sábado, 27 de diciembre de 2008

La azotaina del tío Anselmo (relato)

Un amable lector del blog me ha mandado este relato para compartir con vosotros. Espero que os guste:

La azotaina del tío Anselmo

El tío Anselmo vivía en Madrid, era el hermano pequeño de mi padre y permanecía soltero. Se trataba de un hombre de firmes convicciones morales, de ideología ultraconservadora y defensor de la ley y el orden. Cuando cumplí dieciocho años, para celebrar mi mayoría de edad, me invitó a pasar las vacaciones de verano a su casa de Madrid. Al frente de sus negocios tenía encargados de toda confianza y disponía de tiempo libre para enseñarme la ciudad.

Desde el primer día me sentí agasajado por él. Me llevó a su sastre y me confeccionaron a la medida dos trajes de alpaca gris oscuro y marino, con chaleco incorporado. Me compró camisas de vestir, corbatas, calcetines altos de Ejecutivo y varios juegos de camiseta y braslip calados de Ocean. Este tipo de cosas eran difíciles de conseguir en el pueblo en que vivía; allí todos los chicos usábamos vaqueros y camisas de cuadros. Me fascinó la idea de vestir como mi tío; era el dandy de la familia, el más elegante, el que tenía un mayor poder adquisitivo. Sin embargo también tuve algún problema con él.
Aquel verano apretaba el calor y yo sudaba especialmente de la cabeza. El pelo lo tenía siempre mojado, grandes gotas de sudor surcaban mi frente y me bajaban por la cara como si fueran pequeñas cascadas. El tío Anselmo, que también era mi padrino, se empeñó en que me cortara el pelo a cepillo. No supe negarme. Me llevó a su barbero de toda la vida, un antiguo legionario. Me dijo que al estar en quintas, por tener ya dieciocho años, convenía que me metieran un buen rapado para que me fuera acostumbrando a la higiene militar. Antes de que pudiera abrir la boca tenía metida la maquinilla del cero subiéndome por el cuello, avanzando por la nuca, en busca de la coronilla. Me quedé pálido al ver como caían al suelo en grandes copos los mechones de cabello. Tanto la parte trasera como los laterales quedaron a la intemperie, el cuero cabelludo estaba a la vista. En la parte superior el barbero me rapó con tijera, dándole la característica forma de cepillo. Me quedé sin habla. Al verme reflejado en el espejo apenas me conocía a mí mismo. Sin embargo, como en Madrid no era más que un ciudadano anónimo, no tuve que enfrentarme a la burla de mis compañeros de clase. Reconozco que me gustó la experiencia. Puedo calificarlo de trauma placentero.
En realidad para mi tío Anselmo yo no era más que un muchacho al que meter en cintura, se sentía responsable de mis actos y en la práctica no aceptaba mi mayoría de edad. Mientras estuviese viviendo bajo su techo debía obedecerle y mostrarle respeto. Añoraba tener un hijo varón para educarlo en su sistema de valores. Yo fui durante mi estancia en Madrid un sucedáneo de hijo. Me sometió a una estricta disciplina. En su casa había horarios para todo. Tenía que levantarme a las nueve de la mañana. Aborrecía la pereza y cada mañana me sacudía en la cama para espabilarme. Tenía que hacer ciertos ejercicios gimnásticos para desentumecer el cuerpo y a continuación a la ducha. Me llegó a revisar las orejas para comprobar que no tenían cera. Pretendía resultar gracioso con sus ocurrencias pero yo sabía perfectamente que su comportamiento no era más que el reflejo de su personalidad extremadamente autoritaria.
Fue tanteando el terreno, quería conocer hasta que punto yo estaba dispuesto a obedecerle. Estudiaba mis reacciones y paso a paso, día a día fue tomando confianza en si mismo. Se dio cuenta de que yo, a pesar de mi mayoría de edad, aceptaba de buen grado sus exigencias. La mayoría de los chicos que cumplían dieciocho años intentaban dejar bien patente su independencia con respecto a los adultos. Creo que ninguno de mis condiscípulos hubiera aguantado tanta presión; habrían salido huyendo de aquella casa en el momento en que un tío carca les impusiera un rapado a cepillo. Fui yo quien, al aceptar con sumisión sus sugerencias, le di pie a que llegara cada vez más y más lejos.
