sábado, 27 de marzo de 2010

Colegio St Samuel

SpankingColombia, un buen amigo del blog, sigue colaborando y dando buenas ideas. Lo último que me ha enviado son dos vídeos que me pega que tienen su origen en la web del colegio St Samuel. Es una página muy morbosa que está escrita como si fuera un colegio real en el que ayudan a enderezar por el buen camino a jóvenes un tanto descarriados y piden tu donativo para continuar su labor social. A cambio te ofrecen más información sobre su trabajo con los chicos: las actividades que hacen con ellos, las revisiones médicas que les hacen para asegurarse de que se encuentran sanos y fuertes y, lo más interesante para este blog, también los castigos que reciben los que se portan mal.

El primer vídeo muestra uno de estos castigos y el segundo una especie de "Cómo se hizo" en el que dos de los chicos hablan de la relación que mantienen en la vida real, que supongo que es tan verídica como lo que cuentan del colegio ... Tiene las limitaciones pero también el encanto de las páginas web que no son exclusivamente de spanking pero que tienden un puente entre la pornografía más convencional y el fetichismo. Espero que lo disfrutéis y muchas gracias a SpankingColombia.




sábado, 20 de marzo de 2010

Mi música favorita

Me encantaría saber algo más acerca de estas imágenes. Al parecer en la pantalla se está proyectando un vídeo de azotes y este señor y este chico están encargándose del doblaje de la película con la mayor verosimilitud posible. O tal vez se trate de una nueva forma de tocar la batería; en uno u otro caso me encantaría trabajar en este estudio.

Las imágenes las he obtenido de un blog que acabo de descubrir y añadir en favoritos, Male butt spank.





Siguiendo con el tema musical y con información que he sacado de ese mismo blog, aquí tenéis a un guapísimo músico sueco llamado Basshunter azotado por el presentador de un concurso de música de la televisión británica, Nevermind the Buzzcocks. El presentador es uno de los actores de la serie Little Britain, muy popular entre el público gay; la azotaina está por la mitad de este vídeo:

jueves, 11 de marzo de 2010

Mancspank

Tenemos que dar la bienvenida a una nueva página web inglesa donde producen sus videos; se trata de Mancspank, azotes al viejo estilo británico un poco en la línea de Sting Pictures pero algo más informal: más azotainas sobre las rodillas de papá, más regañina y menos internado y menos liturgia, lo cual me parece estupendo. Sí se echa en falta la calidad de Sting, pero es que ellos llevan años en el mercado mientras que Mancspank son novatos y lo que hacen está bastante bien para empezar. Lo que sí podrían es tener una mejor página web; este es el enlace. Os pongo la muestra de uno de sus últimos vídeos; el spanker es el mismo en todas sus películas, un señor de mediana edad que no está nada mal: me gusta mucho la forma en que "actúa", riñendo a los chicos y castigándoles no muy fuerte pero sí mucho rato y muy seguido.

sábado, 27 de febrero de 2010

Young ideas y Titus

Un amable usuario del grupo de Google de referencia para los amantes del spanking masculino, m/m spanking, ha atendido mis peticiones y ha subido un vídeo del que hacía años que andaba yo detrás: se trata de Young ideas, una comedia de Yules Dassin del año 1943 en la que un par de hermanos adolescentes hacen trastadas para arruinar el nuevo matrimonio de su madre. Finalmente el padrastro se harta y persigue al chico (el actor, un tal Elliott Reid, tenía 23 años en ese momento) para darle su merecido. Sólo se llegan a ver un par de azotes en pantalla pero la escena es realmente simpática.

Más moderno y para mí más morboso es este gag de la comedia televisiva Titus, en el que el papá del narrador castiga al modo tradicional a su hijo pequeño de 30 añitos; su hermano mayor cuenta: "todos los padres son un coñazo, salvo papá. Tiene un talento especial con los niños"; y vaya si lo tiene. Al parecer el chaval se está llevando una azotaina por dedicarse a la venta de marihuana y, para arreglar las cosas, dice que a partir de ahora no volverá a vender sino que se limitará a fumarla, lo cual le vale más azotes de papá, que es ni más ni menos que Stacy Keach, el tremendamente sexy detective Mike Hammer de la tele de los 80.

sábado, 20 de febrero de 2010

Los tebeos de Jim Scorpio

Un tal Jim Scorpio se dedicó hace años a compilar imágenes de vídeos de spanking y confeccionar con ellas tebeos; el texto, como no, está en inglés. Las películas de las que están extraídas estas fotonovelas son Bared beer budies, Bad report card y Doctor will spank you now de Control T Studios y Swat cops de Manshand films.








sábado, 13 de febrero de 2010

En casa del tío (relato)

Hoy os presento un nuevo relato del autor de las historias de Luis. También muy bien escrito, se centra más en los juegos entre los chicos castigados y es más subidillo de tono, con mucho contenido erótico. Como siempre, espero que lo disfruteis:

En casa del tío

Cuando cumplí los diecinueve años, mis padres tuvieron que ir al extranjero por una larga temporada, por lo que, para no dejarme solo, me mandaron a vivir a casa de mi tío, hermano menor de mi padre. El Tío Enrique era un hombre maduro, fornido, antiguo jugador profesional de rugby, que ahora regentaba una ferretería. Había sido también aprobado como “corrector” de jóvenes que por delitos menores habían perdido la mayoría de edad, y que, según la ley 137 del 98 evitaban la cárcel al ser reeducados en su domicilio. Yo ya había conocido a tres de sus pupilos – que le llamaban normalmente padre o papá – y aunque apenas conocía al que ahora vivía con él, Raúl, sabía que era un muchacho de 21 años que había sido cabecilla de una pandilla dedicada a pequeños hurtos y fechorías y que llevaba casi un año con él. Juntos acudíamos a clases por las mañanas conmigo, y por la tarde ayudábamos a mi tío en la tienda.

El primer mes pasó sin más novedad. Pero empezando el mes de noviembre, un día, al volver de casa de un amigo, vi que mi tío y Raúl estaban en el despacho. Raúl estaba sentado, cabizbajo y encogido en una silla. A través de la puerta entornada, oí como mi tío le decía que estaba harto de que hiciera el vago y no le obedeciera. Sin poder moverme, vi como le ordenaba bajarse los pantalones y tumbarse en la mesa del despacho con el culo en pompa. Así lo hizo Raúl poniéndose inclinado, los pies rectos, dejando su culo en pompa, y mi tío se quitó la correa y le dio unos cuarenta azotes en el culo con ella. Raúl no dejaba de agitarse y gemir, y la vista del castigo y su trasero enrojecido me produjo una intensa erección.

