sábado, 27 de diciembre de 2008

La azotaina del tío Anselmo (relato)

Un amable lector del blog me ha mandado este relato para compartir con vosotros. Espero que os guste:

La azotaina del tío Anselmo

El tío Anselmo vivía en Madrid, era el hermano pequeño de mi padre y permanecía soltero. Se trataba de un hombre de firmes convicciones morales, de ideología ultraconservadora y defensor de la ley y el orden. Cuando cumplí dieciocho años, para celebrar mi mayoría de edad, me invitó a pasar las vacaciones de verano a su casa de Madrid. Al frente de sus negocios tenía encargados de toda confianza y disponía de tiempo libre para enseñarme la ciudad.

Desde el primer día me sentí agasajado por él. Me llevó a su sastre y me confeccionaron a la medida dos trajes de alpaca gris oscuro y marino, con chaleco incorporado. Me compró camisas de vestir, corbatas, calcetines altos de Ejecutivo y varios juegos de camiseta y braslip calados de Ocean. Este tipo de cosas eran difíciles de conseguir en el pueblo en que vivía; allí todos los chicos usábamos vaqueros y camisas de cuadros. Me fascinó la idea de vestir como mi tío; era el dandy de la familia, el más elegante, el que tenía un mayor poder adquisitivo. Sin embargo también tuve algún problema con él.
Aquel verano apretaba el calor y yo sudaba especialmente de la cabeza. El pelo lo tenía siempre mojado, grandes gotas de sudor surcaban mi frente y me bajaban por la cara como si fueran pequeñas cascadas. El tío Anselmo, que también era mi padrino, se empeñó en que me cortara el pelo a cepillo. No supe negarme. Me llevó a su barbero de toda la vida, un antiguo legionario. Me dijo que al estar en quintas, por tener ya dieciocho años, convenía que me metieran un buen rapado para que me fuera acostumbrando a la higiene militar. Antes de que pudiera abrir la boca tenía metida la maquinilla del cero subiéndome por el cuello, avanzando por la nuca, en busca de la coronilla. Me quedé pálido al ver como caían al suelo en grandes copos los mechones de cabello. Tanto la parte trasera como los laterales quedaron a la intemperie, el cuero cabelludo estaba a la vista. En la parte superior el barbero me rapó con tijera, dándole la característica forma de cepillo. Me quedé sin habla. Al verme reflejado en el espejo apenas me conocía a mí mismo. Sin embargo, como en Madrid no era más que un ciudadano anónimo, no tuve que enfrentarme a la burla de mis compañeros de clase. Reconozco que me gustó la experiencia. Puedo calificarlo de trauma placentero.
En realidad para mi tío Anselmo yo no era más que un muchacho al que meter en cintura, se sentía responsable de mis actos y en la práctica no aceptaba mi mayoría de edad. Mientras estuviese viviendo bajo su techo debía obedecerle y mostrarle respeto. Añoraba tener un hijo varón para educarlo en su sistema de valores. Yo fui durante mi estancia en Madrid un sucedáneo de hijo. Me sometió a una estricta disciplina. En su casa había horarios para todo. Tenía que levantarme a las nueve de la mañana. Aborrecía la pereza y cada mañana me sacudía en la cama para espabilarme. Tenía que hacer ciertos ejercicios gimnásticos para desentumecer el cuerpo y a continuación a la ducha. Me llegó a revisar las orejas para comprobar que no tenían cera. Pretendía resultar gracioso con sus ocurrencias pero yo sabía perfectamente que su comportamiento no era más que el reflejo de su personalidad extremadamente autoritaria.
Fue tanteando el terreno, quería conocer hasta que punto yo estaba dispuesto a obedecerle. Estudiaba mis reacciones y paso a paso, día a día fue tomando confianza en si mismo. Se dio cuenta de que yo, a pesar de mi mayoría de edad, aceptaba de buen grado sus exigencias. La mayoría de los chicos que cumplían dieciocho años intentaban dejar bien patente su independencia con respecto a los adultos. Creo que ninguno de mis condiscípulos hubiera aguantado tanta presión; habrían salido huyendo de aquella casa en el momento en que un tío carca les impusiera un rapado a cepillo. Fui yo quien, al aceptar con sumisión sus sugerencias, le di pie a que llegara cada vez más y más lejos.