Todas las noches debía acostarme antes de las once. Me ponía el pijama, que debía mudar cada dos días, con la ropa interior por debajo y me metía en la cama. El tío Anselmo se me acercaba para desearme buenas noches. Me preguntaba si había rezado mis oraciones y me besaba en la mejilla. También solía abrazarme con fuerza contra su pecho. Me estaba infantilizando, tratando como a un niño pequeño a sabiendas de que no lo era. Pero a mí aquella afectividad extrema, lejos de disgustarme, me producía placer. Era como regresar a la edad de la inocencia y sentirme de nuevo protegido por papá. Me asustaban mucho las responsabilidades que había adquirido al cumplir los dieciocho años. Tenía cierto temor de enfrentarme a la problemática que acompaña la edad adulta. Cuando el padrino me besaba y abrazaba me sentía arropado y querido. Sabía que podía contar con él cuando lo necesitara. Aquel no era un cariño impuesto por los lazos de sangre. El tío Anselmo no tenía ninguna obligación legal para conmigo y sin embargo me demostraba un gran afecto.
Sin embargo le fallé. Nada más llegar, con la disculpa de ayudarme a guardar mis cosas en el armario, me revisó el equipaje a conciencia. No hubiera aceptado ninguna publicación de tipo pornográfico. Lo dejó bien claro desde el principio:
-En mi casa las revistas indecentes totalmente prohibidas. Si te pillo con ellas no respondo de mis actos. Tampoco quiero panfletos de partidos antiespañoles…
Una mañana, mientras hacía footing por el parque de El Retiro observé en un quiosco de prensa el último número de Interviú. Aparecía en la portada la foto de Susana Estrada completamente desnuda, tan sólo tapada por un velo y se la transparentaban sus partes más íntimas. Miré con curiosidad y observé algo que me interesaba mucho. En las páginas interiores había un completo reportaje sobre las carreras con más salidas profesionales. Dudé en comprármelo y al final lo hice. Escondí esta publicación debajo de la camiseta y terminé escondiéndola en la maleta, dentro de un departamento que se cerraba con cremallera. Durante días estuve leyendo con detenimiento todos los reportajes. En realidad se divagaba mucho sobre la situación económica española y los sectores de mayor pujanza, pero no se concretaba nada.
Tuve mala suerte, muy mala suerte. Una noche, después de haber sido visitado por el tío Anselmo fingí estar dormido. Cuando creí que éste se había acostado encendí la luz de la mesilla, saqué la revista del escondrijo y me puse a leerla atentamente, subrayando aquellos párrafos que más me interesaban. Estaba tan ensimismado en la lectura que no percibí que uno pasos se aproximaban hacia mí. La puerta se abrió despacio, crujiendo y allí estaba mi padrino, envuelto en su bata gris de seda. Me asusté y reaccioné como un niño pillado in fraganti. Escondí el Interviú debajo de la almohada. Mi tío, encendió la luz de la lámpara y me pidió que le entregara lo que había escondido. Me dio un ataque de risa nerviosa y me negaba a dársela, como si todo fuera un juego. Pero el tío Anselmo, tenía más fuerza que yo y consiguió requisármela.
Se le heló la sonrisa en la cara; delante de sus narices tenía la revista más denostada por sus correligionarios, un Interviú. Me llamó Judas, traidor y pervertido. Yo había confesado encontrarme en sintonía con sus ideas y con mis hechos demostraba ser un falso, un hipócrita que le bailaba el agua a su benefactor. Le expliqué que la había comprado sólo para leer el reportaje sobre las carreras universitarias. Le mostré los subrayados, pero no le convencí:
-No intentes hacerme comulgar con ruedas de molino. Me has traicionado. Yo te he acogido en mi casa como a un hijo y has traído esa inmundicia. ¡Me das asco! Estabas avisado expresamente de lo que me ofenden estas cosas. Hasta ahora he callado mucho pero ya no voy a seguir haciéndolo. El portero te vio como escondías la revista y como se te caía la baba mientras esperabas al ascensor, echándola un vistazo furtivo. Tu padre ya me había avisado de que tuviera cuidado contigo. Lo mejor es que te marches mañana mismo. Sacamos el billete de tren y te vuelves al pueblo…
Se me caía el mundo encima. ¿Cómo iba a justificar mi repentino regreso a casa? Mi tío les pondría al corriente de lo sucedido y me tendría que olvidar de estudiar en Madrid. Debería renunciar a matricularme en Historia del Arte y conformarme con cursar magisterio en Logroño. Además me avergonzaba de aquel corte de pelo tan radical. Todos los del pueblo me compararían con un quinto. Las chicas jóvenes se reirían de mí…
Le mostré mi arrepentimiento al padrino por lo sucedido. Insistí en que había comprado aquella publicación sólo por el famoso reportaje. Le pedí que me perdonara, que me dejase intentarlo de nuevo. Tenía los ojos humedecidos y la voz estaba entrecortada.