No le volví a ver hasta que me fui a acostar. Los dos dormíamos en el mismo cuarto, en unas literas. Él ocupaba la inferior, y estaba ya entre las sábanas, tumbado bocabajo, con la cabeza entre los brazos. Me desnudé rápidamente y me puse el pijama. Entonces me acerqué a él y le puse la mano en los hombros. El se volvió a mirarme. Tenía los ojos de haber llorado.

- ¿Te duele mucho? – Pregunté.

- Ahora, ya no tanto. Hacía mucho que no me castigaba tan duro. – Se irguió y me miró - ¿Quieres verlo?

- Sí... si me dejas.

- Claro – Me hizo un gesto de permiso, volviendo a apoyar la cabeza en los brazos.

Bajé la ropa de la cama hasta sus piernas, dejando su cuerpo al aire. Llevaba el pijama puesto, y notando cómo temblaba mi mano, le subí la camisola hacia arriba y cogiendo con la mano la cinturilla, le bajé los pantalones hasta medio muslo dejando su culo al aire. Tenía unas nalgas redondeadas y suaves, cubiertas de un vello muy fino, como dos melocotones tiernos y apetitosos. Yo sabía que mi tío le hacía afeitarse el vello de casi todo el cuerpo, pero estaba claro que no necesitaba afeitarse también el trasero. En la piel suave se veían aún con nitidez las marcas del cuero entrecruzándose sobre la piel desnuda. . Él seguía en la misma postura, tranquilo ante mi exploración. Alargué la mano y le acaricié el trasero con cuidado, recorriendo las curvas de sus nalgas y sintiendo la rugosidad de las marcas de la correa con las yemas de mis dedos.

- Lo siento – musité. Se volvió de nuevo a mí.

- Tranquilo – sonrió – Me lo he ganado yo solito y bien merecido que está por desobediente.. Cuando vine a vivir aquí me tenía que azotar dos veces por semana por la sentencia, más las que yo me gané por mi cuenta, y hubo semanas que no me podía sentar sin dar un bote. Ya verás cuando te llegue el turno a ti. Ven. Túmbate a mi lado, y sigue acariciándome. Me gusta.

Apagué la luz, y me acosté con él, sintiendo su cuerpo cálido contra el mío, y acariciando su trasero bajo el pantalón.

- Mi tío nunca me ha castigado – le dije. - ¿Tú crees que lo hará?.

- Estoy seguro – dijo, y noté su sonrisa al decirlo. – No creas que te vas a librar en cuanto te lo merezcas.

Yo seguía acariciando sus nalgas, y él no se movía, pero, de pronto, sentí mi cuerpo reaccionar y mi pene engrosarse al doble de su tamaño. Me dio vergüenza, de modo que musité algo, salí de su cama, subí a la mía y me acosté.

Al día siguiente procuré eludirle, y aunque notaba sus ojos castaños buscarme, yo procuraba no devolverle la mirada, ni darle ocasión de hablar del tema, pero estaba tan nervioso que en todo el día no hice más que equivocarme y romper cosas. Mi tío, al ver esto, me dijo que si es que yo quería una azotaina, que me bastaba con pedirla, que no era necesario que hiciera méritos para recibirla. Eso me calmó en cierta forma. Hacía mucho que no recibía una azotaina, y, recordando la seguridad de Raúl la noche antes, no tenía interés de volver a recibir azotes a mi edad. Logré pasar el resto del día sin hacer mayor estropicio, y cuando nos fuimos a la cama, me puse el pijama rápidamente y me metí en ella.

Raúl llegó después y yo me hice el dormido, de modo que él se desnudó y se puso el pijama, sin decir nada. Con los ojos entornados, vi cuando se estaba cambiando el pantalón que su trasero aún tenía las marcas de la azotaina, aunque ya muy tenues. Deseé acariciarle de nuevo, pero me di media vuelta. Entonces se acercó a mí, y noté su cuerpo junto a mi cama.
- ¿Porqué estás enfadado conmigo?- preguntó de pronto, en un susurro. Yo no respondí, apretando aún más los ojos. Él suspiró y se tumbó en su cama -¿Qué te he hecho yo?- preguntó. No le respondí, aunque deseaba acariciarle de nuevo como la noche antes, y sentir su cuerpo cálido y acogedor entre mis brazos.

Pasaron tres o cuatro días sin más. Habíamos vuelto a la rutina, aunque yo aún me mostraba vergonzoso y procuraba eludir lo posible la intimidad con Raúl. Pero la mañana del viernes, estábamos desayunando cuando se me cayó una taza y se rompió. Era la cuarta taza que rompía en esos días, de modo que mi tío me miró irritado. Luego se volvió al reloj de la cocina y miró la hora. Entonces, con un suspiro se volvió a mí:

- Bien - dijo - ya es bastante. Te lo avisé, Fran. Ahora no hay tiempo, pero esta tarde te voy a dar una azotaina para que aprendas a no romper más cosas. Y, Raúl, ¿No te mande anteayer limpiar la estantería grande?

- Sí, señor –musitó el aludido – pero estuve muy ocupado... lo haré hoy sin falta.

- Eso dijiste ayer también, de modo que, como no parece que con la del otro día te bastara, tú también tendrás otra ración de azotes esta tarde. – Raúl y yo nos miramos, desolados. Mi tío siguió hablando - De modo que os quiero a los dos aquí sin falta esta tarde, cuando cerremos la tienda.

Todo el día tuve en la cabeza la idea de que mi tío me iba a dar unos azotes como si yo fuera un niño. Pensé en mil posibilidades para evitarlo, y estuve durante toda la mañana muy nervioso, removiéndome en los duros asientos de madera de los pupitres como si ya sintiera el culo dolorido y caliente por el castigo. Cuando me encontraba con Raúl en una clase o por el pasillo, los dos desviábamos la mirada como para evitar que los compañeros descubrieran nuestro secreto: que éramos dos muchachos hechos y derechos que iban a recibir una azotaina en el culo como si fueran dos niños pequeños.

Al volver a casa y durante la comida y la tarde, que estuvimos ayudándole en la tienda, mi tío no dijo ni una palabra del tema. Estaba, incluso, bromista y se le veía contento porque había hecho una venta importante. Casi creí que se había olvidado del castigo, hasta el momento en que, a las seis y media, despidió al último cliente, cerró la puerta de la tienda, y se volvió hacia Raúl y a mí.

- Y ahora, queridos míos – dijo, con una gran sonrisa – lo prometido es deuda. Vamos a ir los tres al despacho y os voy a dar una buena azotaina para que recordéis ser más cuidadosos y obedientes en el futuro.