Todas las noches debía acostarme antes de las once. Me ponía el pijama, que debía mudar cada dos días, con la ropa interior por debajo y me metía en la cama. El tío Anselmo se me acercaba para desearme buenas noches. Me preguntaba si había rezado mis oraciones y me besaba en la mejilla. También solía abrazarme con fuerza contra su pecho. Me estaba infantilizando, tratando como a un niño pequeño a sabiendas de que no lo era. Pero a mí aquella afectividad extrema, lejos de disgustarme, me producía placer. Era como regresar a la edad de la inocencia y sentirme de nuevo protegido por papá. Me asustaban mucho las responsabilidades que había adquirido al cumplir los dieciocho años. Tenía cierto temor de enfrentarme a la problemática que acompaña la edad adulta. Cuando el padrino me besaba y abrazaba me sentía arropado y querido. Sabía que podía contar con él cuando lo necesitara. Aquel no era un cariño impuesto por los lazos de sangre. El tío Anselmo no tenía ninguna obligación legal para conmigo y sin embargo me demostraba un gran afecto.
Sin embargo le fallé. Nada más llegar, con la disculpa de ayudarme a guardar mis cosas en el armario, me revisó el equipaje a conciencia. No hubiera aceptado ninguna publicación de tipo pornográfico. Lo dejó bien claro desde el principio:
-En mi casa las revistas indecentes totalmente prohibidas. Si te pillo con ellas no respondo de mis actos. Tampoco quiero panfletos de partidos antiespañoles…
Una mañana, mientras hacía footing por el parque de El Retiro observé en un quiosco de prensa el último número de Interviú. Aparecía en la portada la foto de Susana Estrada completamente desnuda, tan sólo tapada por un velo y se la transparentaban sus partes más íntimas. Miré con curiosidad y observé algo que me interesaba mucho. En las páginas interiores había un completo reportaje sobre las carreras con más salidas profesionales. Dudé en comprármelo y al final lo hice. Escondí esta publicación debajo de la camiseta y terminé escondiéndola en la maleta, dentro de un departamento que se cerraba con cremallera. Durante días estuve leyendo con detenimiento todos los reportajes. En realidad se divagaba mucho sobre la situación económica española y los sectores de mayor pujanza, pero no se concretaba nada.
Tuve mala suerte, muy mala suerte. Una noche, después de haber sido visitado por el tío Anselmo fingí estar dormido. Cuando creí que éste se había acostado encendí la luz de la mesilla, saqué la revista del escondrijo y me puse a leerla atentamente, subrayando aquellos párrafos que más me interesaban. Estaba tan ensimismado en la lectura que no percibí que uno pasos se aproximaban hacia mí. La puerta se abrió despacio, crujiendo y allí estaba mi padrino, envuelto en su bata gris de seda. Me asusté y reaccioné como un niño pillado in fraganti. Escondí el Interviú debajo de la almohada. Mi tío, encendió la luz de la lámpara y me pidió que le entregara lo que había escondido. Me dio un ataque de risa nerviosa y me negaba a dársela, como si todo fuera un juego. Pero el tío Anselmo, tenía más fuerza que yo y consiguió requisármela.
Se le heló la sonrisa en la cara; delante de sus narices tenía la revista más denostada por sus correligionarios, un Interviú. Me llamó Judas, traidor y pervertido. Yo había confesado encontrarme en sintonía con sus ideas y con mis hechos demostraba ser un falso, un hipócrita que le bailaba el agua a su benefactor. Le expliqué que la había comprado sólo para leer el reportaje sobre las carreras universitarias. Le mostré los subrayados, pero no le convencí:
-No intentes hacerme comulgar con ruedas de molino. Me has traicionado. Yo te he acogido en mi casa como a un hijo y has traído esa inmundicia. ¡Me das asco! Estabas avisado expresamente de lo que me ofenden estas cosas. Hasta ahora he callado mucho pero ya no voy a seguir haciéndolo. El portero te vio como escondías la revista y como se te caía la baba mientras esperabas al ascensor, echándola un vistazo furtivo. Tu padre ya me había avisado de que tuviera cuidado contigo. Lo mejor es que te marches mañana mismo. Sacamos el billete de tren y te vuelves al pueblo…
Se me caía el mundo encima. ¿Cómo iba a justificar mi repentino regreso a casa? Mi tío les pondría al corriente de lo sucedido y me tendría que olvidar de estudiar en Madrid. Debería renunciar a matricularme en Historia del Arte y conformarme con cursar magisterio en Logroño. Además me avergonzaba de aquel corte de pelo tan radical. Todos los del pueblo me compararían con un quinto. Las chicas jóvenes se reirían de mí…
Le mostré mi arrepentimiento al padrino por lo sucedido. Insistí en que había comprado aquella publicación sólo por el famoso reportaje. Le pedí que me perdonara, que me dejase intentarlo de nuevo. Tenía los ojos humedecidos y la voz estaba entrecortada.