Al final el tío Anselmo decidió darme una nueva y última oportunidad. Pero no iba a salir de rositas después de lo sucedido. El Interviú fue requisado y roto delante de mío. Cual inquisidor medieval el padrino destrozó aquellas páginas de papel cuché. Se marchó de la habitación sin despedirse y con un gran cabreo encima.
Yo estaba muy tenso y para relajarme acudí al autoconsuelo. Tuve un derrame muy placentero tras el cual me quedé dormido. A las nueve en punto de la mañana fui zarandeado por mi tío. Me levanté y le di los buenos días. Estaba más serio de lo habitual, me quité el pijama, la ropa interior y me puse el albornoz para dirigirme al baño. Una vez dentro oí que me llamaba. Acudí con prontitud a su requerimiento, no estaba el horno para bollos, y sin decir palabra me mostró una mancha que había en el pantalón del pijama. En otras ocasiones al masturbarme había actuado con más malicia. Solía meterme un pañuelo viejo en la zona de la bragueta para evitar que el semen traspasara. Sin embargo, aquella noche, con los nervios, me corrí a lo vivo, sin tomar precauciones.
-¿Te das cuenta de que eres un completo degenerado? Te compras una revista para leer un reportaje sobre las carreras universitarias y acabas recreándote la vista con las guarradas que se ven en el Interviú. ¿Qué va a pensar la portera cuando le entregue para lavar un pantalón de pijama como éste? Tú mismo, con jabón Lagarto, vas a frotarlo bien. También los calzoncillos están manchados de semen. Has dejado un cerco que te delata. Voy a tener que tomar medidas drásticas. Lávate bien, sobre todo en el sitio que ya sabes. Seguro que desprendes mal olor. Eres un marrano.
No supe reaccionar. Acudí al cuarto de baño y me duché, restregándome mis genitales con fuerza, como si quisiera borrar cualquier prueba incriminatoria. No podía pensar, sólo sentía angustia, vergüenza de mí mismo. Mi vida era una continua incoherencia. Pensaba una cosa y hacía exactamente lo contrario. Debía haber sido mucho más cuidadoso en casa de mi tío. Fue un grave error llevar aquella revista a casa y esconderla. Mi comportamiento moral dejaba mucho que desear y aquella mancha terrible me acusaba de mi pecado de impudicia. Quedaba demostrado que era incapaz de dominar mis pasiones internas.
Cuando salí del baño, envuelto en el albornoz blanco, vi como el tío Anselmo me miraba con desprecio. Yo bajé la vista y le pedí perdón. Le comenté el pesar que sentía por todo aquello y le dije que estaba dispuesto a ser castigado por él. Y el padrino reaccionó. Permaneció un momento pensativo y tomó una decisión:
-Te voy a dar la última oportunidad, no lo olvides. A la próxima te facturo para el pueblo. Sé que tu futuro profesional está en mis manos. Tus padres tienen carencias materiales y no se pueden permitir tener a un hijo estudiando en Madrid, pagar un colegio mayor. Yo me había ofrecido a alojarte en mi casa, corriendo con todos los gastos, pero me has decepcionado. Sin embargo soy tu tío y te quiero de verdad. Pero de un correctivo ejemplarizante no te vas a librar. Yo he sido testigo directo de cómo le faltabas al respeto a tu padre y, cuando te iba a dar una tunda, tu madre, que es una bendita, se interponía y lo impedía. Pero tanta protección maternal te ha perjudicado, eres un niño consentido y mal educado. A mí me corresponde tomar cartas en el asunto y la paliza que no te dio tu padre la vas a recibir ahora mismo. Me importa un comino que tengas dieciocho años. Yo a ti te domo… Obedéceme sin rechistar. Ponte la camiseta, el braslip, los calcetines y las zapatillas. Después te presentas en mi despacho. Allí sabrás la que te espera.
Yo me temí lo peor. Tal vez a mi tío Anselmo le diese un ataque de ira y me golpease brutalmente. Sin embargo sólo podía obedecer y que saliese el sol por Antequera. Me sentía un tanto ridículo en paños menores, con aquellos braslip calados altos de cintura, la camiseta de tirantes a juego y los calcetines altos grises, transparentes. Parecía salido de una película cómica en que los caballeros visten ropa interior humillante. Acudí al despacho de mi tío a gran velocidad. Éste permanecía sentado en una silla de madera, con el respaldo de cuero repujado. Se había quedado en chaleco y los pantalones los llevaba recogidos exhibiendo los calcetines marrones, tan finos como los míos, del mismo color que las zapatillas de piel.