Sonreía como si fuese simplemente un juego, o como si nos dijera que nos iba a llevar al cine pero un brillo en sus ojos me dio la certeza de que íbamos a recibir una buena tunda. Nos cogió a los dos por la nuca y nos guió hacia nuestro doloroso destino. Ninguno de los dos rechistó ni suplicó para evitar el castigo. Sudando y notando su mano fresca en mi nuca, andamos en silencio hasta el despacho donde unos días antes yo había asistido oculto al castigo de Raúl, y donde ahora era yo el que me disponía a recibir una azotaina. Mi tío nos hizo entrar y cerró la puerta a nuestras espaldas. Entonces, puso en el centro de la salita una silla sin brazos, y tras sentarse en ella, me hizo seña de que me acercara. Yo me acerqué a él, quedándome de pie a su derecha. Con una nueva seña me indicó mi cinturón.

- Bájate los pantalones, Fran. Quiero que te acuerdes de esta azotaina muchos días para que te quites la costumbre que has cogido de romper todo lo que tocas. Y para que recuerdes que, si sigues haciéndolo, te sacudiré el trasero tantas veces como haga falta.

Me quedé paralizado. Malo era que me castigaran con una azotaina a los diecinueve años. Peor que lo hicieran delante de otro. Pero que encima la fuera a recibir en el culo desnudo me pareció la peor de las catástrofes. Le miré, atónito.

- Por favor, tío – le dije – No en el culo desnudo. Ya soy muy mayor.

- Si lo fueras – replicó con un tono autoritario que me recordó que era un “corrector” de los mejores – no andarías rompiendo cosas. Bájate los pantalones, o será peor.

- Por favor, tío – volví a suplicar. Entonces me cogió, me puso bocabajo en sus rodillas y me pegó varios azotes con la mano sobre los fondillos del pantalón, golpes fuertes y secos. Tras darme doce o quince azotazos, me puso de nuevo en pie. Yo notaba los ojos llenos de lágrimas, pero él, con cara impávida, empezó tranquilamente a desabrocharme los pantalones, mientras yo le gimoteaba pidiéndole que no lo hiciera. No me hizo caso, y en un momento me había desatacado la ropa y, con cuidado, me bajaba los pantalones hasta las rodillas. Me volvió a tumbar bocabajo en la misma posición que había ocupado antes y empujó el faldón de mi camisa hacia lo alto de mi espalda, dejándome así un momento. Noté su mano acariciarme un momento las nalgas, aún cubiertas por los calzoncillos blancos que yo usaba.

- No deberías ser tan desobediente, porque ahora será peor – dijo.

Yo lloraba como un niño, más por la vergüenza que por el dolor. – Por favor, tío –No dejaba de decir. No me hizo caso sino que de nuevo levantó la mano y la descargó con fuerza sobre la tela de los calzoncillos. En esta ocasión fueron unos treinta o cuarenta golpes los que cayeron sobre mis nalgas, y yo sentía mi trasero enrojecer bajo la escasa protección de mi ropa interior. Por fin se detuvo de nuevo. Entonces sentí cómo metía sus dedos bajo el elástico del calzoncillo, y con lentitud, los bajaba hasta el comienzo de mis muslos, dejándome por fin las nalgas al aire. Yo seguía llorando y pidiendo que me perdonara, pero él, luego de acariciarme de nuevo un momento el trasero desnudo, volvió a darme con fuerza de azotes. No pude contarlos, porque fue una auténtica lluvia de golpes lo que cayó sobre mi culo indefenso, pero por fin le noté detenerse un momento. El trasero me ardía ahora, y para entonces, ya me daba igual que Raúl o cualquiera me viera recibiendo una azotaina. Lo que yo quería era que parara de castigarme porque el ardor se volvía insoportable. Me dio aun varios cachetes más, y por fin noté su mano caliente apoyarse sobre mis muslos. Respiró un momento, y se quitó el sudor de la frente.

- Si me hubieras obedecido – Dijo – Ya habríamos acabado. Pero por no hacerlo, aún vamos a seguir un rato. Ahora, levántate y vete a esa esquina. Luego seguiré contigo.

- No, por favor – Supliqué, pero una nueva tanda de azotes me hizo callar. Me levanté de su regazo sintiendo mi culo arder y me fui a subir los pantalones.

– No lo hagas – dijo – Así aprenderás lo que es bueno. Vete a esa esquina.

Trastabillando, obedecí, apretándome las nalgas con las dos manos para aminorar el ardor que sentía. Me puse en la esquina, de cara a la pared, y oí cómo Raúl sufría el mismo castigo que yo había sufrido. A través de un espejo que había en la pared, al lado de mi cabeza, vi todo el proceso: cómo mi tío le desabrochaba los pantalones y los bajaba junto a los calzoncillos hasta sus tobillos, cómo le ponía bocabajo en sus rodillas, y cómo le azotaba enérgicamente las nalgas con la mano. A pesar del dolor de mi pobre trasero sentí cómo se hinchaba mi pene, y a duras penas logré disimularlo cuando mi tío mandó a Raúl a ocupar mi posición en la esquina y me volvió a poner en su regazo, volviendo a azotar mis nalgas con fruición. Por fin me dejó levantarme y me tuve que poner junto a Raúl, los dos de cara a la pared y con los pantalones caídos en el suelo. Una nueva tanda para Raúl marcó el fin del castigo, y los dos nos encontramos de nuevo de frente a la pared y con el culo al aire.

- Pobrecitos – dijo mi tío acercándose y acariciándonos a los dos a la vez las nalgas enrojecidas – No habéis sido tan malos, ¿verdad?. Espero que aprendáis la lección y no tenga que volver a castigaros, aunque, francamente, lo dudo. Vamos – concluyó, dándonos una palmada en la nalga - Subios los pantalones e ir a vuestro cuarto hasta la hora de cenar.

Subimos los dos sin dirigirnos la mirada. Yo estaba tremendamente excitado y me fui derecho al cuarto de baño, donde me miré el trasero en el espejo. Estaba rojo y caliente. Me acaricié las nalgas doloridas y de pronto noté como mi pene volvía a levantarse indomable, de modo que empecé a tocarme. De pronto, se abrió la puerta del cuarto y Raúl estaba allí, mirándome. Estaba desnudo salvo por el suéter y los calcetines, y su pene mostraba una hinchazón similar al mío. Sin una palabra, entró, se acercó a mí y empezó a masturbarme con una mano, mientras con la otra me acariciaba el culo enrojecido. Yo hice lo mismo con él, sintiendo el calor de su cuerpo apretado contra el mío y el ardor de su culo bajo mis caricias, hasta que los dos eyaculamos casi a la vez. Aquella noche nos acostamos los dos juntos y nos dormimos fusionados en un fuerte abrazo, tras un largo juego de caricias y cachetes.