Al final el tío Anselmo decidió darme una nueva y última oportunidad. Pero no iba a salir de rositas después de lo sucedido. El Interviú fue requisado y roto delante de mío. Cual inquisidor medieval el padrino destrozó aquellas páginas de papel cuché. Se marchó de la habitación sin despedirse y con un gran cabreo encima.
Yo estaba muy tenso y para relajarme acudí al autoconsuelo. Tuve un derrame muy placentero tras el cual me quedé dormido. A las nueve en punto de la mañana fui zarandeado por mi tío. Me levanté y le di los buenos días. Estaba más serio de lo habitual, me quité el pijama, la ropa interior y me puse el albornoz para dirigirme al baño. Una vez dentro oí que me llamaba. Acudí con prontitud a su requerimiento, no estaba el horno para bollos, y sin decir palabra me mostró una mancha que había en el pantalón del pijama. En otras ocasiones al masturbarme había actuado con más malicia. Solía meterme un pañuelo viejo en la zona de la bragueta para evitar que el semen traspasara. Sin embargo, aquella noche, con los nervios, me corrí a lo vivo, sin tomar precauciones.
-¿Te das cuenta de que eres un completo degenerado? Te compras una revista para leer un reportaje sobre las carreras universitarias y acabas recreándote la vista con las guarradas que se ven en el Interviú. ¿Qué va a pensar la portera cuando le entregue para lavar un pantalón de pijama como éste? Tú mismo, con jabón Lagarto, vas a frotarlo bien. También los calzoncillos están manchados de semen. Has dejado un cerco que te delata. Voy a tener que tomar medidas drásticas. Lávate bien, sobre todo en el sitio que ya sabes. Seguro que desprendes mal olor. Eres un marrano.
No supe reaccionar. Acudí al cuarto de baño y me duché, restregándome mis genitales con fuerza, como si quisiera borrar cualquier prueba incriminatoria. No podía pensar, sólo sentía angustia, vergüenza de mí mismo. Mi vida era una continua incoherencia. Pensaba una cosa y hacía exactamente lo contrario. Debía haber sido mucho más cuidadoso en casa de mi tío. Fue un grave error llevar aquella revista a casa y esconderla. Mi comportamiento moral dejaba mucho que desear y aquella mancha terrible me acusaba de mi pecado de impudicia. Quedaba demostrado que era incapaz de dominar mis pasiones internas.
Cuando salí del baño, envuelto en el albornoz blanco, vi como el tío Anselmo me miraba con desprecio. Yo bajé la vista y le pedí perdón. Le comenté el pesar que sentía por todo aquello y le dije que estaba dispuesto a ser castigado por él. Y el padrino reaccionó. Permaneció un momento pensativo y tomó una decisión:
-Te voy a dar la última oportunidad, no lo olvides. A la próxima te facturo para el pueblo. Sé que tu futuro profesional está en mis manos. Tus padres tienen carencias materiales y no se pueden permitir tener a un hijo estudiando en Madrid, pagar un colegio mayor. Yo me había ofrecido a alojarte en mi casa, corriendo con todos los gastos, pero me has decepcionado. Sin embargo soy tu tío y te quiero de verdad. Pero de un correctivo ejemplarizante no te vas a librar. Yo he sido testigo directo de cómo le faltabas al respeto a tu padre y, cuando te iba a dar una tunda, tu madre, que es una bendita, se interponía y lo impedía. Pero tanta protección maternal te ha perjudicado, eres un niño consentido y mal educado. A mí me corresponde tomar cartas en el asunto y la paliza que no te dio tu padre la vas a recibir ahora mismo. Me importa un comino que tengas dieciocho años. Yo a ti te domo… Obedéceme sin rechistar. Ponte la camiseta, el braslip, los calcetines y las zapatillas. Después te presentas en mi despacho. Allí sabrás la que te espera.
Yo me temí lo peor. Tal vez a mi tío Anselmo le diese un ataque de ira y me golpease brutalmente. Sin embargo sólo podía obedecer y que saliese el sol por Antequera. Me sentía un tanto ridículo en paños menores, con aquellos braslip calados altos de cintura, la camiseta de tirantes a juego y los calcetines altos grises, transparentes. Parecía salido de una película cómica en que los caballeros visten ropa interior humillante. Acudí al despacho de mi tío a gran velocidad. Éste permanecía sentado en una silla de madera, con el respaldo de cuero repujado. Se había quedado en chaleco y los pantalones los llevaba recogidos exhibiendo los calcetines marrones, tan finos como los míos, del mismo color que las zapatillas de piel.