-Te has portado como un inmaduro, eres incapaz de asumir responsabilidades. Te voy a dar la azotaina que debías haber recibido hace tiempo.
Se levantó del asiento y me agarró con fuerza del brazo, yo me resistí pero fue inútil, sus ojos se clavaron en mí y me taladraron. Yo era el reo y el tío Anselmo el verdugo. No podía escapar de aquel castigo. Me colocó encima de sus rodillas, como si me fuera a poner una inyección y…
….empezó a azotarme el culo, como si fuera un crío de seis años. Levantó la mano en el aire, con la palma bien abierta y la estrelló contra mis nalgas. Apenas tenía la protección del braslip. Enfrente de mí había un mueble de librería con cristales biselados. Levanté ligeramente la cabeza y pude ver reflejada la imagen de mi tío y a mí mismo en aquella postura tan humillante. Veía la mano elevarse con energía y bajar a gran velocidad y entonces era cuando sentía un golpe seco y de inmediato el sonido del palmeteo. El padrino me sujetaba con la mano izquierda para evitar que me moviera y abortaba cualquier intento reflejo de protegerme.
Me azotaba de una manera acompasada y metódica. Casi se puede decir que seguía un ritmo. Noté como el culo se me adormecía. Las palmadas no eran muy fuertes pero su persistencia produjo una sensación de dolor. Pero paradojas de la vida, me recreaba en aquel dolor. Tal vez me sentía culpable y con cada azote me liberaba un poco de mi grave falta. A veces movía las piernas, en un intento de demostrar que el castigo surtía su efecto. La nalgada continúo. Antes de llegar a experimentar un dolor profundo supliqué clemencia y finalmente fui escuchado.
Me sentí transportado por el brazo de mi tío hasta el cuarto de baño, como si fuera un reo de muerte forzado a subir al patíbulo. Una vez allí, con la ayuda de un espejo de mano, me mostró lo enrojecidos que estaban mis glúteos.
-Tenía muchas ganas de hacer esto, desde que eras un mocoso. Te la tenía guardada desde hace muchos años. Al fin alguien te ha puesto los puntos sobre las íes. Miráte como te he dejado el culo, como un tomate. Te dolerá al sentarte, ya lo verás…
-Yo me puse de rodillas y le pedí perdón con humildad. Le dije que lo tenía bien merecido, que aceptaba con resignación aquel castigo. Le besé las manos intentando demostrar que para mí eran benditas porque a ellas les había correspondido ejecutar el correctivo.
Fue entonces cuando el padrino me levantó y tras ponerse de pie me besó con fuerza, me abrazó enérgicamente. Yo rompí a llorar como un niño y balbucea frases como perdón, lo siento, lo siento…
-Bueno, espero que esto te sirva de escarmiento. Tu abuelo, en cierta ocasión me pilló con una carta que escribí a una chica del pueblo y me pegó tan somanta de azotes en las posaderas que tuve dolorida la zona durante un mes. A veces hay que recurrir a la violencia, tomar decisiones drásticas para arrancar de raíz el mal.
-Veo que tienes la piel muy sensible; ¡hasta en eso eres un niño! Ponte sobre mis rodillas de nuevo, te voy a aplicar una buena mano de polvos de talco.
El padrino me bajó el braslip Ocean hasta los tobillos y me levantó la camiseta. Sentí la suavidad de aquellos polvos sobre mi dolorido trasero y con su mano me los fue extendido, con gran suavidad, restregándolos una y otra vez para que penetrasen.
Me obligó a permanecer sobre sus rodillas un buen rato, hasta que juzgó que ya habían sido absorbidos por su piel. Luego me subí el braslip y tuve que vestirme para salír a la calle con él. Caminábamos a paso ligero, como dos soldados. Mi curiosidad me picaba tanto como mi recién castigado culo y le preguté:
-¿Tío a dónde vamos?
Me miró con frialdad y me dijo que enseguida me iba a enterar. El castigo todavía no estaba concluido. Sentí un nudo en la garganta al comprobar que de nuevo visitábamos al viejo barbero. La cosa no dejaba lugar a dudas.
- Te traigo a la barbería para que te rapen al cero. Así aprenderás auténtica disciplina. Es el castigo que tu abuelo nos imponía cuando tu padre o yo cometíamos alguna fechoría…
De nada me sirvió suplicar. A la media hora mi cabeza parecía una bombilla.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Papá Noel se enfada