Pasó así una semana, y el sábado siguiente mi tío se tuvo que ausentar, dejándonos solos a los dos por todo el día. Al marcharse, medio en broma medio en serio, me dijo que me dejaba a cargo de la casa y de que todo estuviera en orden. Con tono humorístico, cuando ya salía por la puerta, me señaló a Raúl y dijo: “Si se porta mal, ya sabes lo que tienes que hacer. Y tú, Raúl, si Fran no se porta bien, me lo dices que ya sabes lo que le espera".

Aquella aparente autorización de mi tío de castigar a Raúl me hizo de pronto desear el tenerle sobre mis rodillas, con su trasero en pompa y azotar los dos globitos de carne de sus nalgas con mi mano. Llevaba toda la semana acariciándolo y conocía de memoria la tersura y elasticidad de su trasero. Ahora me apetecía calentarle cómo mi tío había hecho ya dos veces delante de mí.

Fuimos a los oficios del sábado por la mañana, como siempre, y nos sentamos los dos juntos. El clérigo estuvo explicando los Salmos y estuvo citando todos aquellos en que se aconseja el castigo corporal para los hijos, lo que hizo que aumentara mi deseo de dar una zurra a mi amigo. Pude, no obstante, reprimirme por vergüenza durante la comida y la siesta y procuré quitarme la idea de la cabeza, pero, por la tarde, con las tareas ya acabadas, se tumbó bocabajo en el sofá mirando la televisión, e incluso se colocó un cojín bajo la pelvis, dejando así su culo un poco en pompa a mi vista.

Me estuve recreando en la contemplación de su redondeado trasero, que se marcaba bajo el ajustado pantaloncito que llevaba habitualmente, hasta el punto de que se veía perfectamente la línea del elástico del calzoncillo rodeando sus muslos. De pronto, él se volvió y me miró a los ojos. Yo me ruboricé al ver cómo sonreía. Sin una palabra, se levantó y se desabrochó los pantalones lentamente, acercándose a mí. Al llegar a mi lado los bajó hasta sus rodillas, quedándose sólo con el calzoncillo, y, siempre sonriendo, se echó en mi regazo. Yo estaba paralizado, y él, desde su forzada postura, volvió la mirada hacia mí.

- Vamos – dijo – Los dos lo estamos deseando.

Con cuidado, acerqué mi mano a sus nalgas y levanté la camiseta hacia arriba, dejando al descubierto un trozo de su espalda morena y cálida. Sólo el rayado slip se interponía ahora a mi vista, enmarcando, subrayando, destacando su hermoso culo. Puse mi mano sobre él, notando el calor y el temblor de sus nalgas, y mantuve allí mi mano un rato. Por fin, empecé a pegarle azotes, al principio suave y cada vez más fuerte, excitándome al oír sus gemidos. Cada vez más exaltado, seguí castigándole un rato hasta que paré un momento y le bajé muy lentamente el calzoncillo, disfrutando de la visión de sus nalgas saliendo a la luz. Luego seguí pegándole como un loco, ahora en una, ahora en otra nalga, ahora en ambas a la vez. Él gemía y se debatía bajo los azotes, y su cuerpo ardiente calentaba también mi carne.

De vez en cuando le pegaba también en la delicada parte de atrás de los muslos, y él lloraba y me pedía que me parase, que ahí le dolía mucho. Entonces seguía calentándole las nalgas con mi mano, disfrutando del tacto y de la sensación de los azotes. Le estuve pegando casi una hora, hasta que el placer y el cansancio nos hicieron parar. Entonces le hice volverse boca arriba en la misma posición, dejando su culo entre mis piernas, y le masturbé. Eyaculó casi de inmediato, cerrando los ojos y gimiendo de placer mientras yo le acariciaba a la vez las nalgas y el pene. Fue un orgasmo intenso, al que acompañó el mío, ya que él, metiendo su mano en mi bragueta, me hizo eyacular en mis calzoncillos.

Después de aquella primera vez hubo otras muchas; a menudo, por las noches, nos acostábamos juntos y nos acariciábamos por todo el cuerpo, masturbándonos y besándonos con gran ternura. Con frecuencia, también nos castigábamos mutuamente con azotes en el culo desnudo. Aprovechábamos cuando mi tío estaba en la tienda o tenía que salir y nos dejaba estudiando en casa para idear y darnos azotes y caricias mutuas de todo tipo y condición. Yo disfrutaba poniendo a Raúl en mis rodillas, y zurrándole su culo redondeado y prieto hasta que se le ponía como un tomate maduro, todo rojo. Él también me castigaba a menudo, y se acostumbró a ponerme en un aparato que mi tío tenía para hacer gimnasia, donde me tenía que tumbar dejando el culo en pompa, o, a veces, me hacía ponerme bocabajo en la mesita de la sala, y allí, se recreaba azotándome el trasero con la mano o con la correa. Empezaba siempre pegándome sobre los fondillos de los pantalones, para pasar luego al calzoncillo y, por fin, me quitaba también éstos y me azotaba las desnudas posaderas.

sábado, 6 de febrero de 2010

Palmadas en películas

No sé hasta que punto se trata de spanking o de un fetichismo un tanto diferente, pero me pone mucho que un tío le dé a otro una palmada en el culo, ya sea cariñosa o de broma.

Una escena de cine convencional que me gustó muchísimo de chaval era la palmada que le propinaba Kevin Costner a Tim Robbins en la película sobre jugadores de beisbol Los búfalos de Durham, de finales de los años 80. Los dos me parecen muy atractivos y además el azote tiene una cierta connotación de castigo por parte del entrenador porque el atleta se está probando ropa interior de su novia; Tim Robbins salía además atado a la cama por Susan Sarandon (se conocieron en esta película) en otra escena y abundaban las escenas de duchas y camaradería masculina, por lo que en su época me pareció una peli muy morbosa. Esta es mi secuencia favorita:





Algo más friki todavía: otra palmada de complicidad viril entre dos de mis mayores ídolos eróticos, Alec Baldwin y Bill Pullman. Baldwin está ahora muy gordo y de Pullman no sé que ha sido de su vida, pero quien tuvo retuvo y creo que todavía les haría un favor a cualquiera de los dos. La película es Malicia, de los primeros años 90. La verdad es que la mano de Baldwin apenas llega a rozar las nalgas de Pullman, pero los dos son tan machotes y yo era tan inocente en la época que la escena no me pasó desapercibida. En fin, para la próxima entrada intentaré poner algo menos friki; si a alguien le interesa verla, la escena está en torno a los 5'55'' de este vídeo de YouTube. La peli es muy curiosa, por cierto.


domingo, 31 de enero de 2010

Videos de Gaytube

El archifamoso YouTube no es el mejor lugar para buscar vídeos de spanking; casi siempre lo que se encuentra son adolescentes borrachos que se dan azotes en el culo; a veces tiene gracia y alguno tiene su puntillo excitante, pero enseguida se cansa uno de ver siempre lo mismo.

