, lo que hizo que aumentara mi deseo de dar una zurra a mi amigo. Pude, no obstante, reprimirme por vergüenza durante la comida y la siesta y procuré quitarme la idea de la cabeza, pero, por la tarde, con las tareas ya acabadas, se tumbó bocabajo en el sofá mirando la televisión, e incluso se colocó un cojín bajo la pelvis, dejando así su culo un poco en pompa a mi vista.

Me estuve recreando en la contemplación de su redondeado trasero, que se marcaba bajo el ajustado pantaloncito que llevaba habitualmente, hasta el punto de que se veía perfectamente la línea del elástico del calzoncillo rodeando sus muslos. De pronto, él se volvió y me miró a los ojos. Yo me ruboricé al ver cómo sonreía. Sin una palabra, se levantó y se desabrochó los pantalones lentamente, acercándose a mí. Al llegar a mi lado los bajó hasta sus rodillas, quedándose sólo con el calzoncillo, y, siempre sonriendo, se echó en mi regazo. Yo estaba paralizado, y él, desde su forzada postura, volvió la mirada hacia mí.

- Vamos – dijo – Los dos lo estamos deseando.

Con cuidado, acerqué mi mano a sus nalgas y levanté la camiseta hacia arriba, dejando al descubierto un trozo de su espalda morena y cálida. Sólo el rayado slip se interponía ahora a mi vista, enmarcando, subrayando, destacando su hermoso culo. Puse mi mano sobre él, notando el calor y el temblor de sus nalgas, y mantuve allí mi mano un rato. Por fin, empecé a pegarle azotes, al principio suave y cada vez más fuerte, excitándome al oír sus gemidos. Cada vez más exaltado, seguí castigándole un rato hasta que paré un momento y le bajé muy lentamente el calzoncillo, disfrutando de la visión de sus nalgas saliendo a la luz. Luego seguí pegándole como un loco, ahora en una, ahora en otra nalga, ahora en ambas a la vez. Él gemía y se debatía bajo los azotes, y su cuerpo ardiente calentaba también mi carne.

De vez en cuando le pegaba también en la delicada parte de atrás de los muslos, y él lloraba y me pedía que me parase, que ahí le dolía mucho. Entonces seguía calentándole las nalgas con mi mano, disfrutando del tacto y de la sensación de los azotes. Le estuve pegando casi una hora, hasta que el placer y el cansancio nos hicieron parar. Entonces le hice volverse boca arriba en la misma posición, dejando su culo entre mis piernas, y le masturbé. Eyaculó casi de inmediato, cerrando los ojos y gimiendo de placer mientras yo le acariciaba a la vez las nalgas y el pene. Fue un orgasmo intenso, al que acompañó el mío, ya que él, metiendo su mano en mi bragueta, me hizo eyacular en mis calzoncillos.

Después de aquella primera vez hubo otras muchas; a menudo, por las noches, nos acostábamos juntos y nos acariciábamos por todo el cuerpo, masturbándonos y besándonos con gran ternura. Con frecuencia, también nos castigábamos mutuamente con azotes en el culo desnudo. Aprovechábamos cuando mi tío estaba en la tienda o tenía que salir y nos dejaba estudiando en casa para idear y darnos azotes y caricias mutuas de todo tipo y condición. Yo disfrutaba poniendo a Raúl en mis rodillas, y zurrándole su culo redondeado y prieto hasta que se le ponía como un tomate maduro, todo rojo. Él también me castigaba a menudo, y se acostumbró a ponerme en un aparato que mi tío tenía para hacer gimnasia, donde me tenía que tumbar dejando el culo en pompa, o, a veces, me hacía ponerme bocabajo en la mesita de la sala, y allí, se recreaba azotándome el trasero con la mano o con la correa. Empezaba siempre pegándome sobre los fondillos de los pantalones, para pasar luego al calzoncillo y, por fin, me quitaba también éstos y me azotaba las desnudas posaderas.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

si tengo un tio asi , estaria sobre sus rodillas todoel dia

Anónimo dijo...

Hola
Me gusta tu blog y los azotes. Me gustaría, si es posible, mandarte algun video particular, para que lo subas en tu blog. Si contacto por aquí, es por no encontrar tu dirección de correo
Gracias
airmax2002zr@hotmail.com

Chiquitin dijo...

Pues te lo agradezco, escríbeme si quieres a spainkophile@yahoo.es. Saludos.