Buf, tenemos la Navidad encima y todavía voy por el segundo post este mes ... no hace falta que me digais lo que me merezco estas navidades porque ya lo sé y lo ilustro con estas bonitas fotos y dibujos de tema navideño. Felices fiestas y muchos azotes a todos. A ver si puedo postear algo más antes de fin de año.









lunes, 8 de diciembre de 2008

Tinchofetiche

Tincho o Tinchofetiche es un amigo del blog que ha tenido el detalle de enviarme algunos de sus dibujos. Este tipo de colaboraciones son muy de agradecer: espero que os gusten.




domingo, 30 de noviembre de 2008

El sobrino travieso, segunda parte

No me gusta mucho subir vídeos al blog porque a veces los autores se molestan. Creo que, en buena lógica, si alguien sube un vídeo a Internet y lo coloca en un grupo o una lista de correos de acceso público, es porque está de acuerdo en su difusión y comprende que no se puede controlar la distribución de un documento una vez que ha sido subido a la red, pero el hecho es que alguna gente se enfada.

No obstante, por petición de un lector, sí voy a publicar la segunda parte de un vídeo que ya apareció en el blog en su día. Trata de la visita que un chico traviesillo hace a su tío, que es bastante estricto. En la primera parte, el tío le castigaba por tener la cocina hecha un desastre. Pero hete aquí que, unas horas más tarde, la cocina sigue sin arreglar, por lo que habrá que tomar nuevas medidas con el sobrino desobediente. Espero que os guste.

martes, 25 de noviembre de 2008

Spryte

Este resumen no está disponible. Haz clic en este enlace para ver la entrada.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Web de vídeos

He añadido a la lista de enlaces una web con mucho contenido sobre spankin, incluyendo un directorio de videos; http://men4malespanking.ning.com/

Predominan los vídeos caseros (sobre todo los del webmaster) así que los que no esteis apuntados a los grupos de correo o no los visiteis con frecuencia, aquí podeis poneros al día. También hay unos cuantos vídeos promocionales de productoras de porno especializadas en spanking.
La iniciativa me parece estupenda y espero que tarden en tumbársela. Eso sí, los vídeos sólo pueden verse online, la descarga no está disponible. Os recomiendo que echeis un vistazo.