Pero existen portales especializados en porno, como XTube o GayTube, de temática gay como indica su nombre. No hay demasiado material spanko, pero os enseño algunos de los vídeos que aparecen, que no están nada mal, sobre todo teniendo en cuenta que se trata de vídeos caseros cedidos de forma altruista; me extrañaría que los autores que han decidido compartirlos estén recibiendo ninguna compensación económica. Rastreando los nombres de los usuarios que han subido los vídeos podéis encontrar más.





jueves, 21 de enero de 2010

Ray Liotta se enfada

Siempre ando a la busca y captura de nuevas escenas de azotes en el cine convencional (no porno); la última nos llega de una película americana de 2009 todavía no estrenada aquí llamada Youth in revolt, algo así como revuelta juvenil. Trata sobre un adolescente que se enamora, quiere impresionar a la chica y lleva la cosa un poco demasiado lejos. Una de sus diabluras acaba con la paciencia de su madre y de su padrastro, que decide sacar el cinturón y poner orden en casa. El padrastro es Ray Liotta, un actor que me resulta tremendamente sexy, así que estaría encantado de ponerme en el lugar del chaval.

El actor Michael Cera, de 21 años, ha hablado en una entrevista de la experiencia de ser azotado por Ray Liotta. Al parecer los golpes del cinto fueron reales y hasta llegaron a dejar una marca en el muslo del jovenzuelo, detalle que no sé hasta que punto será verídico. Para los que sepan inglés, ésta es la entrevista. Me encantaría conocer la otra parte de la historia, qué sintió Liotta al calentarle el culito a su compañero de reparto.

sábado, 16 de enero de 2010

Historias de Luis - capítulo IV

Siento haber estado tanto tiempo ausente; se me han juntado compromisos laborales con vacaciones de navidad y otros compromisos. Por otra parte si desaparezco una temporada podéis aprovechar para descubrir o repasar entradas antiguas (alguna excusa tengo que poner). Muchas gracias a los que habéis seguido visitando el blog y a los que habéis escrito pidiendo nuevas entradas.

Lo primero es lo primero; el amable autor de las historias de Luis me ha enviado los nuevos capítulos. Vamos a ir poco a poco, por ahora os publico el cuarto, tan bien escrito como los anteriores, lleno de chicos guapos, travesuras y papás estrictos. Que lo disfrutéis, y espero no tardar tanto en volver a actualizar el blog la próxima vez:


HISTORIAS DE LUIS - CAPÍTULO IV

- Mira. Ahí llega Enrique con Jorge y Raúl – dijo José Luís saludando a un hombre que acababa de entrar en el restaurante seguido de dos jóvenes de entre veinte a veintidós años. Los dos llevaban el pelo muy corto y vestían igual: chaqueta azul marino, polo blanco y pantaloncito corto azul, y calzaban botines y calcetines grises.

Luís se fijó en el más joven y vio con sorpresa que era un antiguo conocido suyo, el cabecilla de una banda en la que entró con 18 años. Raúl también le reconoció y los dos, azorados, se saludaron con un movimiento de cabeza que no pasó desapercibido a Juan, pero que omitió por el momento.

- Y como estáis – preguntó el recién llegado mientras los chicos, detrás de él, sonreían con educación. – vengo un poco tarde por que tuve que recordar una cosa a Raúl y eso siempre lleva tiempo. – El menor de los dos chicos se ruborizó intensamente y Luís se fijó que los dos tenían las piernas depiladas, lo que hacía que resaltaran sus muslos bien torneados y en los de Raúl había unas marcas rojas que indicaban que en el recordatorio había intervenido activamente una correa.

- Sí, ya veo que has hecho un buen trabajo de incentivar la memoria – dijo José Luís pasando los dedos suavemente por las marcas del muchacho, que estaba justo a su lado. – Raúl sigue olvidando de vez en cuando las cosas, pero ha mejorado mucho desde que está contigo. Con algo más de tiempo será tan bueno como es ya Jorge.

- Sí, - respondió Enrique – Jorge ya está a punto para pasar de nuevo por el tribunal. Tiene todas las buenas referencias necesarias y no dudo que en un mes como mucho será libre para organizar su vida como crea conveniente.

- Y se puede saber que intenciones tiene nuestro joven caballero – preguntó Juan mirando al muchacho. Este miró a Enrique esperando su permiso, y sólo cuando este movió la cabeza autorizándole respondió a la pregunta:

- Con su permiso, pensaba buscar trabajo y establecerme en el pueblo. Debo demasiado a tío Enrique como para querer separarme de él. Precisamente, don Juan, él le puede confirmar que ya le he pedido que hablara con usted. Había pensado solicitarle trabajo en sus oficinas si fuera posible, aunque sea de chico de los recados.

- Bueno – dijo Juan – esto sí es una sorpresa. Me alegra que seas un chico agradecido. Pasaros el martes por la oficina, a eso de las diez, y hablaremos del tema. Siempre y cuando, claro, el tribunal te lo consienta.

- No tengo duda que lo hará – respondió esta vez Enrique – Jorge es, de los pupilos que he tenido, uno de los más deseosos de aprender y te aseguro que aparte de los castigos propios del tribunal, pocas veces he tenido que castigarle. Casi siento que no me he ganado el sueldo con él.

- Bueno es saberlo – dijo Juan – y no te preocupes porque algunos parece que son glotones del castigo y su trasero no recibe nunca bastantes azotes para enderezarlos, de modo que lo que no tienes que hacer con uno lo duplicas con otro. – Al decir esto, volvió su mirada a Raúl que volvió a ruborizarse intensamente.

Luís escuchaba interesado. Ahora entendía que los dos chicos eran de los que se conocían como dos 137, -por la ley 137 de tutelaje - pequeños delincuentes que por decisión judicial perdían la mayoría de edad y pasaban a depender de un tutor voluntario – que llamaban el “corrector” - que hacía las veces de figura paterna y era llamado señor, padre o tío. De hecho, el joven perdía la mayoría de edad legal y se convertía en un dependiente a todos los efectos. De ese modo evitaban la cárcel, donde la experiencia había demostrado que simplemente se perdían para siempre – aparte del gasto que suponía su internamiento -, y podían ser recuperados para la sociedad. El tribunal sentenciaba además unos castigos que debían ser aplicados en el nuevo domicilio, y, aparte de ellos, el tutor tenía plena potestad de aplicar los castigos que creyera necesario, con la limitación de que debía comportarse como lo que su epíteto de padre indicaba y debía dar al muchacho educación, disciplina y cariño a partes iguales. Para evitar excesos de cualquier tipo, el tribunal tenía medios de seguimiento de la sentencia y los inspectores regularmente visitaban los domicilios de los tutores para confirmar que no hubiera excesos en uno u otro sentido.