-Te has portado como un inmaduro, eres incapaz de asumir responsabilidades. Te voy a dar la azotaina que debías haber recibido hace tiempo.
Se levantó del asiento y me agarró con fuerza del brazo, yo me resistí pero fue inútil, sus ojos se clavaron en mí y me taladraron. Yo era el reo y el tío Anselmo el verdugo. No podía escapar de aquel castigo. Me colocó encima de sus rodillas, como si me fuera a poner una inyección y…
….empezó a azotarme el culo, como si fuera un crío de seis años. Levantó la mano en el aire, con la palma bien abierta y la estrelló contra mis nalgas. Apenas tenía la protección del braslip. Enfrente de mí había un mueble de librería con cristales biselados. Levanté ligeramente la cabeza y pude ver reflejada la imagen de mi tío y a mí mismo en aquella postura tan humillante. Veía la mano elevarse con energía y bajar a gran velocidad y entonces era cuando sentía un golpe seco y de inmediato el sonido del palmeteo. El padrino me sujetaba con la mano izquierda para evitar que me moviera y abortaba cualquier intento reflejo de protegerme.
Me azotaba de una manera acompasada y metódica. Casi se puede decir que seguía un ritmo. Noté como el culo se me adormecía. Las palmadas no eran muy fuertes pero su persistencia produjo una sensación de dolor. Pero paradojas de la vida, me recreaba en aquel dolor. Tal vez me sentía culpable y con cada azote me liberaba un poco de mi grave falta. A veces movía las piernas, en un intento de demostrar que el castigo surtía su efecto. La nalgada continúo. Antes de llegar a experimentar un dolor profundo supliqué clemencia y finalmente fui escuchado.
Me sentí transportado por el brazo de mi tío hasta el cuarto de baño, como si fuera un reo de muerte forzado a subir al patíbulo. Una vez allí, con la ayuda de un espejo de mano, me mostró lo enrojecidos que estaban mis glúteos.
-Tenía muchas ganas de hacer esto, desde que eras un mocoso. Te la tenía guardada desde hace muchos años. Al fin alguien te ha puesto los puntos sobre las íes. Miráte como te he dejado el culo, como un tomate. Te dolerá al sentarte, ya lo verás…
-Yo me puse de rodillas y le pedí perdón con humildad. Le dije que lo tenía bien merecido, que aceptaba con resignación aquel castigo. Le besé las manos intentando demostrar que para mí eran benditas porque a ellas les había correspondido ejecutar el correctivo.
Fue entonces cuando el padrino me levantó y tras ponerse de pie me besó con fuerza, me abrazó enérgicamente. Yo rompí a llorar como un niño y balbucea frases como perdón, lo siento, lo siento…
-Bueno, espero que esto te sirva de escarmiento. Tu abuelo, en cierta ocasión me pilló con una carta que escribí a una chica del pueblo y me pegó tan somanta de azotes en las posaderas que tuve dolorida la zona durante un mes. A veces hay que recurrir a la violencia, tomar decisiones drásticas para arrancar de raíz el mal.
-Veo que tienes la piel muy sensible; ¡hasta en eso eres un niño! Ponte sobre mis rodillas de nuevo, te voy a aplicar una buena mano de polvos de talco.
El padrino me bajó el braslip Ocean hasta los tobillos y me levantó la camiseta. Sentí la suavidad de aquellos polvos sobre mi dolorido trasero y con su mano me los fue extendido, con gran suavidad, restregándolos una y otra vez para que penetrasen.
Me obligó a permanecer sobre sus rodillas un buen rato, hasta que juzgó que ya habían sido absorbidos por su piel. Luego me subí el braslip y tuve que vestirme para salír a la calle con él. Caminábamos a paso ligero, como dos soldados. Mi curiosidad me picaba tanto como mi recién castigado culo y le preguté:
-¿Tío a dónde vamos?
Me miró con frialdad y me dijo que enseguida me iba a enterar. El castigo todavía no estaba concluido. Sentí un nudo en la garganta al comprobar que de nuevo visitábamos al viejo barbero. La cosa no dejaba lugar a dudas.
- Te traigo a la barbería para que te rapen al cero. Así aprenderás auténtica disciplina. Es el castigo que tu abuelo nos imponía cuando tu padre o yo cometíamos alguna fechoría…
De nada me sirvió suplicar. A la media hora mi cabeza parecía una bombilla.

5 comentarios:

La niña payasa dijo...

No sé cómo se me pasó en su día esta entrada, acabo de leerla y me encanta todo, el tío facha, la ropa interior... Ojalá hubiera una continuación. :-)

Chiquitin dijo...

No se te pasó, me enviaron este relato hace tiempo y se me había pasado publicarlo por lo que he respetado su fecha inicial.

Besos y gracias por la fidelidad.

La niña payasa dijo...

Gracias a ti por el blog, chiquitín. :-)

Anónimo dijo...

Obrigado pela grande informação! Eu não teria descoberto este o contrário!

Anónimo dijo...

Recientemente me encontré con tu blog y he estado leyendo a lo largo. Yo pensaba que iba a dejar mi primer comentario. No sé qué decir, excepto que he disfrutado de la lectura. blog de Niza.