viernes, 31 de octubre de 2008

Fort apache

Sigo en la tarea de iros presentando los videos que he subido al You tube. Hoy os pongo una escena de azotes en una película de las de toda la vida. Se trata de Fort apache (1948) una del oeste de John Ford, es decir, una de estas historias militaristas de hombres viriles y mucha homosexualidad latente. Sobre todo en esta escena, en la que un joven teniente es puesto sobre las rodillas de unos soldados veteranos como broma de alegre camaradería. La verdad es que el chico está muy muy bien, y no digamos con ese uniforme ..

sábado, 25 de octubre de 2008

Relato: cómo aprendí a azotar

Alemán es un lector que ha tenido la amabilidad de enviarme un relato y querer compartirlo con los otros visitantes del blog. Está bien escrito, es rico en detalles y, según su autor, completamente autobiográfico. Lo he ilustrado con fotografías tomadas de la web de Sting Pictures. Espero que os guste:

Mi padre de joven me internó en un colegio muy elitista donde se vestía de uniforme y se recibían castigos físicos. Eso es muy normal en Inglaterra y en estos colegios que siguen las líneas educacionales británicas. Normalmente son colegios que forman a la futura élite política y empresarial estadounidense. Pretenden forjar a hombres duros y sin escrúpulos. De esa forma creen que seguirán dominando el planeta.

Efectivamente el alumno en ese tipo de instituciones es sometido a humillaciones constantes y castigos físicos. Se potencia la rivalidad ya desde esas edades. Yo fui con 17 años y volví con casi 20. En las aulas se ridiculizaba a los malos estudiantes y a los que no demostraban una preparación psicológica muy fuerte. Normalmente el tutor de cada alumno recibía todas las semanas una nota del profesor en la que explicaba los progresos o fracasos del tutorada. En caso de algún falta al orden, llegar tarde, no tener la corbata bien anudada o andar con la camisa fuera era motivo suficiente para una reprimenda. Y como ya te comenté eran de tipo físico. No se podía consentir que los futuros líderes no presentaran un aspecto inmaculado.

Era, precisamente, tu tutor el que te hacía bajarte los pantalones y te aplicaba el correctivo. Se llegaba a un acuerdo con él en cuanto al número de varazos que te tenía que aplicar y siempre daba la impresión de que te estaba haciendo un favor. Mi tutor, un morlaco de 30 años, golpeaba de forma brutal, tanto es así que siempre tenías el culo con moratones. Creo recordar observar como los culitos de esos niños iban cambiando de color, del blanco rosado al morado más oscuro. De todas formas tampoco podías llamar a tu padre ya que eran conscientes de el tipo de educación que iban a recibir sus hijos. Normalmente ellos lo aprobaban y pedían que no tuvieran ningún tipo de cortapisa a la hora de aplicar los castigos. Ellos también eran hijos de esos colegios.

Por suerte tuve un compañero de cuarto (éramos dos por habitación) que me enseñó como transformar esos momentos de humillación y dolor en momentos de placer. Él era hijo de un millonario que se había separado de su esposa. Y el hijo, o sea mi compañero, había pasado desde los 14 años por diferentes instituciones militares. No sabía que hacer con él o tal vez le molestaba. Como sabrás en las instituciones militares te internan durante los meses de verano y te tratan como a una mierda. Los padres quieren que ese hijo díscolo aprenda lo que es la disciplina castrense. Te rapan, te desnudan, te duchan, te fumigan y te vacunan, te ponen uniforme y te impiden pensar. Los días son un continuo correr y un continuo grito. Al final no puedes opinar, ni tan siquiera puedes pensar. Pasas a ser un simple objeto en manos de unos mandos. Esa fue la infancia de mi amigo, que por cierto hoy es un gran ejecutivo de cifras millonarias. Tal vez esa forja sirvió para modelar a un hombre duro y sin escrúpulos.