Como Luís supo después, Enrique tenía buena fama como corrector ya que había recuperado ya a cinco chicos, y Jorge sería el sexto de la serie, lo que implicaba un cien por cien de éxito hasta el momento. Raúl, a pesar de llevar poco tiempo con él, ya había avanzado también mucho por el buen camino.

Tras la despedida, Juan se volvió a Luís.- Veo que conoces a ese chico, Raúl. - le dijo – ya ves. Por el camino que llevabas ese hubiera sido tu posible futuro. Acabar separado de tu familia y en manos de un corrector. Y aunque sé que Enrique es severo, conozco a alguno que le gana por mucho.

Luís bajó la cabeza, asintiendo. Se imaginó a sí mismo con el traje que un 137 estaba obligados a llevar como uniforme y en manos de un extraño, y de nuevo agradeció a su padrino el haberle salvado.

- Que tonto eres – musitó Juan acariciándole el pelo. – Vamos, acaba de comer.

Durante el resto de la comida, Luís no perdió de vista la mesa donde comían Enrique y sus dos pupilos, y sobre todo en Raúl, que también de vez en cuando le devolvía la mirada. Los dos recordaban sin duda otros tiempos, cuando con dieciocho años los dos, Luís entró en la banda dirigida por Raúl. Eran una pandilla de críos dedicados a pequeños hurtos y gamberradas, pero se consideraban todos muy hombres y creían que el mundo era suyo. Un día, un par de meses después de estar con la banda, a Raúl se le ocurrió la idea genial de que Luís entrara a trabajar en un establecimiento que combinaba cafetería y tienda donde pedían un ayudante para desde allí poder robar impunemente y tener un acceso fácil a alcohol y dinero.

Luís no estaba muy convencido, pero la presión de la banda al final le hizo aceptar la idea y se presentó al lugar que Raúl le indicaba. El encargado, un hombre de mediana edad, pelo blanco y mirada tranquila, le hizo una pequeña entrevista y al final le aceptó para servir de ayudante a los camareros. Debía llevar pantalón gris cuadriculado y blusón blanco, con un gran delantal blanco que indicaba su condición de simple ayudante, muy lejano aún de los pantalones ceñidos y la chaquetilla corta que identificaban a los camareros del establecimiento.

El establecimiento era bastante grande, y no había menos de cinco camareros y dos ayudantes por turnos. Luís empezó con los de la barra y a base de errores, pronto aprendió a quitarse de en medio cuando los camareros tenían necesidad de espacio, y a la vez de surtirles lo que necesitaban y retirar rápidamente los cacharros sucios sin estorbar su trabajo.

A la semana de estar en el trabajo se había llevado ya media docena de botellas y alguna propina que retiraba antes de que el camarero de turno se diera cuenta, pero eso no le bastaba a Raúl, que le urgía a mayores hurtos. Luís no estaba muy convencido, porque en realidad se encontraba a gusto en el trabajo, donde pasaba cuatro horas por la tarde después de clase.

Y aquel día – un 15 de septiembre, Luís creía que nunca lo olvidaría – volvió de vacaciones un camarero que Luís no conocía pero al que había oído mencionar. Los demás le dieron la bienvenida y Luís pensó, por la forma de recibirle, que el hombre, de nombre Pedro, era el más popular de la cafetería, ya que no solo los compañeros sino también los clientes le saludaron con efusión.

Pedro era un hombre de unos cincuenta años, grueso, grande en todas sus dimensiones, lo que se apreciaba primero en las físicas y luego se descubría en las humanas. Era casi calvo, llevaba una barba cuidadosamente recortada, y su risa era tan contagiosa que pronto Luís se sintió a gusto con él.

Servía por las mesas por lo que los primeros días no coincidió con Luís más que en los breves instantes en que se acercaba a la barra. Sus primeras conversaciones fueron apenas ordenes dadas y respondidas – si acaso – con monosílabos, pero Luís estaba seguro de que el hombre no le perdía de vista y le controlaba en todas sus acciones. Bajo aquellos ojos chispeantes el muchacho procuraba trabajar aún más rápido y mejor de lo habitual y no se atrevía a realizar ninguna de las pequeñas fechorías que antes hacía impunemente.

Pasó así otra semana, con disgusto de Raúl, que veía como su plan se venía abajo. Luís discutió entonces con el jefe de la pandilla, e incluso llegaron a los puños, por lo que al rato apareció en el trabajo con un ojo morado.

El encargado le llamó al verle entrar en tal estado.

- ¿Qué te ha pasado, mozo? - Le preguntó.

- Nada, una discusión sin importancia – respondió Luís.

- Pues si ha sido sin importancia, buena huella te ha dejado. No estás hoy muy visible. Anda hoy a ayudar en el almacén, no sea que se piensen que aquí maltratamos a los ayudantes. Pedro está precisamente haciendo el inventario y no le vendrá mal una mano.

Luís obedeció pasando a la parte posterior de la cafetería donde en una gran habitación con puerta a la calle trasera estaba el almacén de la misma. Allí Pedro estaba manejando las cajas de bebidas y los bidones de un lado a otro con tal facilidad que Luís dudó que necesitara ayuda alguna.

Cuando le vio el ojo, Pedro puso cara de asombro. “¿Pero que te ha pasado?” Le preguntó.

- Nada, volvió a responder Luís.

- Déjame verlo – contestó el hombre, llevándole al sitio donde había más luz. – Te han dado un buen puñetazo, pero no te ha afectado al ojo, que es lo más importante. – Le cogió las manos y les dio la vuelta, fijándose en los nudillos de Luís – aunque por lo que veo tú también le has debido dejar un buen recuerdo al otro. ¿Quién era?

- Raúl… - Luís se azoró al ver lo fácil que le había salido la respuesta – un colega.

- Y podemos saber porque fue la discusión – preguntó Pedro con la misma naturalidad, como si conociera a los dos de toda la vida.

- No…No tiene importancia. Discutimos de más y nos calentamos en exceso. No volverá a pasar.

- Espera – dijo el hombre saliendo un momento. A los dos minutos volvió con un filete crudo. – Póntelo en el ojo. Así se pasará antes. Anda, siéntate en esa caja en el rincón mientras yo acabo con esto.

- El encargado me ha dicho que le ayude.

Pedro se volvió con una chispa en los ojos.

- Deja que yo me encargue del encargado si llega el momento. Lo que tienes que hacer ahora es darme palique para que no me aburra mientras estoy contando existencias.