Precisamente él me decía que el colegio era como un convento. No había gritos, los castigos se consensuaban y que aquello, de todas maneras, era el mejor trampolín para triunfar (siempre el afán por triunfar a costa de otros). Yo no acababa de entender cómo podía decir que los castigos no eran nada. Claro, no eran nada comparado con los que él había recibido en el ejército.


Cuando yo entraba en la habitación quejándome del picor en el trasero y sin poderme sentar, el se reía y me decía que asumiera el castigo. Que la mejor manera de no sufrir era convirtiéndolo en placer. Eso es muy fácil, de decir pero para un chaval de 17 años muy difícil de asumir. Pero la experiencia, los meses y sus lecciones poco a poco transformaron los encuentros con mi tutor en un gozo. Es más, esperaba el momento de recibir algún azote. Hasta incluso los provocaba yo. De eso se dio cuenta mi tutor: ya no discutía el número de fustazos, me bajaba los pantalones y los boxers sin miedo, sin que yo mirara de reojo como levantaba el brazo en el aire. Esperaba el silbido de la fusta cruzar el aire y golpear mi trasero.

El tutor, que era también nuestro profesor de educación física, era el típico americano de pectorales impresionantes y de cuerpo modelada en sesiones de gimnasio. Los americanos son muy aficionados a las vitaminas y a los esteroides y en aquella época en los gimnasios de Estados Unidos los anabolizantes circulaban como si fueran caramelos. De hecho, después de largas sesiones con las máquinas, se inyectaban sin ningún temor, unos a otros, anabolizantes. Era muy curioso pues los gimnasios parecían hospitales, siempre veías algún tío con la jeringuilla clavada en el culo y a un compañero inyectando las sustancias esas.

Mi tutor pues, se comportaba de la forma más natural y más admitida. Le gustaba entrar en los vestuarios y gritarnos, nos levantaba a las 7 de la mañana para hacernos correr sobre el cámpus helado, y puedo asegurar que los inviernos en Long island son muy fríos.

Es normal el uso de suspensorios y todos los muchachos teníamos que llevar el nuestro para correr o hacer cualquier tipo de ejercicio. Son muy dados a mostrarse totalmente en pelotas y a una camaradería que roza casi en lo homosexual. No lo admiten pero en el fondo esos alardes y demostraciones de fuerza física y virilidad no demostraban otra cosa más que que muchos de ellos eran homosexuales en potencia.
Mi tutor, Mr John, así se llamaba, lucía sus pezones perforados por dos piercings, lo cual me extrañaba en un colegio tan estricto, pero claro luego aprendí que aquello también era una forma de auto humillación y castigo. Nunca había visto a un hombre con piercings y al principio me chocó, pero luego uno se va habituando a todo. También es muy normal coser las heridas en los vestuarios, sobre todo a los que jugábamos a rugby. Siempre tienes alguna brecha o algún corte que había que suturar. Los muchachos no gritan ni se quejan cuando la aguja va cerrando la herida. Es otra forma más de demostrar una falsa virilidad. También son muy aficionados a poner a todos en fila, sin ropa eso si, y el practicante iba inyectando las vacunas y las vitaminas pertinentes.

Me fui acostumbrando a este ambiente y con el tutor empecé a tener confianza. Yo era el típico niño europeo de familia bien. Con buenos modales y que sabía hablar francés y alemán. Esto suele deslumbrar a los americanos, que normalmente "pierden el culo” por todo lo europeo y lo que huela a “alto standing”.

La confianza y además la admiración por mí comenzaron cuando fuimos a visitar las Niagara Falls y me vio vestido de calle. En el colegio todo se uniformiza y los alumnos no son más que un apellido sin personalidad ni opinión. Pero fuera era distinto. Yo llevaba el pelo un tanto largo, chaquetas de Armani, pantalones de terciopelo, etc, etc. En la calle yo era yo y no una fotocopia repetido de los internos. Esa visita sirvió para que Mr John y yo intimáramos. El se quedó sorprendido cuando me oyó hablar en francés con unos turistas de París que estaban visitando las Cataratas. No sabía que yo había estado en París muchas veces y que hablaba francés con mucha soltura (tampoco es que sea un gran mérito, tengo una gran facilidad con los idiomas y los acentos).