Estuvieron hablando toda la tarde. Luís hacía tiempo que no se encontraba tan a gusto con alguien y se explayó contándole a Pedro más de su vida de lo que había contado a sus colegas. Éste a su vez le contó sus vacaciones y sus planes de ir a trabajar a la costa que tanto le había gustado. No tenía compromiso alguno, y su familia era del norte por lo que era libre para hacer su gusto cuando le apeteciera.

- Trabajo nunca me faltará – decía al final de la tarde – y en la costa aún más. Seguro que siempre hacen falta profesionales… - de pronto frunció el ceño - pero esto no me gusta.

- El qué – preguntó Luís, desconcertado por el brusco cambio de tono en la voz.

- Cuando hice el inventario antes de irme me cuadró todo, pero ahora me faltan unas diez botellas de whiskey y al menos cuatro de ron.

Luís agradeció la poca luz del almacén ya que sintió que se ruborizaba bruscamente. Si Pedro le hubiera mirado habría visto el rostro de la culpabilidad manifiesta. Afortunadamente para Luís, el hombre volvió a inclinarse a contar el material.

- Sí, justo – dijo poco después, levantándose – me faltan diez botellas de whiskey, cinco de ron y tres de ginebra. Parece que tenemos un ratón por aquí. – se volvió y miró al muchacho. – Tú no sabrás nada, ¿verdad?

Luís se había recuperado lo bastante para poder negar su culpabilidad. Aparte de que él se había llevado solo parte de lo que Pedro decía faltar, por lo que le fue más fácil negar ser responsable del total.

- Hum. Veremos – dijo Pedro – Luego se lo comentaré al encargado. ¿No es ya tu hora de salir? Puedes ir por el callejón si no quieres cruzar los salones. La llave nunca está echada. Gracias por el buen rato de charla.

Luís obedeció, no sin devolver el filete a la cocina y salió decidido a no volver a ponerse en peligro por causa de la pandilla. Para su sorpresa, en su portal estaba esperándole Raúl, también con el ojo morado. El cabecilla quería hablar y pedir disculpas. Consideraba que Luís era uno de los elementos más inteligentes y valiosos de su equipo y no lo quería perder, pero tenía que dar ejemplo ante los demás y por eso se había exaltado en demasía.

Luís aceptó las excusas, aunque estaba decidido a mantenerse alejado de la pandilla en lo que pudiera. En casa su madre estaba celebrando con su hermano pequeño las notas de este y la llegada del mayor con su ojo morado supuso el inicio de una escena familiar, cada vez más habitual, en la que pronto la comparación entre Jesús – el pequeño – y Luís no hacía que este saliera muy favorecido.

Jesús, como siempre prudente, se retiró rápidamente a su habitación para evitar verse incluido en la pelea entre su madre y su hermano. El muchacho estaba más que decidido a irse lejos del tenso ambiente familiar. En cuanto cumpliera los años pensaba apuntarse de voluntario en el ejército.

Luís volvió al día siguiente al trabajo, y se llevó la sorpresa de que el otro ayudante no estaba y tenía que trabajar él las mesas mientras buscaban otro ayudante para la barra.

Ahora estaba en contacto directo con Pedro, y vio que sin duda era el mejor maestro que había. Con un breve gesto de la cabeza, Pedro le indicaba hacía donde se tenía que mover o la mesa que había que retirar primero. Al tiempo, el propio Pedro no dejaba de servir a los clientes con su mejor sonrisa y era con mucho el que mejor propinas se llevaban. Cuando Luís se equivocaba, una mirada o el ceño rápido de Pedro le avisaba del error, y pronto fueron un equipo plenamente compenetrado. En un momento, hacia el final de la tarde, en que Luís estaba inclinado sobre una mesa del rincón, recogiendo rápidamente unos vasos, Pedro pasó a su lado y le dio un cachete de ánimo y una sonrisa que a Luís le valieron como la mejor recompensa recibida en bastante tiempo.

Siguieron así tres o cuatro días, y Luís se acostumbró a trabajar con el camarero. Éste por su parte le trataba con bastante aprecio, y el entendimiento entre los dos llegó a ser profundo. Pronto, Pedro se acostumbró a darle un discreto cachete en el culo cuando Luís pasaba por su lado como señal de ánimo, y la leve caricia en sus nalgas le parecía al muchacho como el mejor de los incentivos.

Pero al cuarto día de esta situación, entró un nuevo ayudante de camarero que resultó ser el propio Raúl. Decidido a seguir con su plan, el cabecilla del grupo no vio mejor opción que ser él quién ocupase dicho puesto, y se encargase de los pequeños hurtos.

Raúl era decididamente guapo. Moreno de tez, menudo, con grandes ojos castaños y un pelo negro rebelde que se levantaba encrespado sobre la frente, con la gomina como único medio de sujeción. Tenía además un encanto especial que pronto hizo que la clientela habitual se fijase en el nuevo ayudante. Tenía una expresión eterna de picardía y vestía un pantalón muy ceñido, que hacía que su trasero respingón destacara y encendiera el deseo de todo el que le miraba.

Luís se dio cuenta de pronto de que estaba celoso de la atracción creada por su amigo, especialmente cuando veía que Pedro le miraba, pero éste, al notarlo, se limitaba a sonreír y darle un cachete algo más fuerte de lo habitual.

Pronto, la pandilla empezó a disponer de más bebida y dinero gracias a la gestión de Raúl, y Luís se distanció doblemente de la misma al presentir que tarde o temprano sería sorprendido como él había estado a punto de serlo.

A fin de mes Pedro volvió a hacer inventario, y, según contó luego a Luís, desde el primer momento vio que faltaba más material que de costumbre. Habló con el encargado y llamaron a Raúl, que no dudó ni un instante en acusar a Luís, que libraba ese día, de los robos e incluso afirmar que le había intentado convencer para que Raúl le imitara, aunque por supuesto, él se había negado. El encargado y Pedro aparentaron creerle y los dos dijeron que iban a despedir a Luís en cuanto apareciese al día siguiente.

Los empleados tenían un pequeño vestuario al lado del almacén. Era apenas un doble pasillo formado por tres filas de taquillas en el que había un banco corrido de madera para sentarse, pegado a la trasera de la fila central. Pedro, Luís y Raúl tenían la taquilla en donde estaba el banco, y cuando fue a cambiarse Raúl, se encontró con Pedro que salía de turno y acababa de vestirse con un holgado chándal gris y deportivas.

- Sabes – le dijo el hombre – Me siento tan defraudado que no voy a esperar a mañana. Voy ahora a ver a Luís para decirle que no venga mañana porque está despedido y a que me cuente porqué lo ha hecho. Si no me da una buena razón, seguramente le denuncie.