Después todo fue mucho más fácil. Le deslumbraban mis descripciones de París o Roma, se venía conmigo a NY de compras, le enseñé a tomar café. Sólo y corto. Muy italiano y no ese brebaje inmundo que suelen tomar allí.


Me permitió quitarme los bóxer. Es una prenda que odio profundamente. Siempre con el pene suelto, siempre con una perpetua erección. Yo parece que esté operado de fimosis y siempre me estaba rozando el glande con la tela. Pude usar los slip. Allí me compré mis primeros CK. Lo mejor de vivir en NY es que es una ciudad poco americana. Muy libre, muy desinhibida. Allí los hombres se besan en las calles y las mujeres piropean a los hombres sin ningún rubor.

Mr. John se equivocó en una cosa. Un día que, por haber roto un cristal, me llamó a su despacho, me dijo que sintiéndolo mucho me tenía que aplicar el sabido correctivo, pero que ya sabía que eso había empezado a gustarme. Yo lo miré un tanto sorprendido y le dije que no era cierto, que no me gustaba, simplemente lo aceptaba. Como siempre me puso inclinado sobre su mesa, con el trasero al aire, y no oí el silbido de la vara. Noté como me tocaba el culo y al girarme lo vi desnudo. No me sorprendió porque en los vestuarios le gustaba ducharse con nosotros y pavonearse enseñando su enorme polla. El tío pensó que me gustaría que me enculara. A partir de ese momento lo tuve comiendo de mis manos. Le dije que lo sentía pero que a mi un tío no me metía nada por el culo. Soy muy reacio a los tocamientos y menos a las penetraciones. Tiene que ser un momento y unas circunstancias muy muy especiales. Pero sinceramente nunca he disfrutado demasiado. Alguna vez he consentido, pero cuando el clima y la persona han sido muy especiales. Y ahora, en estos momentos y con la experiencia de los años ya no tengo prejuicios y no me importa que me “folle” un tío o “follármelo” yo después de haberle puesto el culo morado.

Le dije que lo iba a denunciar al rector del colegio. El color de su cara cambió y me pidió, llorando (“please, please” decía el cabrón), que no dijera nada. Tal vez las humillaciones que había recibido de él y del colegio sirvieron para hacer de mí a un hombre fuerte.

Túmbate sobre la mesa! Le grité, y ese día aprendí a ser un amo.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Azotes en el vestuario

Durante los últimos tiempos me he dedicado a subir videos al Youtube, a ver si los voy comentando con un poco de detalle uno por uno.

Creo que en España no se emitido en ningún canal la serie británica Footballers wives. Por lo que dice el título, supongo que tratará de los jugadores de un equipo de fútbol y sus familias. Pues últimamente parece que las azotainas siguen vivas en las series inglesas (lo digo por la entrada anterior sobre How not to live your life). Aquí tenemos una escena muy morbosa de un jugador más corpulento zurrando a otro de aspecto más juvenil delante del resto de compañeros del equipo. Siempre me han gustado mucho las palmadas en el culo que se dan los deportistas. Lástima que la calidad del video sea bastante mejorable.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Azotes para Sarkozy

Hoy un poco de humor con esta portada de la revista polaca Wprost (ni idea cómo se pronuncia). Pensaba que se trataría de una especie de El jueves polaco, pero es una publicación seria y bastante influyente sobre política y actualidad, al estilo de Le nouvel observateur o Der Spiegel. No se me ocurre ningún equivalente español, la verdad, porque Tiempo o Epoca lo lee poca gente en comparación. Lo curioso de la revista es que se la juega con portadas polémicas como esta, que al parecer son su línea editorial habitual; no sigo mucho la actualidad internacional y no tengo mucha idea del trasfondo político que hay detrás del chiste, pero no deja de darme su morbo. Los trajes son uno de mis fetichismos además.