Raúl quería haber hablado con Luís para prevenirle y evitar que le delatara a él, pero no veía medio de lograr que Pedro fuera a verle como se proponía. Se dispuso a cambiarse y optó por darle conversación al camarero contándole que conocía a Luís y que no era mal chico, pero que seguro que tenía alguna mala influencia.

Como tenía por costumbre, Raúl se quitó primero los zapatos y los pantalones, quedándose solo con la camisola, amplia, que le cubría hasta los muslos. Colgó los pantalones, pero al ir a colocar los zapatos en la taquilla, estos chocaron con un bulto y sonó un súbito tintineo cristalino en el silencio del vestuario.

Al ver la cara que Pedro puso en ese momento, a Raúl le pareció como si hubieran sido las campanadas de su propio funeral. Intentó disimular, pero la voz se le quebró y su propia confusión fue más inculpatoria que si se hubiera quedado callado.

Pedro se inclinó hacia la taquilla, y sacó un macuto de cuero donde se veían sobresalir los cuellos de dos botellas de licor. Se volvió a Raúl, y sin decir una palabra, levantó el macuto y se lo mostró. Raúl se había puesto pálido y sus ojos parecían aún mayores que de costumbre cuando Pedro, dejando el macuto en el banco, preguntó: “me puedes explicar esto”.

- Yo… balbuceó Raúl - yo...

- Ya - respondió Pedro, que subió la pierna derecha al banco, apoyó el codo en el muslo y puso la barbilla en la mano, como prestando máxima atención a lo que Raúl iba a decir.

Este explotó por fin: “habrá sido Luís, para echarme a mi la culpa. Seguro que me tiene envidia y lo ha metido ahí por eso”.

- Ya. – dijo de nuevo Pedro. – Seguramente. O tal vez sea que tú eres un pequeño cabroncete que has querido inculpar a un compañero de una acción que es enteramente tuya. ¿No es así?

Raúl se quedó sin habla ante la mirada del hombre, y éste, tranquilamente, alargó la mano y cogiendo al muchacho del brazo lo acercó a sí. Raúl llevaba puesta aún solamente la camisola y los calcetines y de pronto se encontró doblado sobre el fuerte muslo de Pedro, que lo sujetó en posición con el brazo derecho. Levantando el pie un poco, hizo que Raúl quedara colgando sin apoyo sobre el muslo, y con calma levantó el faldón del blusón, dejando al descubierto el culo en pompa del chico. A diferencia del pantalón, Pedro descubrió que Raúl llevaba unos boxer blancos un par de tallas más grandes que la suya por lo que le sobraba por todas partes.

Pedro levantó la mano y la dejó caer con fuerza en las nalgas expuestas, haciendo que Raúl se balanceara hacia delante por el impacto al no tener los pies apoyados en el suelo. Una y otra vez cayó la mano, y pronto Raúl estuvo sollozando e hipando pidiendo perdón por lo sucedido. Toda su guapeza se había quebrado y ahora no era más que un niño llevándose su merecido. Pedro entonces paró un momento y, sin soltar al chico, metió la mano por el elástico del calzoncillo y lo bajó hacia abajo.

- Nooooo. – gritó Raúl – Con el culo al aire nooooo, por favor… Ya soy mayoooor.

Pedro se detuvo un momento, más para observar el color sonrosado que ya habían cogido las posaderas castigadas que por las palabras del muchacho, y luego siguió azotando el culo desnudo durante un rato.

- ¿Qué sucede Pedro? – sonó en ese momento la voz del encargado, que junto a dos de los camareros había acudido al oír las fuertes palmadas y el escándalo producido por el muchacho castigado.

Pedro se lo explicó en pocas palabras sin dejar de azotar el culo de Raúl. El encargado le escuchó y envió a uno de los camareros a la cocina de donde volvió al instante con una gran espátula de madera.

- Tu mano no tiene la culpa – dijo el encargado a Pedro – y aunque tienes fuerza de sobra para darle lo que se merece, creo que la ocasión merece que pasemos a palabras mayores. Toma. – dijo dándole la espátula.

Raúl, desde su forzada posición sobre la rodilla de Pedro, vio como este cogía la espátula y la oyó silbar a su espalda cuando Pedro la sacudió de arriba abajo para probar su flexibilidad.

- NOOOOOOOOO. Volvió a gritar Raúl cuando sintió la madera acariciando lentamente su piel ya colorada y ardiente, pero no le valió de nada y al instante sintió como Pedro elevaba la espátula en el aire y la descargaba sobre su culo con un estampido atronador.

Por mucho que se agitaba en el firme muslo, Raúl no lograba evitar que sobre su trasero cayera una auténtica lluvia de azotes ante las risas burlonas de los que habían acudido a ver el espectáculo. Al no tener los pies apoyados en el suelo, agitaba las piernas en el aire de modo que al final los calzoncillos, que se habían ido deslizando hasta los tobillos, se agitaban como una bandera en el aire, y él se aferraba con las manos al tobillo de Pedro aullando mientras pedía perdón.

Pedro siguió alternando mano y espátula por un buen rato. Y antes de acabar bajó al muchacho un momento, le hizo girar sobre sí mismo y cambiando de pierna, le tumbó esta vez sobre el muslo izquierdo. Entonces echó mano del cinturón de cuero que Raúl solía usar y estaba colgado en su taquilla y, doblándolo, le dio una buena sarta de correazos en el ya tremendamente rojo trasero.

El muchacho sentía el trasero en llamas y ya sólo tenía fuerzas para llorar con todo desconsuelo cuando por fin Pedro le hizo levantarse. Le tuvo que sujetar porque casi no se podía mantener de pie, y sus manos se fueron directas a apretar sus nalgas para intentar calmar el fuego de su piel, mientras los sollozos le sacudían todo el cuerpo.

Pedro le abrazó entonces dándole a la vez unas palmadas de consuelo en la espalda y hablándole suavemente para que se calmara. Raúl siguió llorando y pidiendo perdón con un hipo repetido, entregado al abrazo del hombre, mientras contaba toda la verdad de lo sucedido con Luís, aunque omitiendo los primeros robos de su colega. Poco a poco se fue calmando, y Pedro le soltó. Secándose los ojos con una mano mientras la otra seguía intentando contener el ardor de sus nalgas, Raúl no hacía ningún gesto de vestirse. Fue Pedro el que, sujetándole con un brazo, se inclinó y le subió los calzoncillos con el otro. Un nuevo abrazo, y no sin recoger el encargado las botellas, le vieron vestirse y le acompañaron hasta la salida. Al pasar por el salón, Raúl se ruborizó aún más, convencido de que todas las miradas se fijaban en su trasero y podían ver el calor irradiando a través de la tela del pantalón como en los dibujos animados.